¿Puedes extrañar a alguien a quien nunca conociste?
Yo sí.
Yo extraño a John Candy.
Fui un morrillo educado por la comedia televisiva. Pero no cualquiera. La mejor. La de los años ochenta. Una tarde encendí la tele y en el Canal 5 apareció John Candy. No recuerdo la película, aunque después me esnifé casi todas en las que actuó, pero lo que sí recuerdo es la sensación que me produjo: quedé cautivado. Me volví su fan antes de los comerciales. En esas tardes de aletargamiento provinciano descubrí también a Eddie Murphy, a Bill Murray, a Catherine O’Hara, a Dan Aykroyd y a John Belushi (mi héroe), entre otros tantos comediantes. Todas las películas estaban dobladas, sin embargo, la magia seguía intacta.
Con la llegada de los videoclubes al barrio me liberé de los estorbosos caprichos de la programación. Y entonces sí que fue como asistir a clases. Ver aquellas películas una y otra vez fue más enriquecedor que escuchar a cualquier maestro. Así como para John Candy fue seminal escuchar los discos de cómicos de épocas pasadas, para mí fue didáctico verlo en pantalla. Lo mismo debió sentir la generación de los nacidos en los sesentas con Richard Pryor.
De entre toda esa camada de estupendos personajes, John Candy se fue pronto, no demasiado pronto como John Belushi, pero sí lo suficiente para dejar un enorme vacío en la vida de los que fuimos (somos) sus admiradores. Y pese a que Candy fue una entrañable figura, no existía un relato sobre su persona en video. Tuvieron que pasar 31 años para que finalmente se estrenara. I like me (Prime, 2025) más que un documental que cuenta la historia de John Candy, es el retrato de un ser humano excepcional. Alguien que encontró en la comedia una manera de hacer del mundo un mejor lugar.
El docu abre con Bill Murray, quien confiesa que no encuentra nada negativo qué decir sobre John Candy. No es una broma. No es el único. Nadie es capaz de decir algo malo sobre John. Ni sus compañeros de trabajo. Ni sus amigos. Ni su familia. Ser un pan de dios no es un requisito para ser un buen comediante. Pero en el caso de Candy, era algo que se transmitía en pantalla. Su rostro, un reflejo de su interior, era de una candidez irresistible. Era imposible no amarlo.
I LIKE ME ES TRISTE, tristísimo. Pero también inspirador. Basta escuchar las palabras que le dedica Dan Aykroyd a raíz de su partida para conmoverse. Y es imposible no preguntarse: ¿alguna vez he escuchado a alguien hablar así de otra persona? ¿Con ese amor, con esa admiración, con esa adoración? No. En todos mis años en la tierra jamás había oído a nadie expresarse así de otro ser humano. Y es probable que jamás vuelva a suceder. La razón es sencilla, jamás tendremos otros John Candy.
Fuera de pantalla, Candy era una sensación todavía mayor. Por eso los testimonios más dolorosos son los de sus hijos, quienes eran todavía pequeños cuando murió. O el testimonio revelador de Macaulay Culkin, quien declaró que uno de los pocos adultos en preocuparse realmente por él fue John. A quien calificó como un unicornio en este mundo. Siempre estaba para todos, y al mismo tiempo era conocido por su lado rocanrol: Party Monster, era su apodo, por su manera de beber. Memorable la anécdota en la que se fue de peda con Jack Nicholson una noche antes de grabar una de las escenas en la sala de squash en Splash junto a Tom Hanks.
Es precisamente Hanks quien mejor describe el trabajo de Candy. “Estaba en otro nivel de pureza artística”. Eso demuestra por qué con sus dimensiones corporales era tan hábil para la comedia física. Algo con lo que luchó toda su vida. El arma de doble filo. Por un lado, la industria lo quería colosal. Por otro, su salud se veía comprometida conforme ganaba kilos. Y sin embargo, John continuaba con sus misiones. Una de las más nobles, volverse codueño de un equipo de futbol americano de la liga canadiense. A quien llevó al campeonato. No es que todo lo que tocara se volviera oro, le llovieron críticas negativas por participar en proyectos por no saber negarse, pero cada señalamiento en su contra era opacado por las muestras de cariño de todos aquellos con los que entabló relación.
John surgió de Second City, la versión canadiense, una escuela en la que su más grande maestro fue la improvisación. Su agilidad para encarnar personajes y la imaginación lo llevaron al cine. Donde conoció a uno de sus más grandes fans. Mel Brooks. ¿Te imaginas que Mel se desviviera por ti? Pues lo hizo por Candy. Y en I like me, derrocha cariño por él, al afirmar que desde entonces han surgido nuevas generaciones de cómicos en Estados Unidos y todavía lo recuerda con añoranza. Sus comentarios se escuchan tan genuinos, que una admiración así no se puede fingir.
JOHN LLEGÓ A LA ACTUACIÓN después de haber sufrido un enorme trauma en su infancia: perder a su padre a los cinco años. En la cumbre de su carrera, contrajo una enfermedad propia de su profesión: la enfermedad del cómico. Una depresión incapacitante lo invadió. Comenzó a beber más y a comer más y comprometer más su salud. Pero pese a ello no dejó de trabajar. No dejó de participar de la alegría que sentía la gente al verlo en pantalla. Se tratara de una buena película o de una que no arrasara en taquilla. John no creía en el fracaso. Y eso lo empujó hacia su trágico final.
En 1994 viajó a Durango para participar en Wagon East. Su testamento. Una cinta que fue criticada por su humor ramplón. Pero que fue la oportunidad de Candy para conocer la ciudad y donar una cantidad importante de dólares al orfanato local. Al final del rodaje, cuando había logrado cumplir con sus compromisos pese a los ataques de pánico, a unas horas de volver a casa, murió sentado en una silla en la habitación de su hotel. Poniéndole fin a una de las carreras cómicas más entrañables de la historia del cine y de la televisión.
Cuando el cortejo fúnebre pasó por la autopista de Culver City, California, rumbo al cementerio, no había tráfico. El ayuntamiento había cortado la circulación como una muestra de respeto. “Sabes que triunfaste cuando cierran la autopista para ti”, dijo uno de sus amigos de la adolescencia.
Le tocó a Catherine O’Hara, colega y amiga, dedicarle algunas palabras en la iglesia antes de ser sepultado: “El mundo era mejor cuando John estaba vivo. Él lo hacía mejor”.