Nos despertó aporreando la puerta con furia. La tormenta estaba en una especie de tregua, pero el cielo seguía del mismo color idiota. Era imposible saber cuándo volvería a ser como antes de la lluvia de polvo. El perro estaba agazapado en el zaguán de la casa; Elena distinguió sus ojos como chispas en la medianoche. Tenía las almohadillas de las garras desolladas, la piel picada de sarna y las uñas limadas hasta las falanges. Sus bigotes aletearon cuando le soplé en la trompa. Todo su pelaje negro lucía percudido y mate. Con los rasguños había traspasado la madera, por lo que el recibidor estaba lleno de sangre y pelos. Elena lo limpió con una toalla mojada y luego le sirvió sobras en un cuenco. A mí me daba mal augurio por sus ojos de animal que escapó de las piedras, por eso no creía en su instinto.
Afuera la ciudad permanecía apelmazada de tierra. En las ventanas, la capa de insectos era tan densa que casi no recordábamos cómo eran las calles. Las alcantarillas expulsaban excrementos y animales muertos, pero también eso lo engullía el polvo. La plasta que se formó apestaba el aire. Y la cosa llevaba varias semanas así. La tormenta se metió en nuestras casas como una corriente inevitable y terca. Todos teníamos los huesos doloridos de tanto escarbar. Nos pasamos veladas enteras sin nada que mirar, viéndonos las caras. Corrían días alargados, crujientes. Las personas comenzaron a comerse casi cualquier cosa porque la rapiña agotó el racionamiento municipal.
ELENA RESCATÓ AL PERRO de la multitud y la tormenta. Yo le tenía mala voluntad al animal. Ella le acariciaba los párpados mientras dormía, pero él escarbaba aún en sueños, como buscando los huesos de sus ancestros. Por las noches aullaba en un tono que me alteraba los tímpanos y el sueño se me llenaba de ladridos. Lo escuché olisquear nuestros esqueletos durante largas horas de hambruna agazapado en cualquier rincón. Cada vez que inspeccionaba la casa aparecían agujeros nuevos; algunos a medio hacer; otros bastante profundos, hasta de talla humana. Instalamos una claraboya encima de la cama. Nos pareció una buena idea dormir todos los días bajo las estrellas, pero la tormenta no avisó. Vino sin más y opacó nuestro claro de luna. Llevábamos semanas sin besarnos los pellejos de los labios. Yo fingía estar dormido mientras Elena sollozaba penosamente a mi lado. Una noche más la escuché llorar a tientas en la oscuridad. No encontré una forma de irradiar mi amor sobre su cuerpo, tampoco ella pudo hacerlo sobre el mío.
El hambre nos había carcomido la carne y el deseo. La alacena se vaciaba, los víveres eran insuficientes.
Veíamos al perro tumbado en la alfombra ennegrecida, sentados a la mesa, y salivábamos. El simple hecho de hacer eso lo consideraba ruin.
En la casa aparecieron muchos pozos desde que adoptamos al perro, pero Elena nunca se dio cuenta porque yo me encargué de taparlos todos. Cada vez que me encontraba uno en un lugar distinto, pensaba que pronto cabríamos también nosotros dos juntos:
1) en el recibidor de la casa, debajo de una foto en la que Elena y yo estamos en el mirador de una ciudad que ya no existe —y que es la misma en la que nos conocimos—, luciérnagas infinitas de fondo y, mucho tiempo atrás, antes de la tormenta, muy enamorados;
2) dentro del clóset de Elena, lo que dificultó el trabajo porque ella decidió bañarse precisamente ese día y tuve que tapar el pozo antes de que saliera del baño, sin manchar el vestido que se pondría para suspirar en el cristal de la ventana;
3) en el jardín de atrás, donde enterramos a la única mascota que tuvimos antes del perro y, seguramente, otras cosas que no nos pertenecían;
4) a lo largo del sofá de la sala, en el que leíamos una lista de desaparecidos que todos los días crecía en las noticias;
5) en la alacena, estropeando los pocos alimentos que nos quedaban;
6) en el cuarto de visitas, que siempre estaba vacío;
7) alrededor de mí.
EN LA CASA APARECIERON MUCHOS POZOS DESDE QUE ADOPTAMOS AL PERRO, PERO ELENA NUNCA SE DIO CUENTA PORQUE YO ME ENCARGUÉ DE TAPARLOS TODOS.
ESA NOCHE, ELENA SE QUEDÓ dormida en la sala y yo me fui a acostar justo debajo del tragaluz de nuestra habitación. Soñé que las lagañas me pululaban en los párpados, pude ver cómo unas figuras caninas me rascaban las venas detrás de la frente. Eran cientos de perros los que me escarbaban la cara por dentro.
Todas las veces que tuve que tapar un pozo me sentí muy acongojado, pero con el último comprendí que el agujero era para mí.
Mi cuerpo estaba demasiado débil en el momento en que desperté y me di cuenta de que vivía en una isla dentro de mi propia casa. El perro había cavado un hoyo por el contorno de la cama. Tuve que saltar la zanja y luego escalar el perímetro de tierra para huir del cuarto.
A Elena se le salía la cresta ilíaca del cuerpo cuando intenté despertarla con pequeños golpecitos en la cadera. Los pómulos le apuntalaban los ojos y el aliento apenas se le hundía en el pecho. Tenía la boca seca de puro esperar. El hambre mermó tanto su cuerpo que ya no desprendía su olor, sino un vaho que empañaba los cristales. Del otro lado de la ventana, la tregua había terminado. El polvo ajetreaba las paredes de la casa y la hacía vibrar con el ritmo de la ráfaga. Pronto acabaría también con nuestra carne. Nosotros nos mordíamos las lenguas solo para recordar el sabor de la proteína. En el aire flotaban los copos de piel de las personas que fuimos antes de la tormenta. Nos dedicamos a juntar los cabellos y las uñas y casi cada rastro de nosotros mismos para alimentarnos.
Me entró el miedo de morir solo y sin carne, y no volver a enamorarme de Elena. Empecé a repasar las palabras que iba a necesitar cuando todo volviera a la normalidad: el “sí” y el “no”; los “gracias” y el “por favor”; los “te quiero”, los “por qué” y los “claro que me acuerdo”. Ya no quería comer la porquería que fue mi cena durante tanto tiempo. Los ruidos de afuera y de adentro me llenaron la cabeza de ladridos.