HUMANIDAD MÍNIMA

La solidez de las cosas

La solidez de las cosas
La solidez de las cosas Foto: Thomas Lévy-Lasne

EN EL MUEBLE junto a la entrada está una caja rosa de herramientas. Allí hay sólo estambre e hilos.

El desatornillador está en otra puerta, dentro de una caja de plástico con el jabón para los trastes y las toallas para limpiar las patas de Lisa. Tomo el desatornillador y desarmo el comedor viejo para dar paso al que recién nos han entregado. Cambiar las cosas siempre me ha causado algo de pena.

Encontramos la nueva mesa en el mercado de antigüedades de La Lagunilla. Camino a los muebles nos detuvimos a ver camisetas de futbol, chamarras de piel, gafas y anteojos, monederos con figuras alusivas a la Copa del Mundo de 1986, cámaras fotográficas, placas para decorar muros y pequeñas charolas de marcas de refrescos mexicanos.

Termino de acomodar el nuevo comedor y me regocijo observando su diseño. El comedor es una réplica de un modelo inventado en la década de 1950 por un famoso arquitecto que, según algunas de sus declaraciones, no soportaba el desorden que provocan las patas de los muebles en los hogares. Hacer que los muebles pudieran estar o parecer integrados por una sola pieza era su objetivo.

TAL VEZ SEA UNA AFIRMACIÓN estúpida, pero siento pena por el viejo comedor y sus desordenadas patas. Luego imagino la siguiente ocasión en que tenga que barrer la casa y creo que este comedor ha venido a ayudarnos con al menos un enredo. En El capital, Karl Marx escribió un capítulo titulado “El carácter de fetiche de la mercancía y su secreto”. Allí dice lo siguiente:

…mediante su actividad, el ser humano altera las formas de las materias naturales de un modo que le resulta útil. La forma de la madera, por ejemplo, queda alterada cuando se hace de ella una mesa. Y, sin embargo, la mesa sigue siendo madera, una cosa sensible ordinaria. Pero desde el momento en que se presenta como mercancía, se trasmuta en una cosa sensible y suprasensible. No sólo está colocada con las patas en el suelo, sino que se coloca de cabeza frente a todas las demás mercancías, y en su cabeza de madera desarrolla unos caprichos mucho más extravagantes que si se pusiera a bailar por libre voluntad.

No sé cuáles fueron los caprichos del viejo comedor, porque nunca me gustó su forma. La realidad es que fue un regalo o más bien una herencia.

Da un poco de pena decirlo, pero es difícil no sentir apego por los objetos. Dice Juan José Millás en La conciencia contada por un sapiens a un Neandertal que el reloj de pulsera que compró con el primer salario de su trabajo le concierne y le conmueve como ningún otro, porque en él “hay un espejo de su yo”. En un sentido similar, Byung-Chul Han cita en su libro No-cosas a Hannah Arendt al decir que “las cosas estabilizan la vida humana y su objetividad radica en el hecho de que los seres humanos, a pesar de su naturaleza cambiante, pueden recuperar su unicidad, es decir, su identidad, al relacionarla con la misma silla y la misma mesa”. Veo el nuevo comedor y siento pena.

TE RECOMENDAMOS:
Diversa Cultural