No existe espectáculo más grande que ver a un grupo caerse a pedazos. Y según Meet Me in the Bathroom, desde 2002, un año después de que estallara la strokemanía, Los Strokes habían caído en muchos vicios, entre ellos nunca presentarse a los soundcheks. Así que sus presentaciones en vivo son legendarias por desastradas.
Iba preparado para todo, para que Casablancas blackouteara. Para que se negara a tocar por un berrinche. Para que cayera una tormenta y se suspendiera el show. En fin, para que la maldición que ha perseguido a la banda en los últimos años mandara todo al traste. Estaba listo para lo que fuera, menos para lo que ocurrió. Toda la expectación, el ansia, la acuciosidad por su presentación se vino abajo a los primeros segundos de la primera canción.
Sonaban fatal. No mal, peor que una banda de covers de bar de la calle República de Cuba. La batería se escuchaba ahogada, la guitarra de Albert Hammond Jr. estaba por completo ausente, a pesar de que se le veía atacar las cuerdas con avaricia, y la voz de Julian iba y venía como el sonido de una ola con poca fuerza. Mis ganas de pasar una noche memorable me empujaron al optimismo idiota. Orita arreglan el sonido, me terapeé. Pero no lo arreglaron. Ni a la segunda rola, ni a la tercera. Ni a la cuarta.

La era del sueño en el fin del mundo
SONABAN FATAL. NO MAL, PEOR QUE UNA BANDA DE COVERS DE BAR DE LA CALLE REPÚBLICA DE CUBA
Y ENTONCES LO QUE DEBERÍA SER UN HITO en mi año se convirtió en un fiasco. El problema de que suene de la chingada es que no importa cuántas ganas tengas de prenderte, no consigues conectar con lo que sucede en el escenario. Y comencé a aburrirme. Y a bostezar. Y quería agarrarme a tubazos a mí mismo. Cómo te estás jeteando, pendejo, si tienes enfrente a Los Strokes. La banda que más esperabas desde la pandemia. Los autores de tu disco favorito de los últimos años.
Comencé a verme como un malagradecido bíblico. Volteaba a ver la carpa donde está la consola en busca de alguna explicación. Me preguntaba por qué los ingenieros de sonido no componían ese desmadre. Para no sentirme tan estafado, me puse a elaborar teorías. Qué tal que los putos técnicos andaban hasta el güevo y estaban ecualizando cubas en lugar de los instrumentos de la banda. Pero, ¿y sí no? Qué tal que no contaban con la suficiente producción. Me puse a contar las bocinas. Los monitores. Me percaté de que no había pantalla. ¿Era por orden del grupo? ¿O no? Temí que la cabeza me fuera a estallar por tanta pinche duda existencialota.
Más allá del aspecto sonoro, otra incógnita me atosigaba. Por qué Los Strokes se subían a tocar en tan pobres condiciones. Una banda con su experiencia. Una banda que debería exigir lo mejor en equipo para treparse a actuar. Una banda que después de muchos años volvía a estar en la cima del rock & roll. La respuesta era simple: porque les valía madre. Porque seguro se pasaron el soundchek por los güevos. Porque pese a todo siguen siendo la misma banda caótica de principios de los dos mil. Su reputación como un desastre se ha mantenido intacta. Y no hago apología de la pésima calidad de su sonido. Pero ellos han sido honestos toda su carrera: vengan a ver el desmadre que somos es lo que siempre han ofrecido. Y eso es lo que los hace uno de los epítomes del punk.
Quien me sacó de mis profundas cavilaciones fue mi compa el Freïms. Me tocó el hombro y salí de mi introspección. Voltee a verlo y me señaló a un tipejo que tenía detrás. El cuate estaba pasadísimo y traía una chela en la mano. Se la estaba haciendo de pedo al Freïms. Al güey más pacífico que conozco. No se atreve a matar ni las amibas que tiene en el cerebro por escuchar a Rosalía y este compa cantándole un tiro. Defiéndeme, no seas cabrón, me dijo Freïms con la mirada. Me sentí como el niño gordo abusador de la primaria al que el flaquito le pide protección de otros cabronazos. Qué tan clavado estaba yo en las deficiencias del sonido que no me había dado color que llevaban rato discutiendo. Freïms se quejaba de que el pedote le tiraba cerveza encima a cada rato.
Cosa inusual en mí, en lugar de írmele a putazos traté de calmar las aguas. Pero el bato estaba muy prendido y comenzó a gritonearme. Como ocurre en muchas situaciones parecidas, el compa ya tenía hasta la madre a todos a su alrededor y la bandita me pedía que le partiera su madre. Lo cual hubiera sido más fácil que destapar una cerveza con encendedor. Apenas se podía sostener en pie. Me produjo un poco de ternura. Yo también he sido ese borracho que no está en condiciones de pelear, pero a güevo quiere rifarse un trompo. Así que no reaccioné. En parte porque yo estaba sobrio, sólo me había tomado dos litros de vodka y una chela, y en parte porque mi mente estaba en otro lado, divagando en las razones por las cuales el show de Los Strokes era una calamidad, que no me calenté.
Nunca es bueno tratar de mediar con un borracho porque piensa que te estás acobardando y eso lo hace envalentonarse más. Ya estuvo, le dije y el bato muy felón me aproximó su jeta a cinco milímetros de mi cara. Esa es una invitación a bailar que no se puede rechazar. Con la izquierda le tumbé la chela y con la derecha le di un cachetadón que lo hizo retroceder tres metros. Ahorita voy a sacar todo el coraje que traigo por el puto sonido de mierda, me dije y me le fui sobres, pero Freïms me detuvo e impidió que le diera sus moquetes al desgraciado ése. Al que no le
quedó de otra que bajarle de güevos y se escabulló. Hay dos tipos de borrachos broncosos, aquél que no importa cuánto lo madrees, insiste en seguir aunque sólo le quede un transistor de vida. Y el otro que en el fondo no quiere pelearse pero que necesita un poco de maltrato para poder dormir tranquilo. Por suerte éste era de los segundos.
Por fin, dos rolas y media antes de terminarse el concierto, Los Strokes sonaron decentes. Pero ya era demasiado tarde. Como tu equipo cuando mete goles minutos después que te has ido del estadio. Y la cereza del pastel fue que se negaran a tocar “Last Night”. A ver, cabrones, su presentación ha sido una mierda, al menos denos ese gusto.
Al día siguiente el grueso de los fans de la banda se deshizo en elogios en las redes sociales. Histórico, apoteósico, chingonsísimo, eran los calificativos que le colgaban a aquella masacre. Al parecer, como yo, también habían estado ausentes porque nunca se enteraron de lo abominable del sonido.
En algo estoy de acuerdo con ellos. En que fue inolvidable. Pero por el peor de los motivos.

