ANDRÉ GIDE EN TÚNEZ
HACE CINCUENTA AÑOS que desembarqué en Túnez por primera vez. Entonces todos los niños hablaban francés bastante bien. Desde entonces, a cada nuevo viaje a Túnez, pude constatar que lamentablemente Francia perdía terreno y me enteraba de más torpezas cometidas por la administración o por las autoridades, más vejaciones absurdas ejercidas por los colonos sobre los indígenas. Hoy estamos recogiendo la cosecha del creciente descontento que ha provocado su malvada estupidez. Aunque el aspecto de la ciudad haya perdido buena parte de su carácter, aquí me siento mucho menos en territorio francés que antes; me siento extranjero, mal visto, menos querido que temido, apenas soportado… y lo que vendrá.
¿Dónde están los tiempos en que me mezclaba con el pueblo árabe y lo que encontraba en ellos sólo era prudente atención, simpatía, buena predisposición y afables sonrisas, a las que de inmediato yo respondía de la misma manera? He llegado a no atreverme a entrar y sentarme en un café moro. ¡Qué agradable era poder sentirse orgulloso de ser francés!
André Gide, “7 de octubre de 1942”, Diario. 1936-1950, ed. Martine Sagaert, prol. Ignacio Echevarría, trad. Ignacio Vidal-Folch, DeBolsillo, 2022.

El Cultural No. 540

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LISZTOMANÍA
ENTRE LOS VEINTIOCHO y los treinta y seis años, Franz dedica el tiempo casi íntegramente a su carrera de pianista, al ofrecer más de mil conciertos en diez países europeos, con éxito sensacional y reacciones del público femenino no muy diferentes de las provocadas en la actualidad por los más famosos cantantes de rock. Al sentarse al piano, Liszt lanza al aire los guantes y varias mujeres se abalanzan para apoderarse de ellos, si es necesario, con violencia; por éstas y otras muchas manifestaciones Liszt bien podría considerarse el primer artista pop de la historia. A los treinta años ofrece en Berlín una serie de sensacionales conciertos, que inician la época de la Lisztomanía, provocando un triunfo tal que es despedido como un rey por una gran multitud en la avenida Unter der Linden, la principal de la ciudad. Más tarde, en Rusia, Liszt recibe gran número de condecoraciones y multitud de regalos, entre ellos, ¡dos osos de circo!, obsequio del zar Nicolás I.
Adolfo Martínez Palomo, “El primer artista ‘pop’”, Músicos y medicina. Historias Clínicas de Grandes compositores, núm. 9 Liszt y Wagner, El Colegio Nacional, 2025.
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LAS DANZAS SEXUALES DE LAS AVES
ALGUNOS PÁJAROS ACOMPAÑAN el acto sexual con extrañas ceremonias. Están compuestas de danzas, aleteos y complejas figuras. Por ejemplo, el chorlito determina un área circular y se lanza a una serie de danzas desordenadas durante horas hasta alcanzar un estado próximo al trance. El pájaro satén, que vive en el lindero de las selvas de Australia oriental, comienza su parada construyendo una especie de nido en forma de cuna hecho de ramitas ensambladas. Luego, dispone a su alrededor objetos muy coloreados, demostrando una predilección por el azul: flores, plumas de loro, etc. Finalmente, utilizará una mezcla compuesta de ciertas bayas azuladas, carbón vegetal pulverizado y saliva para pintar de azul el interior del nido. Se fabricará una especie de “pincel” con pedazos de cortezas fibrosas. Cuando una hembra se aproxima, el macho toma en su pico uno de los objetos dispuestos alrededor del nido (flor, pluma de loro…), extiende su cola, alarga el cuello y, luego, salta, corre, ejecuta una verdadera danza, deja finalmente caer el objeto de su pico, revolotea a su alrededor, toma otro. Esta extraña coreografía puede durar de unos segundos a media hora. Entretanto, la hembra mira fascinada.
Estos complejos rituales, ese casi éxtasis que alcanzan estos pájaros durante sus paradas, tal vez muestren el carácter profundamente sagrado que rodea la cópula.
Érik Sablé, La sabiduría de los pájaros, trad. Manuel Serrat Crespo, El Barquero, José J. de Olañeta, Editor, 2002.
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AJEDRECISTA
[…] QUÉ DIFÍCIL ES, incluso imposible, imaginarse la vida de un hombre intelectualmente activo para quien el mundo se reduce solamente a la estrecha vía unidireccional entre el blanco y el negro, que busca su propio triunfo existencial moviendo adelante y atrás, de un lado al otro, treinta y dos piezas; un hombre para quien una nueva apertura —avanzar el caballo en vez del peón— ya es una gran hazaña y significa su miserable rinconcito de inmortalidad en una esquina de un libro de ajedrez. ¡Un hombre, un hombre inteligente que invierte toda la energía potencial de su raciocinio durante diez, veinte, treinta, cuarenta años, sin volverse loco, al ridículo objetivo de empujar un rey de madera hasta el rincón de un tablero de madera!
Y ahora uno de estos fenómenos, uno de estos genios insólitos o uno de estos dementes enigmáticos estaba en el mismo espacio que yo por primera vez y muy cerca de mí, a seis camarotes de distancia, en el mismo barco, y yo, desgraciado de mí, en quien la curiosidad por lo intelectual degenera siempre en una especie de pasión, no era capaz de acercarme a él.
Stefan Zweig, Novela de ajedrez, trad. Clara Formosa Plans, Ediciones Invisibles, 2021.
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LA CONCIENCIA DE LAS PLANTAS
¿LAS PLANTAS son conscientes? Y, a decir verdad, sí lo son. Las plantas son sumamente conscientes del mundo que las rodea. Son conscientes de su entorno visual: distinguen entre luz roja, azul y roja extrema, y reaccionan de manera distinta a cada una de ellas. También son conscientes de los aromas que las envuelven y responden a cantidades minúsculas de compuestos volátiles que flotan en el aire. Las plantas saben cuándo las tocan y diferencian entre los distintos tipos de contacto. Y son conscientes de la gravedad: pueden cambiar de forma para asegurarse de que sus brotes crezcan hacia arriba y sus raíces hacia abajo. Además, las plantas son conscientes de su pasado: recuerdan las infecciones que han sufrido y las inclemencias que han capeado y modifican su fisiología actual en función de dichos recuerdos.
[…] Una planta nota cuándo las mandíbulas de un insecto le perforan una hoja y sabe cuándo se está quemando en un incendio forestal. Las plantas saben cuándo les falta agua durante una sequía. Pero no sufren. Por lo que sabemos hasta el momento, no tienen la capacidad de vivir una “experiencia emocional desagradable”.
Daniel Chamovitz, Lo que las plantas saben, trad. Gemma Deza Guil, Ariel, 2019.
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ADOLESCENCIA
TENGO EN LA MEMORIA un cómic de Claire Brétécher, publicado hace años en Le Nouvel Observateur. Agripina es una adolescente de hoy en día, está llorando en su habitación, en su cama. Su madre intenta consolarla: “Vamos, eres joven, eres bonita, vas a conocer un montón de gente, trabajarás, te divertirás, harás viajes, te enamorarás […]”, pero cada nuevo consuelo, según mostraban los dibujos, provoca más lágrimas en nuestra adolescente, la hunde en su tristeza o su desamparo. Entonces, la madre, al límite de argumentos o de su paciencia, cambia el tono: “¡Bueno! Vivir es horrible. Sólo dejamos de aburrirnos parara tener miedo. Cualquier esfuerza está condenado al fracaso. Vivimos solos, morimos solos. El mundo está vacío. El amor es un engaño; los hijos, una cruz. El porvenir es el enterrador de la juventud, y las nalgas nunca vuelven a recuperar su firmeza”. Y de dibujo en dibujo, vemos que Agripina, progresivamente, se apacigua: las lágrimas disminuyen poco a poco, luego desaparecen; una especie de calma o de serenidad acaba por instalarse. Al final, casi sonriente, la adolescente le dice a su madre: “¡Me sienta tan bien lo que dices!”.
El dibujo me hizo reír. Hay una dicha por conocer, todos los sabios lo saben, y conocer la propia debilidad es una fuerza.
André Comte-Sponville, El placer de vivir, trad. Marta Bertran Alcázar y Rosa Bertran Alcázar, Paidós, 2015.

