Gran Mal. Joca Reiners Terron

La muerte y el meteoro es la más reciente novela del autor brasileño Joca Reiners Terron (1968), que el escritor Luis Jorge Boone tradujo al español y fue publicada en Chile por ediciones Laurel. Presentamos un fragmento del primer capítulo. Esta es la trama, en palabras de sus editores: Sólo quedan cincuenta indios kaajapukugi, todos hombres, cuando una curiosa operación diplomática le asegura refugio político en Oaxaca a esta indescifrable tribu amazónica que podría ser la clave de la historia humana”

Gran mal. Joca Reiners Terron Foto: Especial

Ningún hombre es rey de mierda alguna.

—INDIOS METROPOLITANOS

TRADUCCIÓN: LUIS JORGE BOONE

Ya puedo ver lo sucedido como el epílogo irrevocable de la psicosis colonial de las Américas, en la que preferiría ser una mentira más, dictada por los vencedores, y no la verdad lloriqueada de otra derrota, esta vez sin duda definitiva. Al principio, los cincuenta kaajapukugi debían viajar a Canadá. Habiendo salido de la Amazonia, un lugar más caliente que el infierno y donde las lluvias ecuatoriales ya no caían tan caudalosas como en el pasado, difícilmente se adaptarían a los rigores bajo cero del clima canadiense. Así que fueron a dar a Oaxaca.

Si la zona árida de la planicie local no les venía bien, ningún otro lugar del mundo se parecía tanto a la selva amazónica o a aquello que quedaba de ella, algunas decenas de hectáreas de árboles agonizantes a punto de ser calcinados por el sol. Los kaajapukugi, una tribu aislada que rechazaba el contacto con el hombre blanco, vivían en un paisaje desertificado sin estar preparados para ello. Sería una diferencia enorme que se mudaran para acá. Los cazaban en el mismo lugar en que habían nacido. La solución fue llevarlos a las perpetuas montañas de Huautla.

No eran más de cincuenta kaajapukugi, últimos sobrevivientes de su pueblo, sus últimas cincuenta cabezas, a las que otros habían puesto precio. Me encargó el caso el secretario federal de migración, un imbécil designado por el Partido Revolucionario Institucional. El hecho de haberme puesto al frente de esto debió ser el destello final de la monótona vida sináptica de ese desamparado de sus propias neuronas, la última y desesperada justificación de su existencia inútil.

En ese entonces saboreaba mis sufrimientos de burócrata encimado en un escritorio de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, a medio camino entre el ventilador y el archivero, a un brazo de distancia de la mesa en la que el termo de café exhalaba sus últimos suspiros. Mis padres habían muerto hacía un par de meses, como si se hubieran puesto de acuerdo para perturbarme definitivamente. De modo que, además de huérfano reciente y heredero de un viejo caserón en el centro histórico de Oaxaca, también era yo un soltero de mediana edad sin esperanza de casarse o tener hijos.

Aquellos días me parecía que el mérito de esa experiencia, participar en un episodio de las desgracias de los exiliados políticos (quizá la circunstancia más inesperada y drástica de esa historia tan larga, incluso absurda, una fuga colectiva de ese complejo penitenciario continental que es Sudamérica), sería una manera de aliviar el luto y la soledad en que me encontraba. Era, quién podría saberlo, mi última oportunidad de cuidar de alguien, de darle un sentido a mi vida y a la de otras personas.

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En resumen, se trataba de la última apuesta por la sobrevivencia de los últimos cincuenta kaajapukugi basada en la última idea (que fue también su primera y única) de un político mediocre, llevada a cabo por el último sertanista (un experto en poblaciones indígenas) y por un anciano mazateco, viudo reciente, que encarnaba el último eslabón de su linaje chamánico. En lo personal, también yo estaba en las últimas. Nada podría salir mal.

ME CONSIDERABA A MÍ MISMO más o menos calificado para encabezar la misión, un antropólogo interesado en lenguas muertas, cuyo trabajo durante muchos años había consistido casi por completo en enviar autobuses decrépitos con trabajadores rurales a la zona agrícola o, más a menudo, en llenar certificados de nacimiento y de defunción a granel. Se trataría de mi única investigación sobre la lengua desconocida de una etnia en extinción, con el añadido, por suerte, o por desgracia (hoy en día no lo sé bien), de poder convivir con sus restos definitivos. Además, estaba bastante necesitado de amigos, tal vez incluso más que los kaajapukugi.

Dicho así podría parecer adecuado, pero el secretario de migración nunca había tenido ni una sola idea buena, y lo cierto era que de nuevo estaba equivocado: la situación entera se mostraba plagada de errores de juicio a los cuales los involucrados, yo entre ellos, fuimos conducidos por la desesperación. Sin embargo, si hay algo en este caso que no puede atribuirse a una sola persona es la culpa. Su epílogo estaba escrito, sólo que nadie sabía leerlo. La historia nos condujo a ese punto ciego y, como en cualquier situación semejante, la culpa debería adjudicarse a la especie humana, o al menos a esa parcela que todavía merece ser identificada con tan flexible clasificación: los humanos humanitarios, por decirlo así, o bien los melancólicos que lograron sobrevivir al cinismo.

El exilio de los cincuenta indígenas recibió considerable atención de la prensa mundial. Una epidemia de imágenes de los kaajapukugi vestidos con trajes ceremoniales muy viejos, pertenecientes a sus ancestros, trenzados en paja de ortiga, pasando por los detectores de metales (una verdadera incongruencia), contaminó las líneas de tiempo durante dos o tres semanas. Tal interés se debió a una narrativa repleta de los atractivos que encantan a la audiencia: su innegable morbo, la violencia sin justificación y, por último, la joya de la corona, un misterio irresoluble. Acto seguido todo desapareció de la memoria pública en pocos días, sin dejar rastro.

ERA EL PRIMER CASO en la historia de las colonizaciones en el que un pueblo amerindio entero, los cincuenta kaajapukugi restantes, pedía asilo político en otro país. Se trataba de los últimos hablantes de una lengua prácticamente desconocida, una extraña lengua mestiza que, aunque en parte cercana al dialecto yepá-mahsã, al ser escuchada por primera vez parecía alienígena, tales eran las diferencias que guardaba con las doscientas y tantas lenguas originarias del Brasil de hace décadas, un invernadero de etnias que ya no existe. Los kaajapukugi pidieron refugio y se llevaron a todos sus sobrevivientes, pues el medio ambiente de donde eran nativos, la Amazonia, estaba muerto, y eran cazados con determinación por el Estado y sus agentes exterminadores: garimpeiros, aserraderos, latifundistas y sus matones habituales, policías, militares y gobernantes.

LOS KAAJAPUKUGI PIDIERON REFUGIO Y SE LLEVARON A TODOS SUS SOBREVIVIENTES, PUES EL MEDIO AMBIENTE DE DONDE ERAN NATIVOS, LA AMAZONIA, ESTABA MUERTO, Y ERAN CAZADOS CON DETERMINACIÓN POR EL ESTADO.

Dicha alternativa extrema sólo fue posible gracias a las negociaciones con el Estado emprendidas por Boaventura, sertanista de la Funai, la Fundación Nacional del Indio brasileña, un hombre que dedicó su vida a la defensa de los kaajapukugi, y que visitó Oaxaca la víspera del viaje de sus protegidos al exilio.

DURANTE MUCHOS AÑOS, Boaventura fue el modelo a seguir en el trato con los pueblos apartados. Acerca de él apenas se sabía que nunca cursó estudios formales, lo que quizá haya resultado en su producción casi nula de estudios etnográficos, y su valor en el campo. En cierto momento de su vida se aisló en el Alto Purús, de manera semejante a los indios a los que defendía, convirtiéndose en el símbolo de un mundo que estaba siendo destruido a gran velocidad, en parte debido a la desaparición de las nuevas demarcaciones de reservas indígenas y a la cancelación de las antiguas. El conflicto continental que suponía la alianza entre Brasil y Colombia contra Venezuela únicamente agravó la situación. Poco a poco dejaron de aparecer historias semifantasiosas de su combate contra los invasores de las tierras kaajapukugi, lo que llegó a confundirse con algo positivo. Después de todo, si no aparecían más titulares catastróficos sobre genocidios indígenas en los periódicos, tal vez los kaajapukugi continuasen vivos, y Boaventura debía seguir en su bote, flotando sobre el horizonte fluvial, casi mezclado con el paisaje amazónico que lo proyectó hacia la fama. Si la ingenuidad suele tener un final, la codicia y la violencia no tienen límite. Cuando finalmente hubo noticias de Boaventura, llegaron vía la fotógrafa británica Sylvia Maria Fuller, principal responsable de que a la mención de su nombre siempre le siga el misterio.

Los contactos de Sylvia Maria Fuller en el Departamento de Antropología de la Universidad Nacional Autónoma de México la llevaron ante el secretario federal de migración, quien a su vez llamó a mi jefe, un hombre cuya presencia en el escritorio se resumía en la figura de su avatar bajo la forma del escudo del equipo del Cruz Azul, que aparecía de vez en cuando en mi pantalla cuando me enviaba mensajes. En aquella ocasión se trataba de un aviso por la llegada ya próxima de Boaventura a Oaxaca. El escudo del Cruz Azul continuó latiendo para afirmar que la tarea de acompañarlo no sería sencilla. Es un hombre de más de ochenta años y con fama de difícil, escribió el jefe. Además, la señora Fuller insistió que él no anda bien de salud. Según ella, lo ideal sería que no viajase, pero Boaventura desea conocer el área de la sierra reservada para los indios. Él ya estuvo en Canadá, prosiguió el brillante avatar del Cruz Azul, y parece que se marchó de aquellas tierras un poco alterado.

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Ante la imposibilidad de obtener apoyo de los países fronterizos (la guerra de ocho años contra Venezuela impidió el diálogo), cuyos biomas se asemejaban a la región de los kaajapukugi en la cuenca del río Purús, al sur del Amazonas, o de aquello que era posible encontrar ahí dos décadas atrás, antes de la destrucción del bioma amazónico, Boaventura, encargado de buscar asilo político para los indígenas, había aceptado la propuesta de Canadá, al principio el único país dispuesto a recibirlos. El avatar de mi jefe vaciló un poco (la demora en la escritura del siguiente mensaje así lo sugería) y, poco antes de desaparecer sin despedirse, como de costumbre, me contó lo sucedido en el segundo viaje, descripción hecha al secretario por Sylvia Maria Fuller.

BOAVENTURA LLEGÓ A OTTAWA en pleno invierno, escribió mi jefe. Mal abrigado, todavía de camino al hotel, decidió que haría hasta lo imposible para encontrar un destino más cálido para los kaajapukugi. No llegó a desempacar. La mañana siguiente, después de deambular por las aceras cubiertas de nieve, pasó casi una hora delante de la inmensa pantalla iluminada en la vitrina de una tienda que reflejaba el parque a sus espaldas, repleto de arces sin hojas. En el reflejo de la vitrina la desolación nevada y sin un alma adquirió contornos aun más gélidos. Observó los rascacielos metálicos en el horizonte, que él sabía abarrotados de ejecutivos empeñados en lucrar con los pocos recursos naturales que todavía existían en el mundo. No parecían construcciones hechas por manos humanas. Terminó por no presentarse en la reunión decisiva, conseguida por la OEA con funcionarios del Ministerio de Derechos Humanos canadiense.

En la vitrina de la tienda, Boaventura se distrajo viendo un reportaje sobre el lanzamiento de la misión china a Marte en el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán. Fue todo lo que hizo en Ottawa: acompañar la lenta preparación de la risueña pareja de tripulantes chinos en simuladores de gravedad e imágenes de la estación marciana con el símbolo de la misión estampado en el costado, un diseño medio borrado que le trajo el recuerdo igualmente nebuloso de algo que prefería olvidar. En la pantalla, subtítulos en inglés consideraban que aquella no era la primera tentativa de enviar una misión tripulada a Marte, pero quizá se tratase de la última. La cámara mostró a la tripulante desnuda de la parte de arriba de su traje espacial, su camiseta sudada y la placa de identificación colgándole del cuello; parecía más pequeña que antes, casi una niña con sus calcetas anaranjadas de lunares blancos. Sentada a la mesa del comedor la tripulante comía sus alimentos, un plato de ramen, y en cuanto el foco se centró en su rostro redondo sonrió a la cámara. Boaventura retrocedió dos o tres pasos al ver aquella sonrisa torcida, los labios alzándose un poco más a la izquierda que a la derecha, la blancura unánime de sus dientes.

Enseguida tomó un taxi al aeropuerto. La desesperación que sentía se alivió ligeramente cuando continuó viendo el reportaje, con distraído interés e indignación creciente, mientras aguardaba el abordaje, y que luego se convirtió en algo parecido a la esperanza. Más tarde tomó el primer vuelo de regreso a São Paulo, a tiempo para su conexión a Brasilia, concluyó el avatar de mi jefe antes de desaparecer definitivamente de mi pantalla.

Sumergido en las nubes sobre el Atlántico, Boaventura se quedó dormido y soñó con María Sabina. En su juventud había asistido a un encuentro impresionante con la chamana oaxaqueña en un congreso, y la turbulenta aparición de ella en su sueño (al despertar descubrió que el avión enfrentaba una tempestad) hizo que se acordara de los contactos que su amiga Sylvia tenía en la UNAM. Al llegar, apenas sus botas agujereadas tropezaron con las tablas sueltas de la oficina de la Funai donde trabajaba últimamente, se dio cuenta de que sus archivos, que guardaban años de investigación, habían desaparecido, al igual que la silla de su escritorio, cuya superficie volteada e inútil le devolvía su mirada sin sentido. Aunque sabía que en pocos días su oficina sería cerrada de manera definitiva, aquello le pareció sospechoso. La Funai no pasaba de ser una especie de bodega en la que el Estado depositaba trastos viejos, lo que parecía incluirlo. En cualquier caso, exceptuando la línea telefónica que sí funcionaba, una verdadera reliquia, era como si su oficina llevara años cerrada.

SUMERGIDO EN LAS NUBES SOBRE EL ATLÁNTICO, BOAVENTURA SE QUEDÓ DORMIDO Y SOÑÓ CON MARÍA SABINA. EN SU JUVENTUD HABÍA ASISTIDO A UN ENCUENTRO IMPRESIONANTE CON LA CHAMANA OAXAQUEÑA EN UN CONGRESO

Cuando habló con Sylvia Maria Fuller, enseguida Oaxaca surgió como la alternativa sin duda más promisoria, por no quedar lejos de Centroamérica, pero también por la eficacia de nuestras políticas indigenistas, que han durado décadas. María Sabina le recordó eso a Boaventura en su sueño, y éste aterrizó en el aeropuerto de la capital del estado cerca de un mes después, a principios de la primavera, donde yo lo esperaba con el sombrero en las manos y la llave del jeep en el bolsillo. Me reveló su sueño con María Sabina cuando nos dirigíamos hacia el norte. Además de sentirse satisfecho con mi disposición para recibirlo, tomó como un buen presagio el hecho de que María Sabina también hubiera sido mi maestra. No le habría dado mayor importancia al sueño en caso de haber ocurrido en tierra firme. Sin embargo, hay que prestar atención a los sueños que tenemos al sobrevolar la superficie de este planeta: y en mi sueño, dijo Boaventura, ella me indicó, sin la mínima posibilidad de equívoco, la cicatriz oscura en el mapa de Oaxaca que representa la sierra de Huautla, territorio de los indios mazatecos.

Gran mal. Joca Reiners Terron ı Foto: Actualidad ambiental

ES EL SITIO PERFECTO, difícil entender cómo no lo pensé antes, concluyó Boaventura. Con la mirada atenta a la carretera y al peligro de que algún animal nocturno se nos cruzara en el camino, sin poder voltear a ver directamente a mi compañero de viaje que ocupaba el asiento del pasajero, me veía forzado a conformarme con su voz ronca resonando a mi derecha y con el recuerdo de haber encarado, no sin cierta timidez, las ruinas de su rostro en el momento de tomar la maleta de su mano en el instante de su llegada. En el primer contacto con los kaajapukugi durante su juventud, él había sido flechado en la cara. Mantenía el equilibrio de pie sobre una canoa que se deslizaba por un río estrecho del Purús cuando una flecha atravesó sus mejillas de un lado al otro, desgarrándole la lengua. Debía a ese día en que experimentó lo que siente un puercoespín, según acostumbraba contarles a quienes acababa de conocer, y al acento medio cojo que usaba para comunicarse en español, que no fuera siempre posible comprender lo que decía. Las últimas sílabas de las frases de Boaventura se perdían en un limbo entre lo dicho y un susurro que moría en el silencio.

La vegetación de la sierra comenzó a volverse más densa cuando traspasamos el límite de la reserva, y el volante del jeep vibraba por el esfuerzo de mis manos para sortear los baches del camino. Con gesto de satisfacción, asomado por la ventana, Boaventura observó los árboles de más de sesenta metros y la larga extensión de enormes bromelias y orquídeas que desdoblaban sus sombras sobre el bosque a la luz de los faros. A sus ojos, aquel ambiente configuraba la reserva indígena prometida a los hombres kaajapukugi, sus amigos de tantos años y a quienes, por extraño que fuera, él nunca les dirigía la palabra, cuyo sufrimiento por ver su tierra invadida y su nación exterminada era llevado al extremo por un hecho que ponía en jaque el sentido mismo de la expresión “reserva indígena”, de acuerdo con Boaventura, ya que entre ellos no quedaba ningún niño. Y la suprema desgracia: no quedaba ya ninguna mujer. El futuro no les deparaba gran cosa.