El año comenzó juerte, Capitán.
Porque dos sobredosis siempre son mejor que una, me gerencié entradas para ambas noches de Yo la Tengo en el Indie Rocks.
El opinólogo de pacotilla Billy Corgan, en un video que circula en redes estos días, afirmó que el rock comenzó a ser silenciado por la industria desde finales de los noventa. Curiosamente, en el 97 salió a la luz I Can Hear the Heart Beating as One, ubicado en el número 423 de los 500 mejores discos de todos los tiempos por la revista Rolling Stone. Me rehuso a secundar al pinche pelón de Corgan. Me niego a proyectar la muerte del rock. No importa que Bad Bunny haya actuado en el show del medio tiempo. O que la inteligencia artificial amenace al creador de carne y hueso. La industria nunca podrá reemplazar al rock. Y lo que aconteció durante esas dos veladas consecutivas con Yo la Tengo es la prueba irrefutable.

Cuchara y memoria, una lectura deliciosa
PRIMERA NOCHE. Si te los toparas en el Parque México caminando, pensarías que Georgia Hubley e Ira Kaplan son un par de gringos jubilados ejercitándose por la mañana. Jamás te imaginarías que son unas estrellas de rock. Y por su look, James McNew tiene la pinta de un profesor que está de visita en la ciudad para participar en un congreso de filosofía. Tal es el antiglamur de esta banda que tuvo sold out dos noches consecutivas en el Indie. Nada mal para estos tiempos de impopularidad del rock.
Lo primero que me llamó la atención cuando el trío saló al escenario fue la falta de celulares grabando. Sí, había dos o tres por ahí levantados. Pero nada parecido a lo que ocurre en los festivales. Una prueba de que la gente ahí reunida nos congregamos con un solo cometido: escuchar. Literalmente babear por los oídos con esta pareja de sexagenarios y un cincuentón. La edad no es un pretexto para el rock & roll. Estos veteranos nos regalaron dos canciones divididas en dos sets y un encore. Tres horas de música por un boleto que apenas alcanzó los mil pesos. Cuántas veces no has pagado un dineral por una entrada y te has sentido estafado. Pues éste no fue el caso.
LA PREGUNTA QUE SIEMPRE ME HAGO ES CUÁL DE SUS DOS REGISTROS ME GUSTA MÁS. EL ACÚSTICO O EL ELÉCTRICO. NO
PUEDO DECIDIRME.
La primera parte del concierto fue acústico. Un embeleso sonoro en el que cayó el recinto entero. Luego vino la masacre. La parte eléctrica en la que la guitarra de Ira ondeó en el aire como si fuera a romperse. Una bonita stratocaster, la mejor para el feed back, no por nada era la favorita de Jimi Hendrix. Bajista y baterista intercambiaron lugares, Ira se movía entre la guitarra de palo y la eléctrica. No me atrevería a calificar las canciones calmaditas de Yo la Tengo como baladas. Y la pregunta que siempre me hago es cuál de sus dos registros me gusta más. El acústico o el eléctrico. No puedo decidirme. Lo mismo me ocurre con Neil Young.
Pero ahí radica el encanto, en que te lleven por tantos estados. En especial esos momentos en que Ira se sienta al piano como en “Moby Octopad” y empiezan a jazzear.
Yo la Tengo es una orquesta de tres individuos. Generan tal cantidad de ritmos que pareciera que se trata de un grupo de seis músicos. Pero no, sólo son dos jubilados que están comprando quesadillas después de una caminata por Parque México, y un profesor de literatura que está revisando una tesis.
Luego de hacernos retorcer una y otra vez, con todo el humor del mundo Yo la Tengo cerró su presentación con una rola disco. Para mandar a todo mundo a su casa lisiado de los oídos. Como debe pasar en todo concierto de rock.
SEGUNDA NOCHE. Yo la Tengo lleva 40 años tocando. Pero no como banda, como laboratorio sonoro. Y con una discografía tan dilatada como la suya, traían todavía mucho parque para la segunda noche. Cierto, es una banda longeva, pero la prueba de que el rock del presente goza de buena salud es el fenómeno que se ha generado con Getting Killed de Geese. Entonces, qué importa lo que quiera la industria, qué importa que se vendan menos guitarras cada año, contamos con suficiente rock para escuchar hasta el fin del mundo. Si mañana no vuelve a salir ningún disco, podemos escuchar todo lo que ya se ha grabado hasta el final de los tiempos.
Pero volvamos a Yo la Tengo. Me pregunto cómo nos mirarán desde el escenario. ¿Como unos pinches bichos raros que pagan a 150 el whiskey con tal de verlos en vivo? Si los milagros existen todavía, ocurrió uno en esas dos noches. La conexión entre el sonido de Yo la Tengo y el público es a prueba de todo. De los Corgan, del reguetón, del periodismo musical condescendiente. Rocanrol al estilo Yo la Tengo dijo alguien a mi lado y comenzó a oler a macoña. Ira viaja de la telecaster a la strato. Eran las 9:43 de la noche y afuera la ciudad, el país, el planeta podría estar cayéndose a pedazos, eso no detendría a Ira, quien a sus 69 años le daba tragos esporádicos a su whisky.
Las canciones de Yo la Tengo son digresiones llenas de orgasmos interminables. Cuando parece que ya han terminado vuelven a comenzar y entonces viene otra oleada sonora. Ira te da la sensación de haber salido de su casa esta noche para comprar leche para la cena y sin saber cómo ha terminado encima del escenario. Se ve tan sereno, pero a la vez desprende una habilidad incansable para estrujar la guitarra. Toda la banda es así: tiene una capacidad apabullante para ser tan dócil o tan energética como lo deseen. Viste la misma playera que la noche anterior. Claro, quién tiene tiempo para pensar en el outfit después de una noche de noise. A qué debe oler, se preguntó alguien a mi lado. Poco importa como poco importaría también si una noche descubres que tu vecino de sesenta que acaba de podar el pasto toca en una de las más ruidosas bandas de punk.
En algún momento de la noche ocurrió algo cagado: un tipo detrás de mí se cayó de una banca. Pero sonó como un pedazo de madera. No me extrañaría que se hubiera quedado hipnotizado, perdido en el sonido, y se hubiera olvidado de sí mismo. La gravedad entonces lo habría traicionado.
Por qué nos embruja tanto un sujeto con una guitarra, jamás lo sabremos. Pero es seguro que, debido a eso, el rock no desaparezca nunca. Si a la industria le importa o no, es su problema. A todos los que estábamos esa noche en el Indienos importa. El rock no va a dejar de existir. No después de noches como ésas. En las que uno no sale siendo el mismo que entró antes de que la banda comenzara a tocar.

