Tendría unos dieciséis años cuando en una muestra de cine logré colarme a ver La gran comilona, aquel filme francés que durante su estreno en 1973 había causado mucha polémica. Sabía de lo que trataba por las reseñas de los periódicos, pero nunca pensé que la historia de estos cuatro hombres que se juntaban a filosofar y a devorar manjares hasta la muerte, pudiera impactarme tanto.
Salí de la sala con algunas escenas fijas en la cabeza, aquellas donde el placer del buen comer se combinaba con el del sexo. En Francia, al orgasmo suele llamársele la petite mort. Y era eso exactamente lo que aquel cuarteto buscaba: una pequeña, pero placentera y contundente muerte.
Cuento lo anterior porque al terminar de leer las 627 páginas que integran los dos tomos de Cuchara y memoria (Planeta) de Benito Taibo, me fue imposible no evocar aquella tarde de cine, sobre todo porque en el último capítulo del libro, Benito Taibo dedica varias páginas a numerosas películas donde la comida es protagonista, destacando especialmente, La gran comilona, de Marco Ferrari.

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ORDENADAS ALFABÉTICAMENTE para facilitar su lectura, estas memorias gastronómicas —por llamarlas con alguna pretensión academicista—, están constituidas por amenas crónicas que abordan temas tan diversos que van desde el origen de las costumbres culinarias humanas, hasta los hábitos de viaje y cocina de la familia Taibo, pasando por la relación del propio autor con numerosos libros y filmes que lo han marcado. Todas narradas ágilmente, hay que decirlo, y sin perder nunca el hilo conductor de la obra: la devoción por la buena mesa.
Guía útil para encontrar los mejores restaurantes de México y de algunas de las principales capitales del mundo, nostálgica autobio-grafía culinaria, recetario de platillos sofisticados, homenaje a los amigos que han partido, Cuchara y memoria coloca a Benito Taibo en la lista de los autores que han mezclado comida y literatura con magníficos resultados. Así, sus textos dialogan con los de Fernando del Paso, Elva Macías, Julian Barnes, Rubén Darío, Claudia Hernández del Valle Arizpe y Mónica Lavín, sólo por mencionar algunos.
Alimentarse pueden hacerlo las ballenas azules, los teporingos, los zorros del ártico... ¡hasta las nutriólogas! Comer, en cambio, es un acto civilizatorio: tradición, memoria, recuerdos, transmisión de conocimientos, sonrisas, evolución, educación sentimental, y creación de personalidad, comenta Benito Taibo en una entrevista a propósito del libro.
¿Y cómo no estar de acuerdo con él si es gracias a su lectura que nos enteramos de docenas de singularidades del mundo gastronómico, tales como la existencia de la escala Scoville que mide el picor de los chiles en el mundo o que fue en Palermo, en el siglo XII, donde nació la idea de la pasta a partir de la creación de unas “cuerdas delgadas de masa” o que las singulares tortas mexicanas surgieron en 1892 en la Ciudad de México de la mano del genial Armando Martínez Centurión, quien en busca de nuevos ingresos decidió vender panes con comida adentro?
GRACIAS A SU LECTURA NOS ENTERAMOS DE SINGULARIDADES COMO LA EXISTENCIA DE LA ESCALA SCOVILLE QUE MIDE EL PICORDE LOS CHILES EN EL MUNDO.
Ajo, cantinas, ensaladas, gazpachos, historia, japoneses, literatura, México, Nueva York, ranas, tortas y umami son tan sólo algunas palabras clave que dan nombre a los capítulos y que sirven como referencia al autor para redactar sus breves relatos. De Nueva York, por ejemplo, Taibo escribe: “Nueva York es el cuerno de la abundancia, el sombrero de copa del mago, el mapamundi del asombro, la mesa servida de la sorpresa”. Y del umami, menciona lo siguiente:
La lengua, el paladar, nosotros, podemos reconocer cuatro sabores esenciales […]: amargo, salado, ácido y dulce. Pero a estos se incorporó, no hace mucho —al menos para la ciencia occidental— un quinto: el umami.
Mención aparte merece el largo capítulo que registra la riqueza gastronómica de México. A los treinta y dos estados dedica el paladar de Benito un apartado para contar sus aventuras culinarias y, de paso, recomendar al lector los mejores platillos y sitios para comer en cada región.
CUCHARA Y MEMORIA ES también un libro que, de forma amena, nos acerca a la obra de numerosos autores que Benito Taibo admira, no sólo por haber legado líneas soberbias a la comida, sino por su indiscutible calidad literaria. En sus páginas circulan fragmentos de las obras de Pablo Neruda, Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Salvador Novo, Sor Juana Inés de la Cruz.
Y también de Herman Melville, Marcel Proust, José Emilio Pacheco, Giovanni Bocaccio, Francisco Serrano, Jaime Sabines, Federico García Lorca, Alfonso Reyes, César Vallejo, José Juan Tablada, Paco Ignacio Taibo I […]. La lista es larga y muchos nombres escapan a mi recuento.
Uno aprende mucho con esta lectura. Cuchara y memoria es un viaje a través del tiempo y del espacio por medio de la vida personal de un autor que aprecia la buena mesa y goza la vida. Que existan escritores capaces de poner tanta información al alcance de los lectores de manera tan deliciosa, es digno de celebrarse.

