No quedan muchas huellas de una vida previa de mi madre. Con previa me refiero a anterior a su vida de casada, y, por lo tanto, de la que, al menos en parte, me tiene por testigo.
No consideró importante guardar ningún álbum de fotografías, eso suponiendo que llegara a tener alguno. Mientras que la vida de mi padre está ampliamente documentada y dispuesta para construir un destino de víctima, la de mi madre no nos ha llegado. O no encontró sitio o nunca se compartió con nosotros. O bien sí hubo un álbum —ahora que escribo sobre ello puedo entrever el lomo del volumen, junto al de mi padre—, pero no una mitología asociada a su vida a la que pudieran conectarse las evidencias fotográficas. Así que se quedaba allí, una vida inerte almacenada en un estante.
Sé, eso es seguro, que mi madre tuvo una infancia. La tuvo y está atestiguada: segunda de las dos hijas de una secretaria y de un obrero de la construcción, en una casa de protección oficial a las afueras de Roma. Pero se trata, de nuevo, de una infancia verbal, que tuvo lugar y de la que no valía la pena hablar porque no había nada que decir al respecto. Es perfectamente coherente con los pocos hechos mediante los que puede resumirse la vida que tuvo lugar estando yo presente.

Diversa Cultural
Aparece en los álbumes de mi padre, una vez más como su emanación directa, para completar el retrato de él. Sentada detrás de él en una motocicleta, en la playa. Es una foto que precede por poco al nacimiento de mi hermana y que no hace presagiar nada. En el doble sentido de que no hace presagiar undestino familiar, ni la desintegración a la que esa familia se encaminaba. Sentada en la moto, no hay nada en su rostro que destaque, no hay euforia ni placer, ni mareos ni miedo. Y no hay seducción. Hay una especie de desapego, como si se hubiera olvidado de estar realmente ahí, de estar presente.
En cuanto a testimonios directos, son muy pocos. No es que hubiera ningún tipo de reticencia a hablar de ello, por parte de ella o de su familia, ni que hubiera algo que olvidar. Más bien, no había mucho que recordar. Solo que ella era la segunda de dos hermanas, y con eso bastaba.
Incluso si se preguntaba, nadie tenía mucho que decir. “Nunca dio problemas” era la síntesis de lo poco que tenían que decir sobre ella. Simplemente estaba allí, estaba en una especie de punto muerto temporal, en el que el tiempo no era una variable, no producía cambios significativos. Nunca se habló de la polio, o al menos no de una manera que dejara una impresión duradera. En lo que a mí me atañía, la atrofia muscular estaba dentro de los pantalones. Aparecía en la playa, en bañador, nadie la notaba de verdad y desaparecía con la llegada de septiembre.

Son pocos los testimonios directos de su vida previa al matrimonio. Uno proviene de mi padre y es, una vez más, un añadido a la imagen de sí mismo que él quería transmitir. Se trata de la forma en que se deshizo de la chica con la que estaba saliendo en aquella época y que lo sorprendió in fraganti con mi madre. La frase que entonces pronunció, y que después me recordó con orgullo como el mejor legado para su hijo varón, le permitió no quedar mal delante de mi madre y no tener que pedir disculpas a la desdichada mujer.
No vale la pena referir la frase, pero es el único contexto en el que mi madre aparece de joven. No hay nada más que me haya sido transmitido, ni la reacción de la persona traicionada, ni la de mi madre, cuando él le comunicó que era ella la elegida. No podría decir si mi madre sabía algo de la otra chica de la misma manera que la otra chica nada sabía de mi madre.
Otro testimonio es el de la madre de mi madre, que liberaba retazos de memoria, o pistas, en cada crisis familiar. Concierne, una vez más, a las primeras etapas de la relación de mi madre con mi padre. Ella sale de casa para ir a la parada del autobús que la conducirá a reunirse con él. Lleva en la mano un enorme despertador redondo, cuyo tictac se oye en toda la casa por la noche. O al menos así se lo imaginaba mi abuela, mientras acompañaba el relato con las manos, recalcando con sus gestos la desproporción del acto. O así me lo imagino yo.
La razón de un gesto como ese, tan estéticamente significativo y ridículo en su conjunto, es que al parecer no encontraba su reloj de pulsera y temía llegar tarde a la cita. Es decir, temía la reacción violenta de mi padre si no se presentaba a tiempo.
Mi madre, a los diecisiete o dieciocho años, cruzando Roma en autobús con un enorme despertador en la mano es el último rastro que tengo de ella antes de encontrarla no muchos años después, con mi llegada al mundo a las tres de la madrugada de un día de primavera en un hospital romano. Es una imagen altamente simbólica. Pero ¿de qué? La interpretación de su madre, cuando me lo contó, fue la de una sumisión dictada por el miedo. Se centró en la actitud de su hija, más que en el elemento visual de la escena.
No tomó en consideración el dispositivo, el despertador que llevaba consigo. Es decir, en su análisis no contempló la posibilidad de que mi madre no tuviera miedo en absoluto de mi padre. Que no sintiera nada, o nada atribuible al temor, y que, por el contrario, mi padre actuara como un activador temporal, capaz de arrancarla del estancamiento en el que vivía, en el que no había nada que declarar ni recordar. Que el tiempo se dejara sentir.
Que la puesta en escena de la amenaza y la reacción, pues, fuera una función social, vida concreta, que por lo menos fuera algo más que nada.
SI NUNCA HE ESCRITO sobre mi madre, ni nunca me he parado a pensar en ella, es porque para hacerlo hace falta extirparla de mi padre. Lo que implica una operación delicada, que requiere una actitud quirúrgica específica, una frialdad de pulso. Requiere lentitud y precisión, un bisturí gramatical. Es decir, dirigir las palabras a las partes que aún no están comprometidas. Identificarlas, aislarlas del resto y luego incidir, hacer daño con nitidez.
SI NUNCA HE ESCRITO SOBRE MI MADRE, NI NUNCA ME HE PARADO A PENSAR EN ELLA, ES PORQUE PARA HACERLO HACE FALTA EXTIRPARLA DE MI PADRE. LO QUE IMPLICA UNA OPERACIÓN DELICADA, QUE REQUIERE UNA ACTITUD QUIRÚRGICA ESPECÍFICA
Extirpar a mi madre de mi padre significa, literalmente, sustraerla a la invasión con la que la figura de mi padre se ha impuesto sistemáticamente en nuestro imaginario, quemando nuestra retina con el soplete de la autoafirmación victimista y condicionando sin remedio nuestra visión. O sea, dejando en la oscuridad todo lo que no era él. En primer lugar, a ella, ya predispuesta a desaparecer. Si hay piedad filial en mí, estriba en lo despiadado de ese intento de sustracción a la oscuridad, el acto cruel de sacarla aplena luz.
Extirpar a mi madre de mi padre, por lo tanto, equivale a sacarla de esa oscuridad para convertirla a todos los efectos en un personaje de novela. Por eso, podría llegar a afirmar, no he escrito ninguna novela hasta ahora. Es decir, un dispositivo que dé cuerpo a un universo del que no he sido testigo directo más que parcialmente. Un dispositivo que genere hechos, pensamientos e incluso una memoria diferente, alternativos, generados en el acto de escribir. Consecuencia, por lo tanto, más de la invención que del recuerdo. En el que mi madre exista de forma independiente, incluso de sí misma.
Mi madre aparece sola en pocos momentos, los primeros ya en el pueblo, en la provincia turinesa no lejana de la frontera con Francia, adonde nos mudamos desde Roma cuando yo tenía cuatro años. El hecho de que esos recuerdos sean pocos es muy significativo, dado que el cometido de ella era ocuparse de nosotros durante el día. Lo que significaba, imagino, acompañarnos al colegio, prepararnos la comida, ayudarnos con los deberes o al menos supervisarlos.
Y, sin embargo, bien poco queda, más allá del acto de rendir cuentas a mi padre por la noche y luego volver a echarse a un lado. Entregar a los niños al encargado.
Quedan, eso sí, los veranos en la playa. Sobre todo, la llegada a Roma de madrugada después de una noche en eltren desde el norte, acurrucados enel asiento, con una pequeña manta encima, cada uno en su sitio, o bien mi hermana y yo tumbados y embutidos como un par de zapatos en su caja. Mi madre está allí, veo su perfil contra la ventana, los destellos de los núcleos de población repartidos a orillas del mar Tirreno. Y luego Civitavecchia cuando sale el sol, y ese gesto de recoger todas las cosas.
No hay prisa en ese prepararse para bajar, un poco de nerviosismo acaso por estar sola al mando. No hay tensión, eso resulta evidente incluso a distancia. No sé si se ríe, no lo creo, pero si lo hace no está ejecutando una orden de su marido. El caso es que nos reímos nosotros, y eso es un hecho, porque no percibimos la sensación de amenaza que en cambio nos cierra la garganta dentro de casa.
En mis recuerdos de infancia, esa relajación coincide con el final del colegio. El tren se detiene en Roma San Pietro, los padres de mi madre nos esperan en la estación y tras unos minutos en coche estamos en su casa. Fuera de la ventana, en el balcón, Roma. Sin la figura de mi padre, el mundo es grande: hay espacio para los edificios, para el cielo y para mi madre.
El verano dura tres meses antes de que empiecen otra vez las clases, y de que volvamos atrás, de nuevo hacia el borde superior izquierdo del mapa. Pero ese lapso en el que mi madre existe por sí misma no dura más de cuatro días, normalmente menos. Creo que tres días es la duración media de nuestra estancia en casa de sus padres. Su casa —es decir, la casa de mi madre— es en realidad una zona de tránsito entre la nuestra y la de la playa, en Santa Marinella. Dentro viven dos personas, las últimas que quedan tras la fuga de sus hijas. El espacio ha sido redefinido de manera tal que sirva de vivienda para una pareja de jubilados.
Junio acaba de empezar, nuestro padre se reunirá con nosotros en agosto en la playa, normalmente tras conducir de noche, para aparecer por la mañana delante de la verja. Entre medias hay dos meses en los que mi madre también podría existir por sí misma, como antes de casarse. Sin embargo, esos dos meses se consumen en tres días.
Al cuarto, nuestro equipaje vuelve al Fiat Ritmo de mi abuelo, que luego se pone en marcha hacia la costa. Todavía veo a mi madre hablando con sus padres, sentados delante. La imagen de ella sentada atrás con nosotros dos se perfila de alguna manera como una pintura real. El movimiento que efectúa su madre para hablarle, acomodándose en el asiento y girando después casi solo el cuello, hace de mi madre una hija, y eso es una evidencia que solo la novela es capaz de registrar. Junto a esa otra evidencia, horizontal, de nuestra condición —mi hermana, mi madre y yo—, la misma jerarquía en el coche, la misma con- fianza en el conductor, otro padre.
Cuando el olor a mar entra por las ventanillas abiertas, en la via Aurelia, nuestro destino está cada vez más cerca. Hay una casa, y dentro está la madre de mi padre esperándonos. Descargamos nuestro equipaje, la maleta de mi madre termina al lado de la cama matrimonial, la nuestra en la habitación de las dos camas individuales.
Los padres de mi madre se quedan a comer, aunque no siempre. El padre de mi madre guarda silencio, como ha guardado silencio durante casi todo el viaje, como guarda silencio casi siempre. No está claro si hay algún disenso en ese silencio en concreto que guarda durante el viaje y en la mesa del almuerzo, aunque lo parezca. ¿Se preguntará, por ejemplo, por qué razón tienen que despedirse tan pronto de su hija? ¿Le gustaría pasar más tiempo con sus nietos? No se sabe. Por lo general se expresa silbando por lo bajo, como una forma de impaciencia. Su mujer, en cambio, es más sociable y en cierto modo es la garante del orden patriarcal. Conversa con su consuegra, mantiene el aire en movimiento todo el tiempo que dura esa presencia compartida. No hay adhesión en tal acto. Pero sí respeto, por así decirlo, por la tradición. Su hija está ahora bajo el poder de su marido, no hay mucho que discutir, no queda más que hacer lo que se puede y se debe. Acompañarla con los niños a la playa, ser amables. Y si hay desagrado en ese acto de entrega, no hay razón, socialmente, para reivindicarlo.
SU HIJA ESTÁ AHORA BAJO EL PODERDE SU MARIDO, NO HAY MUCHO QUE DISCUTIR, NO QUEDA MÁS QUE HACER LO QUE SE PUEDE Y SE DEBE. ACOMPAÑARLACON LOS NIÑOS A LA PLAYA, SER AMABLES
Una vez terminado el almuerzo se marchan, y el tiempo que mi madre pasa con ellos acaba también. Su papel es entregarnos, devolvernos a la jurisdicción de mi padre, incluso en contumacia. Y esa jurisdicción da comienzo tan pronto como su Fiat Ritmo deja de estar aparcado en la calle.
Allí mi madre desaparece de la escena, después de cuatro días. En su lugar aparece la madre de mi padre, que ha alquilado una casa con espacio suficiente para albergarnos durante tres meses. Lo alquila todo el año, a un precio rebajado respecto al de los tres meses de verano únicamente. A finales de marzo, ella se traslada allí desde Roma, y deja la casa cuando el otoño muestra su lado irreconciliable con el mar. Aunque está sola, se instala en una habitación de servicio, pues las otras habitaciones y el salón esperan la llegada de sus nietos y de la mujer de su hijo en junio, y de su propio hijo a principios de agosto.
Los dos meses que separan nuestra llegada a la playa de la de mi padre serán para mi madre, por encima de todo, un tiempo de espera. Que mi padre regrese, que mande noticias de la forma que sea. Que lleguen sus cartas desde casa, con caligrafía normal para ella y en mayúsculas para nosotros, sus hijos, a cada uno con la cantidad y la clase de información que le corresponde. Mi madre repartirá las cartas y luego leerá la suya por la noche, me imagino, sola en su habitación. Lo cual supone una especie de intimidad, o al menos eso es lo que se siente escribiendo esta escena.

No soy capaz de decir si ella sufría por esa distancia, pero es un hecho que no se consideraba suficiente por sí sola. No con nosotros, ni sentada en la tumbona, ni bajo la sombrilla, junto a los demás veraneantes, ni bajo el poder —por lo demás, nunca delegado por escrito— de la madre de mi padre. Con la cual, además, también perdía la cocina como su espacio propio en la casa.
La imagen más clara, relativa a ese periodo de espera, es su carrera por la playa hacia el teléfono del club, mientras su nombre resuena varias veces en el aire, voceado por megafonía por la mujer del socorrista o el socorrista mismo. La imagen destaca por la torpeza del gesto, y por la ternura que sentía yo al ver ese cuerpo corriendo en bañador, con esa pierna más delgada, ante la mirada de todos, sobre la arena hirviendo. Era una carrera de emergencia, mientras su nombre seguía sonando como una sirena. Mi padre llamaba (ocurría una sola vez en todo el verano, normalmente para decir que llegaría al día siguiente) y ella, de repente, dejaba lo que estuviera haciendo y corría hacia el bar, dejando atrás las duchas, dejando atrás las escaleras.
Me resulta imposible, cuando vuelvo a repasar esa carrera —mi hermana y yo solíamos burlarnos de mi madre, con una especie de bochorno—, eludir su rostro, esa mezcla de la aprensión por llegar a tiempo para no decepcionar a mi padre y una suerte de presagio de que la espera había terminado, una suerte de alivio. Ella no tardaría en desaparecer de nuevo, en regresar a los bastidores del teatro familiar. Y tampoco dejo de ver esa otra expresión, más dolorida, ante la mirada de los bañistas, mientras al correr contenía el ritmo de los pasos para no llamar demasiado la atención: correr por vergüenza, sobre todo, para que dejaran de gritar su nombre —quienquiera que fuera el encargado de aquel chabacano anuncio— por megafonía.

