LO KITSCH
Según algunos, la palabra kitsch se remonta a la segunda mitad del siglo XIX, cuando los turistas americanos en Múnich querían comprar un cuadro barato y pedían un esbozo (sketch). De ahí procedería el término para indicar vulgar pacotilla para compradores deseosos de experiencias estéticas fáciles. No obstante, en dialecto mecklemburgués existía ya el verbo kitschen, que significaba “recoger barro en la calle”. Otra acepción del mismo verbo sería también “trucar muebles para hacerlos aparecer antiguos”, y existe el verbo verkitschen que significa “vender a bajo precio”. Ahora bien, ¿quién considera que algo es de pacotilla? La “alta” cultura considera kitsch los enanitos de jardín, las estatuillas devocionales, los falsos canales venecianos del casino de Las Vegas, el falso grutesco del famoso Madonna Inn californano, que pretende proporcionar una experiencia “estética” excepcional al turista. Y definitivamente kitsch fue el arte conmemorativo (que pretendía ser popular) de las dictaduras estaliniana, hitleriana o mussoliniana, que calificaban de “degenerado” el arte contemporáneo.
Umberto Eco, “Lo kitsch”, Historia de la fealdad, trad. María Pons Irazazábal, Debolsillo, 2013.
EL SUBSUELO DEL REINO UNIDO
Durante las épocas geológicas, cuando el esferoide terráqueo estaba todavía en proceso de formación, estaba circundado por una densa atmósfera saturada de vapor de agua y fuertemente impregnada de dióxido de carbono. Poco a poco estos vapores se fueron condensando en muchos y sucesivos diluvios, que cayeron sobre la Tierra como si hubieran sido arrojados de las bocas de algunos millones de millones de botellas de agua de Seltz. Era, en efecto, un líquido saturado de ácido carbónico, que se derramaba torrencialmente sobre un suelo pastoso, mal consolidado, sujeto a deformaciones lentas o bruscas y mantenido al mismo tiempo en este estado semifluido tanto por el calor procedente del sol, como por el fuego de la masa interior. Este fuego no estaba todavía encerrado en el centro del globo. La corteza terrestre, poco espesa y no completamente endurecida, lo dejaba pasar a través de sus poros. De aquí provenía una exuberante vegetación, semejante sin duda a la que tal vez existe en la superficie de los planetas inferiores Venus o Mercurio, más próximos que nosotros al astro radiante.
La superficie de los continentes, aún escasamente firme, se cubrió, pues, de bosques inmensos. El dióxido de carbono, tan adecuado para el desarrollo vegetal, existía en gran abundancia, y por tanto los vegetales se desarrollaban en formas arborescentes. No había ni una sola planta herbácea. Por todas partes se encontraban enormes masas de árboles sin flores, sin frutos, de un aspecto monótono, que no hubieran podido servir para la alimentación de ningún ser viviente. La Tierra no era todavía apta para la aparición del reino animal.
Julio Verne, Las Indias Negras, ilust. J. Férat, C. Barbant y G. Roux, RBA Editorial, 2017.
EL PRIMER CINE
En 1908, siendo todavía un niño, descubrí el cine. El local se llamaba “Farrucini”. Fuera, sobre una hermosa fachada de dos puertas, una de entrada y otra de salida, cinco autómatas de un organillo, provistos de instrumentos musicales, atraían bulliciosamente a los curiosos. En elinterior de la barraca, cubierta por una simple lona, el público se sentaba en bancos. Conmigo iba siempre mi nurse, desde luego. Me acompañaba a todas partes, incluso a casa de mi amigo Pelayo, que vivía al otro lado del paseo.
Las primeras imágenes animadas que vi, y que me llenaron de admiración, fueron las de un cerdo. Era una película de dibujos. El cerdo, envuelto en una bufanda tricolor, cantaba. Un fonógrafo colocado detrás de la pantalla dejaba oír la canción. La película era en colores, lo recuerdo perfectamente,lo que significa que la habían pintado imagen a imagen.
En aquella época, el cine no era más que una atracción de feria, un simple descubrimiento de la técnica. En Zaragoza, aparte el tren y los tranvías que ya habían entrado en los hábitos de la población, la llamada técnica moderna apenas había empezado a aplicarse. Me parece que en 1908 no había en toda la ciudad más que un solo automóvil y funcionaba por electricidad. El cine significaba la irrupción de un elemento totalmente nuevo en nuestro universo en la Edad Media.
Luis Buñuel, Mi último suspiro, trad. del francés Ana María de la Fuente Suárez, DeBolsillo, 2012.
NABOKOV PADRE
Los Nabokov tomaron el camino del exilio en familia, y creo que es el momento de hablar un poco de Vladimir Nabokov padre, que era una personalidad notable. Tremendamente rico y de buena cuna, colmado de todas las dádivas posibles, no por ello dejó de ser un firme opositor de la autocracia obtusa de Nicolás II. Encarcelado por haberse negado, en un banquete oficial, a brindar a la salud del zar, denunció igualmente, con el ímpetu de un Zola, el escandaloso juicio a un judío acusado en Ucrania de haber torturado y matado a un niño cristiano con fines rituales. Unas figuras repugnantes mostraban a Nabokov padre entregando la sacrosanta Rusia en bandeja de plata a las narices ganchudas de la judería internacional, y fue precisamente esa hoja de servicios en favor de la justicia y la libertad la que le costó morir asesinado en el exilio berlinés, en 1922, a manos de dos monárquicos rusos. Esa tragedia no impidió que Nabokov hijo viviera en Berlín, con su mujer, Vera, y el hijo pequeño de ambos, años hechizantes, aunque el hechizo era su manera de ser.
Emmanuel Carrère, Koljós, trad. Juan de Sola, Anagrama, 2026.
UNA LLAMADA A LA MADRE DE BORGES
[Mi madre] recibió una llamada a la madrugada. Yo escuché que el teléfono sonaba y a la mañana siguiente le pregunté: “¿Acaso lo soñé yo, o llamaron anoche?”. “No, no lo soñaste —aclaró mi madre—. Llamó un tilingo a las dos de la mañana y me avisó que nos iba a matar”. Y mi madre le respondió: “Matar a mi hijo es fácil. Lo puede encontrar en la calle y matarlo cuando se le ocurra. En cuanto a mí, ya tengo más de noventa años, así que le aconsejo que no pierda el tiempo hablando por teléfono y venga a matarme pronto, porque si no se apura, por ahí me le muero antes”. Luego de esto colgó el teléfono y se fue a dormir otra vez.
Borges: el misterio esencial. Conversaciones en universidades de los Estados Unidos, edición y fotografías Willis Barnstone, trad. y notas Martín Hadis, Lumen, 2022.
EL OTOÑO
A mí me encantaba el otoño, sobre todo el final del otoño, cuando ya se segó el trigo, terminaron las faenas del campo y los labradores se recogen en sus chozas y se preparan ya para el invierno. Entonces sevuelven más oscuros los días, cúbrese de nubes el cielo, tórnanse amarillos los bosques, cae la hoja de los árboles, y éstos se quedan pelados y negros..., especialmente al caer la tarde cuando se levanta todavía una bruma más húmeda, y luego se dejan ver como oscuros e informes gigantes, como pavorosos espectros. Y cuando nos hemos rezagado en el paseo y nos hemos quedado detrás de los demás..., ¡qué prisa nos damos por alcanzarlos y qué miedo nos entra tan grande! Temblamos como la hoja del álamo. ¡Quién sabe si... detrás de aquel tronco de árbol... no se esconderá algún monstruo que, al pasar nosotros, se nos abalanzará! Y a todo esto, el viento corre por el bosque, y ruge, y silba, y a veces creemos oír voces que aúllan y se quejan, y las hojas revolotean por los aires y se arremolinan en el viento, y de pronto pasa, zumbando con estridente chillido, un bando entero de aves de rapiña.
Fiódor M. Dostoievski, Pobre gente, trad. Fernando Otero Macías y José Ignacio López Fernández, Alba, 2010