
LOS PĀNTU
[…] el grito de un niño corta el aire. Nítido, prolongado, como una raya rojiza trazada sobre un folio. Y ahora lo sigue un llanto, desesperado, lleno de miedo. Todos miran hacia la izquierda, los imitas y casi no reparas en lo que tienes al lado. Un olor terroso te inunda las fosas nasales. Una mano cubierta de una pulpa oscura te toca la frente, es húmeda, viscosa, desprende un olor desagradable. No logras saber si está caliente o fría, a qué criatura pertenece. Se desliza sobre tus ojos que se cierran rápidamente; en un instante tu rostro está cubierto y ahora el olor proviene de ti. Cuando vuelves a abrirlos te encuentras una mirada blanquísima con los iris negros: asoma entre las ranuras de una máscara plana y oval. El resto del cuerpo es un gran amasijo de barro y hojas de apariencia humana, una amalgama verdegris que huele a humedad palpitante de la tierra. Lo que tienes delante es uno de los Pāntu, divinidades demoniacas que visitan Miyakohima anualmente […] Liberan del mal lo que tocan, lo que embadurnan.
Francesca Scotti, Uragami Kazuhisa, “Miyakohima”, Shimaguni. Atlas narrado de las islas de Japón, trad. del italiano de Andrés Catalan, Nórdica Libros, 2025.
EL ARTEY LA SOCIEDAD
GILBERT: Todo arte es inmoral.

El Cultural No. 550
ERNEST: ¿Todo?
GILBERT: Sí. Porque la finalidad del arte es la emoción por la emoción, mientras que la finalidad de la vida es la emoción por la acción, como también lo es de esa organización práctica de la vida que llamamos sociedad. La sociedad, que es el principio y la base de la moral, existe sólo para concentrar la energía humana, y con el fin de garantizar su propia continuidad en condiciones estables y sanas, exige de cada uno de sus ciudadanos, y bien está que así sea, la contribución al bien común mediante alguna forma de labor productiva: exige esfuerzo y trabajo para que pueda llevarse a cabo la tarea diaria. La sociedad con frecuencia perdona al criminal, pero jamás perdona al soñador. Las bellas y estériles emociones que el arte excita en nosotros son aborrecibles a ojos de la sociedad, y a tal grado están las personas dominadas por la tiranía de este terrible ideal social, que sin ningún pudor se nos acercan en espacios privados y públicos y nos interrogan con voz estentórea: “¿A qué se dedica usted?”, cuando “¿Qué piensa usted?” es la única pregunta civilizada que a un ser humano debería estarle permitido formular a otro en voz baja.
Oscar Wilde, La importancia de discutirlo todo, trad. Catalina Martínez Muñoz, Rey Lear, 2010.

LENGUA MATERNA
Cuando pienso en mi lengua materna sé que atrás bulle el tiempo. En este tiempo vive la sombra cosida que se expande y contrae con los movimientos de la lengua. ¿La lengua de la boca o la lengua que expresa? No lo sé. Sólo percuten en mi corazón palabras antiguas que le dan movimiento a lo que soy. La sombra cosida alterna su identidad con el cuerpo que la proyecta. Yo es otro y otro es yo. Alternamos la música de lo que somos.
Myriam Moscona, Tela de sevoya, Tusquets Editores, 2025.
LOS CENSOS DEL ESTALINISMO
En 1937 hubo un censo nacional, el primero después del de 1926, que había dado una población de 147 millones. Extrapolando la tendencia de las cifras de los años veinte, Stalin dijo que esperaba un total de 170 millones. La Oficina del Censo dio 163 millones, una cifra que reflejaba las consecuencias de la política estalinista. Stalin mandó detener y fusilar a los de la Oficina del Censo. Las cifras reales del censo se mantuvieron ocultas, pero la oficina fue denunciada públicamente como nido de espías y saboteadores, a pesar de que había comunicado sus resultados a Stalin y no (por ejemplo) al Times de Londres. En 1939 hubo otro censo. Esta vez, la Oficina se las arregló para dar 167 millones, que Stalin en persona redondeó en 170. Puede que el informe de la Oficina del Censo contuviera una cláusula adicional, diciendo que si a Stalin le parecía una cantidad demasiado baja, entonces tendría que reducirla un poco más, ya que habría que restar los miembros de la oficina. Los censistas de 1937 fueron fusilados por “traidores que reducían la población de la URSS”. Ya lo tenemos: el estalinismo es la perfección negativa.
Martin Amis, Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones, trad. Antonio-Prometeo Moya, Compactos Anagrama, 2015.

EL MITO DE LA MUERTE
Sucede, muy raramente, que el amor, la amistad o la camaradería pueden vencer la soledad de la muerte; a pesar de las apariencias, aun cuando yo le agarraba la mano a mamá, yo no estaba con ella: le mentía. Porque siempre ella fue mistificada, esa suprema mistificación me resultaba odiosa. Me hacía cómplice del destino que la violentaba. Sin embargo, en cada célula de mi cuerpo, yo me unía a su rechazo y a su rebelión: es también por eso que su derrota me derribó. Aunque estuve ausente en el momento en que expiró —en tanto que por tres veces asistí a los últimos momentos de un moribundo— al pie de su cabecera fue donde vi a la muerte de las danzas macabras, gesticulante y maliciosa, la muerte de los cuentos de sobremesa, que llama a la puerta con una guadaña en la mano, la muerte que viene de lejos, extranjera e inhumana: tenía el mismo rostro de mamá cuando descubría su mandíbula en su amplia sonrisa de ignorancia.
[…] No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona al mundo. Todos los hombres son mortales: pero para todos los hombres la muerte es un accidente y, aun si la conoce y la acepta, es una violencia indebida.
Simone de Beauvoir, Una muerte muy dulce, trad. María Elena Santillán, Editorial Sudamericana, 1965.
UNA INFANCIA EN SOLEDAD
Fui al colegio a partir de los diez años, y tempranamente adquirí una profunda aversión hacia los hombres. Esta sociedad de niños es tan cruel para sus víctimas como la otra pequeña sociedad, la de los hombres. Igual injusticia de la multitud, igual tiranía de los prejuicios y de la fuerza, igual egoísmo, pese a lo que se haya dicho acerca del desinterés y la fidelidad de la juventud. ¡Juventud!, edad de locura y de sueños, de poesía y de estupidez, sinónimos en la boca de personas que juzgan el mundo sanamente. Me ofendieron por todos mis gustos; en la clase, por mis ideas; en los recreos, por mis inclinaciones de salvajismo solitario. Desde entonces, fui un loco.
Allí lo pasé solo y aburrido, atormentado por mis maestros y burlado por mis compañeros. Mi humor era burlón, e independiente, y mi mordaz y cínica ironía no respetaba menos el capricho de uno solo que el despotismo de todos.
Aún me veo, sentado en los bancos de la clase, absorbido en mis sueños sobre el futuro, pensando en lo más sublime que la imaginación de un niño puede soñar, mientras el pedagogo se burlaba de mis versos latinos, mientras mis compañeros me miraban mofándose. ¡Qué imbéciles!, ¡ellos, reírse de mí!, ellos, tan débiles, tan vulgares, con un cerebro tan estrecho; de mí, cuyo espíritu se ahogaba en los límites de la creación, que me hallaba perdido en todos los mundos de la poesía, que me sentía superior a todos ellos, que recibía goces infinitos y que tenía éxtasis celestes ante todas las revelaciones íntimas de mi alma.
Gustave Flaubert, Memorias de un loco y otros textos de juventud, trad. José Lasaga, Biblioteca de El Sol, 1991.


El archivo personal de Poniatowska

