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esde la antigüedad, los seres humanos nos hemos preguntado: ¿por qué nuestro comportamiento es tan distinto al de otros seres vivos? Al igual que los demás animales, somos capaces de interactuar con el mundo mediante ciclos de percepción y acción: detectamos estímulos del entorno, y reaccionamos frente a esos estímulos a través del movimiento. Pero los seres humanos disponemos de una capacidad insólita para razonar acerca de nuestras propias acciones, y paramodificarlas —al menos parcialmente— tras una deliberación. El ser humano es un animal racional: ese fue el dictamen de algunos pensadores. La capacidad para comunicarnos verbalmente, para entendernos los unos a los otros a través del lenguaje, contribuye sin duda al análisis y al control de nuestras acciones. Disponemos de otra característica sorprendente: aprendemos a hablar con nosotros mismos en silencio, y le llamamos pensamiento verbal a esa conducta privada. Los pensadores han dicho entonces que el ser humano es un animal lingüístico, o un animal simbólico, porque el lenguaje verbal requiere símbolos que se han construido de manera colectiva, lentamente, a lo largo de la historia cultural. Es como si la cultura milenaria desarrollada por los pueblos que nos anteceden hubiera dejado un obsequio invaluable en cada uno de nosotros: la madera necesaria para dar vida a la llama del pensamiento.
Sin embargo, podemos perder los atributos de la acción racional en el transcurso de algunas enfermedades. Esto también fue observado desde la antigüedad. Hace veinticinco siglos, Hipócrates —el médico de Kos— dejó inscrita una lección inolvidable en el libro de las Epidemias. Durante los estados de fiebre, algunas personas deliraban, sufrían alucinaciones, y perdían el control de su propia conducta. A veces sobrevenía la muerte. Algunos enfermos recuperaban por completo la salud y la lucidez, y el delirio febril quedaba atrás como se olvida, o se pretende olvidar, una pesadilla aterrorizante. La medicina griega llamó frenitis a esa condición, y los médicos romanos le llamaron delirium, que significa “salirse del surco”. ¿El surco del pensamiento? ¿El surco de la acción racional?

En la orilla del viento. Entrevista a Jaime Sabines (1926-1999)
LA FRENITIS ES QUIZÁ EL PRIMER TRASTORNO mental del que se tenga noticia en la historia de la medicina. La etimología de la palabra es de gran interés: si hacemos una traducción literal, se refiere a la inflamación del diafragma, el músculo más importante del tórax. El diafragma hace posible la respiración. Los ciclos de inspiración y espiración dependen en gran medida de ese músculo portentoso. Y se trata de una clave inesperada para entender el origen de una palabra enigmática: me refiero a la palabra psique. No se dispone de una traducción perfecta de esta palabra porque los documentos más antiguos se contradicen: esta palabra podría significar movimiento, mariposa, o tornasolado. Por supuesto, Psique es también una ninfa que aparece en una de las novelas más antiguas de la humanidad: El asno de oro, de Lucio Apuleyo. Al parecer, los griegos de la antigüedad observaron que la transición hacia la muerte tenía signos inconfundibles: en primer lugar, un cese completo de la respiración. El trabajo del diafragma se detiene y los ciclos de inspiración y espiración llegan a su final. El corazón deja de latir y el movimiento corporal desaparece por completo. ¿Por completo? Los médicos de aquella época ignoraban que, tras la muerte, hay un sinnúmero de reacciones químicas en el cadáver, así como la proliferación de bacterias anaerobias, que no requieren oxígeno: el cadáver da origen a otras formas de vida, ciertamente. Pero no se trata de nuestra vida: el ser humano que percibía y actuaba, la persona que hablaba y transmitía sus ideas y sentimientos mediante el lenguaje, la música, la danza, deja de existir como un ser integrado. El movimiento del cuerpo entero —el cuerpo animado— desaparece de manera irreversible y no queda una sola manifestación conductual del individuo humano. El final de la vida es el final de la acción: el ser humano capaz de reflexionar acerca de sus propios actos llega a su final. La psique, pensaron los griegos de la antigüedad, es el movimiento vital del cuerpo humano, la vitalidad del cuerpo entero. En otras palabras, la psique es su vida, o para decirlo con más precisión, en la manifestación de nuestra vida en este mundo. Las religiones del mediterráneo, y las tradiciones espirituales en el resto del mundo, concluyeron que ese movimiento se originaba en una esencia o sustancia invisible que sería una psique inmortal, incorpórea, inmaterial. La traducción latina del término psique es mucho más conocida en nuestros días: se trata del alma.
LA PSIQUE ES LA CONDUCTA DEL ORGANISMO, LO QUE INCLUYE NO SÓLO LAS MANIFESTACIONES PÚBLICAS DEL COMPORTAMIENTO, SINO TAMBIÉN LA ACTIVIDAD PRIVADA DEL PENSAR Y EL SENTIR
AL MARGEN DEL DEBATE METAFÍSICO en torno a la vida del alma más allá de la muerte, quiero centrarme en el pensamiento de Aristóteles, el filósofo naturalista del siglo III antes de Cristo. En su libro De ánima, el filósofo plantea que la psique es precisamente el movimiento del cuerpo entero. Con una terminología contemporánea, diré que la psique es, para Aristóteles, la interacción del organismo humano con su entorno. En otras palabras, la psique es la conducta del organismo, lo que el organismo hace. Pero esto incluye no sólo las manifestaciones públicas del comportamiento, sino también la actividad privada del pensar y el sentir.
Para explicar la transición de lo externo a lo interno y viceversa —para entender la relación intrínseca entre la vivencia privada y la actividad pública— me gusta pensar en la banda de Moebius. Cuando fui hace muchos años con mi padre al Museo de Ciencia y Tecnología de la Ciudad de México, me mostró una figura que parecía una escultura abstracta, algo así como una cinta enroscada sobre sí misma, y me dijo algo así:
Si te fijas bien, en esta figura la cara externa se convierte en la cara interna, y si recorres la cara interna, verás que depronto hace un giro y se convierte en la cara externa y así, otra vez, hasta el infinito. Imagina que un ser humano diminuto camina por la parte externa; al llegar a cierto punto, la superficie en la que camina hace un giro de 180 grados, y ahora avanza por la parte interna de la banda, pero luego regresa al punto original y esta vez el giro de 180 grados lo lleva a la cara externa de la banda, y de esa forma puede ir de adentro hacia afuera, y de afuera hacia adentro [...] el recorrido no tiene un límite, siempre puedes seguir avanzando.
La metáfora de Moebius sugiere que el organismo sostiene ciclos de percepción y acción con el mundo, pero que hay una parte interna, oculta a los demás, que forma parte de estos ciclos. La interacción externa está modulada por los procesos internos, y los procesos internos son modulados por la actividad externa. En el medio externo y en el medio interno hay procesos observables y procesos invisibles, y el organismo —la persona, el sujeto humano— utiliza sus recursos cognitivos para explicar y entender todo lo que observa, pero esto lo lleva a investigar lo desconocido del mundo y de sí mismo.

