Broté desde la semilla, en terreno fértil, en la anunciación de la primavera. Me aparecí, obstinada, como he sido siempre. Toleré la altura, la humedad, la sequía del clima local. Crecí de golpe, irrumpí en verde, nunca he sido discreta, necesito exhibirme. Amanecí de tono violeta casi irreal, excesivo, para ser vista por todos. Atraigo, seduzco, llamo la atención, no se acercan demasiado, mucho menos se quedan conmigo. Me observan de lejos, me retratan, dibujan. Escriben cuentos y poemas sobre mi belleza y misteriosa presencia. Nadie se aproxima. Acortar la distancia implica transgresión. Es lo prohibido, amenazante, o peor aún, el riesgo de quedarse enlazado. Mi olor embriaga, pero ninguno hunde la cara en mis flores. No abrazan mi tronco con los brazos, no reconocen que esta textura, aunque rugosa, devuelve caricias.
Soy espectáculo y ornamento, un accesorio decorativo de la temporada.
Aparezco y deslumbro. Todo en mí es impulsivo. Estallo de forma explosiva, sin cálculo, sin garantías. Voy a otro ritmo, tengo otros tiempos y diferentes maneras de manifestarme.

En la orilla del viento. Entrevista a Jaime Sabines (1926-1999)
FLOREZCO. ME VOY DESHACIENDO en lluvia purpúrea, se desvía y arremolina antes de tocar suelo, sin caer de golpe. Doy sombra, también desecho. Ensucio. Incomodo y desordeno, hasta que inundo el espacio. Desaparezco sin advertencia. Hay algo paradójico en mí. Para volver a salir, requiero despojarme antes, quedar casi en huesos, sin hojas, como si la plenitud exigiera una pérdida previa. Entonces muestro mis ramas, bifurcaciones, cicatrices visibles.
Cada año prometo volver sin ser exactamente la misma. Esa es mi única certeza. Por eso te inquieto. No encajo con la idea de estabilidad.
Dejo en la tierra una alfombra lila, la que nadie se ha atrevido a pisar, para no mancharse. Tú prefieres una superficie segura, estable, cordial, yo no soy eso. Soy cíclica, no predecible, etérea, nunca ligera, impermanente y pasional. Pido sol, agua, también oscuridad y soledad. Demando la autonomía de crecer libremente, de morir, de nacer, irme y reincidir para empezar otra vez y dejar atrás la tristeza otoñal y la insensibilidad del invierno. Tras de mí llegará el verano que agostará mi condición por varios meses en los que seguiré oculta y latente preparando mi vuelta.
Te invito a enraizarte conmigo. Tu naturaleza pasará como todo, rápido y lento, los suspiros serán nuestro calendario, la pasión marcará las noches fugaces y los días se irán con las nubes al mar. Grabarás tus iniciales en mi corteza, exudaré la sangre de mi savia y en la herida quedarán nuestros nombres.
Me despido y te dejo mis últimos pétalos con una mancha indeleble que soy yo, que nunca termino de irme. Cada marzo regresaré más renovada y esplendorosa que antes, cubierta de ese color morado que en mí reconoces y será tu regalo. Volveré a desbordarme sin temor al exceso, a alterar de nuevo el paisaje sereno de tu vida. Y cuando el árbol esté floreciendo, algo de ti vibrará y me vas a mirar otra vez, aunque no quieras.
Me llamarás loca, mi mujer jacaranda.
*Fue bueno mientras dudó.

