El apagón y las sábanas blancas forman parte del imaginario popular y letras musicales de trovadores como Gerardo Alfonso preservan ese sentir mayoritario de la sociedad cubana que ha afrontado la adversidad en múltiples épocas, casi desde siempre. Los acontecimientos de actualidad sobre el desabastecimiento de petróleo y las grandes carencias de energía han puesto de relieve un clima de tensión política, que no es ajena a la literatura y las artes en la isla caribeña. Hay una tradición cultural en el Caribe que es compartida por la gran mayoría de los territorios insulares que conforman otro mapa posible de la vida, más silencioso, noctilucente, como esas imágenes de la misión Artemis II de la NASA. Se trata de la condición ontológica de Calibán, el nativo de La Tempestad de Shakespeare, que se ha reclamado desde diversos ángulos de coloniales como un bastión de la resistencia originaria ante los procesos civilizatorios, salvaguardando los vínculos esenciales a la naturaleza y el paisaje. Ya en la mirada de poetas cubanos como Roberto Fernández Retamar, existió una conciencia de pertenencia a esa teleología heredada de Lezama Lima y la revista Orígenes, donde la escritura y la plástica con el propio entorno geodésico de la cubanidad, procurando la efervescencia de los frutos objetivos para el hallazgo de belleza, perplejidad y ensueño.
El personaje de Calibán habitaba con su primitivismo fundacional, reclamó la propiedad de la isla, heredada de su madre Sycorax, un referente femenino que ha llamado la atención de la crítica por su simbolismo ancestral, al ser aquella desconocida hechicera que provenía de la lejana ciudad de Argel, en el norte de África, un eslabón directo para la afrodescendencia caribeña. Se podría tratar de la población bereber, amazigh, que ha constituido el sustrato indígena de una parte trascendental de la geografía social de las montañas de la Cabilia argelina hasta el atlas marroquí. Los bereberes conforman una destacada población cuya diáspora sobrepasa las fronteras con una identidad común, la perseverancia nómada de figuras como el tuareg evidencia la sobrevivencia en el desierto de los bereberes.

A Cuba llegarían, desde su matriz histórica, una cantidad innumerable de habitantes de otras islas como Canarias, cuya autoctonía ancestral a través de los antiguos guanches nutrió los campos de Cuba. Es una doble insularidad la que forjó el mestizaje nacional cubano, lo guajiro profundo entronca con la savia precolonial canaria, de raigambre amazigh, así se conservan las semejanzas de resonancia para la común idiosincracia insular. De hecho, sobre los lazos de parentesco entre Cuba y Canarias, se encuentra el primer documento considerado de la literatura nacional cubana, que proviene del canario Silvestre de Balboa. Su “Espejo de paciencia”, un documento testimonial que hunde sus raíces en el mundo insular de 1608, con la eclosión de ninfas y guanábanas, las palabras de voz vernácula que dan nombre a las cosas subrayan la cartografía del paisaje cubano dilatado en la mirada atónita del nuevo yo. Y es que la oscuridad de los tiempos preteridos posee raíces y rizomas,subterfugios y ecosistemas que establecen nexos insospechados que hacen de la relación entre islas y archipiélagos un verdadero mapa de orientación para entender las encrucijadas del presente. Si en Canarias la devastación ecológica provocada por la especulación urbanística del turismo de masas ha encendido las alarmas sobre el colapso venidero, ahora en Cuba la implosión del modelo comunista con sus contradicciones naturales ha mostrado que se necesitan cambios, más aún cuando el bloqueo estadunidense ha generado heridas que han agredido de modo incontable los derechos humanos esenciales. La reiterada obsesión de la Administración Trump por acabar con Cuba tiene tras de sí una dimensión que va más allá de la política, la isla resume en sí misma toda la procedencia inmemorial de la condición humana, el “ajiaco” de razas y culturas que no entra en la lógica binaria de lo gringo. Estados Unidos, lejos de celebrar su diversidad polisémica, ha seguido el discurso monolítico del supremacismo blanco, una tendencia enfermiza del alma americana que no asumieron jamás muchos de sus creadores más originales. Ahí sigue la sombra del novelista David Foster Wallace, ahorcado en el patio de su domicilio de California, señal del hastío de su generación y premonición de la decadencia en un país que no supera sus traumas profundos.

Juan Pedro Viqueira, maestro e historiador
A 90 MILLAS DE FLORIDA, la riqueza literaria y artística de la sociedad cubana ha volcado ante los ojos del mundo un patrimonio universal, de alegrías y dolencias, de pesares y utopías. Por ejemplo, sin el relato de Senel Paz, llevado al cine como Fresa y chocolate con magistral desempeño a cargo del tándem entre Jorge Perugorría y Vladimir Cruz, no hubiera sido posible entender las derivas de cuestiones sobre la diversidad sexual y el derecho a la diferencia. Ya sea a oscuras o a pleno sol, la lírica de la cubanidad atesora sus reliquias, la vivencia del estar y del ser insular gravita en la tradición poética, así lo entendió Cintio Vitier en sus lecciones del Lyceum. La filósofa María Zambrano sintió esa tierra prenatal en la cubanidad de su exilio, suya fue la mirada extranjera que participó de la elocuencia de ese azar concurrente, como en aquel poema de Eliseo Diego sobre la ascensión en La Habana de un portugués en globo, que se va despidiendo de las muchachas, hacia las alturas inesperadas de un viaje de argonauta a las regiones de la soledad más transparente. Y aquel otro poema de Fina García Marruz, de su bello libro Créditos sobre Charlot, donde la autora cubana elogia en el blanco y negro de la cinta chaplinesca aquel increíble dúo de amor en la escena final de Luces de la ciudad, de 1931, con la mirada sin rencor, fáustica, ante la dicha inalcanzable del protagonista.
“A 90 MILLAS DE FLORIDA, LA RIQUEZA LITERARIA Y ARTÍSTICA DE LA SOCIEDAD CUBANAHA VOLCADO ANTE LOS OJOS DEL MUNDOUN PATRIMONIO UNIVERSAL, DE ALEGRÍASY DOLENCIAS, DE PESARES Y UTOPÍAS
La improvisación y la sabia empiria que dotan al don del cubaneo para salir al paso ante cualquier eventualidad, mayormente se hace música, como lo atestigua Guillermo Cabrera Infante en un pasaje del libro O, con primeraedición en 1975, donde relata que siem-pre oyó aquellas canciones que surgen en los campos y en las calles de la isla, musicalizando los decires de la verdad en la tierra del son, el ron y el habano. A pesar de estar a oscuras, del sufrimiento ante la carencia y de la resistencia cotidiana ante el desastre, hay una alegría imperecedera que proviene de lejos, los insulares de varia procedencia comparten ese signo de sobreponerse a la calamidad, un poder de renacimiento que se asemeja a un dispositivo de emergencia, ante la lava volcánica, frente al ojo del huracán. Desde la época colonial de los ingenios de azúcar, de losmonocultivos que esquilmaron los tesoros naturales, en muchas islas de similar cosmovisión, la cicatriz del silencio atraviesa la luz y la noche atlántica y del Caribe. En Canarias, los nombres de los lugares cautivan por la pervivencia del legado aborigen, Tesejerague o Tagaragunche, laten ahí los topónimos ancestrales de la sociedad guanche, con el mismo poder de imantación taína que retumba entre Bayamo y Baracoa.

En el universo de esta mágica insularidad, la figura de José Martí dotó de majestad a la poesía moderna, hay en su verso libre un detonante existencial, celebró la infancia de su querubín y colmó con las rosas blancas un final a toda enemistad humana, elogiando por primera vez en idioma español al padre de la poesía estadunidense, aquella reseña suya sobre Walt Whitman, magistral y omnipotente. Hay en su obra ribetes de lo arabesco, desde su juvenil “Abdala” existió siempre su curiosidad hacia los orientes. De madre canaria, Leonor Pérez, y padre valenciano, el cubano más universal coqueteó con ese lado profundo y lejano del mestizaje de la media luna, la Península Ibérica estuvo bajo el influjo de Al-Ándalus durante ocho siglos, los reinos de taifas fueron sucumbiendo hasta llegar la Reconquista. En el periplo de Martí como estudiante en Zaragoza, pudo ver el prócer cubano, con sus propios ojos, aquellos horizontes de un Imperio español cuya oscuridad tenebrosa compartía aún los elíxires del predominio en la América hispanohablante. No tardaría en llegar en plena Guerra Civil española la voz quijotesca del cubano Pablo de laTorriente Brau, recordado por sus discursos nocturnos en las barricadas del Frente, elogiando con elocuencia las balas mexicanas que confrontaban a los fascistas españoles, alemanes e italianos.
DE AQUEL FINAL TRÁGICO de una época que antecedió al mapa de la Europa devastada, se escribió una novela primordial en la isla de Tenerife, El barranco, de la cubana Nivaria Tejera, un libro que contaba el drama bélico desde la mirada inocente de una niña isleña, a la par que el Diario de Ana Frank. La escritora nacida en Cienfuegos en 1929, falleció en París en 2016, hace diez años. Su historia de amor con el poeta Fayad Jamís puede considerarse como un paradigma sobre el dilema de las dos Cubas en el espejo de la historia, la isla del interior y la isla del exterior, un romance que tuvo como legado a una hija, Rauda Jamís, novelista con dos libros dedicados a mujeres artistas como Frida Kahlo y Artemisia Gentileschi. Precisamente, aquella pareja que vio truncado su idilio, compartió al final un mismo destino, la severidad de la pobreza. Ambos se despidieron de este mundo con sus libros como insignia de vida, poemas y novelas que nacieron de una salutación a lo frugal de la existencia, las islas que habitaron en vida se trasladaron a sus libros como archipiélagos de sentido que hacen de faro en la oscuridad.
Y es que en Cuba, como espacio genuino de las insularidades, la deriva de la contradicción conlleva la aparición de sinergias resultantes que brindan a la posteridad nuevos matices y relumbres. La maldita circunstancia del agua en todas partes que obligó a Virgilio Piñera a sentarse en la mesa del café, aún sigue palpitante, con su atronadora divergencia, plena de obstáculos y de virtudes, lejos de romantizar la plenitud o la precariedad, será el diapasón cósmico del agua limítrofe el mayor detonante de la creatividad. En su libro La isla que se repite, el cubano Antonio Benítez Rojo vaticinó el porvenir de la globalización desde sus orígenes sincréticos, el Caribe plural y diverso prolongaba en su geografía de ecos aquel latido del mestizaje fundacional del Nuevo Mundo que se expande como las olas hacia nuestro futuro. Esta conjunción de mezcolanzas y de polos opuestos que forjan mayores complejidades de belleza a la realidad humana, también se intuye en la voz de otros insulares que habitaron la frontera de la alteridad, el ser otro que reivindica su sombra propia en la oscuridad de la historia. Los martiniqueños Aimé Cesaire y Édouard Glissant comparten este diálogo infinito y necesario, uno desde la negritud esbozada en todos los versos del Cahier d’un retour au pays natal, y el otro desde la teoría filosófica que sostiene Le droit à l’opacité, el derecho a la opacidad, no tanto por la absorción de la radiación electromagnética visible, es decir de la luz, sino por la profundidad de raíces que enumeran un rostro humano, por lo que resultará imposible la reclusión occidental de las identidades a normativas de pertenencia caducadas bajo la lógica de los Estados-nación.
EN OTRA VUELTA DE TUERCA a La Tempestad de Shakespeare, con la isla sin nombre como protagonista del mundo de hoy, los personajes de Próspero y Miranda que llegan náufragos al lugar natal de Calibán, hijo de Sycorax, puede entenderse bajo la dinámica en curso de la civilización turística que distorsiona realidades con la magia de su poder letal, al convertir todo lo que toca en mercancía y souvenir. Los archipiélagos se diferencian de los continentes por su condición marítima, tras medio siglo de industria del sol, con laexpansión de los turoperadores y la economía terciaria, ahora las grandes ciudades capitalinas en multitud de países han acabado mimetizando a las islas primigenias: la racionalidad turística que impone su ley de la rentabilidad, la extorsión y el exotismo hacen la vida contemporánea. Es la imagen “Jennifer in Paradise” que patentó el imaginario de Photoshop, la turista en Bora Bora que observa de espaldas al cibernauta el último de los azules polinésicos.
En esta nueva disyuntiva, entre la desaparición del día y de la noche sobre la maqueta de la ciudad turística internacional, con el colofón de la historia en la oferta de la happy hour y del overbooking como destino presagiado por la gentrificación, Cuba atraviesa una etapa terminal de su largo periplo revolucionario, bajo la demanda de cambios dentro y fuera de la isla. Se ha quedado a oscuras de nuevo, como en los tiempos de Silvestre de Balboa, escribano insular en ambas orillas, otro hombre sincero de donde crece la palma que pudo frecuentar, en su ciudad natal, las tertulias de los primeros poetas de Canarias, como Bartolomé Cairasco de Figueroa, autor de otra obra literaria fundacional, titulada Comedia del recibimiento. Allí, por primera vez, se recogen en lengua guanche las palabras de un rey aborigen, el otro Calibán que ofrece su discurso de bienvenida a los recién llegados demás allá del agua. Los anfitriones, naturales de la isla, ofrecen a los desconocidos su hospitalidad sincera, la gentileza vernácula contrasta con la in-terpretación dominante del sauvage, el habitante hostil y sin evangelizar, cuya imagen prototípica se reproduce en Occidente. Más de cinco siglos después las islas, que fueron puerta de entrada al Nuevo Mundo en la gran ruta de las especias, vuelven a tener el papel esencial de transcribir en su devenir los aconteceres del planeta, la irreversibilidad se apodera de su frágil y dispersa geografía. Como en Jamaica, las playas se privatizan por doquier.
“CON EL COLOFÓN DE LA HISTORIA EN LA OFERTA DE LA HAPPY HOUR Y DEL OVERBOOKING COMO DESTINO PRESAGIADO POR LA GENTRIFICACIÓN, CUBA ATRAVIESA UNA ETAPA TERMINALDE SU LARGO PERIPLO REVOLUCIONARIO
EN CUBA HOY, LOS APAGONES y la carencia energética revelan la imposibilidad de perpetuar el petrodólar como sistema gobernante del mercado mundial, la balanza entre el norte y el sur se está desvaneciendo, dado que la pobreza se expande hacia las clases medias en todas las metrópolis y los hoteles siguen creciendo en las costas de cualquier punto cardinal. Las islas Canarias que tanto influjo tuvieron en el Caribe, por el efecto de las grandes oleadas de migraciones primigenias que produjo el denominado “tributo de sangre”, con familias canarias enviadas en los navíos coloniales, se reflejan ahora en la estadística insostenible demillones de turistas que disfrutan de su clima subtropical, comprando todas las viviendas posibles para uso vacacional, con autopistas y centros comerciales que baten récords de impacto por metro cuadrado. La monstruosidad de Calibán puede degenerar en desmemoria y subordinación, lejos del ingenio provocador y de su mística ecológica, un desenlace histórico que nunca imaginó el novelista canario Benito Pérez Galdós, auscultador de almas en la Castilla de su tiempo, cuya ceguera postrera no impidió que entendiera el papel de España en el crisol de culturas que emanarían de la gesta colombina.

EN LA HABANA, LA LITERATURA ha situado sus coordenadas de continuidad a través de una miscelánea que atesora el esplendor del realismo sucio en el género negro, la poesía sigue teniendo su arraigo en multitud de generaciones que heredaron los demiurgos de la calle Trocadero en distintas formas y recetas, la pintura escultórica de artistas octogenarios como Manuel Mendive refleja aún el cromatismo superviviente de la santería afrocubana, nuevos talentos del cine prosiguen la estela pedagógica de la Escuela de San Antonio de los Baños. Sigue habiendo desencanto y rebeldía, lo apolíneo y lo dionisíaco, la burocracia sufrida a ciegas por el cuerpo difunto en la película Guantanamera irradia unos niveles insufribles y la alienación interior del protagonista de Memorias del subdesarrollo, también del director Tomás Gutiérrez Alea, se revierte en el itinerario vacacional de los tardíos turistas que llegan al Caribe con su experiencia prefabricada.
En la novela titulada Cobra del escritor cubano Severo Sarduy, galardonada con el prestigioso Prix Médicis Étranger, hay un pasaje final que alude al estado de interrogación sobre el porvenir en el mundo, una incertidumbre que se ha incrementado en la isla durante los últimos años, y que puede ampliarse igualmente a las demás naciones y países, con sus problemáticas inherentes a lo largo del globo reducido a la escala de Google. Con una prosa orgiástica, rayana en la certeza de las posibilidades inauditas de un futuro deseable para la humanidad, donde se consuma el diálogo necesario entre Oriente y Occidente, el cubano abunda en el asombro de la interpelación, al borde de la errancia vital, con ansias de absoluto y conciencia de finitud:
Al alba, empezaremos de nuevo, hasta que en el horizonte las deidades apacibles y detentoras del crepúsculo muestren sus dedillos anaranjados. Entonces contemplaremos en silencio la lentitud con que el sol se hunde entre los valles nevados, del otro lado de las montañas, junto a las grandes estupas ya vacías y los ojos borrados sobre las torres del país natal.

