EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

El apostolado de la literatura

El apostolado de la literatura
El apostolado de la literatura Foto: Cortesía del autor

No existe el glamur en la literatura. De ningún idioma. Y menos en español. Nadie alcanza el estatus de estrella de rock. Aunque algunos autores se asuman como tal. No importa que pongamos como ejemplo a J. K. Rowling. Ella juega en otra liga. No está metida en esa fragosa lucha por continuar, refutar, alimentar, extinguir o transformar ese campo espectral conocido como tradición. La razón es sencilla: no hay dinero en el mundo de la escritura literaria.

El autor mexicano promedio no vive de la escritura. Ni el latinoamericano en general. Son contados los que se pueden dar el lujo de dedicarse por completo a escribir. E incluso varias luminarias, quienes parecen tener la vida resuelta, no sacan todo el dinero con el que viven cómodamente de la venta estricta de libros. Se dedican a otras actividades, como también el escritor hormiga: son columnistas, funcionarios, periodistas, diplomáticos, docentes, profesionistas, burócratas, investigadores, etc. En resumen: el noventa por ciento tenemos que chingarle.

Cuando incursioné en la escritura, hace ya veintitrés años, jamás me planteé que tendría dos ocupaciones. Escribir y trabajar para vivir. Como muchos de mis colegas. A dichas tareas debí sumar otra. Cuidar de mi hija pequeña. No sabía en lo que me estaba metiendo. La ilusión me había secuestrado. Imaginaba que al escritor, para satisfacer sus necesidades básicas, le bastaba con teclear. Pero no tardó la realidad en agarrarme a cachetadas. Sin embargo, no depuse las armas. Pese a que el futuro se antojaba de lo más indescifrable.

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Debo reconocer que, contrario a lo desolador que puede parecer por momentos el paisaje, no me encuentro del todo desamparado. México posee un sistema de becas de apoyo para la creación, que abarcan también otras disciplinas, que le ha salvado el pellejo a más de uno. Además de numerosos certámenes literarios que destinan una cantidad encomiable, sí sumamos el monto de todo lo que se reparte de forma anual, a premiar el talento de la clase literaria. Pero como ninguna beca es eterna, el galardonado tarde o temprano se verá en la necesidad de ganar dinero. Por lo que no queda que volver a hacerse a la mar. A la caza de la siguiente ballena.

LA LITERATURA ES UN OFICIO IMPREVISIBLE. Para algunos más que otros. Lo que desata puyas, envidias y rivalidades entre el gremio. Todas inútiles. Porque por lo que se pelean los escritores son puras migajas. Es de dominio público que el presupuesto destinado a la cultura en nuestro país siempre es el más raquítico en cuanto a dependencias se refiere. Antes los escritores se atacaban por diferencias estéticas. Ahora lo hacen por quién ostenta el título de mafiosillo del momento.

Hace unas semanas una persona me preguntó a qué me dedicaba. Le respondí que era escritor. Su siguiente interrogante fue si podía vivir de la literatura. Como se aprecia, la mala fama de mi profesión es bastante conocida incluso entre gente que nunca ha abierto un libro. Es una peste que nos perseguirá hasta el fin de la humanidad. Como mi lugar en la cadena alimenticia. El autor, sin quien el libro no existiría, es quién recibe la mejor cantidad de entre las distintas instancias que conforman la maquinaria editorial.

Mi experiencia en el terreno de la literatura ha sido agridulce. He pasado momentos muy duros. Y los momentos duros me la pelarían si no tuviera obligaciones para con mi hija. Hace unos meses pasé una mala racha que se prolongó más de lo debido. Pero, aunque contaba con poco dinero, jamás dejé de pagar la colegiatura, tengo los comprobantes de las transferencias que lo demuestran. Fue entonces que supe lo que era el apostolado de la literatura. La enseñanza más grande de ese periodo es que, si pude sobrevivir con esa cantidad de lana al mes, entonces estoy preparado para lo que sea.

PERO LA LITERATURA TAMBIÉN me ha dado grandes satisfacciones. He ganado becas, premios. Con el fruto de mi escritura no sólo he sufragado los gastos de mi hija, me compré un carro del año, he viajado dentro del país y hacia el extranjero, y he conseguido amasar una nada despreciable inversión en discos de vinil. Lo cual podría parecer poca cosa. Pero, ¿hazlo vendiendo libros de cuento? Y algo de vital importancia, he sido dueño de mi tiempo. Algo que no todo mundo puede presumir. Desde 2015 que renuncié a trabajar en una oficina de gobierno, no he tenido que acudir a una y obedecer órdenes de un pelmazo.

Pero lo más valioso que me ha dejado la literatura (y en esto voy a sonar cursi, pero como dijo Fadanelli, prefiero ser cursi que cool) ha sido conocer a varias personas que ahora forman parte importante de mi vida. Mariana H, Delia Juárez, Luis Jorge Boone, Mi abuelo es un peligro, Barry, Ortuño, La contadora del Rock, etc. La lista es larga. Si hubiera sido fontanero, me habría perdido de su amistad. Es la certeza más grande que tengo de que elegí un buen camino. El de la generosidad de mis allegados.

Es por ellos que jamás he renegado de la literatura. Ni me he quejado de mi situación. No importa lo mal que anden mis finanzas. Sé bien que me colé a esta fiesta sin que nadie me invitara. Y aquí sigo porque quiero. Nadie me obligó a convertirme en escritor. Y para nada estoy romantizando la precariedad de mi oficio. Si titanes de las letras como Fogwill tuvieron problemas económicos, qué me espera a mí como simple mortal. Estoy consciente de que, como todo apostolado, la literatura no es un lugar confortable. Pero tampoco es una mazmorra. Me ha procurado alegría infinita. Como aquella que se presenta cuando por fin consigo concluir un cuento que se me había estado negando por semanas. Es un placer incomparable. Quizá sólo el sexo y la fiesta se le equiparen.

ESTOY CONSCIENTE DE QUE, COMO TODO APOSTOLADO, LA LITERATURA NO ES UN LUGAR CONFORTABLE. PERO TAMPOCO ES UNA MAZMORRA. ME HA PROCURADO

ALEGRÍA INFINITA

Parte del apostolado es observar cómo autores con menos talento que otros reciben premios amañados, cómo otros son apapachados por políticos, cómo otros consiguen colocarse en sellos editoriales por mafiosos. No entiendo que alguien pueda aspirar a eso. Yo no entré a la literatura para mendigar un cargo público. Ni por likes. Ni por prebendas. Yo lo que hice, como dije al principio, fue animar esa fragosa lucha por continuar, refutar, alimentar, extinguir o transformar ese campo espectral conocido como tradición. Algo que todavía nos importa a unos cuantos.

No existe el glamur en la literatura. Sólo un camino de proverbial penitencia.