Con El amigo muerto (Seix Barral, 2025), Antonio Ortuño ha conseguido algo extraordinario. Insertarse de manera directa y por derecho propio en la genealogía de las mejores novelas mexicanas protagonizadas por jóvenes. Al internarse entre sus páginas, es imposible no asociarla con Las batallas en el desierto. Pero la cosa no queda allí. También nos remite a Un hilito de sangre. Y como no podía faltar, abreva de un pulso agustiniano salido de La Tumba. El lenguaje juvenil manejado por Ortuño posee una estructura similar, pero en su equivalente tapatía. Algo que pareciera muy sencillo de lograr, pero cuya pericia exige el más audaz de los oficios.
Ortuño no sólo consigue dialogar con las obras mencionadas, ha creado una historia a la misma altura. Y de aquí en delante, cuando se hable de esa trilogía sagrada, sin duda habrá que hacerle los honores a El amigo muerto, como compañera infaltable de esa contundente ala de la narrativa mexicana. Un grupo único. Al que no sólo no es sencillo colarse, sino más bien imposible. No sería una exageración aseverar que es su mejor novela hasta el momento.
Al mismo tiempo, El amigo muerto, la sombra benéfica de El complot mongol se proyecta sobre El amigo muerto. Lo que la hace una novela de novelas. Un nuevo asidero identitario para las generaciones venideras.

Poeta sublunar: Mister Poe
¿Piensas lo mismo que List que se pregunta:Qué sentido tiene la amistad si no torturas a tus amigos?
Me interesa, literariamente, la amistad bronca, el cariño duro de los amigos (y las amigas) que no se soban el lomo, que se divierten jodiéndose un poco. Mira a los animales: juegan a pelear. Estarse chingando entre amigos es una vacuna contra los chingadazos reales del mundo.
¿La pérdida, como motor creativo, conecta en algún punto a El amigo muerto con Ánima?
Hay un tema biográfico con el que cargo. A mí se me ha muerto mucha familia y muchos amigos. He pasado la vida en velorios. Casi la totalidad de la familia con laque crecí ya no está. Mis padres, dos de mis hermanos, mis abuelos y mis tías. Murió la madre de mis hijos. Y también varios de mis amigos cercanos de la infancia y adolescencia. Uno escribe, fatalmente, sobre lo que lleva encima. Pero escribir, para mí, no es catarsis o terapia. Las pérdidas te parten la madre como persona. Pero, cuando escribes, lo abordas desde otro sitio.
En la novela ocurren muchos giros narrativos, sin embargo en ningún momento se convierte en Marty Supreme. Nunca caes en el exceso.
El amigo muerto es una novela de peripecias, de aventuras. Alguna fuera de lo normal, como la llegada de los mensajes, justo, del asesinado. Una novela así pasa por calcular hasta dónde tensas la cuerda. Hasta dónde los giros le dan dinámica. Y te detienes en el borde, antes de que se vuelva predecible o disparatada. Porque entonces dejaría de importar lo que pasa. En narrativa no sucede todo lo que podría suceder: sucede lo que hace relevante el paso del tiempo. Si olvidas esto, acabas con uno de esos libros que ven al tedio como meta. A la aventura la mata la parálisis, claro, pero igual el exceso.
UNO ESCRIBE, FATALMENTE, SOBRE LO QUE LLEVA ENCIMA. PERO ESCRIBIR, PARA MÍ, NO ES CATARSIS O TERAPIA.
Por los años que te llevó escribirla, ¿sería como tener un hijo que es un desmadre y sabes que un día lo van a matar y cuando por fin ocurre te duele profundamente pero a la vez descansas?
Me hace feliz, que ya esté en su forma ideal, queya no viva en el disco duro, pendiente. Duré treinta y dos años con esa carpeta abierta, de algún modo. En el fondo, es raro que aprendas durante todos esos años a escribir bien una historia que se te ocurrió a los diecisiete, dieciocho. Pero no la extraño ni nada parecido. Se pasó la mayor parte de todos esos años en un rincón, esperando. Que ya sea libro y esté resuelta me alivia.
La armada invencible tenía como soundtrack al heavy metal. Cuál es la banda sonora de El amigo muerto.
Me lo pregunté un par de veces. Y no me queda tan claro. La imaginé cuando oía toneladas de grunge y de rock noventero. Pero creo que estéticamente está más cerca de algo como Los Prisioneros. Quizá algo entre Los Prisioneros y algo elusivo y falsamente simple, como Pavement.
Cuánto ha cambiado Guadalajara desde que comenzaste a escribir la novela.
Yo vivía al pie del Cerro del Tesoro, en Las Águilas, y la ciudad se terminaba poco más allá. A veces subía parte del cerro y me sentaba a ver: podía mirar la ciudad casi entera, abajo. Fuera del periférico solo había unpar de urbanizaciones de ricos y pueblitos suburbanos. Ahora la ciudad sigue por kilómetros en todas direcciones. Es un monstruo. Por lo demás, no es tan diferente. Es, todavía, una ciudad medio hostil, que se depreda a sí misma.
Cada vez que sale un nuevo libro tuyo vuelve el lugar común de compararte con Ibargüengoitia, pero me parece que desde hace varios libros llegaste a la edad de no decirle la verdad a tus papás.
Bueno, yo contribuyo a eso, porque siempre que me preguntan por escritores mexicanos menciono a Ibargüengoitia. Pero las influencias sólo pesan (o importan) en los autores jóvenes, me parece. Si alguien de mi edad (cumplo cincuenta este año) sigue hablando de sus influencias hay que desconfiar. Esa gelatina ya no cuaja. Yo, valga la perogrullada, escribo como yo. Ahora, lo interesante es que eso no signifique repetirse y ya no mutar. Me gusta algo que leí sobre Death, la banda de Chuck Schuldiner: con los riffs que tienen en una sola canción, otras bandas harían discos enteros. Se la jugaban. Yo todavía voy a asomarme a muchos sitios distintos antes de irme.
¿Es El amigo muerto una metáfora de lo importante que resulta para ti la amistad?
Me pasa con las historias de amor lo mismo que con las canciones de amor. Hay unas buenas, pero al final son tantas, y tanta gente no hace sino escribir y cantar sobre eso, que terminan por hartar. Se vuelve pura inercia, puro mecanismo. Hay una tradición narrativa espléndida en torno a la amistad y, sin embargo, es un tema que todavía se conserva fresco. En la representación estética del amor hay mucha farsa, mucho fingimiento, mucho azote para la tribuna. Yo trato de asomarme a otros asuntos igual de importantes, vitalmente, pero menos previsibles. No vuelvo a leerme un libro de enamorados lánguidosen mi pinche vida.

