David Bowie, el artista del polvo estelar

Philip Norman, en su biografía Mick Jagger, escribió esto sobre una etapa de la vida de David Bowie: “Si el Mick del escenario siempre fue una ficción, Bowie fue más allá y creó un alter ego especial y alienígena de pelo en punta, blanco rostro y botas de plataforma llamado Ziggy Stardust, que había caído en la Tierra para convertirse en estrella del rock”. A diez años de su desaparición, Alejandro González hace un recorrido por la carrera artística de este músico inigualable.

David Bowie, el artista del polvo estelar
David Bowie, el artista del polvo estelar Foto: AP

Explorador cósmico, usó el Arte como escafandra hasta el 10 de enero de 2016, cuando una penumbra fugaz cubrió la tierra tras su muerte. Única especie extraterrestre hallada a la fecha: David Bowie. Estrella oscura de visión brillante, expansiva.

Dos días antes de su partida, David Robert Jones cumplió 69 años de edad, y lo celebró dando a conocer su álbum número 25, Blackstar. Lejos de ambientes mortuorios, muy pocos sabían que su batalla contra el cáncer de hígado había arrancado dieciocho meses atrás y que vislumbrando el último suspiro diseñaría una escenografía para decir adiós y edificar un perfomance inusitado. “Su muerte no fue diferente de su vida: una obra de arte”, declaró uno de sus más cercanos cómplices, Tony Visconti.

El inglés desechó su nombre de pila con tal de no ser confundido con Davy Jones (The Monkees). Se sentía distante del resto, tenía razón. Su álbum debut vio la luz en 1967, el mismo año en que lo hizo la obra cumbre de The Beatles y también irrumpieron The Velvet Underground & Nico; para 1968, se calzaría el casco de astronauta de Major Tom para rondar confines invisibles. De perspectiva cósmica, desde Space oddity ganó fama camaleónica (al igual que el saurópsido, cada una de sus pupilas mostraba vida independiente), por ello sería Ziggy Stardust, Aladdin Sane, The White Thin Duke, The Blind Prophet… Moduló el color de sus escamas para eludir a su depredador más temido: el tedio.

NACIDO EN BRIXTON, se fascinó con Little Richard y Elvis Presley; luego llegarían John Coltrane y Charles Mingus. Con The King Bees y The Manish Boys intentó ganarse un sitio en el mundo del pop, aunque pasaría semanas en un monasterio budista, se convertiría en ayudante de electricista y haría de mimo al lado de T. Rex antes de grabar The man who sold the world, ya aliado con Mick Ronson y Tony Visconti. Para 1972 —pelo naranja, zapatos con plataforma, chaquira pegada al cuero— viajaría por Europa y América al mando de Las Arañas Marcianas. Envuelto en polvo estelar, produjo Transformer, de Lou Reed: un relámpago ya le atravesaba el rostro. Era uno con la electricidad.

ENVUELTO EN POLVO ESTELAR, PRODUJO TRANSFORMER, DE LOU REED: UN RELÁMPAGO YALE ATRAVESABA EL ROSTRO. ERA UNO CON LA ELECTRICIDAD.

“Sé tú mismo, los demás puestos ya están ocupados”, dijo Oscar Wilde. Bowie ocupó todos los puestos posibles, era él. Jamás pidió que sintieran sus tacones para saberse comprendido; usó los de los otros para entender. Es célebre la charla con Russell Harty para la BBC en donde éste le preguntó si los que llevaba eran zapatos de hombre, de mujer o para bisexuales, a lo que David respondió risueño: sólo son zapatos. Provocador andrógino, pasó dedeclararse bisexual a decirse heterosexual de armario. “Las chicas piensan que mantengo intacta mi virginidad heterosexual, yo me hago el tonto”, señaló; “lo que se ve no se juzga”, subrayó Juan Gabriel (¿y si el londinense hubiera conocido al Divo de Juárez?). La realidad es que el “Starman” tuvo dos hijos y dos matrimonios y su lista de amantes sigue sin revelarse, incluido el rumor con Mick Jagger.

Instalado en Estados Unidos, garabateó la idea de musicalizar 1984, de George Orwell (Diamons dogs), al tiempo que su afición por la cocaína le tenía en los huesos. Alcanzaría su primer número uno en Estados Unidos de la mano de “Young americans” y la premonitoria “Fame”; sin embargo su comportamiento era errático, así que decide mudarse a Alemania para desintoxicarse y moldear con Brian Eno la trilogía berlinesa, integrada por Low, Heroes y Lodge. Tras evocar a Neu! y Kraftwerk y trabajar con Robert Fripp, hilaría tres trancazos comerciales: “Ashes to ashes”, “Under pressure” y “Let’s dance”, en los dos últimos casos con Queen y Nile Rodgers. Formaría Tin Machine para llegar a los años 90 con álbumes del calibre de 1. Outside y Earthling, manifiestos ante la llegada de la era digital.

Mientras que entre Heathen y Reality sólo hay un año de distancia, el penúltimo álbum de Bowie (2013), tardó una década en ver la luz, luego de que en 2004 un problema cardiaco lo llevara al quirófano y mantuviera a distancia los reflectores. Supo que tenía cáncer en 2014 y comenzó a grabar Blackstar, su última obra. A principios de 2015, le pidió a Visconti, coproductor del álbum, guardar el secreto. Parecía que sanaría y con esa idea grabó el video de “Lazarus” —pieza perturbadora, aparece con los ojos vendados y un par de botones en lugar de ojos—. Cuando se supo que el cáncer era terminal, esa pieza audiovisual adquirió un carácter deslumbrante. Todo el álbum en cuestión. Cierre apoteósico para una carrera donde el desafío fue brújula.

Artista total. Compositor, productor, actor, pintor. David Bowie deja firma indeleble. Le preceden lecturas —Nietzsche, Byron, Camus, Burroughs, Kerouac— y certifican su estatura quienes a su lado habitaron espacios imposibles —Lynch, Lennon y Glass, por decir tres—; sin su legado no existirían Radiohead, Placebo, The Cure, Suede, NIN y Marilyn Manson. En México se presentó una vez, en la era de Earthling, pero en este país se hallaba lejos de ser valorado a nivel masivo (las entradas eran a cambio de corcholatas y el acto de apertura fue el grupo Control Machete). Hoy en día habría fila virtual de miles con el afán de compartir aire con una de las estrellas más excepcionales que haya engendrado el siglo XX.

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