ESTÉTICA DE LA DESTRUCCIÓN
La guerra imperialista es un levantamiento de la técnica, que se cobra en el material humano las exigencias a las que la sociedad ha sustraído su material natural. En lugar de canalizar ríos, dirige la corriente humana al lecho de sus trincheras; en lugar de esparcir grano desde sus aeroplanos, esparce bombas incendiarias sobre las ciudades; y la guerra de gases ha encontrado un medio nuevo para acabar con el aura.
Fiat ars, pereat mundus, dice el fascismo, y espera de la guerra, tal y como lo confiesa Marinetti, la satisfacción artística de la percepción sensorial modificada por la técnica. Resulta patente que esto es la realización acabada del art pour l’art. La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. Este es el esteticismo de la política que el fascismo propugna. El comunismo le contesta con la politización del arte.
Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, trad. Felisa Santos, Godot Ediciones, 2019.
LA INSPIRACIÓN
Lo primero en el respirar ha de ser la inspiración, soplo que luego se da en un suspiro, pues que en cada expiración algo de ese primer aliento recibido permanece alimentando el fuego sutil que encendió. Y el suspirar parece que vaya a restituirlo, lavado ya por el fuego mismo que ha sustentado, el fuego invisible de la vida que aparece ser su sustancia. Una sustancia formada a partir de la inspiración primera en el inicial respiro, y que inasible encadena al individuo que nace con el respirar de la vida toda y de su escondido centro. Y a imagen e imitación de ese centro de la vida y del ser, el respirar se acompasa según su propio ritmo, dentro de los innumerables ritmos que forman la esfera del ser viviente. Mas el ser, obligado a ser individualmente, se quedará en un cierto vacío de una parte y a riesgo de no poder respirar de otra, entre el lleno excesivo y el vacío. Y tendrá que esforzarse para respirar oprimido por la demasiada densidad de lo que le rodea, la de su propio sentir, la de su propio pensamiento, la de su sueño que mana sin cesar envolviéndole. Y suspira entonces llamando, invocando un retorno más poderoso aun que el de la primera inspiración, que atraviese ahora, en el instante mismo, todas las capas en que está envuelto su escondido arder, que por él se sostienen. Una nueva inspiración que lo sustente a él, a él mismo y a todo lo que sobre él pesa y se sustenta.
María Zambrano, Claros del bosque, ed. Mercedes Gómez Blesa, Cátedra, 2011.
EL ORIGEN DE HANNIBAL LECTER
Tras la aparición del personaje de Hannibal Lecter muchos periodistas se dieron a la tarea de averiguar el modelo en que estaría inspirado. Era un empeño especialmente difícil, dado que Thomas Harris [autor que lo creó] huye de la fama y no concede entrevistas. Se sabe poco de él: que nació en Jackson, Tennessee, en 1940, de padre ingeniero eléctrico y madre profesora y se crió en Mississippi. […] Que a finales de los sesenta se mudó a Nueva York, donde trabajó para la Associated Press como reportero criminal. Que en 1975 publicó en Estados Unidos su primera novela, Domingo negro, un thriller bastante clásico en torno a la planificación de un atentado terrorista contra el Super Bowl.
Mas tarde rompió el silencio y contó que se había inspirado en un médico psicópata al que conoció en una cárcel mexicana cuando trabajaba como periodista y en William Coyner, un asesino en serie que se comía a sus víctimas y terminó fugándose de la prisión en 1934.
Pierre Lemaitre, Diccionario apasionado de la novela negra, trad. José Antonio Soriano Marco, Salamandra, 2022.
LA ALEGRÍA DE BACH
Desde que tengo uso de razón he vivido con eso que Bach llamaba su alegría. Me salvó de crisis y miserias y funcionó con la misma fidelidad que mi corazón. A veces avasalladora y difícil de manejar, pero jamás hostil ni destructiva. Bach llamaba a ese estado su alegría, una alegría de Dios. “Dios mío, no dejes que pierda mi alegría.”
De repente me oigo decirle a Erland [Josephson]: “Estoy perdiendo mi alegría. Lo siento físicamente. Se va, dejándome vacíos sensibles y superficies húmedas que se secan y se pulverizan”.
Me echo a llorar, me asusto porque yo no lloro nunca. En mi infancia yo era un llorón entusiasta. Mi madre adivinaba el verdadero motivo del llanto y me castigaba. Y dejé de llorar. Alguna vez percibo un grito demencial en lo más profundo de la mina, sólo me llega el eco, me ataca sin avisar. Un niño que, desconsolado, berrea inconteniblemente, encerrado para siempre.
Aquella tarde, en el crepúsculo de midespacho, el estallido me llegó inopinadamente. La tristeza era tenebrosa y amarga.
Ingmar Bergman, Linterna mágica, trad. Marina Torres y Francisco Uriz, Tusquets, 2001.
CONSEJOS NO SOLICITADOS
Yo conocí a un farmacéutico canadiense con tan buen humor que ni se alteró cuando lo llevaron preso por vender remedios sin receta. Por encima de su diploma universitario había colgado un letrero aún más grande, que decía:
Tarifas
Dar un consejo: 5$
Recibir un consejo: 10$
No me refiero al consejo que se pide al médico, abogado, maestro, asistente social u otro consejero profesional, quien ha sido debidamente entrenado para aconsejar sobre asuntos especializados. Me refiero a los consejeros aficionados, los que se empecinan en dar gratuitamente consejos no solicitados sobre el estilo de vida que debiéramos adoptar.
Entre los consejeros espontáneos se distinguen los arquitectos, dictadores, sacerdotes y suegros de ambos sexos. Yo lo afirmo con autoridad, porque tengo parientes arquitectos, he vivido bajo dictaduras, he escuchado sermones, y me he oído a mí mismo aconsejar a mis infortunados yernos y nueras.
Los consejeros aficionados suelen tener buenas intenciones; creen sinceramente saber cómo deberían vivir los demás, aunque a ellos mismos no les vaya muy bien, tal vez porque no les queda tiempo para examinarse a sí mismos. Yo he sufrido a editores que me decían qué libros tendría que escribir; a alumnos que me enseñaban qué y cómo enseñar; y a colegas que criticaban mis planes de investigación, aunque ellos mismos no investigaban.
Mario Bunge, 100 ideas. El libro para pensar y discutir en el café, Editorial Laetoli, 2014.
ARREOLA Y LA GIOCONDA
Una mañana fría de enero de 1946, visité el Museo de Louvre, no había una sola persona, ni en los jardines exteriores ni interiores, los salones estaban vacíos, sólo en uno se podía ver objetos en el suelo, algunos cuadros y esculturas. Un guardia fantasmal estaba tomándose un té y me dejó entrar a ese salón con la indiferencia dudosa de todo buen policía. Sin darme cuenta, llegué hasta donde estaban los objetos que llamaron mi atención, primero me dediqué a ver unas esculturas pequeñas de terracota, muy antiguas. Luego caminé hasta el fondo de la habitación y ¡oh sorpresa! Reclinada sobre el muro, como si fuera una obra de arte cualquiera, estaba nada menos que la Gioconda de Leonardo da Vinci, el cuadro más célebre del mundo. No creyendo en lo que veía, me acerqué tanto que tuve miedo de no sé qué cosa. Después de mirarlo un rato, no pude ceder a la tentación de tomarlo con mis manos, no es un cuadro grande, tenía un marco de proporciones normales. Lo alcé frente a mí como si fuera una mujer amada y sin tocarla le di un largo beso de invierno.
Orso Arreola, El último juglar. Memorias de Juan José Arreola, Jus, 2010.