La fascinación por los ayatolas y otras historias persas

“¿De qué habló el autor de la Historia de la locura con el ayatola Jomeini? Puntualmente no lo sabemos, pero a juzgar por los artículos que escribió para el periódico italiano Corriere della Sera es evidente que Jomeini lo sedujo desde un principio”. La pregunta inicial de este comentario da pie a Ariel González para ir al corazón de la revolución iraní y del cisma religioso entre sunitas y chiitas que acaparó la atención del controvertido filósofo francés.

La fascinación por los ayatolas y otras historias persas
La fascinación por los ayatolas y otras historias persas Foto: Especial

UN AYATOLA EN PARÍS

Luego de pasar 14 años exiliado en Turquía e Irak, el ayatola Ruhollah Musavi Jomeini llegó a vivir a las afueras de París en octubre de 1978. Durante los cuatro meses que permaneció en el pequeño pueblo de Neauphle-le-Château, Jomeini hizo lo mejor que puede hacer un revolucionario elegido por Dios: convertirse en ídolo de los medios de comunicación internacionales y en figura de culto para amplios sectores progresistas.

El método para conseguirlo tenía algo de teatral: diariamente se instalaba en una carpa en medio de un jardín para hacer sus oraciones, reflexionar como sólo les es dado a los profundos estudiosos del Corán y recibir a una multitud de periodistas, escritores, comités de apoyo e intelectuales que querían conversar o simplemente tomarse una foto con él.

Se supone que nada de esto tenía que suceder, porque las autoridades francesas y el régimen del Shah habían dispuesto que llegara exiliado a Francia para alejarlo más de Teherán y acotar sus comunicaciones. Sin embargo, resultó todo lo contrario: fue como ponerlo en una vitrina de lujo en el centro del mundo. Así que él la aprovechó y pudo de hecho intensificar el contacto con sus seguidores y teledirigir aún más movilizaciones en contra del Sha Mohammad Reza Pahleví.

El discurso del piadoso clérigo era muy simple y reaccionaba básicamente a la enorme corrupción del Shah y sus socios de las potencias extranjeras, particularmente Estados Unidos, que lo habían ayudado a llegar y a permanecer en el poder durante 37 años. Desde luego, el ayatola Jomeini condenaba día y noche la represión del Sha a cargo de la brutal SAVAK, su policía secreta y paramilitar que se hizo mundialmente famosa por encarcelar y asesinar a los más diversos opositores que buscaban abrir paso a las libertades democráticas.

Muchos de estos apoyaban al ayatola Jomeini, aunque él sabía perfectamente que su propósito final no tenía nada que ver con la democracia sino con la instauración de un régimen teocrático; en otras palabras, bajar el cielo a la tierra o formar un gobierno que representara al mismísimo Alá.

EL CORÁN DE FOUCAULT

Entre aquellos que no dudaron desde el primer momento en apoyar la causa de los ayatolas y concretamente a su líder político y religioso estaba Michel Foucault, quien a su modo era también un ayatola, pero de la academia francesa. Así que también él visitó su carpa y quedó gratamente impresionado por la capacidad de este “viejo santo” para convocar a su pueblo a una rebelión contra una de las monarquías más añejas del planeta.

¿De qué habló el autor de la Historia de la locura con el ayatola Jomeini? Puntualmente no lo sabemos, pero a juzgar por los artículos que escribió para el periódico italiano Corriere della Sera, medio que le permitió a Foucault viajar en dos ocasiones como su enviado, es evidente que Jomeini lo sedujo desde un principio. Y en esto resultó esencial no tanto lo que le dijo el anciano, sino lo que el filósofo decidió cándidamente creer.

FOUCAULT ARGUMENTABA QUE LA FUERZA DEL ‘VIEJO SANTO’ DESCANSABA EN SUS SILENCIOS, EN ‘NO DECIR NADA’, LO CUAL PERMITÍA A CADA IRANÍ PROYECTAR EN ÉL SUS PROPIOS DESEOS DE CAMBIO Y LIBERACIÓN.

Para él, la revolución iraní no era una revuelta política clásica de ésas que responden a ideologías de izquierda o liberales, sino una que encarnaba una nueva “espiritualidad política” que desafiaba la modernidad occidental y sus instituciones (bastante criticadas por el intelectual francés). Era, pues, una revolución contra la hegemonía capitalista occidental encabezada por nobles y desinteresados clérigos que defendían estrictos valores espirituales y profundas raíces culturales.

Al fin y al cabo, Foucault estaba convencido de que:

en los albores de la historia, Persia inventó el Estado y confió las recetas al islam: sus administradores servían de mandos del Califa. Pero de este mismo islam derivó una religión que dio a su pueblo recursos indefinidos para resistir el poder del Estado.

Esa religión a la que el autor de Las palabras y las cosas terminó viendo con absoluta simpatía era ni más ni menos que el chiismo, la vertiente musulmana contraria al sunismo (mayoritaria en el mundo árabe). Los sunitas creen que Mahoma, al morir, no designó sucesor, mientras que los chiitas consideran que el profeta claramente designó a Alí, su primo y yerno, con lo que el liderazgo permaneció en su linaje familiar. El Mahdi (El Mesías) es para los chiitas el duodécimo imán que desapareció en el siglo IX y regresará en algún momento como El Salvador; para los suníes, en cambio, el Mahdi todavía no nace.

Este cisma religioso, digno de La vida de Brian (la película de los Monty Python), tuvo lugar por allá del 632 d.C. y marca también otra diferencia, nada menor: el Imán Suní es un líder de oración sin poderes divinos ni infalibilidad, en tanto que el Imán Chií es una figura sagrada e infalible, un intermediario entre Dios y los hombres.

La idea de que alguien represente a Alá en la Tierra, les resulta a los sunitas una herejía, pero esto al pensador francés le parecía quizá razonable y tal vez el fundamento de por qué el chiísmo había conseguido hacer de todas las miserias del pueblo iraní un novedoso movimiento revolucionario,

una forma de expresión —escribió Foucault, completamente fascinado—, un modo de relaciones sociales, una organización elemental flexible y ampliamente aceptada, una manera de estar juntos, un modo de hablar y de escuchar, algo que permite hacerse escuchar por los otros y querer con ellos, al mismo tiempo que ellos.

Cuesta trabajo pensar cómo o por qué Foucault llegó a la conclusión de que el chiismo podía ser la alternativa revolucionaria para Irán, precisamente porque la dirigencia de este movimiento no estaba tan desinteresada en gobernar, como creía el ingenuo autor de La microfísica del poder.

EL NUEVO MAHDI

En realidad, el ayatola Jomeini y sus compañeros llevaban muchos años pensando en cómo hacerse del poder, pero para ello enfrentaban un obstáculo planteado por su propia interpretación del Corán y por una tradición de siglos que impedía la participación directa del clero en el gobierno hasta el regreso del Imán Oculto.

El Imán Oculto viene a ser Muhammad al-Mahdi, el ya mencionado duodécimo Imán directo del linaje de Alí (yerno de Mahoma). Este enigmático personaje, acosado por el califato abasí que perseguía a los descendientes del Profeta para darles muerte, decidió desaparecer en el año 874 d.C. Los chiíes creen que no ha muerto y que se mantiene en un estado de ocultación divina desde donde guía a sus fieles (precisamente el hecho de que no pueda ser visto físicamente es una importante prueba de fe).

Faravahar, uno de los símbolos icónicos del zoroastrismo.
Faravahar, uno de los símbolos icónicos del zoroastrismo. ı Foto: Especial

Jomeini era un simple ayatola hasta que se le empezó a llamar Imán, un nivel jerárquico que estaba reservado históricamente para los doce sucesores divinos. Se cuidó, eso sí, de que no le llamaran Imán Mahdi (El Mesías), porque eso habría significado una blasfemia hasta para los más ignorantes de sus seguidores, que desgraciadamente eran muchos.

Pero al aceptar humildemente elevarse a la categoría de Imán, adquirió una posición semejante a la de un profeta, algo que ningún otro clérigo había obtenido jamás. Así pues, el ayatola Jomeini reinterpretó todos los postulados chiitas en torno del poder y, aunque reconocía que El Mahdi es el único y legítimo dueño del gobierno, planteó también que en su ausencia alguien (precisamente como él), un jurista sabio, podía estar al frente del gobierno para aplicar las leyes de Dios hasta que El Mahdi regresara.

Para dar forma legal a todo esta trampa teológica —inspirada en el más añejo golpismo— el ayatola y sus cómplices crearon la Velayat-e Faqih (“Tutela del Jurista Islámico”), que es lo que hizo posible que Jomeini tomara el control absoluto del poder mientras el Imán Oculto no apareciera (como no parece tener intenciones de hacerlo y menos ahora).

Esta fue la forma en que se materializó la peregrina idea de Foucault de que Jomeini representaba la llegada de una dimensión “espiritual” en la política, algo que según él Occidente había perdido hacía mucho. Por tanto, vio en la revolución iraní la “primera gran insurrección contra los sistemas globales”, y a su líder como una “figura casi mítica”.

Al presentarlo así en sus artículos para el Corriere della Sera y Le Nouvel Observateur entre 1978 y 1979, Foucault contribuyó a generar la imagen de que Jomeini no era un político tradicional, es más, “Jomeini no es un político”, afirmó, y desde luego hacía suponer que no habría “partido de Jomeini” ni un “gobierno de Jomeini”, puesto que la “espiritualidad política” que representaba no lo necesitaba: era muy sólida y unificaba la voluntad de todo un pueblo. Increíblemente, Foucault argumentaba que la fuerza del “viejo santo” descansaba en sus silencios, en “no decir nada”, lo cual permitía a cada iraní proyectar en él sus propios deseos de cambio y liberación.

LA REVOLUCIÓN

Jomeini dejó su carpa en París el 1 de febrero de 1979 para volar a Teherán, donde fue recibido por una multitud que se dividía, no a partes iguales, entre los esperanzados y los fanatizados. Entre los primeros se incluían diversos sectores de oposición que pensaban, ilusamente, en la posibilidad de que el líder religioso abriera las puertas a la vida democrática; mientras que los segundos veían el inicio de un proyecto fundamentalista y teocrático.

Muy pronto, el terror de la SAVAK del Sha, quien ya había huido del país, fue superado exponencialmente por los tribunales revolucionarios de Jomeini que, según el historiador marxista Ervand Abrahamian, habrían ordenado la ejecución de más de 8 mil opositores entre junio de 1981 y junio de 1985.

Al mismo tiempo, los fundamentalistas comenzaron la estricta aplicación de la Sharia (ley islámica), que supuso el desmantelamiento y revocación de las instituciones y leyes liberales que paradójicamente habían surgido bajo los regímenes del Sha Reza Pahleví y su padre.

SE TRATA, OTRA VEZ, DE LA HEMIPLEJIA MORAL QUE DESCRIBIERA ORTEGA Y GASSET Y QUE PADECEN QUIENES HACEN SUYO UN BANDO QUE CREEN SUPERIOR O MEJOR, JUSTIFICANDO AD NAUSEAM INCLUSO LA BARBARIE O SIMPLEMENTE GUARDANDO SILENCIO.

La regresión inmediata la sufrieron las mujeres, quienes perdieron el derecho al voto y fueron obligadas a usar el velo (hiyab) en los espacios públicos. Se redujo la edad mínima en las mujeres para contraer matrimonio de los 18 a los 9 años. También se legalizó la ejecución por lapidación para casos de adulterio (huelga decir que las adúlteras, para la Sharia islámica, siempre son las mujeres).

Para castigar a los ladrones se autorizó la amputación de dedos o manos. Los alcohólicos y homosexuales fueron azotados para “purificar” a la sociedad e impedir la pecaminosa influencia occidental. Desde luego, junto con el cierre de muchas universidades, las bibliotecas fueron purgadas de miles de títulos blasfemos o contrarios al dogma islámico, y sus autores encarcelados o ejecutados.

Se crearon patrullas y organismos para vigilar la conducta ciudadana y se prohibieron los cines, bares y las radios y televisoras que difundieran música o películas occidentales.

Eso fue lo que, según Foucault, haría que el hombre fuera:

desplazado, transformado, cambiado, hasta el renunciamiento a su propia individualidad, a su propia posición de sujeto. Es no ser más sujeto como se lo fue hasta hoy, sujeto en relación con un poder político sino sujeto de un saber, sujeto de una experiencia, sujeto de una creencia también. Me parece que esta posibilidad de sublevarse uno mismo a partir de la posición del sujeto que le ha sido fijada por un poder político, un poder religioso, un dogma, una creencia, una costumbre, una estructura social, etc., es la espiritualidad, es decir, volverse algo distinto de lo que se es, algo distinto a sí mismo.

LA LECCIÓN DE MADAME ATOUSSA H.

En noviembre de 1978, Atoussa H. —seudónimo de una feminista iraní— escribió al diario Le Nouvel Observateur para poner en cuestión las acríticas y complaciente notas de Foucault en torno de la revolución que estaba tomando forma en Irán.

La izquierda liberal occidental —escribió Atoussa— debe saber que la ley islámica puede convertirse en un lastre para las sociedades ávidas de cambio. La izquierda no debe dejarse seducir por un remedio que quizás sea peor que la enfermedad.

Atoussa H. acusó directamente a Foucault y a la izquierda francesa de ser “irresponsables” frente al tema, pero sus comentarios fueron ignorados en términos prácticos, independientemente de que Foucault le respondió acusándola de tener una visión “orientalista” y de mezclar (cosa “intolerable” según el filósofo) todas las formas de Islam bajo la etiqueta de “fanatismo”. Por supuesto, mantuvo su argumento a favor de que la revolución en marcha era resultado de su famosa “espiritualidad política” que Occidente no entendía.

La advertencia de Atoussa resultó contundente y lamentablemente profética: la “espiritualidad” que exaltaba Foucault no era otra cosa que la máscara de un movimiento retrógrada que traería consigo una represión mucho peor que la del Sha y que se ensañaría contra las mujeres.

No deja de ser paradójico que uno de los teóricos favoritos de muchos movimientos feministas y queer actuales, así como del wokeismo, haya sido desmentido por una feminista que sabía muy bien de qué hablaba, al punto de que ocultaba su nombre porque temía, primero, las posibles represalias de la SAVAK del Sha y luego, aún más (chica lista), del Ministerio de Inteligencia (VEVAK), organizado y bendecido por Jomeini para aniquilar a todos los “enemigos de Dios” dentro y fuera de Irán. (Todavía en abril de 2025 el gobierno neerlandés denunció intentos de asesinato dirigidos desde Teherán contra críticos del régimen).

EL PROGRESISMO HEMIPLÉJICO

Semanas antes de que Donald Trump y Benjamin Netanyahu ordenaran los injustificados e ilegales bombardeos sobre Irán el pasado 28 de marzo, el régimen teocrático había asesinado, de acuerdo con diversas estimaciones de algunas ONG y fuentes médicas, entre 30 y 36 mil personas que salieron a protestar en todo el país desde finales de 2025.

De hecho, en medio de los ataques de Israel y Estados Unidos, el gobierno de los ayatolas ha incrementado la represión interna al grado de que expertos de la ONU la califican como crimen de lesa humanidad. A las 657 ejecuciones llevadas a cabo sólo en los primeros tres meses de 2026, se suman al menos otras catorce de prisioneros políticos desde el inicio de las hostilidades y que el gobierno ha justificado alegando razones de “seguridad nacional” frente a los ataques externos.

Mezquita en el centro de la ciudad de Teherán.
Mezquita en el centro de la ciudad de Teherán. ı Foto: Freepik

Human Rights Watch ha advertido que miles de detenidos, incluidos niños y defensores de derechos humanos, podrían ser ejecutados como traidores o agentes enemigos.

Buena parte de la izquierda del mundo ha condenado la guerra, se ha indignado por el bombardeo de una escuela en la que murieron 165 personas, la gran mayoría niñas (en conjunto, mientras escribo esto los registros más serios hablan de 3 mil 600 muertes relacionadas directamente con los bombardeos israelíes o norteamericanos; entre éstas, mil 665 serían de civiles), pero extrañamente no fue capaz de condenar directamente las masacres de mujeres y jóvenes, sobre todo, que salieron a las calles meses antes, y mucho menos de solidarizarse activamente con su causa.

Sin duda, esta no fue la misma reacción que tuvo la mayor parte de esa misma izquierda frente a los crímenes y atrocidades del ejército israelí en la franja de Gaza, hoy reducida a escombros luego de dos años de destrucción estructural que ha dejado a los palestinos en la hambruna, sin agua, electricidad, viviendas, escuelas y hospitales, además de 72 mil muertos.

Nadie que se atenga a los hechos puede negar los crímenes de lesa humanidad del gobierno de Netanyahu. Pero, ¿por qué el olvido de las mujeres y jóvenes iraníes que luchan por libertades y derechos elementales? Es injustificable. Y sin embargo, eso fue lo que pasó en general (y sí, las excepciones loconfirman).

De esa forma, una tendencia “progresista”, bastante maniquea y presa fácil de la propaganda, desplegó un fuerte sentimiento antisemita como principio fundamental de la solidaridad con Palestina y, de paso, pero no por casualidad, se hizo de la vista gorda frente a la barbarie de un Estado teocrático que financia y arma organizaciones abiertamente terroristas como Hamás en Palestina, Hezbolá en Líbano y los Hutíes en Yemen, cohesionadas a través de un fanatismo que invoca —literalmente— la destrucción de Israel.

Se trata, otra vez, de la hemiplejia moral que describiera Ortega y Gasset y que padecen quienes hacen suyo un bando que creen superior o mejor, justificando ad nauseam incluso la barbarie o simplemente guardando silencio, una de las prácticas favoritas de cierta parte del medio intelectual que sólo se compromete cuando las causas tienen buenos reflectores y mucha prensa.

En el demencial concierto donde lleva la batuta Donald Trump, todos los extremos se prestan enormes servicios entre sí: Hamás le da el pretexto a un criminal como Netanyahu para proceder al genocidio en Gaza; Trump y Netanyahu se enganchan en una guerra contra Irán que todo indica (hasta hoy) que podría incluso terminar beneficiando al regimen teocrático, a pesar de haber quedado por un momento descabezado y tambaleante.

Pero no tenemos por qué elegir entre uno y otro extremo. Atoussa H. se lo dijo claramente a Foucault cuando en su intercambio epistolar se llegaba a ese falso dilema donde se tenía que “elegir” entre la brutalidad de la SAVAK del Sha o la VEVAK de los teócratas.

Ella, por supuesto, eligió seguir siendo anónima, crítica y libre.

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