Londres, año 2027. Theo Faron va por un café a la barra de especialidad cercana a su oficina. Tiene un rostro de tristeza que puede confundirse con simple hartazgo, esa cara la mantiene desde hace algunos años, cuando era activista político y perdió a su bebé. Pese a lo pequeño del espacio, la gente está arremolinada en el lugar porque ven las noticias, el ser humano más joven del mundo, Diego Ricardo, un joven argentino, acaba de morir asesinado por un fan.
Theo estira la mano para tomar su café y salir de ahí lo más pronto posible. No le interesa en lo más mínimo la suerte del tipo, para él Diego era un “imbécil engreído”. Se detiene en un registro de electricidad, a unos pocos metros del café y escucha el estruendo de un bombazo. Le zumban los oídos, está completamente desorientado. El café está regado en el suelo. Del sitio en llamas sale una mujer sosteniéndose un brazo desmembrado.
Es un futuro muy cercano, es nuestro presente. No hay autos voladores, no hay adelantos tecnológicos maravillosos, los personajes de Niños del Hombre (Reino Unido-Estados Unidos, 2006) viven un futuro poco luminoso y decadente donde la humanidad se ha vuelto infértil. A veinte años de su estreno, la cinta dirigida por Alfonso Cuarón no ha perdido ni la fuerza cinematográfica, ni la vigencia de su relato. Es hoy, más que antes, una parábola del avance de la derecha más obtusa.

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LA INFERTILIDAD
El pasado 2025 fue el primer año que en Francia el número de muertes superó el de nacimientos desde el fin de la SegundaGuerra Mundial. En Corea del Sur esto sucede desde hace ya algunos años, incluso se prevé que para 2072 el país asiático vuelva a la población de 1977. En México, pese a que vemos carreolas y escuchamos niños llorando por doquier, la verdad es que la población se va reduciendo poco a poco. La baja de la natalidad es ya un factor preocupante para las grandes economías.
NO HAY ADELANTOS TECNOLÓGICOS MARAVILLOSOS, LOS PERSONAJES DE NIÑOS DEL HOMBRE VIVEN UN FUTURO POCO LUMINOSO Y DECADENTE DONDELA HUMANIDAD SE HA VUELTO INFÉRTIL.
En 1992 la escritora inglesa P. D. James pudo atisbar que esto sería un gran problema, así que se tomó un breve descanso de la saga de su personaje principal, el comisario Adam Dalgliesh, para escribir una novela distópica muy deudora de 1984 de su compatriota George Orwell. La tituló Los hijos de los hombres en referencia a un pasaje bíblico, el Salmo 90, que dice “Conviertes al hombre en destrucción; y dices: Volveos, hijos de los hombres”. En la novela, la infertilidad ha hundido al mundo. Al desaparecer las generaciones que heredarán la Tierra, la gente se lanza a una ola de desinterés y frivolidad que los lleva, por ejemplo, a endiosar a sus animales, haciéndoles bautizos y fiestas de cumpleaños. Aunque, ante la desesperanza, el mundo comienza a caer en una vorágine de violencia.
Inglaterra, al ser una isla, es uno de los pocos lugares que conservan un gobierno estable, aunque dictatorial, en el que hay dos tipos de personas, los Omegas, que son los más jóvenes y por lo tanto la última generación. El resto son los Alfas, los viejos, convidados a suicidarse con unas pastillas llamadas Quietus.
Pese a que la novela recibió buenas críticas por parte de la prensa y se ha incluido en listas de libros sobresalientes de la literatura inglesa, el lector común no la apreció mucho. Les molestó el cambio de género de la autora, por lo que P. D. James decidió abandonar la bifurcación y continuar con sus novelas policiacas más tradicionales.
LA ADAPTACIÓN AL CINE
La adaptación cinematográfica por parte de Alfonso Cuarón surgiría de una manera algo lateral. Según ha contado en diversas entrevistas, después de leer el guion hecho por Paul Chart, y luego reescrito por Mark Fergus y Hawk Ostby, no fue directo a la novela sino solamente a un resumen. Como es común en el sistema de estudios, el director también metió mano para adaptarlo a su forma de ver.
HAY UN ELEFANTE EN LA HABITACIÓN, ALGO QUE VEMOS Y QUE NO MENCIONAN ABIERTAMENTE: LA INMIGRACIÓN. EN CADA ESQUINA, PLAZA, CALLE, HAY SOLDADOS INGLESES RESGUARDADO JAULAS EN LAS QUE VEMOS MIGRANTES DE TODO TIPO.
Aunque parezca extraño, esta es una forma habitual de trabajo. Hitchcock, por ejemplo, leía una sola vez las novelas o cuentos que adaptaba, tomaba los momentos más significativos y se los daba al guionista con el que iba a trabajar. Kubrick despedazaba los libros, literalmente, luego acomodaba los diversos pasajes en la pared para de esa manera tener a la vista lo que iba a filmar. El espectador, en general, espera que un medio escrito sea trasladado literalmente a uno visual, y es ahí donde se fracasa la mayoría de las veces. Por eso es muy común partir de adaptaciones teatrales de novelas para adaptarlas luego al cine, ya que lo escrito ya sufrió una conversión a lo cinético. Sucedió con Drácula y con Frankestein y recientemente con Amadeus, Closer o ¿Sabes quién viene? / Carnage, obras de teatro que fueron cintas de éxito.
LA TRAMA: UNA MISIÓN RELIGIOSA
¿De qué trata Niños del hombre? En la película, Theo Faron, antiguo activista político es reclutado por su ex pareja y madre de su hijo muerto, para que le consiga documentos de viaje a una mujer inmigrante. Sólo le informa eso. Theo es un descreído, un cínico, como toda la sociedad que lo rodea ha perdido la esperanza. Si acepta la misión es debido a que necesita dinero. Nada lo conmueve, incluso cuando se encuentra frente al David de Miguel Ángel le dice a su primo: “mamá tenía una lámpara igual en casa”.
Todo esto cambia cuando, en un granero, y luego de un atentado terrorista donde es asesinada su ex pareja, descubre que la mujer que necesita los papeles está embarazada, rompiendo así la infertilidad de años.
La película tiene una carga bíblica, pero no religiosa, muy grande. Theo puede ser visto como José, el padre de Jesús, la inmigrante, como María, y el niño que viene en camino, como el elegido, quien, con su sola existencia marcará un antes y un después. El hecho de que la revelación sea entre vacas, con un encuadre que recuerda a las pinturas religiosas del Renacimiento, destaca este paralelismo. Y hay muchos otros elementos, por ejemplo, que el grupo de activistas se llame Los Peces y que estos peregrinos contemporáneos sean perseguidos en una nueva Galilea hundida en el caos.
Ambos avanzan hacia un futuro que no no sabemos si existe, el encontrarse con algo llamado El Proyecto Humano, un grupo de científicos que navega por el mar en barco, mitad mítico, mitad realidad, que promete recibirlos. Pero en la cinta todo está lleno de ambigüedad, hay pocas esperanzas y definitivamente no hay certezas. El simple hecho de esperar por el Proyecto Humano en la segunda boya cercana al puerto, es apostar porque las cosas podrán salir bien.
UN FUTURO DESGASTADO
Cuarón decide eliminar cualquier explicación obvia del mundo en el que viven los personajes. Lo que sabemos sobre él es de manera tangencial, por noticieros, por algunos diálogos, por imágenes. No hay un texto largo que nos explique qué está sucediendo, cuantos años en el futuro vivimos ni nada por el estilo. Cuarón decide dosificar la información al mismo tiempo que nos narra la peripecia del héroe.
Lo que más llama la atención es que estamos ante un futuro desgastado, húmedo, percudido. No son esas ciudades europeas impolutas que son barridas y lavadas cada noche para recibir turistas, sino por el contrario, la ciudad es carcomida por el tiempo, con moho y mugre de varios días. “Vamos a achilangar Londres”, dice Cuarón en los comentarios de la cinta. Porque la Ciudad de México es todavía una ciudad viva, no un escenario.
Pero hay un elefante en la habitación, algo que vemos y que no mencionan abiertamente: la inmigración. En cada esquina, plaza, calle, hay soldados ingleses resguardado jaulas en las que vemos migrantes de todo tipo: negros africanos, mujeres pequeñas de Europa del este, gente de la India o Pakistán. Esas jaulas nos recuerdan a las que años después serían cotidianas, conteniendo migrantes en Estados Unidos durante el primer periodo de Trump, y que abundarán en este segundo mandato, ahora acompañados por esta suerte de SS de la migración, la agencia llamada ICE.
LA NOSTALGIA DEL IMPERIO
La Londres de Niños del hombre es una ciudad cansada, avejentada. Como si el tiempo se hubiera detenido en ella y mirara constantemente hacia al pasado para revivirlo. Algo como lo que sucede hoy en la moda y las artes, que retoman constantemente el ayer, no para incorporarlo a la obra como influencia bien digerida, como hacían los artistas que abrevaban de romanos, griegos y demás, sino con fines nostálgicos y con la intención de aleccionarnos. Memberberries, dirían en South Park.

¿Qué son los memeberberries? En el primer episodio de la vigésima temporada de la serie aparecen estas curiosas frutillas que guardan dentro de sí recuerdos nostálgicos. Cada vez que uno las prueba nos recuerdan una cosa en específico, ya sea el Delorean de Volver al futuro o la bicicleta voladora de E.T. Cuarón decide marcar esta nostalgia por lo pasado pero en un nivel diferente, con obras maestras que aparecen por todos lados, desde El Guernica, pasando por el David de Miguel Ángel y la portada del disco Animal de Pink Floyd.
La música funciona de la misma manera, ya que hay tanto clásicos del rock como Deep Purple, como música electrónica de Aphex Twin y las propuestas de Radiohead, entremezclándose con las composiciones orquestales de John Tavener.
En este futuro próximo existe un lugar fuera del tiempo, un lugar de nostalgia, que es la casa del amigo de Theo, Jasper. Michael Caine, interpretado por Jasper Palmer, representa la vieja generación del 68, la que marchaba con flores y fumaba mariguana, la del amor libre y el lema Make love, not war. Inocente, dispuesto a ayudar pero poco funcional en un mundo que, carcomido por el capitalismo más salvaje, exige medidas radicales.
Jasper vive rodeado de recuerdos, con su esposa sumida en sus pensamientos, a la que peina y viste como si fuese una muñeca. Incluso, en algún momento se escucha de fondo “Ruby Tuesday”, de Los Rolling Stones, y la cámara avanza por fotografías y postales de una vida pasada, más feliz, antes de que el mundo comenzara a colapsar. Entonces Jasper, jugando el juego, muere frente a la furia de los nuevos revolucionarios. No muere por las balas de la autoridad, incluso su amigo es policía (“un cerdo fascista”, como le dice en broma y en serio), muere a manos de los que dejaron de creer en su forma de ver la vida.
UN PUNTO DE VISTA SINGULAR
La idea de Cuarón fue siempre la de brindarle al espectador los elementos necesarios para que él mismo fuera haciendo conjeturas, por lo que la forma de filmarla, en falsos planos secuencia, era extremadamente importante. Trabajando en conjunto con Emmanuel Lubezki, lograron hacer varias de este tipo de tomas, dinamizando la trama al ofrecer largas secuencias donde el espectador es un testigo mudo de lo que va sucediendo.
De esa manera el público que ve la cinta se deja llevar por las acciones, que muchas veces continúan sin el personaje que seguimos. Nos regalan, a manera de pequeño momento espía, unos segundos donde vemos hablar a los protagonistas de fondo. Hay una escena donde una mujer le reclama con desesperación algo a uno de los soldados que la resguardan, y otra donde una mujer abraza a su hijo muerto como la Virgen de la Piedad, e incontables graffitis que hablan de El Proyecto Humano y leyendas que reclaman justicia para los inmigrantes.
Cuarón y Lubezki proponen una primera visión para seguir la historia y una serie de segundos para ver todo lo que está detrás. Cuenta Michael Caine que a veces, antes de rodar una escena, Cuarón se dedicaba a disponer las fotografías y postales que se mostrarían al fondo, mientras Caine pensaba que tal vez no tendrían importancia, pero que para el director mexicano sí. A ese grado de perfeccionismo llegaba.
Niños del hombre es una cinta que a veinte años de su estreno sigue conservando toda su fuerza porque permite al espectador imaginar un mundo que se va dibujando frente a él, una historia que no es inequívoca, sino llena de interpretaciones y que nos entrega un futuro, que es el nuestro.

