No hay escritores que se resistan a escribir un buen sermón. Sin importar cual sea la religión que profesen, incluso el ateísmo —ese razonado fanatismo—, si se topan con un personaje que represente a un sacerdote, aprovechan para absolver y condenar a su sazón. En el corazón de todo escritor habita un cura de pueblo.
Algunos autores realmente tuvieron cargos eclesiásticos y sus sermones son pequeñas joyas olvidadas en su literatura, pienso en John Donne y Lawrence Sterne. En nuestra literatura hay curas terribles, como el Padre Rentería de Pedro Páramo, quien, frente a la agonía de Susana San Juan, la obliga a experimentar en vida, las torturas del infierno:
Tengo la boca llena de tierra, trago saliva espumosa; mastico terrones plagados de gusanos que se me anudan en la garganta y raspan la pared del paladar… Mi boca se hunde, retorciéndose en muecas, perforada por los dientes que la taladran y devoran. La nariz se reblandece. La gelatina de los ojos se derrite. Los cabellos arden en una sola llamarada…

Poeta sublunar: Mister Poe
He tenido para mí que Comala es una sucursal del infierno, y el objetivo de Juan Preciado, y otras voces narrativas, es conducirnos como Dante y Virgilio a contemplar y atestiguar, círculo tras círculo, los tormentos de las almas en pena; pero, doctores tiene la Iglesia, y en este país, sólo ellos tienen la verdad sobre lo que debemos entender en Pedro Páramo. Sin embargo, hago un pequeño paréntesis: imaginé que aquella sentencia debió haberla inspirado la Biblia y si la recitaba el padre Rentería, con mayor razón. Así que más de una vez he fatigado los Proverbios, el Eclesiástico, el Libro de la Sabiduría, buscando ese Tengo la boca llena de tierra.
LO MÁS CERCANO QUE HE ENCONTRADO es Proverbios XX, 17 “Sabroso es al hombre el pan de la mentira, más después su boca se llena de cascajo”. Algunas versiones dicen “bocado de tierra”. Sin duda, las maldiciones del padre Rentería, no tienen otro autor que Juan Rulfo. Y ya que estamos, escuchen Eclesiástico XX, 21 “El hombre desgraciado es fábula importuna repetida de boca de hombre necio”. El versículo es perfecto y de inmediato uno piensa en Macbeth cuando asegura que la vida “is a tale told by an idiot, full of sound and fury…”.
Pero regreso a mi tema, antes de ser quemado en leña verde por andar leyendo a solas y sin guía Pedro Páramo. Nunca acabaremos de leer Moby Dick, como nunca acabaremos de abarcar el mar con nuestros propios ojos. Moby Dick, como la Biblia, y acaso también como Pedro Páramo, pero ya dije que no tocaré ese vals, fueron escritos para consolarnos del mundo. Incluso el propio Ismael lo sabe, apenas abrimos el libro intuye que está próximo a caer en una depresión, o al menos en una racha de tristeza, y mejor huye al mar. Allí no busca ser pasajero, la menos marinera de las condiciones en el mar, pero tampoco comodoro, capitán ni cocinero. Sino un marinero raso, porque:
¿Quién no es un esclavo? Que alguien me lo diga. En ese caso, por mucho que el capitán me dé órdenes, por más que me den golpes y puñetazos, al menos tengo la satisfacción de saber que todo está bien, que todo el mundo recibe algo parecido de una manera o de otra, quiero decir, desde un punto de vista físico o metafísico, y que hay un puñetazo universal que va pasando de un hombre a otro, por lo que todos los seres humanos deberían rascarse la espalda entre ellos y estar tranquilos.
Caminando por New Bedford, Ismael entra en la Capilla de los Balleneros, se diría que es un enorme cenotafio, donde se colocan las placas con los nombres de aquellos que han desaparecido en el mar, pero de quienes jamás se ha recuperado su cuerpo. Lo más notable para Ismael es el púlpito, una suerte de proa que se eleva por encima del suelo a una altura imposible, incluso el viejo padre Mapple debe subir a ella por una escalera colgante de travesaños de madera, y una vez arriba recoge la escalera, “peldaño por peldaño” hasta hacer del púlpito una isla solitaria que planea sobre los fieles.
Durante su juventud, el padre Mapple fue marinero y arponero, y por eso se le respeta, conoce el mar y sus peligros. Pero allá arriba, sobre la proa, se transforma en un profeta. ¿Qué historia cuenta como parte de su sermón? ¿Cuál otra podría ser sino Jonás y la ballena? Sin embargo, toma apenas una parte de la anécdota bíblica —los capítulos I y II— y los convierte en una historia digna de Conrad: Jonás va “hasta los muelles de Jope en busca de una embarcación que lo lleve a Tarsis”; los marineros sospechan de ese hombre con “con el sombrero calado hasta los ojos” para ocultar su mirada, no lleva “equipaje, ni maleta alguna, ni petate”, bien podría ser un espía, un criminal. Se acerca a una embarcación y pregunta cuándo salen para Tarsis. Paga su viaje y pide un camarote porque dice estar muy cansando. Se lo otorgan, intenta encerrarse en el camarote, pero la puerta no tiene cerradura; fatigado, se queda dormido.
MIENTRAS JONÁS DUERME, entre la tripulación se levanta una marea de sospechas, el tipo las debe, sin duda. ¿A quién han dejado subir? (Conrad, sonríe). Cuando llega la marea y el barco suelta amarras, de buenas a primeras los cubre una terrible tempestad, la embarcación está a punto de quebrarse. El capitán corre al camarote de Jonás y lo encuentra ¡dormido!, pero qué carajo hace usted dormido, levántese, lo increpa. Cuando sube a la cubierta, la tripulación lo está esperando. Y aquí, se abre uno de esos momentos que pasan de civilización en civilización: el sacrificio ritual, la única manera de aplacar la fuerza viva de la desgracia y volver al orden, es un sacrificio. ¿Quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿a qué pueblo perteneces?
CUMPLIR CON EL DEBER NO ES FÁCIL Y PUEDE SER MORTAL, PERO MÁS VALE NO INTENTAR ESCAPAR, PORQUE A DONDE QUIERA QUE VAYAS EL LEVIATÁN ESTÁ ESPERANDO.
Jonás sabe que no tiene escapatoria, dice ser hebreo y está huyendo de Dios. ¡Está intentando escapar de Dios! Entonces, él mismo se ofrece a ser lanzado por la bordapara aplacar la ira del mar (ya lo entendía Baudelaire, no hay sacrificio válido sin el sponte sua de la víctima). Sin dilación, lo arrojan al temporal.
Las consecuencias que razona el capellán Mapple de esta historia son la imposibilidad de huir de nuestro destino y la obligación ética que hemos adquirido ante los demás de ofrecer ayuda y consuelo, de “¡predicar la verdad ante el rostro de la mentira!”, y arrancarla así sea “de la toga de senadores y jueces”. Lo que está a punto de ocurrirles a Ismael y sus amigos, no es una aventura, es una ordalía. Cumplir con el deber no es fácil y puede ser mortal, pero más vale no intentar escapar, porque a donde quiera que vayas el leviatán está esperando.
Mapple termina su alocución diciendo: “¡Oh, padre! He luchado por ser tuyo más que de este mundo o de mí mismo”. Nadie puede constatar las relaciones entre un alma y su Dios; por ello, acaso, ante el puñetazo universal que pasa de hombre a hombre, esa lucha, ese intento, sea el honor del arponero.

