EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

Asco y qué perro oso en Santa María la Ribera

Asco y qué perro oso en Santa María la Ribera
Asco y qué perro oso en Santa María la Ribera Foto: Cortesía del autor

Confieso que no soy nuevo en los asuntos de la caca. Años atrás me tocó atestiguar un episodio bochornoso. Un sonámbulo se cagó en una toalla provocando un escándalo sobre el que abundé en una de mis columnas. Pero lo que sucedió el sábado pasado, no se puede quedar impune. Es por ello que ahora me aboco sobre el asunto.

Quedé de verme con mi compa el Macaco en un chupadero de la Doctores. Apareció sobrio, con una mochilita y una cachucha. Sólo le faltaba el chor para completar el look Angus Young. Qué esperaban, semana de AC/DC en Ciudad Godínez. Nada en su fresca actitud delataba lo que ocurriría horas más tarde, de madrugada. Al contrario, pintaba para ser una noche tranquila. De esas en las que te acomodas unos tragos inofensivos y a jetear. Pero al parecer, El Dios de los Cronistas tenía otros planes.

No sé si culpar a la noche, a la playa, a la lluvia o al síndrome del hígado cansado. La cuestión es que el Macaco se empedó a la velocidad de la luz. Las caguamas salieron a bailar con rigurosidad como siempre, sin embargo, nadie sospechaba que en sus esfínteres se estaba gestando una revolución. Unos valedores que estaban en el bar le regalaron unos pases, no estaba mal el periflais, yo también lo caté, para qué digo que no, pero no se le cortaba la briaga, al contrario, a cada minuto se despeñaba más en una borrachera incomprensible. Quizá su estado se debía a la preocupación que le generaba el deber dos meses de renta. Psiques vemos, esfínteres no sabemos. O puede que no. A lo mejor es la edad. Aunque a los 43 es prematuro que se presente la incontinencia.

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LA TRAGEDIA COMENZÓ cuando cerraron el bar. Nos despedimos y el Macaco pidió un pUber. ¿Mi error? No haberme largado en el acto. Pasaron poco más de tres minutos cuando lo vi de regreso tambaleándose hacia mí. Me bajaron del pUber, se quejó con un tono que indicaba que el chofer era un delicadazo. Venía meado. Ni aguanta nada, se justificó. Orinado y todo, no se prendieron las alarmas. Es decir, a quién no le ha pasado. Mearse en los pantalones es un truco de borracho de lo más socorrido. Así que no le di importancia.

¿Debí dejarlo tirado en la banqueta? Sí, pero no lo hice. No sería la primera vez que se quedara desparramado en la calle. A veces es menester de nosotros cuidar a nuestros amigos de sí mismos. Pero no lo hice. Le pedí un pUber desde mi cuenta y cuando llegó el chofer lo vio y se negó a subirlo. Me canceló el viaje. Era el momento crítico. Y no supe resolverlo. Recargué al Macaco en un árbol. Se mecía como un edificio a punto de desplomarse. Pedí otro pUber. Cuando arribó saqué al Macaco de detrás del tronco y nos trepamos al carro antes de que el chofer se diera color de que se le había reventado el boli de piña.

Lo que aconteció después pertenece al reino de las tinieblas. Llegamos a la Santa María. Lugar donde generosamente mi amiga la Ingeniera me hospeda en Ciudad Godínez. Subimos a la azotea donde está el cuarto en el que duermo, con frigobar y agua caliente incluidos. Lo más parecido que he pernoctado en una buhardilla de poeta. En la azotea hay una mesa, una carpita y un asador. El Macaco se aplastó en una silla de jardín con cojín y perdió el conocimiento. Qué bien portado, pensé. Me había salido demasiado barato para ser verdad. No sin cierto alivio, me eché a soñar.

Al despertar lo primero que hice fue ver mi whatsapp. Había un mensaje de la Ingeniera. Quién se cagó, preguntaba toda emputada. Al principio pensé que seguía soñando. Porque no encontraba sentido a sus palabras. Al girarme un poco en la cama me percaté que tenía al Macaco a un lado. Salí a la azotea y entonces descubrí su performance. Se había cajeteado en la silla. Pero el verdadero terror fue cuando advertí las manos del Macaco impregnadas en caca impresas en la pared. WTF, me cuestioné. En qué puto chico rato. Entonces la Ingeniera subió a la azotea y me puso una cagotiza a mí. Tú lo trajiste, tú vas a limpiar. El Macaco roncaba. No tenía caso despertarlo, así que me puse un tapabocas, encima un pañuelo y unos guantes. Y procedí a limpiar el desmadre. Me di cuenta, mientras tallaba el cojín con un cepillo para después echarlo a la lavadora con vinagre, que había una huella en el piso.

SEGUÍ EL RASTRO hasta la orilla que daba a la calle. Fue cuando los vi. Los calzones del Macaco, tirados metros abajo, justo en la puerta de entrada a las residencias donde vive la Ingeniera. A la vista y olor de todos los inquilinos de las quince viviendas. Pude recapitular entonces los hechos. Después de zurrarse, para según él despistar al enemigo, el Macaco se había quitado los Calvin Klein y los había arrojado a la calle. Se volvió a poner el pantalón y trastabillando se fue a tender sobre la cama a mi lado al amanecer. Tallé las paredes y el piso. Después me di un baño.

Minutos después el Macaco volvió en sí. Con la inocencia de alguien que no tiene nada que temer, sacó una chela del frigobar, la abrió y mientras le daba unos tragos me saludó: Qué pasó, pandilla. Le conté lo ocurrido y muy seguro de sí mismo lo negó todo. Me dijo que estaba inventando. Mírate la playera, le respondí. La traía toda decorada de materia fecal. Pegó un brinco sobresaltado. Lo llevé hasta la orilla de la azotea y le enseñé el soldado caído en la acera. No podía negarlo. Era su cadáver. Se metió la mano entre el pantalón y la cintura y constató que le faltaban una prenda.

Pinche Dios de los cronistas. No sé si me ama o me odia. De lo que sí estoy seguro es de que me protege. Eso lo pude deducir porque, aunque el Macaco se acostó a milímetros de mí, nunca me tocó. Por esa noche fui el ave que cruzó el pantano sin ensuciarse. Minutos después subió la Ingeniera y fulminó al Macaco con la mirada. La Inge tanto que lo quiere. Justo unos días antes me había dicho que si nos cooperábamos para comprarle un boleto para los Flaming Lips. Pero qué bueno que no pasó. Porque si hubiera escuchado el tremendo cóver de “True Love Will Find You In The End” se habría vuelto a cagar.

Pobre Macaco, por una jiña se quedó sin dos conciertos. A la Ingeniera le sobraba un ticket para Public Image Ltd. y su plan era regalárselo. Pero después de la zurrada cambió de opinión. Yo por mi parte no le guardo rencor. Pero si quiere que vuelva a salir a pistear con él existe una condición: que se ponga pañal.

De aquí en delante ya no lo apodaremos Macaco. Su nuevo nickname será “El Pampers”.

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