1994, año horrible y algo más

Gustavo Hirales fue militante de la izquierda comunista desde 1966. Tiempo después se incorporó a la guerrilla de los años setenta y formó parte de la Liga 23 de Septiembre. Desde la cárcel inició un proceso de autocrítica y autoanálisis. En 1996, Cal y arena publicó Memoria de la guerra de los justos, un ajuste de cuentas personal con su activismo político y la vía armada. En este texto, Woldenberg analiza 1994 (El huevo de la serpiente). Poder, corrupción y delirio, un testimonio y una investigación sobre aquel año terrible.

1994, año horrible y algo más
1994, año horrible y algo más Foto: VSD

De Gustavo Hirales me gustaría destacar su compromiso con la verdad. Investiga, documenta, escudriña, tratando de establecer los hechos y distinguirlos de las opiniones. Y una vez que él está convencido de su verdad se avoca a socializarla, con un afán envidiable. No se resigna a que en el espacio público se reproduzcan mentiras, especulaciones y todo tipo de teorías de las conspiraciones, unas más descabelladas que las otras.

No se amilana al debatir con tirios y troyanos. En ocasiones a contracorriente, es capaz de apuntar en muy diversos sentidos, convencido de que las versiones que inundan el espacio público no sólo distorsionan los acontecimientos sino degradan nuestra vida en común. Además, su experiencia como funcionario público, en muchos casos, le ofrece una aproximación sin mediaciones que sabe calibrar y utilizar.

TRES SON LOS ACIAGOS, preocupantes y trágicos eventos en los que se detiene de aquel 1994. El levantamiento armado del EZLN, el asesinato del candidato del PRI a la presidencia, LuisDonaldo Colosio, y el homicidio de José Francisco Ruiz Massieu destinado en ese momento a ser el coordinador de los diputados del PRI en la siguiente legislatura.

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Cada uno a su manera inyectó altas dosis de incertidumbre. Hirales nos recuerda que ya antes del levantamiento del EZLN se tenían noticias de la existencia de un grupo guerrillero en Chiapas y también nos coloca frente a la primera proclama delirante en la que el EZLN pedía “a los otros poderes de la Nación… restaurar la legalidad y la estabilidad… deponiendo al dictador”, mientras ordenaban a “su ejército” “avanzar hacia la capital del país venciendo al ejército federal mexicano… permitiendo a los pueblos liberados elegir, libre y democráticamente, a sus propias autoridades administrativas”.

Hirales supone que lo que el EZLN buscaba era ser reconocido como “fuerza beligerante”, pero lo cierto es que ese levantamiento dejó una cauda de muerte y destrucción incuantificada, y hoy lo sabemos, condujo también al aislamiento de algunos municipios indígenas. Cierto, otorgó cierta visibilidad a la situación de las comunidades más pobres y por algunos momentos obligó a volver los ojos hacia esa realidad, pero, por fortuna, el intento por lograr la extensión de esa rebelión no prosperó.

HIRALES SUPONE QUE LO QUE EL EZLN BUSCABA ERA SER RECONOCIDO COMO ‘FUERZA BELIGERANTE’, PERO LO CIERTO ES QUE ESE LEVANTAMIENTO DEJÓ UNA CAUDA DE MUERTE Y DESTRUCCIÓN INCUANTIFICADA

Creo que no se ha reconocido con suficiencia el alto unilateral del fuego decretado por el presidente Salinas de Gortari luego de doce días de combates. Ello abrió la puerta a un proceso de negociación que con sus altas y bajas por lo menos congeló lo que hubiera sido una masacre. Y, por otro lado, fue triste y desalentador observar cómo no pocos entre la izquierda volvieron a poner a circular la oportunista tesis de la legitimidad de “todas las formas de lucha”, nos recuerda Hirales, que supuestamente justifica lo mismo el trabajo pacífico, la competencia electoral, las movilizaciones sociales y la lucha armada. Una pulsión, esta última, que pretende refundar la vida desde cero, como si no existieran las experiencias que a lo largo del siglo XX en su nombre construyeron auténticos Estados policiales.

Tampoco se ha valorado con suficiencia que el trato que recibió el EZLN por parte del gobierno, luego del primer momento, en buena medida se debió al proceso de cambio político democratizador que ya se vivía. Mientras en los años setenta a los grupos armados se les combatió sin miramientos, con una cauda pavorosa de desapariciones forzosas, asesinatos, torturas, “juicios” sin garantías, etc., para los años noventa el país había vivido algunas reformas políticas que permitían la convivencia-competencia de la diversidad, lo cual se traducía en una colonización paulatina de las instituciones estatales por parte de distintos partidos, al tiempo que en las Cámaras se expresaban, peleaban y coexistían representantes de diversas fuerzas políticas, junto con una apertura en los medios y el ejercicio más profundo de las libertades. Ese clima no era propicio para una actuación del gobierno como la del pasado inmediato.

En ese terreno el levantamiento del EZLN también puede verse como un acicate al cambio democratizador. No porque sus cabezas así lo pensaran, sino porque en esos momentos,todas las fuerzas políticas significativas y sus respectivos candidatos a la presidencia decidieron sentarse a la mesa para conjurar la expansión de la violencia y para darse garantías mutuas de que el proceso electoral en curso tenía que ser transparente y legítimo (sobre esto volveré después).

EL ASESINATO DE LUIS DONALDO COLOSIO, por su parte, cimbró al país. Era una verdad compartida que sería el próximo presidente de la República. De tal suerte que su homicidio descuadró el ambiente de la política e inyectó profundas dosis de nerviosismo y miedo. Hirales reproduce los argumentos centrales de diversas apreciaciones de aquellos momentos. Suele suceder, y no sólo en México, que crímenes como esos desatan una espiral de especulaciones que tienden una densa capa de versiones encontradas que al final, creo, “sirven” para que cada quien crea lo que quiere creer.

Recordar lo que entonces escribió Octavio Paz es un acierto en el mural de dichos que aparecen en el libro:

El atentado que causó la muerte de Luis Donaldo Colosio es un signo ominoso del estado de la moral pública. En los últimos meses hemos oído y leído numerosas apologías de la violencia; también se han popularizado viejos argumentos que, tras hipócritas condenas al uso de la fuerza, terminan por justificarla como última razón política.

Porque, verdad de Perogrullo, lo que se dice, escribe y proclama nunca deja de tener una estela de derivaciones. Y en efecto, el levantamiento armado zapatista pareció activar en no pocos la justificación de esa apuesta con muy distintos argumentos, llegando incluso, nos dice Hirales a “irresponsables apologías”.

Pero las baterías de nuestro autor se dirigen sobre todo a desmontar las teorías de la conspiración. Elementos para alimentar esas versiones sobraron (desde las notorias diferencias de Manuel Camacho con la postulación de Colosio hasta las supuestas discrepancias entre este último y el presidente Salinas). Si a ello sumamos las primeras versiones de la fiscalía como la del segundo tirador, de la que luego el propio procurador Miguel Montes se retractó, tenemos los elementos para que la espiral de versiones y contraversiones se reprodujeran no sobre las bases de lo sucedido, sino de lo que cada uno supone, cree, insinúa o medra intentando instalar la versión de que el magnicidio tenía como su fuente “las más altas esferas del poder”.

Hirales escribe un muy buen retrato de Aburto, el asesino, avanza algunas analogías con el caso de Oswald, el homicida del presidente Kennedy y desmonta la teoría de la “acción concertada”. A lo macabro del asesinato hay que sumarle la danza macabra de las opiniones. Y en ese terreno el libro y los escritos de entonces de Hirales dan una batalla fundamental, la de abrir un espacio a la verdad como mecanismo insustituible de una convivencia medianamente racional. Aunque sé que esa justa y necesaria pretensión tiene escasas posibilidades. Entre otras cosas porque el “no” es imposible de probar. Me explico. Quien debe probar es quien afirma. La carga de la prueba, como dicen los abogados, la deben presentar ellos. Y el problema es que las especulaciones nunca presentan pruebas, pero dejan su cauda de suspicacias bien implantada.

LOS TRÁGICOS ACONTECIMIENTOS TAMBIÉN FUERON UN ACICATE AL PROCESO DE TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA QUE YA SE VIVÍA EN EL PAÍS. NO ‘FUERON EL DETONADOR DE LA TRANSICIÓN’, NI EL LEVANTAMIENTO DEL EZLN ‘MARCÓ EL INICIO DE LA TRANSICIÓN’, COMO AL FINAL AFIRMA HIRALES

EN EL CASO DEL ASESINATO de José Francisco Ruiz Massieu no cabe duda que se trató de un crimen armado por varios. El asesino material está en prisión confeso, y varios de los corresponsables tienen nombre y apellido. Raúl Salinas de Gortari fue acusado y condenado como autor intelectual, aunque después fue absuelto. E Hirales nos dice que una es la verdad jurídica y otra la verdad a secas.

Hirales reconstruye la escena del crimen, la aparición de un “policía providencial” que detuvo a Daniel Aguilar (el asesino), el desarrollo de las primeras indagaciones, la construcción de una trama, dice él, “de baja estofa”, en la que desfilan diversos personajes y la actuación de un “fiscal protagónico”, Mario Ruiz Massieu, hermano de la víctima, que según la versión del libro no sólo manoseó las investigaciones sino trató de encubrir a sus cabezas.

1994, año horrible y algo más
1994, año horrible y algo más ı Foto: Netflix

Recuerda con atingencia las tensiones entre el procurador y la dirigencia del PRI, éstos últimos ofendidos (y con razón) por las alusiones irresponsables de Mario Ruiz Massieu; la desaparición hasta la fecha de Manuel Muñoz Rocha, luego de que, en forma extraña, y en su ausencia, la Cámara de Diputados le aceptara una licencia; y, sobre todo, los múltiples negocios del hermano del presidente, sus cuentas en el extranjero y sus varias propiedades.

No falta la huelga de hambre del ex presidente, la documentación de las relaciones cercanas entre Muñoz Rocha y Raúl Salinas, las declaraciones sucesivas del ex presidente negando que estuviera enterado de los “negocios” de su hermano. Un thriller complejo, un rompecabezas difícil de armar y no pocas preguntas que quedan en el aire.

Lo cierto es que Mario Ruiz Massieu murió en Estados Unidos luego de ser detenido con varios miles de dólares que no había declarado, que Raúl Salinas de Gortari pasó diez años en prisión y luego fue exonerado, que Muñoz Rocha jamás apareció, que varios de los cómplices estuvieron en la cárcel y que el único actualmente preso es el asesino material y que Justo Ceja, en su momento, secretario particular del presidente, se dio a la fuga.

EN EL RECUENTO DE 1994, creo que hay un faltante importante para examinar el mural completo. Lo que narra, analiza y defiende Gustavo Hirales es central para entender aquel infausto año, pero hubo algo más, una reacción responsable y venturosa de las principales fuerzas políticas que pusieron manos a la obra para que las elecciones de aquel año transcurrieran bien. Fue una operación necesaria para contener la violencia y para demostrar que en México la política tenía mucho que hacer en términos de garantizar estabilidad, orden y coexistencia de la diversidad política.

Recuerdo de manera telegráfica: las direcciones de los partidos y sus respectivos candidatos a la presidencia luego del levantamiento zapatista firmaron un acuerdo para construir condiciones de imparcialidad y transparencia en la contienda. Fue la primera vez que el PRD y el ingeniero Cárdenas coadyuvaron en una serie de importantes acuerdos en materia comicial. El gobierno nombró como secretario de Gobernación al doctor Jorge Carpizo (primer secretario no priista) que se encargó de encabezar las negociaciones con los representantes de los partidos que llevaron a cambios constitucionales y legales, a acuerdos en el seno del Consejo General del IFE, que removieron a funcionarios que no parecían idóneos para el cargo, que intentaron de manera reiterada que la cobertura de las campañas fuera equitativa y que incluso substituyeron a los llamados consejeros magistrados del Consejo General por consejeros ciudadanos aprobados por todas las fuerzas políticas.

Los trágicos acontecimientos también fueron un acicate al proceso de transición democrática que ya se vivía en el país. No “fueron el detonador de la transición”, ni el levantamiento del EZLN “marcó el inicio de la transición”, como al final afirma Hirales, sino un eslabón, fundamental, pero de un proceso que ya había iniciado. Eso sí, como él dice, esos acontecimientos que develaron muchas de las corruptelas y delitos mayores de la élite gobernante fue un combustible del malestar social que acabó explotando el que sería presidente, Andrés Manuel López Obrador.

Dos notas marginales: Cierto que hoy los partidos que forman la coalición gobernante tienen mayoría calificada en la Cámara de Diputados. Pero me extraña que Hirales no recuerde que esa mayoría la lograron con una lectura de las autoridades electorales que hizo a un lado disposiciones constitucionales y propició una abismal diferencia entre porcentaje de votos y porcentaje de escaños. Una distorsión de la idea misma de representación.

Nota final: No comparto la descalificación que hace Hirales del documental de Diego Osorno, 1994, que produjo Netflix. Lo considero una reconstrucción a varias voces que ofrece un retrato fiel del ambiente político en aquel año y de las diferentes versiones quecircularon. Eso sí, no me explico, al igual que Hirales, por qué en esa narración se le da a Federico Arreola tanto protagonismo. Y tengo que decir en honor a la verdad algo más: la productora de ese documental es mi hija.


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