Yo tendría unos catorce años cuando vi en algún cine de la ciudad de México, allá por el barrio de La Viga, una función doble con Escalofrío y su secuela Ben, la rata asesina. En la primera parte Ben, un macho alfa líder de una plaga enorme, es traicionado por su adiestrador y amigo, Willard, un joven empleadillo de oficina resentido y apocado, que manipula a su mascota para vengarse de su codicioso y humillante empleador, que lo despojó de su herencia familiar. Luego de cumplir su cometido, Willard intenta matar a Ben, quien le aplica la misma represalia devorándolo. En la segunda parte, la rata asesina y su ejército casi logran apoderarse de toda una ciudad.
El tema musical de la secuela tiene el nombre del inteligente villano. Un himno de amor dedicado a los raros, a los inadaptados. Lo canta un showman negro de catorce años: Michael Jackson. “Ben” ganó un Globo de Oro en 1972 y al año siguiente perdió el Oscar como la mejor canción.
Sin saber inglés en aquél entonces, yo tarareaba la canción de moda en alguna estación de radio de AM dedicada mayormente a éxitos de música pop gringa.
A mediados de los años ochenta del siglo XX, una de mis hermanas se había convertido en mi sensei. Yo tenía veintiséis años y Olga veintinueve. Ella amaba la noche profunda. Parrandeábamos hasta el amanecer, muchas veces en su departamento al sur de la avenida Vértiz, cerca del Parque de Los Venados. Circulaban un variado elenco de amistades nuestras en ese domicilio. Nos íbamos en bola a antros como El Gran León, en la colonia Roma, o al bar El Perico, en Narvarte. Su nombre lo decía todo. Era una clave. Los gabinetes pequeños en curva con timbre para llamar al mesero fantasmal que aparecía discreto bajo la tenue luz rojiza. El salón con un piano blanco en medio al centro decorado con lucecillas intermitentes donde un pianista espectral cantaba boleros rodeado de clientes atornillados en taburetes del piano-barra.
OLGA ERA FAN DE MICHAEL. En su estéreo solía poner a todo volumen un casete con éxitos. Lo repetíamos varias veces como fondo, sentados en un sofá cerca de la mesa de centro ovalada con repisa de vidrio, lista para darnos unos raquetazos teniendo frente a nosotros las copas puntiagudas de las palmeras que se asomaban al departamento desde el camellón más allá de la gran ventana de la estancia.
Una de esas largas veladas allá por el 1985, Olga me recibió en la entrada de su departamento presumiéndome la portada de un disco de importación ya abierto que había comprado en rebaja horas antes: Off The Wall, de 1979. Algo ya con algunos años atrasados como novedad. Ya había salido Thriller en 1982, un bombazo. Pero nuestro preferido se convirtió en el otro. Michael nos miraba de frente sonriendo con cierta malicia juvenil, vestía smoking delante de un muro de ladrillo grafiteado con el título de su segunda producción que lo lanzaría a la órbita del estrellato como solista. De inmediato mi hermana fue al tocadiscos para oírlo, como era de costumbre con los demás acetatos de su amplia colección. En cuanto vibró a todo volumen Don´t stop until get enough, iniciamos el acostumbrado partido del deporte blanco pegados a las rayas de saque en la cancha de su mesa de centro con repisa de vidrio.
El disco nos atrapó con su energía vital con matices electrofunk. Era una exquisitez que revolucionó la música bailable. Off the wall confirmaba que Michael perduraría para siempre como el Rey del pop luego de separarse de los Jackson Five como parte del grupo musical de sus hermanos, sometido por la tutela militar del padre como director artístico y manager. El menor de los cinco hombres con dos hermanas, superó ampliamente a los demás. Su potente voz de castrato remitía a la profunda tradición delgospel y el soul. Sus coreografías eran una puesta al día del impetuoso nihilismo escénico de James Brown. Michael desafió la ley de la gravedad corporal, la línea del tiempo y el espacio con su moon walk deslizándose hacia atrás sobre el escenario para adelantarse al futuro. Sus traumas infantiles lo convirtieron en un superdotado inmune al anquilosamiento.
OFF THE WALL CONFIRMABA QUE MICHAEL PERDURARÍA PARA SIEMPRE COMO EL REY DEL POP LUEGO DE SEPARARSE DE LOS JACKSON FIVE COMO PARTE DEL GRUPO MUSICAL DE SUS HERMANOS, SOMETIDO POR LA TUTELA MILITAR DEL PADRE COMO DIRECTOR ARTÍSTICO Y MANAGER
MICHAEL, ACTUADO POR EL SOBRINO Jaafar recrea algunos momentos gloriosos del tío gracias a Quincy Jones, su productor y arreglista crucial en la historia de la industria musical. La necropic carece profundidad, evita mostrar la compleja personalidad del precursor del postpop que extrapoló su complejo de Peter Pan, para convertirse en semidiós que se rebeló contra la industria musical.
Michael esconde la tragedia del Rey acusado de pedófilo y adicto de medicamentos con opiodes que precipitaron su muerte a los cincuenta años. El director Antoine Fuqua y su guionista sabía que los fans agradecerían esas omisiones y reventaron la taquilla, a pesar de la picota consensuada por los críticos.
Acepto que me queda algo del complejo de Peter Pan. La biopic me hizo recordar mis inicios en el deporte blanco escuchando “Ben” y Off the Wall con cierta culpa juvenil.
¿Dónde estará Olga mi “Campanita”?
El último Houellebecq
