El escritor francés ha vuelto a ser visible en París durante este mes de mayo para recitar los poemas inéditos que ponen letra a su último álbum, Souvenez-vous de l’homme, con música del compositor galo Frédéric Lo. Es un álbum con doce canciones electro-melancólicas que merodean alrededor del acontecimiento repetido de la soledad de Houellebecq. Una vuelta al centro imposible de la escritura de un personaje ácido y polémico, cuyo nuevo retorno a la actualidad pone de relieve la pervivencia de uno de los últimos malditos en la escena de la vida cultural parisina. De hecho, todas sus novelas y poemarios han puesto en jaque durante estas últimas décadas la propia idea de cultura, de la naturaleza y de la condición humana. Es el mismo autor que observaba la campiña desde el vagón de tren para describirla como un puré de verduras. Su cuestionamiento desolador de las grandes utopías solamente deja lugar para un margen de sombra, la del flâneur contemporáneo que se aferra a sostener una brújula descompuesta con el mapa de la vorágine tecnológica y un colapso turístico del planeta que parece avecinarse cada vez que surgen cepas de virus letales como el más reciente de los roedores campestres.
Esta faceta musical recupera su lado más amable y gentil. Los conciertos de este mayo primaveral en una reconocida sala de espectáculos del parisino Boulevard de Strasbourg hacen más cercano al novelista subversivo de libros como Las partículas elementales, del verano de 1998, y de El mapa y el territorio del otoño de 2010. Mucho no ha cambiado el escritor de Plataforma, su voz es una letanía que divaga un desencanto patológico frente al amor, la religión y la hegemonía de un Occidente venido a menos desde las guerras del Golfo hasta los actuales debates sobre la inmigración en países como Francia. Desde hace tiempo, la república de la Torre Eiffel, con su monumento emblemático convertido en fetiche de las cámaras de millones de turistas que ignoran la procedencia mexicana de parte de su hierro fundido para la eternidad de los souvenirs, ha estado debatiendo la herencia colonial y los derechos de muchas generaciones de nuevos ciudadanos de ascendencia africana que hoy en día deambulan por los barrios parisinos con su credencial francesa.
MICHEL HOUELLEBECQ es un autor nacido en la lejana isla de Reunión hace 70 años. Aquel departamento de ultramar francés, ubicado en un punto del océano Índico, signó para siempre la personalidad singular y provocativa del hijo de un guía de montaña y una doctora que formaron parte del contingente de franceses que habitaban una isla más del sur con playas exóticas y vestigios azucareros, otro territorio paradisíaco que proviene de la misma ecuación histórica de los archipiélagos del mundo, con poblaciones autóctonas producto de la mezcla de sangres durante el tráfico de esclavos y las plantaciones. Precisamente, la vocación literaria de Houellebecq se emparienta con la de otros grandes librepensadores insulares. El poeta parnasiano Leconte de Lisle sería el predecesor esencial cuyo ímpetu revolucionario y anticlerical, evocador de las formas clásicas y del ensueño humano de la belleza, no estuvo exento de cárcel y de habladurías en la Francia de su época.

Memorias de una zorra ejemplar

Sin necesidad de fincar su literatura en los recuerdos de infancia o los paisajes telúricos que conforman la educación estética de quienes nacen en una isla, como es el caso de otros escritores decisivos de la modernidad literaria, Houellebecq transita desde su escritura otras islas volcánicas que también representan esos lugares perdidos, conquistados y saturados por la industria terciaria. En su novela Lanzarote, con referencia explícita a la isla más oriental del archipiélago de Canarias, localizada a poco más de cien kilómetros del continente africano, se entremezclan la ficción y la fotografía documental, ya que el escritor francés se disfraza de un personaje alicaído del fin de año parisino en el cambio de siglo, quien tras acudir a una agencia de viajes, se planta en un hotel de la costa insular de Lanzarote para aburrirse entre la paradigmática convivencia del silencio y el estertor de la piscina. Las páginas de Houellebecq son provocadoras, el protagonista se masturba con la mirada perdida en los videoclips de la MTV y frecuenta la amistad de una pareja de lesbianas que le proponen la paternidad, además de un curioso policía belga que tiene una fe ciega en la existencia de los extraterrestres.
Sobre la fría y pertinaz elocuencia del escritor en torno a los paraísos artificiales de los resorts turísticos que replican a una escala global el emporio económico del cemento y de la guirnalda navideña, pueden encontrarse poemas como el titulado “Playa blanca”, que forma parte de su debut musical, en el disco titulado Présence humaine del año 2000. Allí se retratan las palmeras y las golondrinas, un color azul de alberca que se desdibuja entre los flotadores con forma de flamencos, hasta el retorno a la realidad que llega con el boleto de avión de Lufthansa. La mirada del escritor conjuga el cromatismo nocivo del último romanticismo posible, enumera la realidad desde su soledad atávica y la conciencia lúcida de saberse en medio de un mundo prefabricado, partícipe del supuesto libre albedrío que anima la elección de los destinos bajo el engranaje comercial del touroperador.
ES LA SOMBRA DE HOUELLEBECQ la del último turista, medio viajero y medio cliente, consumidor de sueños y libertades, capaz aún de inquietarse por la vastedad geológica de un acantilado y la potencia artística que sobrevive en las Hespérides griegas. La publicación original de Lanzarote en el sello francés Editions Flammarion y en Anagrama, contiene un estuche con fotografías tomadas por el escritor, las instantáneas sorpresivas de la mirada turística terminal que todavía absorbe la luz atlántica de Canarias, entre los verdes espinosos del jardín de cactus y la orografía volcánica de una oscuridad cósmica. Y Houellebecq se atreverá a llevar al cine su entrevisión del apocalipsis, entre las islas y sus hoteles como morada tardía de la humanidad. Además de novelista y poeta, cantante y director aspirante a conquistar las mieles del séptimo arte. En la cinta de 2008 titulada como una de sus novelas, La posibilidad de una isla, se trata la cuestión moral de la inmortalidad a través de la polémica clonación humana, el espécimen humanoide que sobrevive al tiempo mortal se refugia en los recuerdos de su diario cibernético, pasea por el bosque con un bastón, se alimenta de luz ya que ha superado la dependencia del sistema estomacal para ingerir alimentos.
Las películas inspiradas en las obras del escritor francés tienen un sabor agridulce, las referencias alcanzan a un supuesto secuestro de sí mismo, quien estuvo en paradero desconocido durante una época. Se cuenta que se refugió en la provincia de Almería, en España y ha vuelto a la escena parisina con su último disco musical que gravita entre las mismas interrogantes existenciales del autor. Hay poemas musicalizados con sintetizadores, melodías pegajosas que tienen títulos como L´ultime archipel donde conviven las nubes del ser individual, letras que bien podrían estar firmadas por un Rimbaud mayor, devuelto a la escritura tras la mutilación en Marsella, redivivo a pesar del martirio y la huida imposible a los territorios del más allá de la civilización.
SE CUENTA QUE SE REFUGIÓ EN LA PROVINCIA DE ALMERÍA, EN ESPAÑA, Y HA VUELTO A LA ESCENA PARISINA CON SU ÚLTIMO DISCO MUSICALQUE GRAVITA ENTRE LAS MISMAS INTERROGANTES EXISTENCIALES DEL AUTOR
MICHEL HOUELLEBECQ, a pesar de la fama mundial y de su condición de enfant terrible, con juicios polémicos en los tribunales y una ardua discusión pública en torno a sus declaraciones en medios de prensa, también responde correos electrónicos. Precisamente, desde Ciudad de México, el compositor y bajista Alonso Arreola mantuvo con él una correspondencia virtual que daría a la luz un proyecto de colaboración, “Las partículas horizontales”. En la Casa del Lago y en Oaxaca recitó sus textos en compañía de la música del creador mexicano, en un dúo que reafirmaba la experimentación acústica y el formato contemporáneo de la puesta en escena de una literatura, de los ecos de una voz, de la escritura a veces desagradable, a veces enigmática, de un autor que bucea entre la novela y la poesía con un tono sórdido, apocalíptico, transversalmente actual. Con este nuevo disco, la audiencia lectora de Houellebecq podrá deleitarse con inéditos y la sonoridad envolvente de un recitador turista, explorador de los márgenes, el habitante consumidor que protesta ante un mundo convertido en supermercado.

A lo largo de su carrera literaria, el asunto controvertido del sufrimiento como experiencia inexorable de la vida forma parte de su poética. Hay en su mirada un goce por la animadversión, el desapego a una realidad devaluada en precios y convenciones, tal vez su hartazgo representa la tendencia de una intimidad última que se refugia en el caos y en la imposibilidad de los grandes relatos de progreso que conformaron la génesis del mundo que conocemos. Ese lado filosófico y boxístico, que se confunde en una riña personal contra el sistema, puede tener los peligros de un nihilismo insuperable, donde ya nada se puede sostener con la universalidad del progreso. Su empatía con el Islam, además de un sesgo misógino que aquilata sus páginas más oscuras, puede verse de algún modo contrarrestado con la emergencia de una narrativa tan prosaica como lírica, ya que parece que Houellebecq se despide del mundo con una salutación. Hay bellos poemas que definen con exactitud algunos de los lugares sacrosantos que nadie se atrevía a cuestionar de una manera tan radical. Por ejemplo, el pasaje donde define el arte moderno con la imagen de unos eruditos viendo imágenes piratas de la guerra de Líbano.
A LO LARGO DE SU CARRERA LITERARIA, EL ASUNTO CONTROVERTIDO DEL SUFRIMIENTO COMO EXPERIENCIA INEXORABLE DE LA VIDA FORMA PARTE DE SU POÉTICA. HAY EN SU MIRADA UN GOCE POR LA ANIMADVERSIÓN, EL DESAPEGO A UNA REALIDAD DEVALUADA EN PRECIOS Y CONVENCIONES
TODA SU POESÍA PUEDE RECITARSE con susurros melódicos que armonizan claros de bosque y salidas de túneles bajo la cortina de música electrónica en un club de verano de cualquier isla del mediterráneo. La escritura de sus novelas se imagina en un ático solitario, ajena al mundanal ruido, aún con la trascendental carga de futuro que ambiciona el lado de verdad que se hace intermitente en toda obra de arte. La disolución del yo contemporáneo ha quedado patente debido a la implosiva preponderancia de la incomunicación social. Y la pérdida absoluta de ideales se ha perpetuado en el instante imperfecto de las redes sociales con una victoriosa industria del espectáculo que fue vaticinada por otro francés lúcido hasta la médula, el filósofo Guy Debord, quien se adelantó en el camino con un tiro en la cabeza en su casa de campo.

También decidió su final trágico el cineasta Jean Eustache, artífice de cintas con digresiones de cámara al estilo de la nouvelle vague. Los diálogos y las miradas de su cosmovisión recrean la reflexión sobre la vida humana y el sentido del mundo, una constante de la producción literaria y artística de la que bebió en su juventud Michel Houellebecq, con la diferencia de otros tiempos venideros dondelas crisis bélicas y humanitarias finalmente se deslizan como spots publicitarios de un planeta a la deriva. A fin de cuentas, el testimonio del escritor francés deja huella donde solamente hay lodo, la mercantilización generada por el turismo a todos los niveles de la vida ha motivado que los libros sean un reducto último de resistencia para que exista la nueva duda cartesiana, que tal vez ya no sea la existencia de un yo, sino la existencia de un nosotros, cuando la diplomaciaha fracasado para afrontar nuevos genocidios como el de Palestina.
Este último Houellebecq, escritor profano y huérfano, sin la bendición de una generación a la que atribuir su talento más allá de la pertenencia a una cultura francesa que se encuentra en un impasse o punto muerto sobre la dirección a seguir en una Europa babilónica que intenta salir a flote con identidades mestizas y cosmopolitas, totalmente hipotecada a los intereses de los bancos y las multinacionales. Houellebecq es hijo de isla de ultramar, intelectual tardío que nos ofrece un vestigio de humanidad que no reclama máximos de ética universal, sino el minimalismo del ejercicio de la literatura como modo de vida y único atisbo del estar vivo. En su cartografía poética personal, lejos de los escenarios del turismo masivo, se encuentran divagaciones como la de Playa Blanca en Lanzarote, así como la huella del existir en otros lugares del tránsito humano, los pocos espacios de vida que sobresalen de la saturación y del anonimato en los no-lugares de Marc Augé. Houellebecq pasó por la estación de Yvelines y por la de Boucicaut, París existe más allá del robo en el Louvre y las millones de postales de la Torre Eiffel. Sus poemas tratan sobre el hombre que pasa, el último escritor en París, el niño que nació en el Índico. A través de los poemas, el silencio de lo turístico se redime, hay un renacimiento posible en Martinica, en el recuerdo de las vacaciones, en el verano de la comuna Deuil-La Barre, en el tren de Crécy-La Chapelle, en Niza donde la humanidad se ha dispersado entre la luz de las cuatro de la tarde.

En el mundo que habitamos hoy, a pesar de las estadísticas y de la hecatombe, con el deterioro de las relaciones humanas, la deforestación y las migraciones, los conflictos armados y los feminicidios, la hambruna infantil y todos los males conocidos, tal vez una de las esperanzas sobrevivientes sea la de aquellos lectores que verán un libro del escritor Michel Houellebecq,traducido o en su idioma original, tomando entre las manos, gracias al acto soberano de la lectura, la oportunidad de posicionarse y el derecho a tener una mirada y una voz propias. Tal vez sea una última herencia de la modernidad, en tiempos de cruceros turísticos infectados con nuevos virus y viajes a la Luna en vivo directo con comerciales deportivos. Y además, el acertado hallazgo del tándem artístico, cuando los exponentes de la literatura y del arte se unen para fabricar juntos un testimonio, una prueba de vida. El diálogo entre las expresiones creativas ha supuesto la línea de flotación de las culturas de vanguardia, llevar al cine una novela, hacer canciones con poemas, escribir pinturas y pintar mundos ajenos, son los viajes de la creatividad.
HAY UN SÍNTOMA ALENTADOR en la literatura de Houellebecq, con sus aciertos y desengaños, con polémicas y debates, se trata de la posibilidad de avistamiento de las islas. La recitación de los poemas inéditos que constituyen el nuevo disco titulado Souvenez-vous de l’homme, con música de Frédéric Lo, que a estas horas en estos días de mayo protagonizan la cartelera del teatro La Scala de París, nos devuelven el milagro de la cultura, eso que sucede entre el público y unescenario, las palabras que conectan la música, los sueños de otros que en algún momento harán que alguien, en cualquier lugar del futuro, en todas las islas y continentes del planeta, también decida empezar a escribir.

Sobre la inmortalidad

