A veces, el error también da frutos. Y no son amargos o ácidos como cabría esperar. A veces, una pequeña dislocación puede acertar ahí donde la máxima concentración no alcanza a llegar. Hace unos días, por razones que no vienen a cuento, releí Hydriotaphia de Thomas Browne (Londres 1605-Norwich 1682). El texto describe el hallazgo de un puñado de urnas funerarias en Norfolk (eso significa hydriotaphia, enterramiento en urna). Las vasijas fueron lo que la calavera de Yorick a Hamlet: en la estatua que le dedicó la ciudad de Norwich, se ve a Browne con el brazo derecho extendido meditando sobre una urna rota. Ese descubrimiento le ofreció la oportunidad de elaborar un gran mosaico sobre los modos en que la humanidad se ha decantado a la hora de ofrecer el último homenaje a sus muertos.
Thomas Browne pertenece a esa clase de autores que van desde Aulio Gelio y Plutarco, hasta, si se me permite, Pascal Quignard y W. G. Sebald, quien escribe, como si estuviera reseñándose a sí mismo:
Browne lleva siempre consigo toda su erudición, un ingente tesoro de citas y los nombres de todas las autoridades que le habían precedido, trabaja con metáforas y analogías que se desbordan copiosamente y erige construcciones oracionales laberínticas que a veces se extienden en más de una o dos páginas, semejantes a procesiones o cortejos fúnebres en su suntuosidad.

Memorias de una zorra ejemplar
Para Roberto Calasso, en cambio, siempre más sibilino, Browne pertenece a esa rama del saber que llama “cristianismo platónico-hermético”, pues, ante todo, Browne era un “homo religiosus”, “un místico” de la edad moderna cuya escritura está elaborada de “materiales heterogéneos, formas en desuso, y solamente por momentos salen a la luz, en un ocasional rasgón de la red que a la vez los oculta y los manifiesta”, su lenguaje “procede por jeroglíficos”.
VOLVIENDO A HYDRIOTAPHIA, Browne apunta que han sido dos los métodos más aceptados entre quien desea rendir tributo a sus muertos: la inhumación y la incineración. Entonces, como solo él sabe hacerlo, procede a relatar hechos históricos, mitos y anécdotas sobre cómo fueron enterrados o cremados algunos personajes bíblicos, héroes griegos, emperadores romanos: Adán, nuestro primer muerto, fue enterrado “en el Monte Calvario, según cierta tradición”; agrego que la calavera que se suele pintar a los pies de la cruz en docenas de obras sobre la Crucifixión, le pertenece a Adán. Héctor, en cambio, fue incinerado ante las puertas de Troya; y las cenizas de Aquiles y Patroclo fueron mezcladas, para no separarse jamás; un brahmán se prendió fuego a sí mismo en Atenas, y se dirigió a los espectadores diciéndoles “es así como me hago inmortal”. Asimismo, feliz es su distinción entre ara y altar: el ara se dedica a los semidioses y a los héroes; y el altar sólo a los dioses. Finalmente, sugiere que también otras criaturas de la naturaleza rinden tributo a sus muertos, como “la práctica de las abejas” que “celebra exequias”. Hábilmente, antes de tener que explicarnos tal maravilla, el capítulo termina.
Sin duda, cuando se lee esta pieza, uno está ávido de alcanzar el célebre capítulo V donde Browne nos indica que no quedará memoria de nuestro destino en la tierra, que los enterramientos célebres, los epitafios de emperadores no son sino vanidad, pues el hombre es “espléndido en cenizas y pomposo en la tumba”. Es un capítulo que sigue a los grandes maestros en cuanto a la meditación sobre la muerte: desde los clásicos grecolatinos, lo mismo Sócrates que Séneca, que, a los profetas bíblicos como Jeremías o Ezequiel.
PARA BROWNE NO TIENE SENTIDO aspirar a más, ya es “demasiado tarde para ser ambicioso. Se han operado las grandes mutaciones del mundo”. Nuestro destino es el olvido y a él debemos llegar reconciliados con nosotros mismos: “Felices aquellos que cuando mueren no causan conmoción entre los muertos”. ¡No se puede ser más sutil ni más discreto: entrar en la muerte sin despertar de su sueño a aquellos que nos preceden!, ni siquiera para decir: mamá, ya llegué.
EN ESTE PAÍS DE DESAPARECIDOS, DE NIÑOS, HOMBRES Y MUJERES SIN RASTRO, TUMBA NI EPITAFIO QUERER SER RECORDADO, ¿NO ES INMORAL?
De pronto, en medio de esos párrafos que van tomando un cariz de oración en favor del olvido de uno mismo, me encuentro con esta idea: “No hay nada estrictamente inmoral sino la inmortalidad”. Quedo atónito. Es cierto, ¿por qué tendría uno que ser recordado cuando de padres y de abuelos no quede ni el nombre? ¿Por qué ésta o aquella persona deberían acceder a la inmortalidad cuando millones de otros, tal vez mejores que ellos, han sido olvidados por los siglos? En este país de desaparecidos, de niños, hombres y mujeres sin rastro, tumba ni epitafio querer ser recordado, ¿no es inmoral?
La observación me gustó tanto, que me pregunté cómo la habrían traducido otros autores; yo estaba consultando la traducción de María Cóndor publicada por Siruela. Es fama que Borges y Bioy Casares tradujeron sólo ese capítulo y lo publicaron en la revista Sur. Fatigo, para decirlo con Borges, mi biblioteca hasta dar con la traducción, con el párrafo y la frase, y encuentro: “Nada es rigurosamente inmortal salvo la inmortalidad”. ¡Qué decepción! La idea es clara, lógica si se quiere, pero no admite entusiasmo alguno. Sí, claro, lo único inmortal de la inmortalidad es el propio concepto. Agrego que se trata de una frase muy platónica, y nos recuerda vivamente aquellos versos de Borges:
Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo
Efectivamente, la única posibilidad de inmortalidad es la palabra inmortalidad. Pero aquello otro —“No hay nada estrictamente inmoral sino la inmortalidad”— es una invectiva contra nuestras veleidades digna del Eclesiastés, de un padre de la Iglesia, de un profeta en el desierto, digna de… Browne.
Sin darme por vencido, recuerdo que Javier Marías también tradujo este texto, y en mitad de la noche cotejo la frase. Marías propone: “No hay nada rigurosamente inmortal salvo la inmortalidad”. Y entonces, vencido, busco donde debí haberlo hecho desde el principio, voy al texto original y encuentro: “There is nothing strictly immortal, but immortality”.
No estoy interesado en señalar un equívoco en la traducción de María Cóndor. Lo que quiero destacar es el hallazgo, que acaso aprobarían el propio Borges y de paso Browne, al recordarnos que estamos hechos para el olvido, y no para buscar el reflejo eterno de nuestras flaquezas y triunfos parvos. Hemos venido a liberarnos, no a permanecer. Y por ello, no hay nada estrictamente más inmoral que la inmortalidad, excepto porque esa frase nunca la escribió Thomas Browne.

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