Robin Green es mi héroe.
Pero no lo sabía.
Lo descubrí al internarme en las páginas de La única chica (Liburuak, 2023).

El último Houellebecq
La escuela de periodismo que fue Rolling Stone en los años sesenta sigue dando frutos. Si pensábamos que ya se había dicho todo sobre la gloriosa época de sus inicios, estábamos equivocados. Faltaba el testimonio de Robin Green. Acaso el más portentoso de todos los relatos que existen alrededor de la mítica redacción. Esto debido a que es una historia oficial/no oficial. Contada desde dentro, pero sin ninguna deuda moral para con los involucrados. “Robin”, le pidió alguna vez Jann S. Wenner, “por favor no escribas sobre mí”. Y qué fue lo que hizo Green, lo opuesto. Cuántos músicos no habrían querido decirle lo mismo a todo el equipo de Rolling Stone. No hubiera servido de nada, por supuesto. Era imposible concebir el periodismo del rebelde RS sin menoscabar lo que hubiera que menoscabar, llámese reputación, credibilidad o estatus. Fue precisamente con una audacia que Green se convirtió en una celebridad. Comenzó su carrera con un retrato fiel del entonces errático, ególatra y pasado de drogas Dennis Hopper.
UNA PIONERA DEL SEXO SIN ATADURAS. FEMINISTA MÁS CERCANA A VIRGINIE DESPENTES QUE AL FEMINISMO DE ACADEMIA
Dicho reportaje le granjeó un apodo que portaría con orgullo durante toda su vida: La zorra (Bitch). Con sus connotaciones tanto positivas como negativas. Despiadada como tiene que ser La Zorra, también dejó muy mal parado a David Cassidy, por aquellos años ídolo juvenil de los Estados Unidos más plásticos. A finales de los sesentas se vivía la llamada lucha de los sexos, y Robin fue una de las contendientes más aguerridas de la escena. Sus memorias, además de musicales, son las confesiones de una mujer fanática del sexo con hombres. Sin tapujos, sin mojigaterías, Green narra sus aventuras poniéndose incluso en situaciones bastante peligrosas. Una pionera del sexo sin ataduras. Feminista más cercana a Virginie Despentes que al feminismo de academia.
LA ÚNICA CHICA ARRANCA EN 2007, en la fiesta de aniversario por los cuarenta años de RS. A partir de tal punto, Green hace un viaje al pasado y termina de contar la historia diez años después, en 2017, en la fiesta de los cincuenta años de la revista. El título del libro obedece a que en los comienzos de RS era la única mujer trabajando como reportera. Fundada por Ralph Gleason, el crítico de jazz, y por Jann S. Wenner, su mujer Jane apoquinó algo de lana, la revista era un círculo cerrado de batos al que Robin consiguió incrustarse gracias a su pluma. Algo insólito para esos momentos. Pero que abrió una brecha para siempre en la redacción, después vendrían otras morras.
Al internarse entre las primeras páginas de La única chica lo primero que uno como lector se pregunta es: Robin Green dónde chingados estabas. Por qué te tardaste tanto en escribir estas memorias. La respuesta no puede ser más callabocas: como guionista de Los Soprano y ganando premios Emmy. Por suerte, y gracias al Dios de los cronistas, Robin decidió un día escribir su autobiografía como La Zorra y lo mejor de todo es que no se guarda nada. Ni sus errores más pendejos. Cómo no simpatizar con Robin. Cómo no amarla desde la primera página hasta la última.
Como un espécimen mitad gonzo, Robin narra sus encuentros con el padre del género. Existen en el libro algunos pasajes de los momentos compartidos con Hunter S. Thompson. Y lo temerario que era compartir con él la droga y el trago. Lo más parecido a mirar a un dragón de frente. Y por supuesto que aparecen todos los involucrados de aquella era, los ahora leyendas: Ben Fong-Torres, Paul Scanlon, Annie Leibovitz, etc. A Robin no le tiembla la mano para confesar las variadas ocasiones en que se acostó con alguien a cambio de conocimiento, para conseguir lo que quería o por puro placer. En Estados Unidos y en distintas partes del mundo. La turista sexual que descubrió que se había contagiado de ladillas justo después de romperse una pierna.
Sin embargo, fue precisamente uno de sus acostones lo que propició su salida de RS. Se le había encargado una asignación de extrema importancia para la vida política del país: un reportaje sobre los hijos de los Kennedy. Y qué hizo nuestra querida Robin. Sacar a relucir el cobre de La Zorra. Se acostó con uno de ellos y malogró el reportaje. Consideró que la ética periodística estaba atravesada por un conflicto de intereses y decidió nunca entregar el artículo. Fue el motivo de su despido. Pero nadie lo supo, no de manera pública, quizá en su círculo más inmediato, hasta ahora en que ha desembuchado en La única chica.
“La zorra ha vuelto”, así se titula el capítulo quince del libro. Después de todo el sexo, las drogas y el rocanrol, Green experimentó una crisis. Y su salida de dicho bajón fue buscarse un trabajo dentro del mundo de la televisión. El libro está dividido en sus dos facetas, como redactora y como guionista. Por supuesto que lo más jugoso radica en su vida durante los sesentas y setentas, pero la parte dedicada a lo que vino después no desmerece en lo absoluto. Qué vida, Dios de los cronistas. Pocos pueden presumir haber participado en la revista musical culturalmente más importante de la segunda mitad del siglo XX y de participar también en la creación de la que es considerada por muchos la mejor serie de todos los tiempos.
Pero no todo es desmadre, hay pérdidas importantes en La única chica. No diré más para no espoilear demasiado. Lo que nos deja entrever a la Robin Green de carne y hueso. Pero qué importaría que yo contara de qué va el libro completo aquí, eso nunca se comparará a la estupenda pluma de Green. Estoy casi seguro que quien entre en contacto con La única chica, sea hombre o mujer, periodista o cirujano, lo adoptará como libro de cabecera. Pocas obras están tan escritas con tantos huevos (es una frase hecha, no se vayan a poner políticamente correctos).
Al final, Robin se salió con la suya y escribió sobre Jann S. Wenner, el villanazo del periodismo musical. Quien durante décadas fue un estandarte de la libertad de expresión. Pero que al final vendió RS y vive como un boomer millonario y medio viejo rancio. La revista ha dejado de tener el peso de antaño, aunque todavía hay en su plantilla grandes críticos como David Fricke. Por otro lado, Robin Green sigue siendo la misma zorra. Las zorras nunca cambian. Y qué bueno.

Sobre la inmortalidad

