Comencé a notar espuma en mi orina. Una búsqueda rápida en Chat GPT me diagnosticó insuficiencia renal. Con los días la espuma aumentó y con ella el miedo. En un par de semanas las burbujas ya ocupaban toda el agua del retrete y mi algoritmo de TikTok estaba infestado de diálisis y trasplantes de riñón. Le escribí a mi médico de cabecera, a quien trato de molestar lo menos posible. Sobre todo, después de que le llamé angustiado porque en medio dela calle mis piernas habían dejado de responder. Él solo dijo de mala gana: “Déjate de preocupar y camina”. Y como si fuera un milagro, del tipo “una palabra tuya bastará para sanarme”, logré ponerme de pie.
SI UN HIPOCONDRÍACO BUSCA EN GOOGLE “hipocondría afectaciones en la salud” va a encontrar que las personas hipocondríacas tienen mayor posibilidad de enfermar y morir. Entre los primeros resultados aparece la nota de la BBC que se titula: “Por qué los hipocondríacos mueren antes que aquellos que se preocupan menos por su salud”. La ironía me pareció aterradora y divertidísima. No sabía si reír o llorar. Aunque eso es sólo un decir, yo no puedo llorar, mis antidepresivos no me lo permiten, lo que me entristece profundamente, ¡otra ironía!… La salud mental, el cerebro que se piensa a sí mismo para entenderse, se pierde; una mente que tiene miedo de enfermar, enferma; el miedo a morir, mata. En resumen, ser hipocondríaco es lo peor que le puede pasar a un hipocondríaco.
Según Erik Chuc Viana, médico de 36 años que atiende en el consultorio de una farmacia comercial, lo anterior tiene sentido porque las personas hipocondríacas nos sometemos a más estudios y procedimientos, lo que aumenta la posibilidad de complicaciones. En la nota de la BBC, especialistas también lo atañen a que las personas hipocondríacas tenemos mayor propensión al suicidio y el consumo de sustancias para palear la ansiedad. Otra explicación que conversé con Erik es que los hipocondríacos estamos más en contacto con hospitales y consultorios. Atemorizados por una enfermedad que no tenemos, aumentamos las posibilidades de contraer virus y bacterias reales. El oscuro deseo se convierte en conjuro, enfermamos de verdad y, a veces, morimos.

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LA HIPOCONDRÍA SE VOLVIÓ COLECTIVA durante la pandemia del covid. Familias privilegiadas pagaron vuelos al extranjero para vacunarse. Unos conocidos se hicieron de varios tanques de oxígeno aún sin haber enfermado. Algunos otros, entramos a exámenes de investigación para ser conejillos de indias y tener un 50% de probabilidad de ser inyectados por las vacunas o el placebo. El miedo a morir saca lo peor de nosotros. Desde los que nos pasamos pegados al oxímetro y lavamos el súper con cloro hasta destrozarnos las manos, a quienes llegaron a disfrazarse de adultos mayores en la Ciudad de México para tratar de conseguir las primeras dosis.
MI MÉDICO NO CONTESTÓ LA INVITACIÓN a la entrevista porque era todo menos una urgencia médica. Por eso recurrí a Erik. Los consultorios en las farmacias se han convertido en la opción más accesible de consultar en México, superando por mucho el tiempo de atención de los hospitales públicos y el costo de los privados. Según él a veces los pacientes sólo necesitan ser escuchados para sentirse mejor. Algunos otros requieren un empujón con efecto placebo y les receta vitaminas. Lo que me hizo recordar las veces que he salido de un consultorio con la receta de B12 o vitamina C. Si el paciente continúa yendo con síntomas vagos y preocupaciones, Erik les recomienda que visiten a un psiquiatra.
LOS HIPOCONDRÍACOS ESTAMOS MÁS EN CONTACTO CON HOSPITALES Y CONSULTORIOS. ATEMORIZADOS POR UNA ENFERMEDAD QUE NO TENEMOS.
Cuando envié el mensaje de la espuma en la orina a mi médico esperaba que me escribiera que era normal o que me dejara en visto para darme a entender que estaba exagerando, pero, en esta ocasión, leí aterrado que me pidió realizarme un examen general de orina.
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—YO NUNCA ME HE CONSIDERADO hipocondríaco —dice el poeta David Anuar en el café donde quedamos para hablar de su hipocondría y pienso que ningún hipocondríaco realmente se asume hipocondríaco. Ni siquiera yo. Si así fuera cada temor de enfermedad en turno sería desechado al instante.
—Cada día tengo un nuevo dolor y cada día verbalizo una nueva dolencia, es decir, no pasa un día en el que no sienta que me duele algo —continúa David frente a su affogato. También cuando veo algún cambio en mi cuerpo inmediatamente quiero ir al doctor. Pienso que me gustan los doctores, creo que eso colabora con esta sensación de repente inventar enfermedades.
A David, además de las enfermedades, también le gusta inventar poemas y dramaturgias. Quizá a los hipocondríacos la vida con sus guerras, desigualdades, cambios climáticos y enfermedades reales no tiene la suficiente tensión narrativa. Necesitamos inventarnos historias, o, en el caso de David, “verbalizar dolencias”, hacer de la enfermedad la metáfora que le falta en la vida. En su libro Alguien hunde mi cabeza, en un acto de creación hipocondríaca escribió un poema a la migraña sin nunca haberla padecido.
—Me preocupan mucho las pequeñas heridas —me dice David y no estoy seguro si habla de su hipocondría o sus poemas.
—¿Por las infecciones? —indago.
—No, por el tétanos.
Todos los hipocondríacos estamos construidos por un temor mítico y fundacional. La primera enfermedad que nos atemoriza es la que nos perseguirá el resto de nuestra existencia. En mi caso fue el cáncer. Comenzó en segundo de primaria, la maestra nos mostró unas diapositivas acerca de esta enfermedad y descubrí con horror que el peor enemigo que podía tener mi cuerpo era mi propio cuerpo. Esa tarde llegué a casa con un ataque de ansiedad diciendo que se me caía el pelo porque tenía cáncer. Sin haber entendido que ese no es un síntoma de la enfermedad sino del remedio. Mi psiquiatra infantil le pidió a mis padres que las maestras me sacaran del salón de clases cada vez que se hablara de enfermedades. Otra ironía es que en cuanto las maestras estaban a punto de mencionar una enfermedad, me llevaban justamente a la enfermería. Allí dormía a mis anchas sobre la camilla frente a una enfermera que escuchaba en una grabadora canciones de Chayanne.
ESTAMOS CONSTRUIDOS POR UN TEMOR FUNDACIONAL. LA PRIMERA ENFERMEDAD QUE NOS ATEMORIZA ES LA QUE NOS PERSEGUIRÁEL RESTO DE NUESTRA EXISTENCIA.
El clímax de mi temor al cáncer llegó a mis 12 años, por una inflamación en los pezones creí tener cáncer de mama. Mi madre desesperada por mi insistencia me llevó a consulta con su ginecólogo: el mismo que la auxilió durante el parto. ¿Por qué con él y no con el pediatra? Me he preguntado por años. Quizá porque en el ultrasonido apareció que tendría un niño y una niña, no dos niños, y esa ocasión era la única manera de cumplir el deseo de tener una hija. O, tal vez, acudimos con el mismo doctor para reclamar “Mire, doctor, el problema en que me metió” y preguntar si acepta devoluciones. No es fácil lidiar con un familiar hipocondríaco.
Yo era el único niño en la sala de espera. Cuando la secretaria preguntó quién era la próxima paciente, todas me miraron asombradas cuando grité desesperado que yo era el paciente. El ginecólogo de mamá me acostó en la camilla y repitió lo mismo que papá, que dicha inflamación era normal en la pubertad, mientras yo me imaginaba lo expuestas que debían de sentirse las mujeres al abrir las piernas sobre las altas perneras.
El poeta David me platicó que su miedo fundacional hipocondríaco es el tétanos y surgió de la niñez de su madre, quien estuvo a punto de morir cuando se lastimó con un clavo. El cuadro era el que cualquier hipocondríaco atemorizado por alguna herida ha leído al menos más de una vez en su vida: fiebres altísimas y contracciones musculares.
—Justo como que ese fantasma de mi madre siendo niña a punto de morir de tétanos como que siempre me acecha… Siento que por cualquier herida que me haga con un metal moriré de tétanos —dice David antes de mostrarme una herida de 2 milímetros en la palma de su mano, a la que en un impulso que no comprendo le pregunté si le puedo tomar una fotografía. Una herida que ya sanó pero que, en este texto y el respaldo de mi celular, como en sus poemas, continúa abierta.

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“TODOS LOS PACIENTES MIENTEN” cita el doctor Erik al personaje Dr. House. Cuando le comparto que en España en un estudio demostraron que los médicos sólo dejan hablar a sus pacientes once segundos antes de interrumpirlos, él defiende a sus colegas argumentando que los pacientes suelen divagar mucho y él tiene que “dirigir el interrogatorio”, sobre todo si se considera que el tiempo de atención es reducido, aún más en la farmacia en la que trabaja. Además, agrega, muchos mienten porque piensan que el médico los va a regañar por tardar en atenderse o en casos más delicados, como cuando un matrimonio consulta y él pregunta por antecedentes sexuales. Aun así Erik, de bata blanca sobre una camisa de cuadros, apunta:
—Es importante creerle al paciente. Aunque parezca hipocondría siempre hay que creerles.
Y agrega algo que a veces no vemos porque se esconde más allá de la obviedad:
—Los hipocondríacos también se enferman.
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EL PSIQUIATRA ARTURO BRAVO GORENA opina que un médico miente cuando le dice a un hipocondríaco “no tienes nada”.
—Si sientes algo, tienes algo —afirma.
Nos reunimos en su consultorio en la calle de Mérida. Él, además de psiquiatra es psicoanalista. Quizá por eso tiene una manera de guardar silencio que me da la pauta para confesar alguna angustia. Yo me esfuerzo para seguir en mi papel de entrevistador y no caer en la tentación de ser su paciente. Al igual que al poeta David, a mí también “me encantan los doctores”. En terapia he descubierto que mi hipocondría me servía para lo que no encontraba de ninguna otra manera: ser visto por mis padres. Aunque va mucho más allá. Mi hipocondría también funcionó en casa para liberar el estrés de sus pleitos matrimoniales. Cada enfermedad imaginaria se convertía en la prioridad de la casa. Entonces, mamá y papá, por un rato, dejaban de pelear para atenderme. Mis llamados de auxilio irracionales daban tregua a las peleas. Nada une más a un enemigo que otro enemigo en común.
Para Bravo Gorena la medicina es un discurso de poder y una manera de desvirtuarlo es tener presente que cada nuevo paciente es una oportunidad única para hacer filosofía desde una perspectiva nueva e irrepetible:
—Los médicos que podemos ver personas nos divertimos —dice con media sonrisa.
Arturo comparte que a veces, cuando alguien acude a un psiquiatra, en cuanto dan con el diagnóstico y te medican, renuncias al lenguaje de tu cuerpo y lo que quería decirte. Para él un episodio de hipocondría es señal de algo más:
—Se piensa que la angustia es mala, pero si la pensamos como una luz roja del tablero del coche, los fármacos en vez de solucionar el problema sólo apagan las señales. Lo que importa es descifrar qué quiere decir esa angustia y resolverla.
¿Qué querrá decir la espuma en mi orina? ¿Qué no estoy resolviendo? La primera vez que comenté mi preocupación fue después de levantarme a orinar en una comida familiar. Tenía un compromiso de trabajo que me angustiaba mucho. También había notado a mamá tensa durante la comida. ¿Trataba de digerir su angustia como hacía de niño? La luz parpadea en mi tablero y he logrado descifrarla.
EL POETA DAVID MENCIONÓ el libro La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag. Allí leí algo que a ambos nos preocupa: la idea de que las enfermedades son resultado de nuestras emociones suprimidas. Según Sontag, se estigmatiza cuando la enfermedad es tratada como una traición del propio cuerpo ante el fracaso. En esa línea, Napoleón enfermó de cáncer tras perder la batalla de Waterloo, o a Freud lo mató un cáncer en la boca, ocasionado por sus instintos reprimidos de un matrimonio infeliz.
Le conté al doctor Bravo Gorena que cuando era niño fantaseaba con conseguir los medios para tener un médico que vigilara mis signos vitales durante todo el día. Me extrañaba que los adultos no lo hicieran. Yo viviría en una casa donde todas las esquinas estarían acolchadas para evitar riesgos por tropiezos. Me respondió:
—No lo necesitas. Ya tienes un médico contigo todo el tiempo. Uno que te conoce mejor que nadie. Ese doctor eres tú mismo.
En cuanto me llegaron al correo los resultados del examen de orina los abrí lleno de pánico y esperando lo peor. Todos los niveles estaban normales. Después de semanas orinando espuma fui al baño y en el retrete no había una sola burbuja. Esa tarde me llamó mi madre para decirme que había comenzado a notar espuma en su orina. Ambos reímos, parece que la hipocondría además de ser mortal es contagiosa.


