LOS IMPRESENTABLES

Más fascista que Mussolini: Italo Balbo

Más fascista que Mussolini: Italo Balbo
Más fascista que Mussolini: Italo Balbo Foto: Cortesía del autor

Giovinezza, giovinezza

primavera di bellezza,

della vita nell’asprezza

il tuo canto squilla e va

1923, Roma. Las estrofas llegaron a los oídos de los comerciantes, en las inmediaciones de la Piazza Navona, como un rumor lejano y violento, inconfundible. La potencia creciente de cientos de voces a coro era una nube que truena o el sonido del mar anunciándose detrás de una colina.

Antes que las botas marchando escucharon azotarse postigos, puertas y rejas. Era la juventud romana, enamorada de la violencia, que hacía rondines masivos en busca de socialistas para aporrear hasta la inconsciencia o la muerte. Eran los squadristi, los Camicie Nere. Una marejada de energúmenos armados de porras y bastones. Delincuentes y oportunistas vestidos de pantalones bombachos grises y camisas negras, botas largas y feces borlados.

Cuando la marcha de los escuadristas llegó a la zona comercial, no quedaba un solo local abierto.

con orgoglio d’Italiani

giuran fede a Mussolini.

Non v’è povero quartiere,

che non mandi le sue schiere,

che non spieghi le bandiere

del Fascismo redentor.

De todos ellos, uno, que caminaba al frente de la turba, era el más destacado devoto de la violencia y del fascismo: Italo Balbo. Reventaba huelgas, apaleaba transeúntes sin mayor motivo que la estética de la brutalidad, bebía como cosaco y tomaba a las mujeres por la fuerza. Era el mejor de todos. Su lugar en la historia estaba asegurado. De hecho, vivía, en aquel entonces, el Anno I, el primer año del calendario fascista.

Las ideas de Balbo enamoraron a Mussolini desde el principio. Fue idea suya que los escuadristas portaran camisas negras. Y cuando prohibieron que los fascistas marcharan con palos o macanas, Balbo dotó a su legión de bacalaos del mar del norte, pescados alargados que al secarse se endurecían como la madera. El sello del terror inicial del fascismo, el aceite de ricino, también fue su idea.

Balbo era la clase de hombre que disfrutaba más dando una golpiza que haciendo el amor. El escritor Antonio Scurati describió así al hombre ejemplar de los Fascios de Combate:

Balbo ríe. Entre las mofas de las que es maestro se cuenta también la del aceite de ricino. Se atrapa a un indómito socialista cualquiera, se le mete un embudo en la boca, se le obliga a beberse un litro de laxante. Después se le ata al capó del coche y se le lleva de paseo por el pueblo mientras se caga encima. Un remedio de bajo coste, sin derramamiento de sangre, sin amenaza de detenciones. Imposible no reírse.

Y además este recurso tragicómico tiene otras ventajas. Impide que la víctima se convierta en un mártir porquela vergüenza ahuyenta el pesar: no puede rendirse culto a un hombre que se ha cagado encima.


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