A mis padres
“A veces el fútbol se parece tanto a la vida que da miedo.”
Las llaves del reino.

Más fascista que Mussolini: Italo Balbo
—EDUARDO SACHERI
El Mundial es una novela total. Tan laberíntica como Los Miserables, de Victor Hugo, o tan fragorosa como Guerra y paz, de León Tolstoi.Intricada como Cien años de soledad, de García Márquez, o extrema como Crimen y castigo, de Dostoyevski. Tan poblada de personajes como Los sonámbulos, de Hermann Broch, y tan vocinglera como Don Quijote de la Mancha o catedralicia como Noticias del Imperio, de Miguel de Cervantes y Fernando del Paso, respectivamente. En el Mundial surge una verdadera epopeya como la de la batalla de Austerlitz: Argentina venciendo a Inglaterra en los cuartos de final de México 86. Croacia eliminando a Brasil por la vía de los penales, en Catar 2022. La “Mancha” alemana derrotada por Italia en tiempo extra, con goles de Grosso y Del Piero, y coronándose campeona contra la Francia de Zinedine Zidane, en Alemania 2006. El Mundial exhibe frescos bellísimos igual que la mediatijera del brasileño Richarlison (Catar 2022) o la bolea de Maxi Rodríguez contra la selección mexicana de Lavolpe en 2006. El zurdazo del colombiano James Rodríguez al Uruguay, en Brasil 2014, todavía enchina la piel.
Algunos de sus partidos son thrillers como el Partido del Siglo entre Alemania Federal e Italia, la semifinal en México 70, que se resolvió en los tiempos extras, con Franz Beckenbauer con cabestrillo por la luxación que le provocó un encontronazo con Giacinto Facchetti. El futbol no es condescendiente, Alemania Federal venía de perder la final frente a Inglaterra, en el Mundial celebrado en la isla en 1966, por el “gol fantasma”. Después de ir empatados 2-2, Geoff Hurst atinó el balón en el travesaño, pero picó tan rápido que el árbitro no vio si realmente había entrado al arco, por lo cual recurrió a su juez de línea, quien validó el tanto. Alemania Federal perdía el Mundial frente a Inglaterra, quien se presentaba apenas por segunda vez al certamen futbolístico. Quizá haya que puntualizar que lo que fue glorioso sucedió en los tiempos extras, pues el portero italiano Enrico Albertosi había contenido la ofensiva alemana manteniendo la ventaja del gol de Roberto Boninsegna (minuto 8). Lo vertiginoso se dio en el último instante: los goles de Karl Heinz Schnellinger (minuto 90), Gerd Müller (minutos 94 y 110) y los que remontaron de Tarcisio Burgnich (minuto 98), Gigi Riva (minuto 104) y el de Gianni Rivera (minuto 111) para darle el triunfo a los tanos. Por su parte, Italia llegó a la final del siguiente Mundial, México 70, contra un Brasil imbatible que podría haber ganado incluso sin Pelé. Es de esperarse que los Mundiales generen una sinergia, partido a partido, en la que la Copa anterior, la América o la Euro, nos entreguen la escuadra que alcanzará el triunfo, como sucedió con España o Argentina.

Como en una buena novela, en el Mun-dial hemos visto escenas ya insustituibles de nuestra memoria, personajes fuera de sus casillas, como Zidane cabeceando el pecho de Marco Materazzi. Pero también observamos una mirada nostálgica como la de Lionel Messi al contemplar el trofeo cuando Alemania los venció en Brasil con un gol del rapaz Mario Götze, en 2014. Pienso en los Mundiales y me convenzo de que hay un impulso dramático, una acumulación sentimental partido a partido, como los capítulos de una obra maestra, donde el personaje realiza su metamorfosis vital. Y si el equipo está interconectado, la cosa va en serio. También hay tiempos extra o penales que drenan a una selección. No es raro que partidos previos determinen una semi o una final. Cómo no pensar en la Croacia en Rusia 2018 en la que jugó tres tiempos extras consecutivos (Dinamarca, Rusia e Inglaterra) y que dos se definieron en penales; lo cual suma noventa minutos jugados, ¡un partido más que las otras selecciones! Esa Croacia de Modric, Rakitic, Mandzukic, Perisic, Kovacic y el portero Livakovic, que llegó a la final contra la pluriétnica Francia y perdió de cara al sol. ¿Pero qué hubiera sucedido si esa Croacia no hubiera sufrido tal desgaste?
Lo mismo me pongo de pie ante el caballo negro que fue Uruguay —palabra que significa “río de pájaros” en guaraní— en Sudáfrica 2010. Selección que no fue frenada ni por el arbitraje de la FIFA. La celeste del profe Tabarés, de los Diegos Forlán y Lugano, del Loco Abreu, de Luis Suárez, quien cometió mano para detener el cabezazo del ghanés Adiyiah en la línea de gol. Hubo expulsión y se marcó penalti, pero Ghana lo falló y todo se resolvió en penales con dos atajadas del flaco Muslera. La paradoja es que Suárez y el Loco, que picó el penal de definición, opacaron el maravilloso gol de Forlán de tiro indirecto con rosca descendente. Además, ese partido de cuartos de final había sido condicionado por el llamado del propio Nelson Mandela a hacer unidad en favor de Ghana, ya que era el último país africano en el campeonato. De tal suerte que la Celeste se enfrentó a todo un continente esa noche en Johannesburgo, y triunfó.
Muchos critican que el Mundial 2026 tendrá 48 selecciones, pero no piensan que se abre la posibilidad de que haya descubrimientos con países considerados chicos. Recuerdo las gratas sorpresas que nos hemos llevado con Marruecos, con Camerún, Ecuador, Finlandia, etcétera. Este Mundial promete con Costa de Marfil, Japón y Suiza, que hicieron cosas interesantes en sus juegos amistosos. Ver perder a una selección protagonista es comparable a la Caída de los Dioses. Contemplar la metamorfosis de un grupito en una escuadra imbatible es un prodigio estimulante.
EL PODER Y EL MUNDIAL
La política siempre se ha colgado del futbol para sacar tajada y, por lo mismo, es una proeza cuando los deportistas no se prestan al jueguito y ponen en su lugar a la escoria. Tal como sucedió con el goleador chileno Carlos Caszely, que dejó con la mano estirada al dictador Pinochet, por lo cual el milico se vengó mandando torturar a la mamá del futbolista. Años después, Caszely y su madre apoyaron la campaña del Plebiscito del No para detener la dictadura en 1988. También está la fotografía con las manos a manera de mordaza de la selección de Alemania por la intolerancia en Catar 2022, lo mismo que hubo un público que dignamente bañó con una rechifla monumental al presidente asesino Gustavo Díaz Ordaz, en el Estadio Azteca en México 70. Por su parte, Pelé buscó excusarse por su falta de protesta ante la dictadura militar en Brasil años después.
Dos hechos infames fueron la injerencia de Benito Mussolini para que Italia ganara la Copa Jules Rimet en Italia 34 y en Francia 38, en la que lucieron un uniforme de camisa negra. Incluso se ficharon cuatro jugadores argentinos y un brasileño para que jugaran para Italia. Tiraron siete córners seguidos contra la España republicana. Y Benito le escribió al director técnico Vittorio Pozzo vía telegrama: “Usted es el único responsable. Que Dios lo ayude si no ganamos”, para que la squadra azurra saliera con la mano en alto en 1938. No es baladí mencionar que Mussolini prohibiera que se le llamara futbol, por ser un extranjerismo, y exigiera llamarlo calcio, al igual que otro fascista Getúlio Vargas exigiera que se le llamara fuchibol en Brasil. Ambos dictadores creían que quien ostenta el lenguaje ostenta el poder. Quizá moleste, pero también hay que decir que el dictador Videla entró al medio tiempo a “saludar” a la selección del Perú cuando se daba la semifinal de Argentina 78. Eso generó una controversia al ganar Argentina 6-0 contra el país andino. Por suerte, Marito Kempes y Bertoni opacaron las dudas con el 3-1 frente a Países Bajos en la final, lo que los hizo campeones por primera vez. Como en la literatura, el Mundial ha tenido su antagonista en la guerra, la cual ha impedido su organización dos veces, en 42 y 46. Restableciéndose hasta Brasil 50. También hubo un Mundial que desembocó en una masacre: la de El Salvador contra Honduras en los años setenta. Como escribió Eduardo Sacheri pensando en Malvinas, “¿Hay algo más trágico que una guerra?”.
La pureza del futbol sólo se siente en la cancha minuto a minuto, no la ensucia ni la FIFA —que es una mafia— ni sus fariseos, que sólo piensan en llenar sus arcas. “La pelota no se mancha”, dijo Maradona, quien fuera héroe y villano a la par dentro y fuera de la cancha, genio en todo caso. Diego integró el término canchero al término muy argentino de “la nuestra”, que refiere a la belleza estilística con que juega la albiceleste. A una picardía al mover el balón, que viene del barrio y no del tecnicismo. Maradona nos regaló a los latinoamericanos el gol del siglo venciendo a Inglaterra, a modo de revancha de la derrota en las islas Malvinas. Cancha y campo de batalla, nombres distintos del mismo asunto, pero sin pérdidas humanas.
“LA PUREZA DEL FUTBOL SÓLO SE SIENTEEN LA CANCHA MINUTO A MINUTO, NO LA ENSUCIA NI LA FIFA —QUE ES UNA MAFIA— NI SUS FARISEOS, QUE SÓLO PIENSAN EN LLENAR SUS ARCAS.‘LA PELOTA NO SE MANCHA’, DIJO MARADONA.
EL MUNDIAL ES UNA NUEVA METAFÍSICA
El Mundial es cultura, otra forma de hacer la Historia. Hay una relación intrínseca entre los sucesos con la memoria de la humanidad. La forma en que los ojos de mi viejo se encienden, traga saliva y comienza el relato de lo vivido. Los inicios de las trasmisiones televisivas, matando la oralidad de la radio, se coordinaron con el reglamento. La pantalla bicromática exigía que el balón tuviera gajos blancos y negros. El color amplió la experiencia pues ahora las gradas dejaban de ser mareas en grises. Decía Ricardo Piglia que la narración deportiva se alimenta de la narrativa literaria. Hay una voz que narra los hechos que se intercala con la voz que explica lo acontecido. Joserra, y Menotti en conjunto, fue al primer narrador que disfruté. “Las victorias no se cuestionan…”, lamentaba El Flaco, como un aforismo.
Todos recordamos el lugar exacto en que vimos algunos partidos, los seres amados que nos acompañaban cuando Arjen Robben le robó un penal al ingenuo Rafa Márquez, el gol de Hirving Choki Lozano contra Alemania o los penales de la selección mexicana contra Bulgaria en Estados Unidos 94. Jamás desaparecerá de mi memoria el segundo gol de Lucho Suárez con el que mandó a casa a Inglaterra en 2014, ni con quién estaba.
Esto conmueve porque en el futbol se estrechan los lazos filiales, como cuando un niño de Minas Gerais, Edson Arantes do Nascimento, vio a su padre abatido en lágrimas por la derrota de Brasil frente al Uruguay, el histórico “Maracanazo” en 50. Aquella remontada charrúa con goles de Schiaffino y Ghiggia que suscitó un drama en un país que ya se sentía campeón. Y este niño, temiendo que su padre se fuera a suicidar como tantos otros, para consolarlo le juró que él iba a ganar la copa; lo cumplió a los 17 años en el Mundial de Suecia 58, convirtiéndose en el Rey Pelé.
EN EL FUTBOL SE ESTRECHAN LOS LAZOS FILIALES, COMO CUANDO UN NIÑO DE MINAS GERAIS, EDSON ARANTES DO NASCIMENTO, VIO A SU PADRE ABATIDO EN LÁGRIMAS POR LA DERROTA DE BRASIL FRENTE AL URUGUAY, EL HISTÓRICO ‘MARACANAZO’ EN 50.
No tiene fin el arraigo del Mundial en las familias del planeta y, a la vez, puede ser una maldición para los jugadores. Como cuando David Beckham recibió la noticia de que su novia Victoria Adams, la Spice Girl, estaba embarazada, una noche antes del partido contra Argentina de octavos de final, en Francia 98. Noticia que lo mantuvo tan poco fino en la canchaque hizo una falta menor: en el suelo tiró un talonazo que el Cholo Simeone —con una cancherada digna del Oscar— convirtió en una tarjeta roja para el británico. Argentina venció a Inglaterra en penales con la ausencia notoria del galáctico. Esto le acarreó a Beckham años de insultos propinados por sus compatriotas y lo volvió, de ser el niño predilecto del Manchester United, a convertirse en un descafeinado galáctico del Real Madrid. Beckham estuvo destinado a jugar futbol por injerencia de su padre, quien lo ponía a entrenar con extremado rigor. Incluso su segundo nombre, Robert, fue elegido por David Sr. para homenajear a Bobby Charlton, el delantero que llevó a Inglaterra a ganar la copa en 66. Finalmente, Beckham se sobrepuso y mostró el coraje suficiente para salir del atolladero deportivo y moral. Aunque nunca apoyaré a un inglés, reconozco su coraje.

¿MÁS ARGENTINO QUE MARADONA?
Nunca dije que la Novela del Mundial fuera imparcial. El futbol, el amor y la literatura no lo son, por el contrario, son como una liga llanera. Sin embargo, en el Mundial valen más las selecciones que vienen de abajo, como sucede con un desconocido novelista de culto, como Benesdra o Baron Biza. Los equipos armados a golpe de chequera, igual que los autores súper publicitados, me dan alergia. Dijo Borges que, por suerte no nos debemos a ninguna tradición, podemos aspirar a todas. Y si no nos gusta que nos impongan lecturas, menos aceptemos que nos vistan con playeras con las que no nos identificamos. Podemos apoyar a cualquier equipo de la liga de nuestro país, pero el imaginario colectivo somete la libertad al hablar de nacionalismos. He escuchado las palabras narco y soberanía en una misma frase, y siempre se me ha helado la sangre. Creo con el Dr. Johnson que “el patrioterismo es el último refugio de un canalla”. Soy hincha de Argentina desde el Mundial de Estados Unidos 94 en que Maradona anotó contra Grecia. El Pelusa se fue contra una cámara y le rugió al mundo que estaba de regreso. Sin embargo, al terminar contra Senegal, una enfermera lo condujo de la mano para hacerle la prueba antidoping. Debido a un error, le llevaron un medicamento con efedrina (Ripped Fuel) en lugar de Ripped Fast, que lo sacó del Mundial. El caso es que a Diego le cortaron las piernas quitándole el sostén que lo había tenido limpio de vicios. En el momento se hablaba de la injerencia de la FIFA y de Estados Unidos contra Argentina.
Desde entonces he intentado ver todos los partidos de la Albiceleste. Me he levantado a las 4:00 a.m. para verla perder contra Inglaterra en 2002 y a las 5:00 a.m. para mirarla caer frente a Arabia Saudita en 2022. Vi a Batigol, al Apache Tévez, al Piojo López, a Crespo, a La Bruja Verón, a Riquelme, a Sorín, a Zanetti, a Heinze, a Pipita Higuaín, al Fideo Di María y a Messi incluido, sucumbir no siempre con gloria. La final perdida de Argentina contra Alemania en 2014, así como las derrotas de Argentina contra Croacia y Francia en 2018, eran fiscalías a nuestra fidelidad. Pero, como dice Juan Villoro, cambiar de equipo es traicionar una niñez. Desde la Copa América, obtenida frente a Brasil, Argentina es una fraternidad más que un equipo. Fue necesario que Jaume Laporta lo despidiera deslealmente del Barcelona para que Messi se colocara unos metros atrás. Escaloni comprendió que la peligrosidad del 10 bajaba en goles, pero se acrecentaba en asistencias. El maduro Messi se reinventó dejando atrás la súper velocidad por la súper visión. Lio ha dado pases tan bellos como sus mejores goles. La asistencia a Molina, entre los holandeses Aké, De Jong y Van Dijk fue magistral, o el doble toque, que recibió De Paul, de éste a Mac Allister y, cruzando la bocha, la remató Di María con el zurdazo para meter el segundo gol contra Francia. Hay una camaradería que pudo contra la adversidad, el debut frente a Arabia Saudita, la remontada posterior con el gol imposible de Messi a Ochoa de México y las eliminaciones contra Australia, Croacia y Países Bajos, dejan claro que Argentina gana y embellece el futbol.
Ha habido malos Mundiales, entre estos Italia 90 y Alemania 2006, cuyas finales fueron insípidas. Venimos del mejor Mundial de todos los tiempos, cuya final fue coherente con las ilusiones. Es difícil augurar si se cumplirán las expectativas futbolísticas. No nos queda más que esperar que el futbol lave la gran mercantilización de la FIFA, la centralización de Estados Unidos sobre Canadá y México. Se habla de España, Argentina, Alemania y Francia como amplios favoritos. Hay otra mesa con Portugal, Brasil, Inglaterra y Colombia que no desmerecen. Las emociones polarizadas van a estar a pedir de boca. Una vez más viviremos lo sucedido en una cancha por persona interpósita como si ahí mismo se jugara nuestro propio destino, pues el solo hecho de ver un gol junto con millones de personas hace que la vida cobre un mayor sentido.


