Acompañando a un moribundo

José Woldenberg analiza Si no sabes de mí, es porque estoy bien (Filamento, 2024), la novela de Rodrigo Solís sobre el cuidado de un padre moribundo como radiografía de la relación filial. Esta mirada aguda a la muerte lenta entrelaza la ironía, la catarsis y la dignidad frente al colapso inevitable, sostenida por la madurez de quien observa las faltas del progenitor no para juzgarlo, sino para otorgarle una última pincelada de humanidad.

Acompañando a un moribundo
Acompañando a un moribundo Foto: Especial

Cuando se detecta una enfermedad terminal, cuando no existe reversa posible, cuando el paciente es un auténtico “condenado a muerte”, quienes lo acompañan en ese trance resienten, con un cúmulo de altibajos, el trayecto hasta el final.

Rodrigo Solís ha escrito una potente novela —¿testimonio?— desde el punto de vista del hijo al que toca ser esa tétrica escolta. A su padre le detectan cáncer terminal. Las relaciones entre ambos han sido tirantes, fluctúan entre el cariño y los reproches, entre una extraña fascinación por los desplantes del padre (don Rober) y la acusación de “daltonismo moral”, porque el padre, al parecer, primero vio por él, luego por él y los demás fueron tratados como fauna de acompañamiento.

El periplo por el hospital, las quimioterapias, los medicamentos, las letanías de los doctores y las enfermeras; la inmersión en un universo de pacientes y sus respectivos satélites, cada uno ensimismado en sus dolencias y perspectivas —en ocasiones nulas—, resulta opresivo y elocuente. Pero Solís logra, sobre todo al inicio, porque al final la salida no puede ser más que sombría, una narración con no pocos toques irónicos e incluso lúdicos. Explota un negro sentido del humor alimentado por una inteligencia no sólo vibrante sino filosa e hiriente como verduguillo.

Es un relato reflexivo, cargado de observaciones agudas y sin concesiones. No es fácil ser el hijo de un moribundo, menos cuando el padre activa una serie de resortes que ponen en acto el chantaje, la fanfarronería, no pocos gramos de mitomanía y un profundo amor propio que exige a los demás actuar como sirvientes. Por el otro lado, el padre ha vivido como ha querido: libre, sin amarras, jugador, mujeriego, desaprensivo, fantasioso, embaucador, soñando con negocios espectaculares y construyendo relaciones interesadas —unas en la imaginación y otras reales—. Piensa el hijo: “Don Rober ha sido transa, manipulador, abusivo, pero no se merece su enfermedad”. Un auténtico personaje de novela, se hubiera dicho antes.

Y las relaciones se trastocan también con los hermanos. La hermana que vive en Estados Unidos y envía dinero de manera recurrente para atender al padre y el hermano menor —hijo de otra mujer— distanciado y ofendido por su propio padre. La enfermedad es un catalizador que trastoca las inercias, las tensiones congeladas, los roles aprendidos. Frente a la muerte que se acerca no cabe la indiferencia. La política del avestruz está clausurada. De una manera u otra hay que hacerle frente. Y cada quien responde como quiere, o quizá sería más exacto decir, como puede.

LA ENFERMEDAD ES UN CATALIZADOR QUE TRASTOCA LAS INERCIAS, LAS TENSIONES CONGELADAS, LOS ROLES APRENDIDOS. FRENTE A LA MUERTE QUE SE ACERCA NO CABE LA INDIFERENCIA

El dolor tiene diversos rostros y momentos. Hay relámpagos de fuga, incluso física. El narrador, fan del ciclismo, toma su bicicleta y huye hacia la playa. El constante contacto con el deterioro y el sufrimiento del padre resulta agresivo, desgastante, en el extremo, aniquilador. Se requieren pausas para adormecer la angustia, porque el dolor es cíclico y creciente. Una constante que no desaparece bajo ningún conjuro; un nuevo estado de vida del que jamás se ausenta la sombra de la muerte.

LAS RUTINAS ANTERIORES saltan por los aires. Tanto porque hay que cuidar al paciente como porque la cabeza se vuelve una madeja en la que la enfermedad ordena y desordena los pensamientos, las reacciones, las emociones. “Me siento como un niño perdido en medio del bosque a cargo de un anciano moribundo. Vengo exhausto.”

Contraria a la muerte súbita, la muerte lenta, anunciada, esperada, va dejando una cruenta estela de desgaste y aflicción. No será sólo el dolor de la pérdida, sino el eco del deterioro progresivo, de la transformación de un hombre autosuficiente en un ser dependiente y condenado, a pesar de los esfuerzos por mantener una cierta independencia y dignidad.

La novela explora, por necesidad en esos momentos de luto anticipado, el ajuste de cuentas que el hijo debe —¿quiere?— hacer con su padre. Evaluar el aliento y las negligencias, las inyecciones de vitalidad y los profundos desengaños —esto suena a bolero—, los malos tratos y las enseñanzas. Episodios que resultan ambiguos, de ninguna manera pueden evaluarse en blanco y negro, como aquel campamento al que el hijo fue enviado de niño a Estados Unidos.

EL HIJO, EL NARRADOR, EL CUIDADOR, vale la pena decirlo, no es un joven. Tiene 52 años, mujer e hija; eso hace que el relato destile una cierta madurez de ninguna manera proclive al autoengaño, menos aún al melodrama barato. Es capaz de observar de frente y sin coartadas las debilidades del padre y lo que significaron para él. Lo resiente, sí, pero al mismo tiempo lo comprende —o lo comprende a medias—. Su corte de caja no es radical, rotundo, no condena ni pontifica. Recrea en la memoria diversos episodios porque a querer o no, ahí es en donde sigue y quizá seguirá reverberando la vida de don Rober. Una memoria singular, intransferible, la de él y de nadie más.

La escritura se convierte así en refugio, exploración, intento por entender al padre y también a él mismo. Quizá sea terapéutica, pero con una cauda obligada de dolor. Es el recuento desde afuera, como observador, de una vida que se apaga a los 76 años, que por momentos fue gozosa y en otras ocasiones punzante, pero que sin duda deja una huella profunda en su biografía.

Ese lento morir, ese deterioro que incluso se mancha de delirios, esa agonía anunciada, irradia pena y miedo, y llega el momento en que “ya no hay que preocuparse tanto por la calidad de la vida y —es necesario— pensar más en la calidad de la muerte”.


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