—La verdad es que me gustan más tus esculturas que tus pinturas —le dije a Juan Soriano con toda la insolencia de mi juventud.
—Pues fíjate que a mí también —me contestó y soltó una carcajada.
Después de algunas pláticas en las que él hablaba y hablaba de temas que a veces no tenían relación entre sí, me sentí con la confianza de soltarle esas palabras a bocajarro que, por fortuna, él tomó con humor. En el año 2000 Juan había cumplido 80 años de vida, por ese motivo le hicieron varios homenajes, entre ellos recuerdo la publicación de un bello y enorme libro con sus dibujos, Amigo enigma (Ave de paraíso, 2000), una magna exposición en el Museo Tamayo y otra con veinte de sus esculturas monumentales en el Zócalo. Fui a la presentación del libro de dibujos en el Sanborns de los Azulejos y terminado el acto me acerqué a él para pedirle su número telefónico. Le expliqué rápidamente que estaba investigando sobre Xavier Villaurrutia y que me gustaría mucho entrevistarlo sobre el poeta; me presentó a Marek Keller y él me dio el número para llamarles y poder visitar al pintor.

Diversa Cultural
EN EL AÑO 2000 JUAN HABÍA CUMPLIDO80 AÑOS DE VIDA, POR ESE MOTIVO LE HICIERON VARIOS HOMENAJES, ENTRE ELLOS RECUERDO LA PUBLICACIÓN DE UN BELLO Y ENORME LIBRO CON SUS DIBUJOS, AMIGO ENIGMA
Un par de semanas después, tiempo que creí prudente para no ofuscarlo más entre las celebraciones de su cumpleaños, llamé y Marek me dio una cita. Llegué puntual a su sobria casa en la Condesa. Aunque estaba sobre Ámsterdam, una calle muy transitada de esa colonia, en el interior reinaban un silencio y una paz acogedoras, hogareñas. Lo primero que me llamó la atención de Juan fueron sus manos.
En el retrato que le hizo a Villaurrutia, Soriano lo pintó con unas manos delgadas y delicadas, de dedos largos que se posan suaves sobre los de la otra mano. Los dedos de Juan también eran largos pero gruesos, con uñas grandes, de hecho, toda la mano era grandey pesada, me pareció que no se correspondían con su estatura y con su complexión de pajarito; en cambio, las palmas eran muy suaves, me recordó la suavidad de las manos de nuestros abuelos. Juan, repito, había cumplido 80 años de manera que así lo vi, como un cariñoso abuelo que no obstante sus manos pesadas sólo era capaz de dar cariño. Por si fuera poco, esas manos eran justamente su principal instrumento de trabajo, ¿después de tanto pintar y esculpir, por qué no tiene las manos gruesas y callosas?, recuerdo que pensé.

NOS SENTAMOS A PLATICAR sobre Villaurrutia. Ahora ya no recuerdo con exactitud qué cosas me contó pero, por fortuna, aún conservo los cassettes en los que grabé nuestras largas pláticas. Si no las recuerdo con precisión es porque Juan en realidad tuvo un monólogo en el que saltaba sin ton ni son entre unas y otras, por ejemplo, en un momento soltó una perorata en contra de los “fachistas”, como él pronunciaba a la italiana, y entonces los “fachistas” aquello y los “fachistas” lo otro y los malditos “fachistas”… mientras yo me preguntaba, “¡pero de qué me está hablando si yo quiero saber sobre Villaurrutia!” (Él había llegado a Italia en los años cincuenta, le tocó ver las consecuencias del fascismo, por eso supongo que de allí venía su trauma.)
Lo único que recuerdo concerniente a Villaurrutia es una anécdota. Resulta que una noche de fiesta andaba Juan con otras personas en Garibaldi cuando al poco rato también llegó Villaurrutia pues, contrario a lo que se piensa, no era una persona sola o atormentada, como se puede colegir de sus “Nocturnos”, sino también parrandera, alegre y ocurrente. Al llegar el poeta y ver a Juan, quien entonces era un muchachito de alrededor de unos 20 años, lo regañó y lo mandó de regreso a su casa, “¡hasta me pagó el taxi!”, recordó con humor.
A la siguiente cita fui con el escritor y académico Miguel Capistrán, quien también quería preguntarle algunos detalles sobre Los Contemporáneos, pues aunque Soriano no perteneció propiamente a esegrupo sí trabó amistad con algunos de los que lo formaban. Una vez más Juan habló de lo que quiso. Entre alguna y otra cosa logró deslizar un comentario que nos interesó pues, como me lo hizo notar Capistrán cuando salimos de su casa, Juan le confirmó que Jorge Cuesta no se había acostado con su hermana Natalia (uno de los grandes rumores de una época del círculo intelectual mexicano), sino con su cuñada Carmen Marín, la hermana de Lupe Marín (con quien Cuesta estaba casado) y que posteriormente se convirtió en esposa de Octavio G. Barreda, él sí de Los Contemporáneos. Esa infidelidad sumada a otros conflictos conyugales habría desatado la furia de la propia Lupe al grado de llevarla a escribir un libelo en contra de Cuesta, La única (1938), y en cuya portada dibujada por Diego Rivera dos mujeres, que evidentemente son Lupe y Carmen, traen en una charola la cabeza decapitada de Cuesta. Confirmada por Juan, la historia cobraba mayor sentido que el supuesto incesto aquél.
Y ASÍ ENTRE PLÁTICA Y ENTREVISTA se estableció una relación cordial que sin embargo no me atrevería a llamar ni de amigos ni de maestro-discípulo. Gracias a esa cercanía y a mi osada juventud es que tuve el valor de soltarle a bocajarro aquellas palabras que he contado al principio. En cierta medida sigo creyéndolas, pues si bien ahora me gustan algunos cuadros más, su escultura sigue siendo mi predilecta. Desde luego, es sólo una opinión personal y muy subjetiva que no busca ahondar en la técnica u otros aspectos ni ser la de un crítico de arte. El uso abundante de colores oscuros y ocres hace muy sombrías ciertas obras al grado de llegar a ser lúgubres, desoladas, casi tétricas como el caso de La niña muerta o incluso un cuadro que podría parecer alegre como Niñas jugando hecho con paleta de colores ocres que acentúa el horror de la escena.

Lo mismo me pasa con sus autorretratos o los retratos que pintó de Lola Álvarez Bravo y Elena Garro. Por otro lado, la serie dedicada a la ya mencionada Lupe Marín (1961-1962) o la serie Apolo y las musas son maravillosos por su gran colorido y por cierto aire naïf. Pero a diferencia de esos cuadros tétricos, el universo natural de sus esculturas es fascinante: la gracia del toro echado, la textura del pato, lo abstracto de la ola y la luna… aunque mi favorita es la Paloma que, según me contó un curador, causaba incomodidad entre las monjas de un convento cercano al Museo Marco de Monterrey por su apariencia fálica. Como sea, su obra sigue reflejando a ese Mozart de la pintura mexicana,ese niño prodigio e inquieto, pues Soriano fue siempre un rebelde que hizo lo que quiso, así como me dijo lo que él quiso cuando yo le pedía que me contara sobre un personaje en particular.
En el centenario del nacimiento de Villaurrutia nos invitaron a él y a mí a participar en la Semana Cultural Lésbica-Gay, que tenía lugar en el Museo del Chopo. Pero Juan otra vez habló de lo que quiso y muy poco del poeta, esta vez más que una perorata creo que se echó una bravata, pues entre las cosas que dijo en el marco de ese evento, según escribió un reportero de Reforma (20 de junio de 2003), fue: “El movimiento gay es y ha sido una ‘estupidez’, afirmó el pintor Juan Soriano: ‘porque eso no es un movimiento ni es nada. Es un semimovimiento, es lograr que nos tomen en cuenta a la mitad y que la gente, los estúpidos, se rían mucho’”. El reportero no lo consignó pero recuerdo que también dijo que él se había acostado y amado a quien se le había dado la gana sin fijarse si eran hombres o si eso estaba bien o mal, lo cual provocó una encendida y espontánea ovación. Juan perteneció a una generación de homosexuales (entre los que se puede contar a Jorge López Páez, Antonio Alatorre, pasando por Sergio Fernández, Luis Barragán y que podría extenderse hasta Sergio Pitol, Carlos Monsiváis y Guillermo Fernández) que aceptaban su sexualidad pero no la enarbolaban con orgullo, la asumían pero pocas veces o casi nunca hablaban del tema. Por eso se entiende que, en su caso, Juan lanzara ese comentario en contra del movimiento de liberación gay y sus demandas en un foro dedicado justamente a reivindicar todo lo gay. Ahora que han pasado más de 100 años de su nacimiento, tal vez le sorprendería saber que nos lo apropiamos pues ya es una figura y un artista fundamental para la cultura gay mexicana.
AHORA QUE HAN PASADO MÁS DE 100 AÑOS DE SU NACIMIENTO, TAL VEZ LE SORPRENDERÍA SABER QUE NOS LO APROPIAMOS PUES YA ES UNA FIGURA Y UN ARTISTA FUNDAMENTAL PARA LA CULTURA GAY MEXICANA
Recientemente me enteré, que Juanfue mi vecino, alguien me dijo una vez que había vivido en la colonia Tabacalera, en la calle Ignacio Mariscal, la misma donde yo vivo, esquina con Rosales, pero no he logrado determinar los años en que pudo vivir allí, en cambio, a Elena Poniatowska (Juan Soriano, niño de mil años, Plaza y Janés, 1998) le dijo que cuando llegó a la Ciudad de México en 1935 procedente de Guadalajara, llegó a casa de su hermana Martha, quien “tenía un departamento diminuto en la calle de Rosales”. Como sea, puedo decir que Juan fue y es mi vecino, extemporáneo pero vecino al fin y al cabo.

El texto de contraportada, un género equívoco. ¿Comprar el libro o no? He ahí el dilema

