Diversa Cultural

Diversa Cultural
Diversa Cultural Foto: Especial
Un retrato de Napoleón en la mediana edad
Un retrato de Napoleón en la mediana edad ı Foto: Creative Commons

UN RETRATO DE NAPOLEÓN EN LA MEDIANA EDAD

[En él aparece] (aunque aún no llegaba a los 46 años cuando abandonó el escenario de la historia), redondo, regordete, con un color de piel amarillento y malsano; los ojos relativamente pequeños en un rostro hinchado, impenetrable, con una mirada de un vigor furibundo, pero gélido al mismo tiempo; la frente siempre incómoda entre la ira y la impaciencia; los brazos cruzados, constreñidos a la calma sobre un pecho lleno de enormes tensiones. […] El origen de su vehemencia, aquello que nutría la luz en el interior de su cuerpo, ya apenas se puede adivinar. Se percibe que el sentido de la gloria ya se ha consumido; cada uno de sus rasgos habla de un punzante desprecio hacia el mundo, una permanente irritabilidad, una temible zozobra; su estado de ánimo revela una desesperación luciferina, compensada por un poder de planificación todavía enorme e inagotable.

Hugo von Hofmannsthal, “Napoleón”, Prosas breves, trad. y prol. Víctor Herrera, UNAM, 2023.

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BUSCANDO UNA VOZ EN LONDRES

Era poco menos que indigente —tendría unas seis libras— cuando me marché de Oxford a Londres con la intención de ser escritor. Lo único que me quedaba de la beca, que me parecía haber despilfarrado, era el billete para volver a casa. Me dieron cobijo durante cinco meses en un oscuro sótano de Paddington, un primo mío mayor que yo que respetaba mis ambiciones y era también muy pobre.

Nada ocurrió con mi escritura aquellos cinco meses; nada ocurrió durante los cinco meses siguientes. Y de repente un día, sumido en una depresión casi continua, empecé a ver cuál podría ser mi material: la calle de la ciudad de cuya vida mixta nos habíamos distanciado, y la vida rural anterior a eso, con las costumbres y modales de una India recordada. Una vez descubierto, parecía sencillo y evidente; pero tardé cuatro años en descubrirlo. Casi al mismo tiempo surgieron el lenguaje, el estilo, la voz para ese material. Parecía que voz, forma y contenido se integraban unos en otros.

Parte de la voz era de mi padre, de sus relatos sobre la vida rural de nuestra comunidad. Otra parte, de El Lazarillo de Tormes, anónimo español de mediados de siglo XVI.

V.S. Naipaul, Leer y escribir. Una versión personal,trad. Flora Casas, DeBolsillo, 2006.

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Tierra vasca
Tierra vasca ı Foto: Especial

TIERRA VASCA

Estoy en España. Al menos tengo un pie en ella. Éste es un país de poetas y contrabandistas. La naturaleza es magnífica; salvaje como la necesitan los soñadores, áspera como la necesitan los ladrones. Una montaña en medio del mar. La huella de las bombas en todas las casas, la huella de las tempestades en todas las rocas; esto es San Sebastián. Pero, ¿realmente estoy en España aquí? San Sebastián está unida a España como España está unida a Europa, por una lengua de tierra. Es una península en la península; y en esto todavía, como en un montón de otras cosas, el aspecto físico es el símbolo del estado moral. Apenas se es español en San Sebastián; se es vasco.

Agrego que aquí un vínculo secreto y profundo, y que nada ha podido romper, une, incluso a pesar de los tratados, esas fronteras diplomáticas, incluso a pesar de los Pirineos, esas fronteras naturales, a todos los miembros de la misteriosa familia vasca. La antigua palabra Navarra no es una palabra. Se nace vasco, se habla vasco, se vive vasco y se muere vasco. La lengua vasca es una patria, he dicho casi una religión. Decid una palabra vasca a un montañés en la montaña; antes de esa palabra, apenas erais un hombre para él: ahora sois su hermano. La lengua española es aquí una extranjera como la lengua francesa. Es notable que esta unidad, tan endeble en apariencia, haya resistido tanto tiempo. Francia tomó una cara de los Pirineos, España tomó la otra; ni Francia ni España han podido disgregar el grupo vasco. Bajo la historia nueva que se superpone desde hace cuatro siglos, todavía es perfectamente visible como un cráter bajo un lago.

Victor Hugo, Los Pirineos, trad. Victoria Argimón, José J. de Olañeta, 1985.

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LA DIOSA KALI

Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India. Puede vérsela simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida, como la vida; sus ojos profundos, como la muerte. Tan pronto se mira en el bronce de la noche como en la plata de la aurora o en el cobre del crepúsculo, y se contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de huesecillos rodea su alto cuello y en su rostro, más claro que el resto del cuerpo, sus grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas, está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.

Marguerite Yourcenar, “Kali” en Cuentos completos, trad. Emma Calatayud y María Fortunata Prieto-Barral, Alfaguara, 2010.

La diosa Kali
La diosa Kali ı Foto: World History

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UN NUEVO ALEJANDRO

Filipo, rey de Macedonia, conoció el buen sentido de su hijo Alejandro al verlo manejar un caballo, pues era este tan terrible y desenfrenado, que nadie se atrevía a montarlo; había derribado a todos sus jinetes, rompiendo a uno el cuello, a otros las piernas, a otro el cráneo, a otro las mandíbulas. Al observarlo Alejandro en el hipódromo, que es el lugar en donde se hace pasear y saltar a los caballos, advirtió que su furor no provenía sino del espanto que le producía su propia sombra. Entonces lo montó y lo hizo correr contra el sol, de forma que la sombra cayera detrás, y por este medio consiguió que el caballo se mostrara dócil y se dejara dominar perfectamente. En esto conoció su padre el divino entendimiento que tenía y lo hizo educar bien por Aristóteles, estimado entonces como el más grande de los filósofos griegos. Y yo os digo que, por la conversación que acabo de tener ante vosotros con mi hijo Gargantúa, he reconocido que en su entendimiento hay cierta divinidad; tal lo he visto de agudo, sutil, profundo y sereno. Llegará a un grado supremo de sabiduría si lo educamos bien.

François Rabelais, Gargantúa, trad. Juan Barja, Akal, 2004.

Un nuevo Alejandro
Un nuevo Alejandro ı Foto: Meister Drucke

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AFORISMOS

Se puede rastrear el origen o armar la historia de un aforismo, así como ver su evolución al pasar de una época y una cultura a otra, de un lugar a otro o de una adaptación a otra, así como se pueden clasificar sus intenciones, que suelen ser de simple observación o de diferentes grados de crítica de distintas clases: moral, psicológica, política, estética. Mientras más terrenos penetre, o más épocas y culturas abarque, más valioso será un aforismo. Los aforismos que nacen de la sabiduría popular desmienten la noción de que corresponde a las inteligencias más desarrolladas formular un aforismo acertado y eficaz. El pensamiento aforístico es comparable al pensamiento humorístico. Hay aforismos que sólo buscan hacer reír (y equivaldrían a las funciones de un chiste), otros, que sirven para lucimiento de su autor; pero los más son los que aspiran a hacer pensar (o ejercer la crítica a través de la ironía). La mente aforística es como la del poeta, intuitiva o cultivada, en el entendido de que las dos son igualmente válidas. Una mente sin mayor saber puede tener tantos atisbos de lucidez y gracia como el más sofisticado de los espíritus cultos.

Bárbara Jacobs, “Del aforismo”, La buena compañía, Era, 2017.


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