Era un día hermoso del mes de agosto, el sol derramaba suave luz sobre los negruzcos tejados de la villa de los placeres, y las calles, cosa rara, no presentaban lodo ni polvo. Serían las 4 de la tarde y salía de la oficina. Sonó el teléfono y tomé la llamada.
—Dexlansoprazol.
—Sí.

La imaginación perturbadora de Nacho Padilla
—Y Mebeverina
con simeti…
—Con simeticona.
—…
—¿Y probióticos?
—Ay, pues lo mismo que te dan todos. Son inhibidores…
—De la bomba de protones.
—De la bomba de protones. Y un desinflamatorio,
un relajante para el intestino.
—¿Y te sientes mejor?
Los doctores nos quieren ver tristes, dice mi madre desde que el intestino le causa dolores, el reflujo le quita con más frecuencia el sueño y tiene en la garganta la sensación de nudo. Ya sé que ha dejado de tomar café y que evita el picante un día sí, otro también y alguno que otro no tanto. Sé también que no toma mucha agua y que los esfuerzos en la dieta nunca son suficientes para dominar nuestras entrañas.
“PARA EL HOMBRE SOCIAL, vivir es desgastarse más o menos rápido” escribió Balzac en su Tratado sobre los excitantes modernos, un texto en el cual nos dice que el alcohol, el azúcar, el té, el café y el tabaco modificaron de forma radical la vida moderna, la idea del placer y sus consecuencias en el orden social. Allí Balzac nos advierte que “nuestros órganos son los ministros de nuestros placeres. Casi todos tienen una doble finalidad: aprehenden sustancias y las incorporan en nosotros; luego las restituyen, total o parcialmente, bajo cualquier forma, al receptáculo común la tierra”. Esas palabras, dice Balzac, son la síntesis de la química de la vida humana. Ese pequeño tratado fue publicado como un apéndice de la Fisiología del gusto, del jurista y gastrónomo Jean Anthelme Brillat-Savarin. Una frase de ese texto nos dice que “el descubrimiento de un nuevo plato hace más por la felicidad de la humanidad que el descubrimiento de una nueva estrella. Estrellas hay ya bastantes”.
Como siempre, mi madre me pregunta si ya he comido. Le digo que comeré al volver a casa, que tengo unos filetes de pescado en el refrigerador.
—¿Te fijaste en los ojitos del pescado?
No me fijé en los ojos del pescado, pero si no estuvieran tan frescos, lo mejor sería freír esos filetes. Como bien explicó Brillat-Savarin, “la fritura suministra a los cocineros medios numerosos con que disfrazar lo que salió a la luz del día anterior”. Pero no puedo freír nada, y pienso que a Balzac le faltaron entre sus excitantes modernos los aceites y el picante, aunque nunca estoy seguro de lo que significa la palabra moderno. Cuelgo el teléfono. Envuelvo los pescados en papel aluminio y calabazas. Los doctores nos quieren ver tristes.

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