
MORALES CAMALEÓNICAS
Hay tantas morales cristianas como épocas atravesó el cristianismo y tantas como países ha subyugado. Las religiones, como los camaleones, toman el color de la tierra por donde pasan. La moral única para cada generación cambia con los usos y costumbres, cuya representación exactísima puede ser la sombra que se agranda sobre una pared […] Amigo mío, sea usted razonable y justo en lo posible: ¿en qué se diferencian esencialmente su moral de librepensador y la moral ordinaria de las gentes piadosas que van a misa? Ellos profesan la doctrina de la expiación, fundamento de su creencia, pero se indignan tanto como usted cuando un sacerdote intransigente y severo explica desde el púlpito esta doctrina. Creen saludable y grato a Dios el sufrimiento; pero ¿tiene usted noticia de que se martiricen? ¿Qué idea tiene usted que no tengan los católicos acerca de la unión de los sesos, acerca de la familia y acerca del matrimonio, como no sea que permite usted el divorcio, pero sin aconsejarlo? Ellos imaginan que desear a una mujer es pecaminoso. Las mujeres de los católicos, ¿asisten a los bailes y a los banquetes menos escotadas que las delos librepensadores? ¿Llevan para salir de paseos vestiduras que impidan admirar sus formas? ¿Ocultan sus cabellos y se velan? Y ustedes, ¿no se conforman con las mismas costumbres? […] ¿Qué ideas propias tiene usted?
Anatole France, El maniquí de mimbre, trad. Luis Ruiz Contreras, Fabril, 1962.
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Oaxaca, maquiladora de utopías
ANDRÉI PLATÓNOV: DE ESCRITOR A INGENIERO
En 1919, Platónov empieza a publicar poemas y cuentos y se convierte en una verdadera estrella local. El año siguiente interviene en congresos regionales de escritores proletarios y trabajadores de prensa, predicando desde la tribuna nada menos que acerca de la electrificación (un discurso similar, pintado con amarga ironía, daría El héroe de la novela técnica, un texto asombrosamente lírico que fue recuperado de los sótanos del KGB a principios de los noventa). Nuestro autor lleva tiempo experimentando con corrientes eléctricas que, según sus propuestas, lograrían hacer la carne más apta para la congelación, y el centeno, más fértil. A lo largo de su vida, Platónov registrará decenas de patentes, muchas dignas de protagonizar obras de ciencia ficción, aunque su finalidad será siempre terrenal.
La hambruna de 1921 interrumpe el trayecto literario de Platónov, que ya no se siente capaz de dedicarse “al oficio contemplativo”. Su presencia en la prensa disminuye, no así el impacto de sus reportajes, que ya no tratan otro tema que no sea el hambre. […] La consagración a sus nuevas tareas provoca un conflicto inminente con el Partido, del cual es todavía sólo un candidato. […] No obstante, en 1924, Platónov consigue para su comisión un presupuesto importante. Sirviéndose de él contrata nada menos que a 625.000 campesinos junto a los que, codo con codo, cava fosos, estanques y canales, drena pantanos, construye carreteras, puentes y centrales eléctricas.
Tania Mikhelson, “Andrei Platónov, una biografía” en Dzhan, de Andrei Platónov, Fulgencio Pimentel, 2018.
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AJEDREZ
He aprendido que existen dos maneras de jugar al ajedrez: con el máximo sentido común o con auténtica desesperación. En el primer caso se juega para no caer derrotado. En el segundo caso se busca, con el riesgo que sea, el desequilibrio del otro. Son dos juegos distintos. Es posible llegar a conocer ambos, pero no ejercerlos. En algún momento de la vida terminamos eligiendo uno de ellos. No hace falta que te diga cuál es el que he elegido: el mismo que jamás le enseñaría a mi nieto.
Andrés Neuman, La vida en las ventanas, Penguin Random House, 2016.
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La emoción histórica
Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común. Pero cuando no se aceptara lo uno ni lo otro —ni la obra de la acción común, ni la obra de la contemplación común—, convéngase en que la emoción histórica es parte de la vida actual, y, sin su fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como un teatro sin luz.
Alfonso Reyes, Visión de Anáhuac y otros ensayos, FCE, 1979.

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DA VINCI
De acuerdo con Leonardo, la naturaleza nos habla en el idioma de los detalles, de las minucias, de los aspectos del mundo exterior que en primera instancia estamos tentados a pasar por alto o juzgar como menores y/o irrelevantes. Leonardo se enfrentó a esta infinita realidad con su pincel seguro y elegante y su mirada fotográfica, y reprodujo fielmente a la naturaleza en su Anunciación, en su Virgen de las rocas yen su San Juan Bautista. Hasta aquí todo iba muy bien, pero si ahí se hubiera quedadoLeonardo sólo hubiera sido un pintor más del Renacimiento, como Caravaggio, Piero della Francesca o su propio maestro, Andrea del Verrochio. Pero Leonardo dio un paso más, que lo arranca del Renacimiento y lo coloca entre nosotros, en un salto prodigioso de cuatro siglos: Leonardo llevó su descubrimiento de la importancia estética de la estructura fina de la naturaleza al laboratorio. Gracias a su influencia, los grandes esquemas cosmológicos, las generalizaciones de carácter universal, y los enunciados de las leyes generales fueron cediendo su lugar (poco a poco) a pronunciamientos de alcances más restringidos, a postulados con aplicación más limitada. Leonardo le quitó a la ciencia su primitivo carácter de oráculo inapelabley la resituó en una posición menos egregia pero mucho más respetable.
Ruy Pérez Tamayo, Acerca de Minerva, FCE, 2008.
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EL TEMPLO DE LAS LETRAS
Yo había encontrado mi religión: nada me parecía más importante que un libro. En la biblioteca veía un templo. Como nieto de sacerdote, vivía en el techo del mundo, en el sexto piso, encaramado en la rama más alta del Árbol Central; el tronco era el hueco del ascensor. Iba, venía por el balcón, lanzaba una mirada a vuelo de pájaro sobre la gente que pasaba, saludaba, a través de la verja, a Lucette Moreau, mi vecina, que tenía mi edad, mis bucles rubios y mi joven feminidad. […] Todo hombre tiene su lugar natural; no fijan su altitud ni el orgullo ni el valor: decide la infancia. El mío es un sexto piso parisino con vista sobre los tejados. Durante mucho tiempo me ahogaba en los valles, me agobiaban las llanuras; era como si me arrastrase por el planeta Marte, me aplastaba la gravedad; me bastaba con escalar a una topera para estar contento otra vez: volvía a estar en mi sexto piso simbólico, respiraba otra vez el aire enrarecido de las Letras, el Universo se escalonaba a mis pies y todo, humildemente, solicitaba un nombre; dárselo era a la vez crearlo y tomarlo. Sin esta ilusión capital, no habría escrito nunca.
Jean-Paul Sartre, Las palabras, trad. Manuel Lamana, Losada, 2010.
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Varanasi y otros poemas

