Sabes que has atravesado por una experiencia transformadora cuando la realidad adquiere una luminosidad inédita. Pisas la calle y comienzas a advertir la vida con un nuevo ímpetu. De repente te reconcilias con aquello que en días pasados considerabas irreconciliable. Es como cuando concluyes un viaje de peyote y el buen humor se instala en ti y nada va a estropeártelo durante una semana. Justo así me sentí la noche del pasado 1 de octubre después de salir del concierto que ofreció Mike Patton en Bellas Artes. Lo que atestigüé me reseteó el alma.
El concierto de Patton es uno de esos acontecimientos históricos del que todo el mundo buscará apropiarse. Fue tan alto el impacto que causó Patton, que, como ha ocurrido con otros eventos canónicos, miles asegurarán que estuvieron presentes allí esa noche. Pero la verdad es que fuimos pocos los privilegiados. La sala principal del Palacio de Bellas Artes tiene una capacidad de mil 396 butacas. Entre los afortunados había varias personalidades, como Scott Ian, guitarrista de Anthrax, Pacho Paredes de La Maldita Vecindad o Isaac Torres, director del Salón de la Plástica Mexicana.
Contadas figuras despiertan tal nivel de fanatismo en México como Mike Patton. Desde que se anunció que el concierto era un sold out, los fans más despistados intentaron conseguir boleto sin éxito. Sin embargo, entre la concurrencia sí que había varios metaleros true. Quienes ostentaban un outfit más ad hoc para un concierto de Mr. Bungle que para Mondo Cane, el proyecto, entre muchos de los que tiene Patton, que celebra la canción pop italiana de las décadas de los cincuenta y sesenta. Una reinterpretación orquestal en la que intervinieron veinticinco músicos sobre el escenario. Entre ellos, tres coristas sicilianas, más un director armado con su batuta.

Patria fantasma. Cinco poemas
HORAS ANTES DEL CONCIERTO, los reportes de meteorología habían anunciado que caería un diluvio bíblico. Aunque la lluvia no fue tan torrencial como se presumía. Para entonces el Palacio de Bellas Artes ya había sido rodeado por vallas. Al día siguiente la marcha del 2 de octubre reuniría a ocho mil personas y una de ellas sufriría severas lesiones por un petardo que le estalló en la mano derecha. Ese era el clima que antecedía a la presentación de Patton, quien pasaditas las 8 de la noche salió, como dije, armado hasta los dientes con un bandón, para regalarnos una noche que será recordada durante mucho tiempo. Y de ella se seguirá hablando en el futuro de manera recurrente. Una muestra fueron los reels que saturaron las redes en los días sucesivos. Pero ninguno de esos videos se comparará con el haber estado allí. Con el haberlo escuchado en vivo. Con atestiguar el acto en tiempo real.
La diferencia entre Patton y otros roqueros es que el líder de Faith No More puede hacer lo que muchos de ellos, pero nadie (o casi) puede hacer lo que hace Patton. Despojarse del formato del metal e incrustarse en una tradición que no es la suya para cantar en italiano con naturalidad. Me parece que el concepto de músico versátil le queda corto. Es un artista. Lo suyo es más que una interpretación, entiende y vive lo que está cantando con una profundidad que en ningún momento suena impostada. Pero si escucharlo cantar esas hermosas, dramáticas y festivas melodías fue toda una revelación, lo que vendría después nos violaría la cabeza.
En los días siguientes, a pesar de la cátedra que ofreció Patton, lo que muchos señalaron fue su look. De rapero de color. Con trenzas en el cabello. Cómo se atrevía a pararse así en ese escenario. Lo que a mis ojos le da todavía más valor a su hazaña. Para él pesa más la música que la apariencia. Y vaya si lo demostró. E igual de importante es la reverencia que mostró al cantar en nuestro idioma “Balada triste de trompeta”. Patton hizo una elección muy loca, en lugar de hacer un cóver de la pieza popularizada por Nini Rosso, se basó por completo en la versión de Raphael. Aquí nos dimos cuenta de que estábamos ante algo distinto. Ante alguien que puede saltar de una geografía musical a otra sin empacho. Y además hacerlo tan jodidamente bien que asusta.
DESPUÉS DE AGOTAR EL CANCIONERO de Mondo Cane, un disco que grabó en 2010, Patton se volvió a saltar las trancas. Y para el encore decidió atorarle a la música mexicana. Y todo transcurría más o menos normal hasta que cantó una versión cortísima de “La Llorona”. Pero lo descomunal ocurrió cuando el mariachi Gamma Mil subió al escenario para acompañarlo en “Deja que salga la luna”. Y el choque fue desconcertante. Y más de uno se preguntaría qué hace este gringo cantando a José Alfredo. Cómo se atreve. Pero eso sólo sería la introducción a lo que ocurriría después. Con acento, pero en español correcto, Patton se lanzó al abismo con “Hasta que te conocí” de Juan Gabriel.
“CON ACENTO, PERO EN ESPAÑOL CORRECTO, PATTON SE LANZÓ AL ABISMO CON ‘HASTA QUE TE CONOCÍ’ DE JUAN GABRIEL.
Nadie en nuestro país ha tenido los huevos para atorarle a Juanga con esa canción. Y mucho menos hacerlo en ese recinto. Donde el Divo de Juárez realizó la versión más icónica esa noche de 1990. Y tal como en “Balada triste de trompeta”, Patton replicó la versión de Bellas Artes, con cada inflexión, con cada repetición, con cada guiño. Que sencillamente fue brutal. E incluso se dio el lujo de que el mariachi lo rodeara y bailara con él. Y lo mejor de todo es que lo hizo perfecto. Fue el cierre perfecto para unanoche perfecta. El concierto del año. Y si me apuran, de la década. Nadie va a superar lo que hizo Patton esa noche.
Tuve que tallarme los oídos porque no creía lo que estaba oyendo. El respeto que siente Patton por Juanga no es nuevo. Esa noche lo demostró. Seguro que lo ha escuchado toda la vida. Nació en California, por eso domina el español y de ahí su juangabrielización. No estuve aquella mítica noche de 1990 en Bellas Artes, pero Patton me hizo sentir como si lo hubiera hecho. Si alguien me hubiera dicho que eso iba a suceder, que Patton le haría un tributo al Divo de Juárez lo habría tomado por loco. Quiero darle gracias al dios de los cronistas por haberme puesto esa noche del 1 de octubre en una de las mil 396 butacas de Bellas Artes.
Patton mide 1.74, pero esa noche dejó en claro que es un gigante. Que sí, como dice el lugar, el límite es el cielo. El cielo musical. Al que Patton ascendió esa noche de la mano de Juanga.
Cuando salí de Bellas Artes algo había cambiado en mí. Vi a la Ciudad Godín con otros ojos. Con unas ganas encabronadas de vivir.

El Cultural No. 572

