Anatomía de una caída, de Justine Triet

FILO LUMINOSO

Anatomía de una caída, de Justine Triet
Anatomía de una caída, de Justine TrietFoto: Neon
Por:
  • Naief Yehya

La fatal caída de un hombre da lugar a un thriller judicial en el que no hay certeza posible, a un drama matrimonial que va revelando diferencias insalvables en la pareja: el fin del amor (sustituido por “el estímulo intelectual mutuo”), resentimiento, infidelidades, celos, provocaciones y envidia profesional. Buena parte de la cinta Anatomía de una caída, cuarto largometraje de Justine Triet, es precisamente lo que el título anuncia: el análisis y estudio forense de la causa de la caída de un cuerpo y su impacto. Si bien la investigación, los testimonios de los expertos, el patrón de salpicadura de la sangre y los experimentos con maniquí se muestran como procedimientos científicos con gran peso legal, vemos que se trata casi de rituales místicos, como la lectura del tarot o de la borra del café. Son actos de fe con amplio margen de interpretación, sustentados en elementos científicos a veces vagos, que intentan explicar tanto la física como las motivaciones humanas. La verdadera anatomía en la que se enfoca Triet es la de la debacle de un matrimonio y la forma en que pone en evidencia los marcos de referencia que dan sentido a cómo entendemos las acciones y el curso del destino. 

SANDRA VOYTER (SANDRA HÜLLER) es una escritora alemana exitosa y reconocida, que vive en un chalet de montaña en Grenoble con su marido —también escritor, pero quien se ha dedicado a enseñar, ya que no ha encontrado el éxito—, y su hijo Daniel (Milo Machado Graner), de 11 años. El chico perdió la vista en un accidente, por lo que depende de su perro Snoop (un fabuloso border collie llamado Messi). Encontramos a Sandra cuando una estudiante (Camille Rutherford) la visita para entrevistarla. Hablan, beben vino y la escritora coquetea no muy sutilmente, mientras estalla a todo volumen una pieza en percusiones, la versión calipso de la banda alemana Bacao Rhythm & Steel Band, de la canción "P.I.M.P.", de 50 Cents, que estremece la casa y se repite una y otra vez, lo que hace imposible comunicarse. Sandra reacciona con una sonrisa inquietante, que tal vez refleja resignación o tolerancia y no exhibe frustración ni coraje. “Es mi esposo. Le gusta escuchar música mientras trabaja”, comenta. Ese momento de confusión pinta un cuadro inquietante de la vida de la pareja. O bien el marido, Samuel (Samuel Theis), a quien no veremos vivo, es inconsciente de sus actos y ésta es una imposición caprichosa, o bien es una venganza o una provocación, un acto de celos o un rechazo al éxito de la autora.

¿Es el aparente sometimiento de Sandra parte de un plan, el reflejo de una culpa convenientemente soterrada, un intento de mantener la ilusión de armonía familiar? En medio del escándalo, Daniel sale a pasear con Snoop y a su regreso encuentra el cadáver de su padre frente a la casa, con la cabeza en un charco de sangre. Samuel ha caído desde el ático, pudo haber perdido el equilibro, quizá se tiró, tal vez fue empujado, cayó mientras peleaba con Sandra o alguien provocó su caída. 

La reacción de Sandra es sospechosa para la policía, el fiscal y el público. Miente sobre un moretón en el brazo, llora demasiado poco (y dice estar cansada de llorar), ¿cómo pudo oír los gritos de Daniel entre el escándalo, mientras tomaba una siesta? Además ha tenido affaires con hombres y mujeres. Se intuye que está en una especie de shock o siente un alivio extraño —mezclado con la tristeza—, mismo que es incapaz de ocultar, ya que en cierta forma esta resolución la libera de un matrimonio que parecía irredimible. Sandra es acusada de asesinato. Su abogado, Vincent Renzi (Swann Arlaud), decide defenderla bajo la hipótesis de que él se suicidó. Dependiendo de cómo se vean las evidencias, éstas pueden ser

circunstanciales o contundentes. Se trata de un caso que requiere de convicción para inclinarse de un lado o el otro, al punto en que el fiscal (Antoine Reinartz) decide buscar sus pruebas en las páginas de las novelas de Sandra. Esto lleva el drama a un territorio de ambigüedad donde la imaginación y la realidad se confunden, las fronteras entre literatura y datos se diluyen. La ceguera de Daniel es una perfecta metáfora para el impasse en el que se encuentran la ley y la sociedad ante el crimen.

Anatomía de una caída ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2023; fue coescrita por Triet y por su marido y colaborador, Arthur Harari. Emplea el género del misterio de tribunal para construir un elegante vehículo en el que cuenta una historia de desamor, rencores y compromisos asfixiantes. No intenta manipularnos ni engañarnos con pistas falsas y, aunque ofrece un giro que parece definitivo en la grabación de la última pelea entre Sandra y Samuel, el crimen seguirá siendo una interrogante, un misterio sin resolver.

Se pierde de vista si Sandra está siendo juzgada por haber tirado a su marido por la ventana o por ser mala esposa

LA VERDADERA VÍCTIMA ES DANIEL, quien poco a poco entiende que cuando es imposible conocer la verdad lo único que resta es convencerse de creer en una verdad. El niño se convierte en el eje moral de la historia y la única fuerza capaz de reconciliar las visiones, sin por eso dar prueba alguna. Hüller es absolutamente fascinante en su manera de ocultar y revelar, en su tersa duplicidad fría y angustia dolorosa, siempre navegando de forma inquietante entre el ego y la humildad. Este papel, sumado a

su también deslumbrante actuación en Zona de interés, de Jonathan Glazer, ponen en evidencia que es una de las actrices más brillantes del momento.

Las semejanzas de esta cinta con Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959), van más allá del título y de la batalla legal en el tribunal; en ambas hay legalismos oscuros, giros inesperados, así como una misteriosa y gélida esposa alemana —en aquella se trata de Marlene Dietrich. Triet obviamente tiene influencias de otros filmes clásicos, como Testigo de cargo (Billy Wilder, 1957) y El veredicto (Sidney Lumet, 1982), entre otros; sin embargo, aquí la verdadera escena del crimen es el matrimonio y no el ático en cuestión. El juicio se desarrolla de manera inusitada, con las partes interrumpiéndose constante y mutuamente, con cambios de idioma, lecturas de libros y proclamaciones beligerantes, que parecerían no tener lugar en un proceso legal. Si bien los testimonios y las pruebas son cuestionados por la subjetividad que implican, algunas afirmaciones de la fiscalía están impregnadas de prejuicios y pronto se pierde de vista si Sandra está siendo juzgada por haber tirado a su marido por la ventana o por ser mala esposa, madre indiferente, autora plagiaria o mejor escritora que él. El juicio llega a la extraña paradoja de tener a la vez a una mujer y a un personaje literario en el banquillo de los acusados. De esa forma, Triet lleva la reflexión más allá de la ley, para considerar cómo las narraciones y los narradores poco fiables construyen la noción de realidad.