Aurora Reyes, intimidad de la muralista

Esgrima

8
Aurora ReyesFuente: sas.org.mx
Por:
  • Julia Santibáñez

Lúcida en varios frentes complementarios y la primera mujer muralista en México (en el temprano año de 1936), Aurora Reyes nació en Parral, Chihuahua, a principios del siglo XX. En el contexto social posrevolucionario, su figura como poeta, maestra, sindicalista, intelectual y defensora de los derechos de las mujeres no desmereció ante su oficio más conocido: el de artista plástica. En las siguientes líneas su nieto, Ernesto Godoy, quien es actor de profesión, comparte ángulos familiares sobre la creadora.

¿Cómo era tu abuela contigo?

Recuerdo infinidad de momentos con Aurora. Desde que tengo memoria solía pasar los fines de semana con ella. Mamama (“tres veces mamá”, en sus propias palabras) tenía artesanías de sus viajes por el mundo, matrioshkas rusas, un joyero de bronce en forma de hormiga con joyas de colores, una botella de mezcal en forma de chango y pintada a mano en barro de Oaxaca, un dios Pan de bronce traído de Grecia, un peine de marfil en forma de cerdito, una lámpara china con pantalla giratoria llena de peces, pulpos, caballitos de mar y algas, que de noche decoraban las paredes de la habitación. Desde mis tres años hacíamos dibujos de las matrioshkas, la hormiga, el chango, la cerdita, retratos. Me entrenaba los ojos, me enseñaba a ver... Sólo los pintores se detienen a observar, aprenden a ver, no sólo a pasar los ojos por encima, sino a posarlos. Es un tipo de meditación, donde lo observado y el observador se funden y surge algo nuevo, la reinterpretación del objeto observado. Desde esa sensibilidad conectamos ella y yo. Y también desde la rebeldía.

¿Cuándo te diste cuenta de la relevancia artística de tu abuela?

Ha sido un proceso paulatino. Hace poco comentaba con una maestra de Faro Oriente la relevancia de Aurora y su profundidad. Yo decía: “Es infinita. Estar con ella es como observar el abismo de frente y que el abismo te observe. Casi como un espejo humeante, eterna, total, casi pétrea, como diosa de piedra”. Con y desde un entorno y contorno histórico espectacular, ella reúne una pléyade de portentosos espíritus, gigantescos todos, llenos de luces con raíces afianzadas en la eternidad, una verdadera raza cósmica.

¿Cómo fue la convivencia entre ustedes conforme fuiste creciendo y madurando?

Lo maravilloso con Mamama era el chisme, el familiar, el político y religioso. Nunca existió un tema tabú, no había buena costumbre que ofender. Pasamos horas alrededor de la mesa de su desayunador mi papá, Mamama, mi hermano, mi mamá y cantidad de amigos poetas, escritores, pintores, músicos, actores, directores, guionistas o cineastas. Siempre había algún buen chisme o chiste y las carcajadas omnipresentes. La comida fue muy importante en la vida de Aurora, me supongo que como padeció hambre de pequeña tenía muy buen diente además de, como decía ella, “un paladar pervertido”. Y es que cuando has viajado y has probado otros universos, te gustan cosas que otros detestan, como la mostaza china o el wasabi.

¿Hablaron de Alfonso Reyes, tío suyo?

Él fue, sin duda, un referente para Aurora, aunque lejano. Este lado de la familia era el de los parientes pobres, por decirlo de alguna manera. El papá de Aurora era hermano mayor de Alfonso, pero fuera del matrimonio oficial, es decir que eran medios hermanos por parte de padre, del general Bernardo Reyes. En la época estaba muy vigente la maldición papal que condenaba a excomunión a los hijos de diez generaciones de las personas procreadas fuera de la bendición matrimonial de la iglesia, así que éramos un poco los apestados. A la distancia, Alfonso se enteraba del talento y los logros de su sobrina; dijo que valía “un potosí”, o sea, mucho. Y en alguna nota le escribió: “Aurora, sangre de mi sangre, corazón florido”. Aurora le hizo una entrevista y le dio las gracias por ser el genio del lenguaje que fue, pero no puedo decir que hubiera una relación cercana entre ellos.

Desde mis tres años hacíamos dibujos. Me entrenaba los ojos, me enseñaba a ver... Sólo los pintores se detienen
a observar 

Aurora se dio a conocer como una poeta que no indagaba en el intimismo amoroso, le interesaban más otros temas. ¿Qué te llama la atención de ella como escritora?

Aurora alcanza los contornos de la identidad nacional. Tiene los ritmos de las tragedias mexicanas que palpitan en las profundidades arcanas de la filosofía prehispánica, que se conectan al día de hoy de la juventud que sigue haciendo resonar el centro de la ciudad con el canto de los vendedores de a diez varos, “llévele, llévele”. Éste es un pueblo trabajador, incansable, sabio, dicharachero, comelón y bailador. La vida y la muerte en un volado. Una muerte de calavera de azúcar. Una vida de guerreros y guerreras. A los cinco años en La Lagunilla, descalza, Aurora mantuvo a su familia vendiendo “bisquetes” que hacía su mamá. “Llévele, llévele, sus deliciosos bisquetes, hay bisquetes, llévele”. Al mismo tiempo también entendía la profunda sabiduría del “tequio” oaxaqueño, de la ofrenda, sabía y entendía de la boda, tornaboda y la retornaboda, las mayordomías... de la sabionda perinola donde dice “todos ponen”.

A los 66 años se subió al andamio para su último mural, El primer encuentro, en la Sala de Cabildos de Coyoacán. Era aguerrida en un medio masculino. ¿Cómo fue su experiencia como artista hacia mediados de siglo?

Tuve la fortuna de ver el proceso desde que se puso a estudiar, la cantidad de libros sobre la mesa de su comedor, el códice Borgia y toda la explicación, sus dibujos, el proyecto del mural primero de casi un metro cuadrado —que el delegado se quedó—; después hizo otro menos detallado. Ver cómo dibujó el estarcido tamaño natural de 25 metros cuadrados sobre el piso de su terraza, dibujando sentada sobre el suelo con el gran papel extendido, aprovechando que no era época de lluvias. Era impresionante la inversión de horas diarias de trabajo para lograr el resultado final, que no sólo es bello a nivel artístico y estético, sino invaluable como instrumento didáctico donde se habla de los orígenes de Coyoacán, su nombre y pobladores, orografía, volcanes, sus fiestas y celebraciones, su calendario, su arte y sus matemáticas. Y las ambiciones de los conquistadores.

¿Qué recuerdos tienes de su muerte, en 1985?

Yo me la encontré muerta en su cama. Fue su última gran lección: “Mira, esto es morir”.

¿Ella influyó de algún modo en tu decisión de ser actor?

Influyó en la manera en la que vivo y observo la vida.