Breve historia del automóvil

Breve historia del automóvil
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En aquella época, ahora me parece tan lejana, cuando los automóviles se hallaban todavía en manos de personas dotadas de ciertos conocimientos de mecánica, yo auxiliaba a mi padre cuando la máquina fallaba o requería algún ajuste. Él abría el cofre de su automóvil y yo corría de inmediato a husmear dentro de ese mundo compuesto por bujías, platinos, distribuidores, bobinas, radiadores, carburadores y baterías: un verdadero parque de diversiones a ojos de cualquier adolescente curioso: el paraíso de un aprendiz. Mi padre no lograba disimular ante mí el orgullo que le causaba su conocimiento mecánico y eléctrico del vehículo, sin importar la marca o fábrica de su procedencia: Ford, Dodge o Volkswagen. No está de más contar que él siempre prefirió las máquinas Ford, de mayor carrocería y potencia, puesto que ser propietario de una de ellas lo hacía sentirse cómodo en sus aspiraciones luego de haber conducido un Falcon, un Valiant Duster o un Maverick aerodinámico.

Los dos, padre e hijo, se inclinaban para mirar dentro del cofre y a pesar de sus pacientes observaciones y de su sagaz explicación acerca de las funciones de aquellas piezas, mi mente estaba en otro lado y no era yo capaz de poner atención al preciso discurso de aquel hombre que conocía a la perfección la mecánica de su automóvil.

Mientras él se esmeraba en hacerme comprender la función de los platinos o de la bobina, yo me preguntaba acerca de un hecho en apariencia inútil o fuera de lugar en aquel momento. ¿Cómo era que todas aquellas piezas tan diferentes entre sí, fabricadas a partir de los materiales más diversos, se relacionaban con el propósito de que el vehículo se pusiera en marcha? Pensar en ello dificultaba mi atención acerca de la función de la pieza misma y tardaba en reaccionar frente a las preguntas técnicas de mi padre. Mi lentitud lo exasperaba al grado de afrentar su paciencia y obligarlo a darme un manotazo en la nuca, correrme de su lado o, simplemente, tratarme como a un torpe ayudante cuyo único talento era hacer lo que le ordenaban: buscar tal o cual herramienta, abrir una lata de aceite, limpiar las bujías o añadir agua al radiador.

"He tenido una especie de certeza… uno flota siempre, ya sea en el útero, en el espacio sideral o en la misma tierra firme, la cual sufre todo tipo de atracciones que ponen en entredicho su aparente inmovilidad".

YA DESDE AQUELLOS TIEMPOS de auxiliar automotriz me preguntaba cómo era posible que todo dentro de aquel cofre metálico se hallara relacionado de manera tan íntima. No reparaba yo sólo en las piezas que permitían la locomoción del vehículo, sino también ponía mi atención en la calidad de los asientos, los ceniceros, la guantera y el color de la carrocería. Estas cavilaciones me llevaban lejos del jardín de mi casa o del taller mecánico y me conducían a espacios inhóspitos de reflexión, de los cuales no he logrado escapar y cuya gravedad me atrae cada vez más casi hasta hacerme desaparecer. Si en aquel entonces hubiera leído a Borges en vez de un manual mecánico habría comprendido más la naturaleza del todo y de sus infinitas fragmentaciones. Escribo esto porque después de concentrarme en la relación o conexión de lo que bien podría estar dispuesto de otra manera, colores, bujías, claxon o tubos de escape, también extendía mi atención hasta el propio conductor y al ser humano en general puesto que, me parecía, la teoría que concibió la máquina motora, la construcción de las piezas acorde a una función determinada, los diversos colores, el ensamblaje y tantas otras cuestiones tenían también que estar relacionadas con el ser humano mismo; con sus necesidades básicas y su composición química, sus ideales y su relación con los montes, las estrellas, el aire que respiraba, con sus decepciones amorosas y su herencia genética.

Como resulta  natural sospecharlo, en aquel momento de juventud no poseía armas pulidas ni el lenguaje necesario para hacer frente a preguntas semejantes, de modo que me hundía en el silencio y oponía a los hechos esa mirada expectante y sorprendida propia de quien comienza a comprender lo que todavía no podía ser planteado en palabras, o de manera sencilla. En tanto mi padre se dedicaba a resolver afecciones y a restituir a sus funciones la pieza dañada, yo divagaba y tartamudeaba cuando se me hacían preguntas concretas al respecto ganándome, de inmediato, el adjetivo de tarado o, cuando menos, de distraído. Mi distracción significaba una especie de flotación en un espacio onírico, confuso y surrealista, pero posible. De hecho, el automóvil se encontraba allí, en la acera, y una vez reparado podía transportarnos, nuevamente, grandes distancias. He escrito grandes distancias, pero sin acentuar que la magnitud no poseía el mismo significado en el entendimiento de mi padre que en el de mi madre. Para él una distancia mayor consistía, por ejemplo, en transportarse de la Ciudad de México al mar o a la frontera del país; en cambio, para ella, solía ser suficiente y aun agotador viajar de una colonia a otra en el área de la misma ciudad. Esta simple diferencia hacía que el automóvil tuviera un sentido distinto para ambos y que tal diversidad se viera reflejada en el concepto mismo de automóvil y en la relación que todos, máquina, humanos, circunstancia ambiental, perros y gatos guardaban entre sí.

NO HE QUERIDO DECIR que mi padre estuviera solamente interesado en la función de las piezas de su vehículo o que desconociera la relación entre ellas. Él era un hombre aguerrido e inteligente, pero no tenía la intención de dudar más profundamente, como le habría aconsejado un impertinente Nietzsche: mi padre sólo deseaba que todo a su alrededor funcionara bien para estar en condiciones de ofrecer a su familia y a sí mismo confort y bienestar. ¿No es tal la obligación de un padre?

“Dudar más profundamente” le habría parecido una descomunal tontería: las cosas tenían que funcionar y marchar hacia adelante, ¿qué más? No sé si en mis novelas he abusado al mencionar varias veces la tendencia paterna hacia la estricta resolución de problemas, pero creo que lo que hacía yo al citar su afición era disculparme conmigo por el hecho de dudar y de crear problemas que, para cualquier persona común, resultan insufribles o estorbosos. Tal parece que me sobrepasé en el hecho de culparlo a él por no hacer lo que a mí realmente me interesaba. Por el contrario, yo descuidé, tal como lo continúo haciendo todavía, las cuestiones tecnológicas y todos los asuntos relacionados con los algoritmos, la causalidad, la notación matemática o las minucias de una ciencia que resuelve aquello que de alguna forma ya se encuentra planteado como un hecho posible en la realidad. En otras palabras, me desinteresaba de los hechos que necesariamente son consecuencia de una causa precisa. Yo andaba por las nubes sin sospechar todavía que la tierra firme también es parte de una nube más amplia, hecho que se torna palpable cuando uno se pregunta,¿cuál es la tierra donde se sostiene esta tierra? Porque si de algo siempre he tenido una especie de certeza intuitiva es que uno flota siempre, ya sea en el útero, en el espacio sideral o en la misma tierra firme, la cual sufre todo tipo de atracciones que ponen en entredicho su aparente inmovilidad.

[caption id="attachment_1138826" align="alignnone" width="696"] Fuente: pinterest.com[/caption]

Por otra parte, y además de la certeza o sospecha de que la tierra no posee a la vez una tierra definitiva en la cual anclarse, se incubaba en mí otro presentimiento, el cual se me reveló en alguna forma al husmear en el cablerío y laberinto metálico de las máquinas aquellas. Tal presentimiento resultará obvio o tan común que ni siquiera tendría que esforzarme en expresarlo: me imaginé que todo se hallaba relacionado con todo, los humanos y los carburadores, los neumáticos y el sol, los asientos forrados de fibra sintética y la nieve que cubre las montañas de los Alpes. Es por este motivo que he traído a cuento aquellas clases de mecánica automotriz que desperdicié en sus aspectos concretos, pero que al pasar el tiempo he logrado aprovechar o aprender de otra manera, inútil probablemente y quizás sin ninguna consecuencia en la vida corriente.

LOS MANOTAZOS en la nuca, o los regaños a causa de mi evidente inanición mental no me alejaron de mis perturbaciones abstractas; por el contrario, me hundieron en ellas hasta un extremo que, tiempo después, siendo alumno en la Facultad de Ingeniería, las culpé de mi incapacidad para interesarme en la hidráulica o en la topografía. Imaginaba que detrás de todas estas disciplinas había algo más que me llamaba, aun tímidamente, y que dedicarme nada más a los asuntos físicos resultaría, en mi caso, una pérdida de tiempo, un tiempo ordinario e irreconciliable con la duración, ese sentimiento en el que todos los tiempos se unen y la gravedad de la vida hace que uno viva y desaparezca en una eternidad o un instante, metáforas ambas que, en esencial, intentan referirse o describir una sensación similar: ser eterno durante un momento efímero y evanescente. Henri Bergson insistió en que no existe presente si el pasado no está contenido en ese mismo presente, y consideró que los tiempos, pasado y presente no se suceden, sino que coexisten, se entrelazan, son indiferentes en la duración.

Poner atención sólo en la furia de unos cuantos lobos —el cálculo, la estadística o el análisis estructural— y hacer caso omiso del bosque, me llevaría  a ser tragado por los lobos acechantes que merodean en la maleza, destruido como ser humano y me volvería un tipo bastante desgraciado y mediocre en cuanto a la comprensión del mundo y de su vivencia. No había yo venido al mundo a construir una casa para enclaustrarme en ella, protegerla y desde allí juzgar el paisaje: ¡Yo quería recorrer ese paisaje, tropezar y vivir! El tiempo no sólo me ha dado la razón, sino que ha acentuado mi impericia en la tecnología y en la solvente relación social; me ha alejado de un aparente tiempo nuevo para depositarme en un espacio casi irreconocible, abierto e imposible de describir en unas cuantas palabras. Narrar esta historia me pone en íntima relación con lo que John Fante relataba en su novela, La hermandad de la uva, cuando Henry, su alter ego en esta obra, después de leer a Dostoiewski, Steinbeck, London y a otros escritores, se siente liberado de sus obligaciones impuestas y de sus rencores:

Descubrí que respiraba, que veía horizontes invisibles. El odio por mi padre desapareció. Amé a mi padre, aquel pobre diablo resentido y obsesionado. También amé a mi madre y a toda mi familia. Había llegado el momento de marcharme y entrar en el mundo. Quería pensar y sentir como Dostoiewski. Quería escribir.q

"Si una acción se declara urgente… es la de concebir nuevas formas de elaborar conceptos de libertad propios de la brutal época en que vivimos: horizontes de libertad modesta, individual e inteligente".

NO HAY NADA QUE TEMER, pues no me entrometeré en asuntos biográficos o historias sentimentales; si he aludido a la anécdota de mi padre fungiendo como mecánico y yo como su torpe ayudante, es porque quisiera pensar que allí me di cuenta de lo que yo quería o podía hacer en el futuro y también de aquello para lo que estaba incapacitado. Creo que uno mentiría si negara que en algún momento de su vida no espera ser objeto de una iluminación, tal como sucedió con Samuel Taylor Coleridge y Emanuel Swedenborg, por ejemplo.

Aun sin manifestarlo claramente, resultaba obvio que yo deseaba salir del establo de los hechos predecibles y de la mecánica pragmática para dedicarme a investigar por qué todas las cosas que existen en el universo que me contiene y el cual es a la vez extensión de mi conciencia, se hallan relacionadas entre sí. Tratar de comprender por qué el miedo o la administración cotidiana, comunal o simplemente heredada obliga a tantas personas a concentrarse sólo en la función de una cosa y a cerrar los ojos ante la posibilidad de que tal cosa se halle totalmente ligada y relacionada a mundos que en apariencia ni siquiera la contemplan. Algo así como el hecho de construir una caja y desatenderse de que dicha acción puede tener alguna clase de relación con el carbono o con la pobreza de un país centroamericano, por ejemplo. No me refiero a los efectos que el paso de una marmota pueda ocasionar más tarde en el Himalaya luego de una cadena de sucesos aleatorios (ejemplo que está muy de moda para referirse al caos), sino a una cosa distinta: a la posibilidad que un humano real tiene de no desatenderse de las relaciones que existen entre todos los objetos —sean ideales o físicos, posean color o no, sean evanescentes, invisibles, abstractos o concretos— que afectan los sentidos. Es siguiendo esta ruta que la literatura de ficción más instigadora y sabia es capaz de dar por sentado que el mundo no es dominable y que los fenómenos o hechos, tal como se esforzó en expresarlo Ernst Cassirer, son más bien simbólicos:

El pensamiento racional, el pensamiento lógico y metafísico no puede comprender más que aquellos objetos que se hallan libres de contradicción y que poseen una verdad y naturaleza consistente, pero esta homogeneidad es precisamente la que no encontramos jamás en el hombre. No le está permitido al filósofo construir un hombre artificial; tiene que describir un hombre verdadero... La contradicción es el verdadero elemento de la existencia humana. El hombre no posee la naturaleza de un ser simple u homogéneo; es una extraña mezcla de ser y no ser. Su lugar se halla entre estos dos polos opuestos. (Ernst Cassirer, Antropología filosófica).

¿Qué hecho se encuentra fuera de la interpretación de un ser humano? Si la literatura ha comenzado, y esta acción va ya algo avanzada, un retiro parcial del trasiego político y social humano en esta época marcada por la globalización económica, comunicativa y, por lo tanto, también homogénea, tal movimiento no quiere decir que se retira totalmente o que no volverá. Por el contrario, será cada vez más necesaria para recuperar algunos residuos de humanidad inteligente, quiero decir atenta a la circunstancia caleidoscópica en la que cada ser humano que se dice a sí mismo libre puede vivir y pensar. Si una acción se declara urgente en esta tercera década del siglo veintiuno, y ello tratándose de asuntos de importancia colectiva, es la de concebir nuevas formas de elaborar conceptos de libertad propios de la brutal y disparatada época en que vivimos: horizontes y senderos de libertad modesta, individual e inteligente, en vez de sistemas, leyes rígidas y concepciones absolutas e imperativas de libertad global o histórica.

[caption id="attachment_1138827" align="alignnone" width="696"] Fuente: guiapaqueteria.com[/caption]

EN LA ACTUALIDAD una caja de herramientas y un conocimiento, incluso agudo, del funcionamiento de un automóvil no son suficientes para echarlo a andar una vez que se resiste a ello. Hoy en día el propietario del vehículo o conductor tiene que acudir a un especialista, a la empresa que se lo vendió, a la aseguradora, y a un sinnúmero de intermediarios que han secuestrado para su beneficio el objeto de nuestra propiedad. No describiría una situación así de forma tan alarmante si no es porque algo similar sucede en casi todas las instancias de la vida, sea en cuestiones de salud, de educación o de diversión inclusive. Cuando hace casi cuarenta años me acerqué a los libros de Jean Baudrillard, como lo hizo buena parte de mis amigos de aquel entonces, me causó intriga que el filósofo francés se refiriera constantemente al hecho de que la pantalla y la red venían a sustituir al espejo —el sujeto que se auto reconoce— y al escenario o la plaza pública; no me imaginaba hasta qué punto habría de vivirlo en un futuro, ni cuánta certeza acompañaba a este filósofo, desdeñado y acusado de fantasioso y catastrofista. Entre el fenómeno simbólico de Cassirer y el simulacro social de Baudrillard había una relación que en el segundo se mostraba desmesurada, pero no a raíz de desear construir un escándalo filosófico, sino con el propósito de narrar el aniquilamiento de una realidad que ya no podía ser comprendida a profundidad: representada.

Siguiendo esta historia de automóviles y de pérdida o extravío de la autonomía, recuerdo un ensayo de Guy Davenport (Una carta al maestro constructor) en el que se horrorizaba ante la desastrosa experiencia que las ciudades han tenido con respecto a los automóviles, a tal extremo que la inmensa mayoría ha modificado su arquitectura y su estrategia urbana para servirle a esta máquina egoísta y anacrónica. Davenport cree que la decisión de hacer de la ciudad una tierra baldía, de humanos concentrados en edificios y automóviles, comienza hace cerca de medio siglo cuando los policías fueron totalmente enlatados en una patrulla para, de esa manera, alejarlos de los ciudadanos: “Lo que hace el policía de hoy es responder a una llamada telefónica y corroborar un crimen que ya ha sucedido, y del cual el criminal ha tenido mucho tiempo para escapar”.

Davenport no duda en citar a Aristóteles cuando el filósofo estagirita afirmaba que si un gobernante no conocía a toda su gente por su nombre, entonces aquella era una ciudad demasiado grande para ser gobernada. Más allá de lo que significan estas opiniones en el tiempo actual, son un ejemplo de la autonomía congelada de los ciudadanos comunes y, principalmente, aluden a la parálisis de la acción cotidiana y carente de intermediarios para remediar los problemas personales de toda clase: el ordenador, el automóvil, la televisión, la declaración fiscal, etcétera. De manera que cuando me refiero a que todo se halla estrecha o ligeramente relacionado con todo no estoy aludiendo a los métodos y la práctica de la aldea global y tecnológica para que sus usuarios se comuniquen, sino a un problema totalmente distinto y el cual podría esbozar así en estas páginas: la rotunda pérdida de la autoconciencia y de la conciencia de la diferencia: de la certeza de que no somos mónadas aisladas cumpliendo una función que alguna entidad particular, corporativa o institucional diseñó para nosotros. Somos individuos que viven una historia singular e irrepetible. Y no podría bosquejar este problema sin asirme a una filosofía maleable acerca de la libertad, la conversación social o la literatura. Ahora bien, esta llamada filosofía no tiene el propósito de promoverse como una vía única de comprensión de las cosas que alteran la sensibilidad, sino como una manera de crear una posición rebelde y reflexiva que nos aleje de las formas acosadoras y tiránicas de ver el mundo y a las que nos hemos acostumbrado de manera tan vil y poco razonada que ya nos resultan familiares e incluso necesarias.

"No somos mónadas cumpliendo una función que alguna entidad diseñó... Somos individuos que viven una historia singular".

Más allá del egoísmo o la vanidad, la contemplación del mundo me lleva a considerar mi vida como un hecho breve e irrepetible, y creo que el lenguaje literario es capaz, además, de ser un arte en sí mismo (una cosa vieja que resplandece como singular y nueva), de transmitir un eco de la subjetividad o de la intimidad agazapada en mi propio yo para así desplazarse hacia otros oídos y pensamientos. El personaje de La caída, de Albert Camus, se decía: “Para ser conocido es suficiente tan sólo asesinar a la portera. Por desgracia es una reputación sumamente pasajera... El crimen siempre ocupa la escena, pero el criminal es rápidamente reemplazado”.

Si Camus viviera en este tiempo vería, creo que sin sorprenderse, cómo su alusión a la fama ha crecido como un cáncer estimulado por los medios de comunicación, a un extremo que sólo los no famosos parecen responder todavía a cierta clase de humanidad y privacidad necesaria para vivir. Creo, y así termino este capítulo de un libro interminable, que la dispersión, la vagancia, la rebelión contra los dogmas, la literatura, el relativismo inteligente y la conciencia de que es imposible trascender la soledad y de que, aun así, todo lo que uno es se encuentra en relación con el mundo, todo ello es necesario para no vivir absolutamente a ciegas. Si alguien considera que la dispersión o la digresión son acciones funestas en sí mismas, tendría que volver a sentarse a pensar, en caso de que lo haya hecho, en que existe una vida que se tiene que recorrer y debe ser reflexionada con mayor insistencia, fortaleza y profundidad. De la dispersión primigenia de los objetos y las mentes han nacido cosas concretas, hechos, obras de arte, planetas, guantes de box, bikinis, finanzas y penicilina; por lo tanto, yo he permitido que mis escritos, mis intervenciones sociales, mis retiros y los temas que trato en la literatura me den idea de la dispersión y el caos que se encuentra, vital y trabajador, detrás de lo que los seres humanos piensan y construyen.

En ese breve y olvidado libro filosófico de Juan García Ponce editado hace cuarenta años (La errancia sin fin: Musil, Borges, Klossowski), el escritor mexicano escribió: “La única unidad no es la de las almas, ni tampoco la de los cuerpos, sino la de la intensidad más fuerte”. Y páginas adelante: “Se ha creado un nuevo dios, el dios de la repetición a través del olvido, en vez del dios de la unidad a través de la memoria”. Si bien he leído este breve libro varias veces a lo largo de mi vida, he hilado a partir de mi dispersión congénita dos conceptos importantes que servirán para hacer más notable la intención de mis palabras anteriores: la intensidad con que la gravedad relaciona a los cuerpos y no cuerpos más dispares; y el hecho de que la repetición rufianesca de acciones irreflexivas por parte de quienes todavía se llaman a sí mismos humanos, prevalece en la actualidad. Tal vez, la conciencia de que la dispersión es capaz de encontrar siempre una relación coherente con el todo devuelva al ser contemporáneo a una humanidad consistente. ¿O acaso pueden obtener alguna lección estimulante cuando abren el cofre de su automóvil en la actualidad? Lo dudo mucho; tendrán que llamar a un ejército de intermediarios para que actúen y piensen por ustedes.