Entrevista con Abdelá Taia y Marruecos (Versión extensa)

Esgrima

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Abdelá Taia.Fuente: izquierdadiario.es
Por:
  • Guillermo de la Mora

Abdelá Taia (1973) es un escritor marroquí de expresión francesa. Reside en Francia desde hace más de veinte años, pero el epicentro de su literatura se encuentra en sus orígenes. Homosexual y proveniente de una familia tradicional marroquí, aborda temáticas poco frecuentes en el mundo musulmán contemporáneo, como el deseo y la marginalidad. Volcado hacia las atmósferas intimistas y autobiográficas, se interesa por explorar los vericuetos del alma, sin prisa ni tabús. Ganador del Prix du Flore (2010) y adaptador de su propia novela, El Ejército de Salvación al cine (2013), es una de las voces más originales de la literatura contemporánea francófona y árabe. Su obra se encuentra accesible en español mayoritariamente en la editorial Cabaret Voltaire: Mi Marruecos (2010), Infieles (2014), El que es digno de ser amado (2018), La vida lenta (2019) y Un país para morir (2021).

Bienvenido Abdelá Taia, que por primera vez vienes a México. Sobre todo, es una muy grata sorpresa encontrarte en Guadalajara, una ciudad etimológica y culturalmente árabe en varias formas insospechadas. Te haré unas preguntas en relación a tu biografía, trayectoria e intereses.

¿Cuáles podrías considerar tus primeros recuerdos de infancia?

Es una pregunta compleja, hay muchas cosas que llegan a mi mente al mismo tiempo. Algo que puedo decir es que los recuerdos de mí mismo, mi cuerpo, siempre estaban rodeados de personas. Provengo de una familia muy numerosa, así que puedo recordar a mis seis hermanas, mi hermano mayor, el menor, mi padre y mi madre. Compartíamos un espacio muy pequeño, 65 metros cuadrados, con tres habitaciones muy modestas. Mi padre dormía en la esquina de la sala, donde llegaban las visitas. Mi hermano tenía una habitación para él solo, y todos los demás, que éramos nueve, compartíamos la otra habitación. Ésta última no tenía división alguna y dormíamos en el suelo. Así que puedo decirte que mis primeros recuerdos-sensaciones están ligados a otros cuerpos a mi lado. En esa misma habitación dormíamos, comíamos, veíamos la televisión, preparábamos el té, mientras mi madre hablaba infinitamente. Se trata de una sensación de estar siempre rodeado de personas, que evidentemente al principio no me molestaba. Luego sí me incomodó. Pero ahora, en esta etapa de mi vida, la extraño muchísimo. Después de veinte años de soledad en París, no creo que sea normal el hecho estar solo en la vida. Comienzo a necesitar a esos cuerpos a mi alrededor, algo que no tengo conmigo desde hace varios años.

Salé es tu ciudad de origen, un lugar bastante antiguo. Fue una colonia romana, luego capital bereber, ciudad para los refugiados musulmanes de Andalucía en el periodo de la reconquista, un centro de pirataje, una república independiente junto a Rabat en el siglo XVIII, luego llegó el protectorado francés en el siglo XX. Además, está situada justo a un lado de Rabat, que es hoy día la capital de Marruecos, divididas por un río. ¿Puedes hablarnos un poco de ella?

Primero que nada yo nací en Rabat en 1973. Un año después de mi nacimiento mis padres se mudaron a Salé. Mi padre le pidió un préstamo a alguien con quien trabajaba en la Biblioteca General de Marruecos, así que pudo comprar una casa de interés social que estaba todavía en construcción. Solamente había una habitación y una cocina, todo lo demás había que construir gradualmente. La ciudad en la que crecí y forjé mi carácter es ciertamente Salé. Allí mi madre hacía lo que podía para ahorrar algo de dinero, yo nunca tuve claro cómo lo hacía, para construir el primer piso y luego el segundo. Así que todo lo que dices sobre la ciudad, lo aprendí más tarde, en la escuela. No quiero que la parte mítica de la ciudad de Salé cambie el sentido de lo que yo viví allí con mi familia. Éramos once personas en total, había que hacer muchas cosas para conseguir lo básico, la comida era un tema a resolver. Además estaba la vida del barrio, los celos de las personas, las prostitutas que allí vivían... Más que la descripción de una ciudad era en principio la sensación de un mundo, que no necesita estar asociada a la mitología de Salé.

¿Podrías hablarnos un poco de la vida de tu barrio?

Era muy pobre, todas las familias que allí vivían estaban construyendo poco a poco las casas que habían comprado, pero que no estaban terminadas. Había varios bloques de casas, yo vivía con mi familia en el número 15. También había una base militar, a unos quince minutos a pie de mi casa, que es además una de las bases militares más grandes en Marruecos. Está cercada por un muro y no se permite la entrada a nadie externo. Allí había una piscina, a la que en ocasiones intentábamos entrar, pero siempre nos negaron el paso. Estaba destinada a las familias ricas y militares de altos rangos. En fin, en mi barrio también había muchos borrachos. Eso me agradaba mucho, en la noche los encontrabas al costado de las casas, sentados en un tapete, con un radiocasete escuchando a Umm Kulthum (https://www.youtube.com/watch?v=1wBvuZVE7FI). Ésta es una de las imágenes que guardo siempre conmigo.

También puedo decir que yo era un poquito ladronzuelo y bastante afeminado. Ése era mi mundo, no conocía otro. Puedo decir que le guardaba a la vez un cariño y también una distancia desde pequeño. Como era homosexual, podía sentir que había un sistema en mi sociedad que estaba en mi contra, que se nos podía rechazar, abusar o mancillar de distintas formas, cosa que sufrí más tarde en carne propia.

¿Había una gran diferencia entre la vida de Salé, que es una ciudad popular, y la de Rabat, que es la capital del país y se encuentra a un costado?

Claro que sí. Lamentablemente, Rabat representaba la ciudad del gobierno, donde está el rey, su palacio y las grandes familias que dirigen a Marruecos. También es la ciudad de los intelectuales que hablan francés. Yo odiaba Rabat cuando era pequeño, porque cada vez que íbamos podíamos sentir que no pertenecíamos allí. Los oriundos de Salé dicen que cuando van a Rabat les duele la cabeza, saben que la atmósfera de esa ciudad no les es propicia.

Es sobre todo una cuestión de clases sociales, ¿cierto?

Las personas de Rabat ven a Salé como un lugar inferior, a pesar de que Salé es una ciudad mucho más antigua. Como dato curioso, los musulmanes expulsados de Andalucía que mencionaste, en efecto, venían a esta ciudad, pero también muchos otros se instalaron del otro lado del río (del lado de Rabat) en lo que llamamos la kasbah de los Oudayas. Como venían con dinero, hicieron prosperar la zona y fue entonces que Rabat se hizo grande en comparación de Salé. Todavía hoy en día, a los ojos de la capital, Salé no parece tener mucha importancia. Es una ciudad que está a un costado, pero que en el fondo te desprecia, que considera a Salé como los suburbios meramente, siendo que tiene una identidad propia. Es como si comparas la Ciudad de México con Guadalajara: sin hay una tradición independiente. Al mismo tiempo, se tiene muy en cuenta que si quieres avanzar en la vida tienes que ir a la universidad, y ésta se encuentra en Rabat. Esto es algo bastante triste, pues al final de cuentas siempre tienes que acercarte al poder y tener su bendición para poder existir. Y aquí no estoy hablando de los homosexuales, sino de todo el mundo, todos los pobres al menos. Así que había que ir a la capital, llevar los estudios de la mejor manera posible y tratar de olvidar de que estás rodeado de personas que te ven como un bicho raro, como si te dijeran: “eres solamente un pobre, nada más.”

Rabat, Marruecos.

Continuando esta línea, realizaste tus estudios de literatura francesa en Rabat. ¿Cómo puedes describirnos este periodo?

Desde niño me encantaba estudiar e ir a la escuela. Mis padres no necesitaron nunca darme incentivos en esto. Para mí la idea de caminar hacia allí por la mañana, ver a los profesores, cómo estaban vestidos y fantasear con ellos era una actividad muy placentera. Vivía en un mundo de fantasías al respecto, desde muy pequeño. Esto, con el tiempo, se transformó en una capacidad para vivir poblado de obsesiones, lo que creo que hizo de mí un escritor. El hecho de que encuentras una idea interesante y no la olvidas, sino que la cultivas en tu cerebro, en tu imaginación y terminas por escribirla. Pero esto no sucedía porque quería ser escritor, sino que era algo mucho más natural. Puedo pasar mi vida soñando sobre las personas, sobre su cuerpo incluso. Puedo ver a alguien en una ocasión y pasar años pensando en ella.

Elegí el francés, que es la lengua de los marroquís ricos, de la élite, de los que detentan el poder, del colonialismo, que perdura en Marruecos incluso hasta nuestros días. Siendo adolescente entendí que para salir adelante necesitaba de la lengua francesa, pues en Marruecos priva esta idea de que si te quedas solamente con la lengua árabe no puedes salir adelante, te quedas siendo un almuadab, es decir, alguien que sufre. Incluso hay este juego de palabras, para asociar a aquél que estudia la literatura árabe, adab, con el sufrimiento; intercambiando la primera letra —alif por aín— queda algo así como “haz escogido el sufrimiento”. Obviamente, no se trata de un sufrimiento romántico, sino material. Éste es el imaginario que se tiene en Marruecos sobre el mundo de la escritura, la literatura y las artes en general. Así que la lengua francesa era necesaria, a pesar de no ser para los pobres, como yo. Después de la preparatoria me inscribí en la facultad de literatura francesa de la universidad Mohamed V, en Rabat. Allí, por algún tipo de milagro, me convertí en el mejor alumno de mi generación.

¿Encontraste interlocutores en esta universidad?

La verdad es que no. Los profesores eran bastante buenos, aunque eran sobre todo burgueses. Además había una gran distancia entre ellos y los estudiantes. Tampoco quiero dar una imagen de completa soledad, pero lo que más retengo de este periodo era que mi madre, a pesar de que no comprendía los estudios que hacía, me preparaba siempre una torta para llevar a la facultad y me daba dinero para el transporte. Luego llegaba a Rabat y era otro mundo, donde tenía que encontrar la mejor manera de sobrellevar esta diferencia. Algo que me dio una gran ventaja era el hecho de que crecí junto a mis hermanas, así que tenía habilidades para poder hablar con las mujeres y volverme su confidente. Es algo que además me provoca mucho placer, soy muy curioso, me gustan las historias de las personas y los detalles de los detalles. También es importante precisar que me gusta dirigir a las personas sin que lo sepan. Sin embargo, la mayoría de las veces quedaba en el rol receptor, podía escucharlos durante años sin que por lo tanto ellos me mostraran una curiosidad recíproca. No siempre te dan el equivalente de lo que les otorgas. Así que incluso esta pequeña estrategia que tenía de escuchar a los demás, en algún momento se volvía en contra mía. Me preguntaba: “¿Cuándo van a comenzar a preguntarme a mí sobre mi vida?”.

Al terminar tus estudios de licenciatura realizaste un posgrado en Suiza. ¿Cómo viviste esta transición en un aspecto intelectual y personal?

Bueno, comienzo por decir que hice seis años de estudios en Rabat. Desde ese entonces me paseaba por los monumentos históricos para intentar ligarme a un francés que pudiera llevarme consigo, que pudiera pagarme el avión y una visa, pues yo no veía cómo lograrlo por mi cuenta. Para mí ya era un milagro y un honor que mi madre me diera dinero para tomar el bus a la universidad. A pesar de que yo fuera maricón y la vergüenza de la familia y mi barrio, ella siempre me apoyó con lo que tenía al alcance. Bien pudo haberme ignorado o desdeñado, pero se levantaba cada mañana a hacerme algo de comer para que pudiera llevar a la escuela. Muchas personas no hubieran hecho esto por su hijo o hija homosexual.

Así que yo me paseaba por los lugares turísticos para encontrarme un extranjero, pero nunca encontré uno. Yo creo que mi físico no correspondía a lo que buscaban en un chico árabe. Sin embargo, después de una investigación que hice sobre Un amor de Swann, de Marcel Proust, me gané una beca para estudiar en Suiza. Fue además una fortuna que esta beca no haya caído en manos de una persona corrupta que se lo diera a sus hijos o a un amigo, sino al mejor estudiante de la generación, que era yo. Sin esta beca nunca hubiera salido de Marruecos, pues no tenía manera alguna de obtener una visa ni pagar el boleto de avión. Creo que Alá debe existir y se apiadó de este homosexual.

¿Cómo era para ti la cotidianidad en Suiza? ¿Tenías una beca modesta?

No era una beca modesta: vivía holgadamente con ella. Pero tengo que contarte algo, conocía a alguien. Justo antes de que me dieran la visa para vivir en Suiza, hubo un coloquio en la Universidad de Rabat de título Le beau mensonge (La mentira hermosa), que era un tema magnífico. Allí había un profesor suizo que me veía: me dejé seducir al mismo tiempo que yo lo seducía. Así comenzó una historia de amor. Incluso fui con él a Suiza en 1997, unos meses antes de que comenzara mi beca y estudios allí. Duró dos meses y tuvo buenos momentos. Él también venía a verme. Pude entender que en nuestra relación había un sistema de control de mi persona y yo terminé por dejarlo. Incluso siendo un pequeño marroquí de origen modesto, no podía soportar la idea de que todo aquello que yo hiciera debía ser validado por el intelectual suizo, europeo, profesor en Ginebra. Él era una buena persona, muy culto, pero poco a poco me sentí en una trampa. Tenía la sensación de que debía consultarlo para cualquier cosa. A pesar de haber sido el noveno hijo de mi familia, nunca me sentí como alguien que debía buscar la validación en alguien más; incluso llegaba a manipular a mis hermanas y a mi padre de alguna manera. Lo que quiero decir es que nunca me sentí pequeño ante los demás. Incluso en los tiempos en que estuve en Rabat y sufrí de exclusión social, nunca fui sumiso ni me consideré poco inteligente. A pesar de que otros detentaran el poder y yo no pudiera confrontarlos, me obstinaba en encontrar maneras para darle la vuelta a la situación a mi favor. Tenía que llegar a mis metas sin que me hicieran daño ni me detuvieran en mi camino. Es una estrategia que utilizo incluso hoy en día.

Así que el hecho de que este profesor suizo estuviera en una situación privilegiada no quería decir que yo no fuera alguien. Cuando lo conocí, yo ya sabía lo esencial de la vida, de la literatura francesa, incluso más de cine y pintura que él. Esto fue una ventaja, porque si él me hubiera enseñado esto me lo hubiera echado en cara. El mecanismo de control hacia mi persona que podía sentir con él lo cuento en mi novela, El Ejército de Salvación, donde él me decía que podía acostarse con quien quisiera, y yo en Marruecos no me acostaba con nadie más. Era una manera de protegerme, pues me decía que si comenzaba a hacerlo, conocerían mi secreto y podrían aprovecharse de mí, incluso violarme, a pesar de ser adulto.

Un día, cuando fui a visitarlo a Suiza, tomé el tren desde España. Encontré allí a dos chicos, un alemán y un polaco. Cogimos en el tren toda la noche, de Algeciras hasta Madrid. Es un recuerdo sublime que guardaré toda mi vida, esta escena en el camarote del tren. Cuando llegué a Suiza, le conté todo esto y él se mostró huraño. Entonces me di cuenta de que la libertad que él se daba a sí mismo no la aplicaba a mi persona. Él se otorgaba el permiso de coger con quien quisiera y decírmelo, mientras que si yo lo hacía le parecía una afrenta. Yo pensaba que iba a estar contento por mí, pues en verdad viví un momento muy bello, una suerte de “tren del amor” del sexo. Teníamos los tres veintipocos años. Lo más curioso es que ellos tenían intención de ir hasta Marruecos tomando el barco de Algeiciras a Tánger, pero el polaco no pudo entrar por no tener una visa y tuvieron que continuar el viaje en el sentido inverso. Pasamos unos días increíbles. En fin, cuando le conté esto, el profesor suizo se puso muy serio y comenzó a contar en voz alta el dinero que había gastado en mi transporte. Tal vez era su manera de mostrarse celoso, pero ante esa situación me di cuenta de que no podía seguir con él. Si apenas había salido de Marruecos, no iba a entrar en una relación de dependencia con alguien más.

¿Qué te pareció Suiza como espacio público? Siendo el primer país extranjero en el que viviste, seguramente marcó un gran contraste con Marruecos.

Fue muy extraño. La realidad de Marruecos era muy cálida, muy desordenada, vital, dura, incluso cruel, pero había un calor humano presente. Las personas se manipulan, se seducen, hay contacto. Incluso aunque se sufre de todo esto (y yo he sufrido bastante), hay también algo que te alimenta. Para mí, llegar a Suiza y luego a Francia, a París en especial, significó un cambio de vida radical. Tardé un tiempo en adaptarme a esta otra realidad. Pronto comprendí, puesto que estaba en el centro del poder del mundo, del dinero y la intelectualidad, la importancia de desarrollar una ambición personal. Decidí volverme ambicioso: tenía que aprovechar mi oportunidad. Así que después de terminar mi estudio sobre Proust, me inscribí en la Sorbona de París.

Allí hiciste un doctorado sobre la novela libertina del siglo XVIII. ¿Por qué te apasionaste por ese tema? ¿Cómo te recibió París?

En París conocía a un hombre en el metro, con quien viví una historia de amor. Gracias a eso tenía un lugar para dormir, lo cual es muy importante. Al principio me quedaba con unos amigos y luego viví con él. Lo conocí cuando era todavía estudiante en Suiza y la beca me permitía venir a visitarlo. Y bueno, en París continué con la disposición de escribir y quitarme complejos de encima. Hay muchas editoriales en París, así que me puse a contactarlas. Tomó un tiempo, claro, pero terminaron por conocerme.

¿Y mientras tanto de qué vivías en París?

Mi beca suiza duró un año. Esto coincidió con el hecho de que dejé a mi chico francés y conocí a un artesano fundidor de esculturas tunecino, Mohamed, quien ha sido el mayor amor de mi vida. Esto fue en el año 2000. Con él pude amar en árabe, hacer el amor en árabe, ser homosexual en árabe, algo que no había podido vivir antes. Tuve que esperar a tener 27 años para vivirlo. Él tenía una mujer y dos hijos, pero cuando yo lo conocí ya estaba separado de ella. Buscamos una buhardilla, lo cual es bastante difícil en París, como entrar en un círculo kafkiano. Esto duró un año y medio. A pesar de que él era muy posesivo y celoso, yo verdaderamente lo amaba. Cuando lo dejé caí en una gran depresión. No sabía qué hacer ni tenía dinero. Tuve muchos empleos: trabajé en restaurantes lavando platos, como guardia de museo, profesor privado de árabe y terminé cuidando niños. Esto último fue lo que me salvó, del 2003 al 2007, fui el cuidador de un mismo niño, de nombre Tristán. Esto me daba entre 600 y 700 euros por mes, lo necesario para sobrevivir. Al mismo tiempo escribía, por supuesto, con el objetivo que me publicaran. Ya había salido mi primer libro, Mi Marruecos, en el 2000, cuando aún no era nadie. Luego publiqué Le rouge du Tarbouche, en 2005, que se volvió famoso en Marruecos. En el 2006 salí del closet y también se publicó mi novela, El Ejército de Salvación.

¿En el 2010 ganaste el premio du Flore, nos puedes contar en qué sentido esto cambió tu vida?

Como se trata de un premio muy importante, hizo que el libro se vendiera y me dio dinero. Esto fue en noviembre del 2010. En agosto de ese mismo año mi madre murió y en junio se acabó el trabajo con Tristán, el chico que cuidaba, pues había entrado a la secundaria y ya no necesitaba que lo acompañaran. Fue un año de transición. Al mismo tiempo me había vuelto huérfano, pues mi padre murió en 1996. Eso me dio otra conciencia de ser gay, pues me encontré frente a un tipo de soledad antes desconocida. Mis hermanos ya estaban casados, tenían su vida. Es muy curioso. Primero quería ser independiente y salir de mi país de origen y luego me encontré solo en el mundo. Además, solo y gay, que es algo particular. Es como si tuviera una nueva comprensión de lo que era ser gay. Una soledad extrema en un sentido existencial, filosófico. Y bueno, este premio y las ventas de mis libros me permitieron desde entonces vivir de escribir y publicar.

También te hizo conocer a muchas personas, supongo.

Por supuesto, además tuve la fortuna de que mis libros se empezaron a traducir muy pronto. Publicaba en la editorial du Seuil, y había en ese momento muy pocos escritores árabes que hablaban de la homosexualidad, la asociaran a su cultura y hablaran además de la pobreza. Incluso hoy en día, muy pocos escritores árabes tocan el tema de la homosexualidad. Esta cuestión comenzó a despertar interés desde el 2006, cuando comencé a publicar en la editorial du Seuil. Allí había una mujer que trabajaba con los derechos de autor en el extranjero y se dio cuenta de que podía hacer algo con mi literatura en el plano internacional. Esto no me dio mucho dinero al principio, pero sí suscitó interés en varios países.

Tras obtener esa notoriedad en Francia, ¿cambió la relación con tu país de origen?

No creo que el hecho de obtener cierta fama cambie la relación emocional con un lugar. Sin embargo, es cierto que fui objeto de críticas y ataques en Marruecos. Incluso dentro de mi familia, no fue algo sencillo. También estoy convencido de que la literatura debe tener una misión y que podía servir de legitimidad para un gay como yo de poder hablar. Ya no era un don nadie. Era alguien que había escrito y publicado, eso tenía un peso. Esto incluso mis detractores lo saben. Ya no iba a dejar de hablar de la homosexualidad, dentro o fuera de mis libros.

¿Vuelves de vez en cuando a tu antiguo barrio de Salé?

Claro que sí, en septiembre hice un podcast con el cineasta francés Alexandre Plank, dentro de un programa que se llama écoutes croisées, donde acompañan a un escritor por su ciudad, mientras camina y habla de ella.

¿Las personas de tu barrio te consideran como una personalidad pública?

No, para nada. No le dan importancia alguna, no soy tan conocido a final de cuentas. Los escritores no somos celebridades, pasamos desapercibidos.

Hablemos un poco de política internacional. ¿Fuiste simpatizante de la llamada Primavera árabe? ¿De qué manera?

Claro que sí, escribí textos apoyando esta causa. Los publiqué en Marruecos, en la revista Tel Quel y en Francia en Le Monde y Libération. Ha sido el evento político más importante de mi generación, por una razón muy simple. Los árabes, como pueblo, se levantaron para criticar a sus dictadores (apoyados por fuerzas occidentales) y lograron expulsar a algunos de ellos del poder. Esto no tenía precedente alguno. Tan importante fue el resultado que el resto de los dictadores comenzaron a sentir miedo y comenzaron a instalar sistemas represivos aún más escabrosos que antes. Este fuego que unió al mundo árabe en el año 2010, es uno de los eventos más sublimes de mi vida. (https://www.youtube.com/watch?v=eCHE35aBZSo).

También has incursionado en el mundo del cine, al adaptar en 2013 tu propia novela, El ejército de Salvación. ¿Cómo viviste esta experiencia?

El cine fue el sueño de mi vida. Comenzó en la adolescencia, cuando veía las películas egipcias que tanto me marcaron y me permitían sobrevivir como gay. Estaba rodeado de un mundo hostil donde el hecho de ser homosexual estaba acompañado de muchas vejaciones y violaciones. Las estrellas del cine egipcio eran una compañía, además árabe: no necesitaba el francés para soñar de esta manera. Soñaba con convertirme en director de cine y contar las historias de mis hermanas, de mi barrio y de lo que significa ser homosexual ahí. Y esto lo hice con El Ejército de Salvación. De hecho, yo me convertí en escritor para poder acceder a este sueño. En el fondo, para mí el cine es mucho más importante que la literatura. (Aquí la película completa, subtitulada en francés: https://www.youtube.com/watch?v=I3tGT6s3w2s).

¿Cuáles son los escritores que más admiras?

Comencemos por Mohamed Chukri con El pan a secas. Podría decir que es el Corán de los escritores marroquís. Se trata de un libro incendiario, pues habla de nuestra realidad prácticamente sin filtro alguno. Cuando lo leí me pareció verdadero, y muy cercano a mi realidad. Con sus libros, Mohamed Chukri desplegó una estética que hasta nuestros días tiene mucho sentido en Marruecos. Creo que yo me convertí en lo que soy a nivel literario al ser influenciado de manera indirecta por él. También puedo mencionar a Fernando Pessoa, en quien me reconozco por su melancolía y lo que hizo con ella. No se trata de una melancolía letárgica, sino creativa, que permite construir un mundo alrededor. Me reconozco mucho en sus heterónimos. Cuando leo a Pessoa tengo la impresión de ser yo quien habla.

¿Qué nos recomiendas de la literatura árabe?

Hay que leer sobre todo la poesía árabe antigua, por ejemplo, a Abû Nuwâs, un poeta homosexual del siglo X (http://www.mediterraneosur.es/arte/nuwas_poemas.html). Incluso hoy en día es considerado como el gran poeta árabe, siendo que tiene canciones de amor dirigidas a jovencitos. Sobre todo, recomendaría leer poesía árabe antigua, entre más antigua mejor para mí.

¿Qué nos dices de tus películas favoritas?

Comenzaría por el cineasta indio Satyajit Ray, con su Trilogía de Apu (1955-1960), que es extraordinaria. Habla de la historia de un niño con su madre en un poblado indio muy pobre, donde no hay nada que comer. La segunda parte toma lugar en Calcuta y la tercera es cuando el personaje principal crece y se casa con una mujer que muere al dar a luz. Es en verdad sublime. Para mí es lo más hermoso que existe en el cine. (Aquí la tercera parte de la trilogía, El mundo de Apu, subtitulada en inglés: https://www.youtube.com/watch?v=N89TWYYsmqU&t=8s).

También me puedo referir al cine egipcio como una categoría estética aparte y que ha tenido una gran influencia en lo que yo soy y en lo que escribo. Por ejemplo, la película Principio y fin (1960), de Salah Abu Seif, que adaptó de manera maravillosa una novela de Nagib Mahfouz. Curiosamente, este libro también fue adaptado en México bajo el mismo nombre, por Arturo Ripstein, a principios de los noventa. También de Salah Abu Seif recomendaría La juventud de una mujer (1956) que versa sobre cómo una mujer fuerte seduce a un joven estudiante. Hablando de cine marroquí, hay también una película notable de Ahmed Bouanani: Mirage. En cuanto a cine europeo, no tengo que pensar siquiera, me remitiré directamente a Robert Bresson, a toda su filmografía.

¿Ves también teleseries?

Claro que sí, pasé mi vida siendo nutrido por series egipcias. No tengo ningún tipo de prejuicio por aquellas personas que ven series populares o telenovelas, a mí me encantan. Sobre todo me refiero a las que se hicieron en los años ochenta y noventa, pues luego cambió la industria que las producía, incluso estéticamente. Me mantengo nostálgico viéndolas y volviéndolas a ver en YouTube, como La miel y las lágrimas o La reserva. Una serie más contemporánea sería la turca Nos conocimos en Estambul (Bir Başkadır, 2020), que se encuentra en Netflix y recomiendo enormemente. La he visto al menos tres veces.

¿En qué otro trabajo te imaginas que no esté relacionado con la literatura?

Me gustaría mucho ser profesor, tengo la paciencia para ello, me gusta explicar y el contacto con las personas. He ejercido este trabajo, pero de manera muy intermitente. También llevé un taller de escritura con prostitutas en París durante un año y medio, lo cual fue extraordinario.

¿Qué asignaturas te gustaría impartir?

Me gustaría impartir clases de literatura, pero incluso podría dar clases en una escuela primaria, no me molestaría para nada. Hay algo en el trabajo de la enseñanza que es muy bello, el sentido de la vida es estar allí para los demás, ¿no es así?

Para cerrar la entrevista, hagamos un juego de serendipia literaria. Pondré en la mesa varias novelas gráficas, poemarios, cuentos y novelas árabes. Toma la que gustes y nos platicas un poco de ella.

Escojo este libro, Elogio y diatriba de efebos y cortesanos, de Al-Jahiz, también conocido como “el grande” de la literatura árabe. Él codificó nuestra lengua en su gramática, estilo e imagen en el siglo IX. Es mucho más viejo que Shakespeare y Cervantes. Sin embargo, tiene elementos de una gran modernidad.

Versa sobre dos poetas, uno homosexual y otro heterosexual, que intentan convencerse uno al otro sobre las ventajas de su condición. Insisto en que fue escrito en el siglo IX y en el mundo árabe, así que el hecho de pensar que el mundo homosexual solamente se ha representado en la tradición occidental quiere decir que no se conocen o se reniega de sus propias raíces. Además, Al-Jahiz está muy presente en nuestra tradición. No puede ser olvidado, pues como he dicho, codificó la lengua árabe. Sin embargo, este libro casi no es mencionado, más bien, pretenden olvidarlo, por las implicaciones de su contenido.

Página oficial de Abdelá Taia: http://abdellahtaia.free.fr/