Cartografía urbana: un caso de mexanoir

Bef, nombre de pluma de Bernardo Fernández, es reconocido en el ámbito cultural mexicano como “novelista
gráfico y no-gráfico” —según se describe en su cuenta de Twitter—, además de ilustrador y diseñador.
En fechas recientes lanzó la novela negra Esta bestia que habitamos, en Editorial Océano. Estructurada
en torno al personaje del Járcor, apunta la narradora y académica Magali Velasco, destaca por el humor,
las intertextualidades, el registro chilango y los rasgos comunes aunque extraordinarios de los héroes del género.

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Esta bestia que habitamos
Por:
  • Magali Velasco Vargas

Para Ricardo Piglia, el crítico literario es una especie de detective que va tras un asesino: el escritor o la escritora que, entre líneas, esconde o deja a la vista sus huellas dactilares.

El devenir del género negro en Latinoamérica se ha nutrido del policiaco clásico, desde el fetiche de la inteligencia pura de los detectives creados por Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle y Agatha Christie, por ejemplo, hasta la sordidez en los relatos de Raymond Chandler. El mismo Jorge Luis Borges tradujo buena parte de esta literatura y se aseguró, junto con Bioy Casares, de un buen público lector.

Lo que hoy caracteriza la escritura de historias de este género en México es el mélange de la tradición con los abismos de la no-ficción y, lo que a mi criterio resulta peculiar, la desacralización de temas y tabúes de la sociedad. ¿Cómo lo hace? A través de una retórica de la parodia, el humor y un sistema de intertextualidades que dificultan precisar qué viene de lo real y qué, de la ficción.

BERNARDO FERNÁNDEZ, mejor conocido como Bef, es un trashumante de los géneros. Su pluma puede perderse en la forma de la caricatura o en la pirueta de la narrativa. Creo que la pandemia, con la lista gigante de lo que nos ha privado, también nos otorgó resiliencia y nuevas formas de creación.

La novela más reciente del autor, Esta bestia que habitamos (Océano, 2021), fue escrita en este contexto; según cuenta, la dirección de la trama era otra cuando comenzó el encierro. Por desgracia, en esta reseña no cabe un deslinde del canon mexicano en el cual Bef es un referente obligado, desde El complot mongol hasta Laberinto, de Eduardo Antonio Parra.

Bef quiso dedicar una novela (un spin-off) a uno de los personajes de la serie Tiempo de alacranes, uno que, hoy, me resulta entrañable: el Járcor. Se trata de un etnocyberpunketo urbano y letrado que por necesidad termina trabajando en la Policía Judicial, ese mal necesario, según nuestro protagonista, y la otra cara de la moneda porque en México “la ley y el crimen organizado son como la serpiente Uróboro” (p. 29). Exnovio de la grandota y ruda Andrea Mijangos, el Járcor (pueden llamarlo Ismael), deambula por las entrañas del monstruo: de una a otra cantina en la colonia Doctores, de una mesa a otra en la que resuenan botellas de cervezas en saludes. También están los diálogos geniales que logra el autor, rítmicos, en equilibrio con los juegos de lenguaje y el léxico. Gran acierto de la novela, sin duda, a la par del diseño de personajes, es la recreación de atmósferas y la fluidez del estilo.

BEF domina la solidez de la estructura narrativa, resultado de su investigación de campo y documental, y del lirismo refinado de un estilo que se reta a sí mismo

ESTA NOVELA no le queda a deber nada a su lector. El pretexto en torno al cual se enreda o desenreda la trama es la presencia de un par de malandros que se dedican a manejar un “uber ejecutivo”. Bajo la careta de un hombre gentil que trabaja para mantener a su familia, el chofer se especializa en levantar borrachos o borrachas en las madrugadas chilangas. Una botellita de agua, una cervecita fría, la última para bajar la peda, son las amables ofertas del ejecutivo. La víctima no puede ni imaginar que en cualquiera de los líquidos ha mezclado unas cuantas gotas oftálmicas que la harán perder la conciencia. Este método dio la idea al autor para unirlo con el hampa de cuello blanco (en la novela, publicistas coludidos con políticos corruptos), la capisa (femenino de capo) Lizzy Zubiaga y el Járcor, Ismael.

Bef tiene más que dominada la solidez de la estructura narrativa, resultado de su investigación de campo y documental, y del lirismo refinado de un estilo que se reta a sí mismo. Los juegos de intertextualidades, esa ceremonia de las citas y los homenajes fluyen por las páginas en forma del cuento de Monterroso y su dinosaurio, en formato de guion de comercial o de noticiero. Sin embargo, la apoteosis llega cuando Bef pide prestados dos personajes, el Ruso y el Cobo, creados originalmente por Erick de Kerpel, en su novela Bungalow 77. Hay guiños librescos, sí, pero son más los de dominio popular: el chiste de aquel expresidente, llego en cinco… menos, en diez; las triquiñuelas de vender jitomates en el extranjero para cubrir lana electorera; la llegada de la 4T, la lista negra y que es cada día más larga de los crímenes en el país, sin que existan responsables conocidos.

PODEMOS PERDERNOS en las múltiples visiones de autores que cuestionan, señalan y evidencian, a partir de la estética del lenguaje, las violencias en México, tal como Élmer Mendoza ha hecho magistralmente al cartografiar Culiacán y sus lenguajes. Se extrañaba una novela que hiciera lo propio desde el hoy, con la Ciudad de México. Bef tiene un acierto en su bolsillo, una obra que se antoja futuro referente por la síntesis de elementos claves del canon, si se me permite expresarlo así, del mexanoir: el pastiche, el humor, la parodia, el lenguaje fiel a sus personajes, los diversos tonos y narradores amalgamados con el más puro espíritu del género, su héroe o heroína, alguien común pero extraordinario —en palabras de Raymond Chandler—, el mejor ser humano de este mundo y lo bastante bueno para cualquier mundo que busca la verdad, que regala al lector la posibilidad de la esperanza.

Así es el Járcor y si hubiera otros como él, me cae que sí, este lugar sería mejor, aburrido seguro que no; impune, tampoco.

MAGALI VELASCO VARGAS (Xalapa, Veracruz, 1975), directora de la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana, es autora de los libros de cuentos Vientos machos y El norte de Bruguel y el de ensayo Necronarrativas en México. Discurso y poéticas del dolor (2006 -2019), entre otros.