Jueves 15.04.2021 - 05:08

Cheap sunglasses

El corrido del eterno retorno

6
Cheap sunglassesFuente: pixels.com
Por:
  • Carlos Velázquez

Me harté de perder lentes Ray Ban en la peda. Desde entonces uso puros baratos o piratones.

Un compa me preguntó por qué siempre traigo lentes oscuros. Que si me creo Claudio Yarto o qué chingados.

Cualquiera que haya padecido el sol en una ciudad del norte como Hermosillo, Mexicali o Torreón, entenderá mi aferramiento a los lentes oscuros.

No conservo ningún recuerdo infantil tortuoso del clima. Un día desperté y descubrí que me había convertido en vampiro. Que la luz era mi enemiga. Debía tener 16 o 17 años. Entonces comencé a usar lentes negros. El primer modelo por el que sentí apego fueron los de aviador. Pero me daban un aspecto malandrón. Parecía manteca de la judicial.

Como no quería que me apodaran el Judacho tuve que buscar una alternativa. ¿Tipo mosca, como los de Bono? Ni a putazos. ¿Unos como los del Terminator? Decidí que portaría unos Wayfarer, en honor a uno de los músicos que más admiro en la vida: César Rosas de Los Lobos.

Muchos músicos han incorporado este modelo a su look. Bob Dylan, Stevie Wonder y los Blues Brothers, entre otros. No hay duda de que gracias a ello los Wayfarer ejercen cierto magnetismo para los amantes de la música. Para  mí, llevarlos se convirtió en símbolo de admiración por la banda del Este de Los Ángeles. Con ellos puestos me sentía parte de una cofradía. La de los fans de Los Lobos.

Duele perder unos Wayfarer. Valen una feria: 3,500 pesos. Los primeros los perdí en un taxi. Estaba pedo. Viajaba en la parte trasera. Me agaché detrás del asiento del chofer para meterme un pase y los lentes se me cayeron. Los levanté y los puse en el asiento junto a mí. Se me olvidó tomarlos al bajarme del taxi. Apenas sentí el latigazo del sol sobre mis párpados me di color de que se habían ido en el taxi.

Portaría unos Wayfarer, en honor a uno de los músicos que
más admiro: César Rosas

Dos minutos después otro taxi se detuvo y me subí para iniciar una persecución. Pero no localizamos el primer vehículo. Debió internarse por alguna de las callecitas del centro. Le dije al taxista lo que acababa de ocurrir. El bato se portó con madre: por radio dio aviso a todas las unidades. Pero nadie reportó ningunos lentes extraviados.

Después de esa primera pérdida sobrevino una racha de mala suerte. Otros Wayfarer desaparecieron en una cantina. Recuerdo llegar con ellos. Luego tengo el casete borrado. Al despertar la mañana siguiente no estaban en casa. Otros se esfumaron en una fiesta. Y dos o tres más en pedas, reuniones o en moteles.

Tener buenos lentes te obliga a ser cuidadoso. Pero cuando eres un alcohólico sin remedio no existe precaución infalible. Por eso, que unos Wayfarer me hallan durado tres años era toda una hazaña. No soy, nunca seré, una de esas personas que salen a la calle con el estuche de sus lentes. Soy de las que cuando entra a un espacio cerrado se los mete en el pantalón. Y por sentarme con ellos en la bolsa derecha delantera medio les jodí una pata. Hice una cita en el hospital de lentes para que le cambiaran la pieza. Me saldría en 1,600 varos. Pero no consiguieron llegar a la fecha pactada. Un día antes los abandoné en un Uber sin querer. Me los metí en mi sudadera y se me salieron porque olvidé cerrar la bolsa.

Al día siguiente me lancé a la óptica para reponerlos. Babeaba sobre el aparador, pero el precio me hizo desistir. ¿Pagar un varo para volverlos a tirar? De las bocinas de la tienda salía una rola de ZZ Top: “Cheap Sunglasses”. Sufrí una epifanía. Así que pese a las advertencias del oftalmólogo de que los lentes de sol baratos son perjudiciales para la vista, me lancé al mercado y me compré unos piratas por cincuenta pesos.

Desde ese día he extraviado tantos lentes en la peda que ya perdí la cuenta. Y escribo estas líneas porque hace un par de semanas volví a hacer lo mismo. Pero además perdí el carro. Resulta que no estaba afuera de mi depa.

Y ése era un nuevo nivel de peda. Una cosa es perder las llaves o el celular.

Para mi buena suerte el carro estaba estacionado a la vuelta. Me habían llevado del restaurante, en mi propio coche, a mi casa. Qué gran servicio. No existe nada como que en el lugar adonde te metes a embriagar te cuiden de esa manera. Los amo, muchachos.

Bien crudo el sol cala más. Me compré pues en una página unos lentes de 500 varos que me latieron. Espero que estos me duren un poco más.