Claroscuros del libro

Fetiches ordinarios

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Claroscuros del libroFoto: Cortesía del autor
Por:
  • Luigi Amara

Ante las alarmas por la extinción del libro, Umberto Eco solía responder con una sonrisa sabia: a la manera de la cuchara o la rueda, el libro es uno de esos inventos insustituibles que una vez que ha encontrado su forma difícilmente aceptará mejoras. El libro digital podrá seguir su propia parábola de auge y previsible ruina, pero lo hará en una dimensión distinta a la de su pariente de celulosa, del que deriva y al que nunca desplazará, por la misma razón por la que un fantasma no puede expulsarnos de una habitación a empujones: habitan universos paralelos, acaso coincidentes pero que nunca se tocan.

Si el video pudo matar a la estrella de radio, el ebook sólo hará que los ejemplares de tinta y papel se valoren más, se aprecien por su despliegue material y palpable, por su belleza en cuanto objeto. Aun si se reserva para la lectura hedonista o el coleccionismo, el libro de papel se quedará con nosotros algunos siglos.

TAL VEZ NO HAYA mucho que añadir al diseño del libro, pero algunas de sus principales cualidades se han puesto en entredicho frente a su contraparte digital. De ser un objeto ligero, casi alado, presto para el viaje y la aventura, el libro se ha revelado, en plena era de la movilidad, como un auténtico fardo, y las bibliotecas personales como un lastre, visitadas por el demonio de la acumulación. El amor por los libros tiene un límite y suele medirse en kilogramos, de allí que la prueba de las bibliofilias auténticas se decida en las mudanzas.

Recuerdo ventas de saldos en que las editoriales establecían un tope a la avidez libresca: podías llevarte sólo los ejemplares que pudieras cargar tú mismo. Ni uno más. El propio espinazo convertido en la balanza de nuestra desmesura. Seguramente era una estratagema para disuadir a los libreros de viejo, esos colmilludos lobos de mar de la materia impresa, pero a la vez funcionaba como un criterio razonable y humano, que anticipaba un par de décadas las consignas de desprendimiento y orden de Marie Kondo.

De las tablillas de arcilla a las tabletas electrónicas, se ha ensayado con toda clase de soportes para fijar la escritura: piedra, metal, madera... En otro tiempo se apreciaba en particular la madera del árbol de boj. Como argumenta Irene Vallejo en su fantástico y erudito libro sobre el libro, El infinito en un junco, el rollo de papiro supuso un avance sin precedentes. Una vez que el aliento de las palabras pudo ser fijado en la sábana clara y flexible de una planta acuática de las orillas del Nilo, la proliferación del libro ya no se detendría más, hasta llegar a las montañas inconcebibles de hoy, en que se producen más de dos millones de títulos nuevos cada año en todo el planeta.

Mientras la fabricación de papel dependa de la tala de árboles y la deforestación, la búsqueda del soporte ideal para el texto seguirá su curso entre tanteos y experimentos que, quiero creer, apostarán cada vez más por el reciclaje. Idealmente, ese material del futuro subsanará uno de sus defectos ancestrales: la erosión y caducidad de sus fibras; pero se antoja muy improbable que algunos aspectos característicos del libro, como el formato rectangular o la disposición en códice, se puedan modificar sustancialmente.

George Orwell se curó de su bibliomanía después de limpiar miles de libros e intentar venderlos

BASTA IMAGINAR LOS ESTANTES de las bibliotecas antiguas, aquellas estructuras que debían lucir como colmenas del saber atiborradas de rollos desprovistos de lomo y difíciles de identificar, o bien practicar con una cartulina el proceso simultáneo de enrollar y desenrollar con ambas manos a medida que se avanza en la lectura, para reconciliarse con el compacto y muy manejable libro de la actualidad, que lo mismo cabe en un bolsillo que puede presumirse sobre la mesa del café, y aun se deja leer en medio de los apretujones del transporte público.

Para Borges, el libro es el instrumento más asombroso que haya inventado el ser humano, extensión de la memoria y la imaginación. Y no es poca cosa que también sirva para revestir paredes, para hacerse el interesante y afectar erudición cuando lo llevamos bajo el brazo, o bien para apuntalar la pata tembleque de una mesa. En un libro podemos sumergirnos durante días de felicidad y también, durante los trances difíciles, puede convertirse en tabla de salvación. Después de suspender la realidad o dejarla entre paréntesis por el lapso de algunas horas —ese paréntesis laberíntico que se desenvuelve a medida que damos vuelta a las páginas— ya no volvemos de la misma manera de sus pasillos imprevisibles, y no conozco mejor refugio para cambiar de ánimo o para disipar los sinsabores de un día cuesta arriba.

Pero el libro no está tampoco exento de perfiles sombríos. Emblema del deber, conglomerado de tareas escolares, símbolo del aislamiento y las ínfulas del sabihondo, lleva a muchos estudiantes a arrojarlo a fin de cursos por la ventana. En las culturas que se han desarrollado a partir de las religiones del libro, suele ser objeto de veneración y culto, pero su halo de respetabilidad puede ser tal que sólo muy pocos se sientan inclinados a traspasar el umbral de la portada.

Y aun cuando despierte furores, prohibiciones y se preste a toda clase de fetichismos —¿no es acaso el libro el objeto más coleccionado del mundo?— para la mayoría no deja de ser un objeto ajeno, a la vez intimidante y abstruso, poco más que el decorado de ciertas habitaciones silenciosas.

GEORGE ORWELL, quien trabajó una temporada en una librería de viejo, se curó de su ya avanzada bibliomanía después de limpiar miles y miles de libros e intentar venderlos cada día, obligado a hablar bien de ellos con hipérboles desmedidas e hipócritas, pero sobre todo a raíz de conocer de cerca a la clase de chiflados y obsesivos que se sienten atraídos por la imantación del papel. Aquel ejemplar que había sido objeto de búsquedas detectivescas y desvelos y por el cual estuvo dispuesto a desembolsar fuertes sumas, de pronto se transformó entre sus manos en un depósito de polvo y ácaros, un conglomerado de fibras vegetales y signos mudos, uno más de una larga hilera inabarcable...

Un lugar común de las reflexiones sobre el libro es la cita de Borges que he copiado más arriba; menos conocida es su descripción del libro que duerme en la estantería, a la espera de ser leído, como un simple “cubo de papel y cuero” que alberga “símbolos muertos”; imagen que encontramos repetida en muchos autores, por ejemplo en Emerson, de quien seguramente la tomó.

Conozco más de un sitio en que el libro es reducido a un mero cubo muerto. En el depósito de cartones y papeles de reciclaje, por ejemplo, donde también se venden libros usados, una caja, ¡una simple caja!, se cotiza mejor que un ejemplar... Y es allí a donde me dirijo en busca de cajas para transportar, una vez más, mis “libros alados”.