Danza y neurociencia: coreografía neuronal

Danza y neurociencia: coreografía neuronal
Por:

Cómo es que nuestro cerebro coordina los innumerables y precisos patrones de movimiento que permiten ejecutar una pieza de danza? La neurociencia cognitiva se ha acercado al mundo de la danza explorando los cambios de estructura y función que suceden tras entrenarse un bailarín, y también al observar la actividad cerebral mientras estamos realizando movimientos rítmicos u observamos a otros danzar.

Incluso antes de la emergencia del lenguaje verbal, el ser humano tuvo la necesidad de comunicarse corporalmente, de expresar sentimientos y estados de ánimo a través de gestos y movimientos. Esta forma de transmitir información se utilizó de forma ritual y social a través de la historia de la humanidad, dando a luz a lo que hoy conocemos como danza: esa forma artística en la que la experiencia estética se desprende del movimiento corporal en relación con el sonido y el tiempo.

En su libro El nacimiento de la tragedia, Nietzsche afirma:

Cantando y bailando manifiéstase el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y hablar y está en camino de echar a volar por los aires bailando. Por sus gestos habla la transformación mágica: El ser humano no es ya un artista, se ha convertido en una obra de arte. (Editorial Verbum, Madrid, 1973).

¿Por qué bailamos los seres humanos? Independientemente de la enorme variedad de estilos dancísticos, quien practica la danza incurre en una forma de expresión usada de forma ritual, social, escénica, experimental y terapéutica. Para quien la observa, es un espectáculo visual montado en el cuerpo humano, basado en la admiración de las innumerables posibilidades de músculos y articulaciones.

PROEZAS MUSCULARES

El neurólogo Charles Sherrington afirmó que “mover cosas es todo lo que el hombre puede hacer: ya sea para susurrar una sílaba o talar un bosque, el único ejecutante es el músculo”. Más de un investigador afirma que el sistema nervioso de los animales evolucionó, principalmente, para permitirnos el movimiento.

El cerebro tiene distintos sistemas para la motricidad. Empecemos por el final: la ejecución del movimiento es la última etapa del proceso, y se coordina en el lóbulo frontal, en la llamada corteza motora primaria. El neurocirujano Wilder Penfield pasó a la historia por descubrir la “organización somatotópica” de la corteza motora, lo que quiere decir que nuestro cuerpo está representado parte por parte en esta zona del cerebro. Estimulando la corteza motora primaria en pacientes que debían someterse a cirugías cerebrales, Penfield ubicó las neuronas destinadas a cada parte del cuerpo. Así descubrió que no todas las partes del cuerpo son controladas por la misma cantidad de neuronas: las zonas con mayor rango de movimiento y mayor control motriz tienen más neuronas a su cargo. Estas neuronas de la corteza motora primaria controlan las distintas partes del cuerpo enviando señales, a través de sus axones, hasta la médula espinal, donde activan otras neuronas que envían a su vez señales a los músculos, haciendo que se contraigan.

La pregunta es, entonces: ¿qué pasa antes? ¿Cómo se coordinan y planean estas acciones de modo que no nos movamos de manera errática y aleatoria, sino en una secuencia ordenada de desplazamientos que nos permitan interactuar con aquello que nos rodea? Para la planeación del movimiento son esenciales dos áreas adicionales de la corteza frontal, vecinas de la corteza motora primaria: la corteza premotora y la corteza motora suplementaria. Las neuronas de estas zonas se encargan de planear cada actividad, de elegir las secuencias de contracciones musculares necesarias, con su respectiva fuerza y trayectoria, para cada movimiento dependiendo del contexto.

Un elemento clave de la danza es la capacidad de ubicarnos y movernos en el espacio. Para que las áreas de movimiento realicen su trabajo resulta esencial que reciban información sobre el entorno y la posición del cuerpo. Esto se logra integrando la información de dos vías sensoriales distintas: la primera es la visuoespacial, que nos permite percibir dónde está nuestro cuerpo en relación con aquello que nos rodea. Pero el sentido de la vista no es el único que informa al cerebro sobre el cuerpo y su entorno: si cerramos los ojos y dejamos nuestra mano derecha justo donde está, podremos ubicar dónde y en qué posición está cada uno de nuestros dedos. Hacer esto es posible gracias a una serie de receptores nerviosos, ubicados en los músculos y articulaciones, que envían información de vuelta al cerebro, generando un esquema corporal. A este sentido de la posición corporal se le llama propiocepción, y hay quien afirma que es nuestro sexto sentido.

Cuando bailamos, la información sensorial —visuoespacial y propioceptiva— llega a nuestro lóbulo parietal, donde se procesa y se envía a las áreas de planeación y ejecución del movimiento en el lóbulo frontal. Mientras nos movemos al son de alguna melodía, estas estructuras se comunican en bucle: la corteza motora envía señales para contraer nuestros músculos y mover nuestras articulaciones, que a su vez envían señales propioceptivas de regreso al cerebro para informar de nuestra nueva posición y continuar moviéndonos de forma adecuada.

Además de estas redes, existen otros sistemas que regulan la actividad de la corteza motora. El cerebelo, por ejemplo, está ubicado en la parte posterior del cerebro, y recibe señales nerviosas de las cortezas motoras, los órganos de propiocepción y también del oído interno, que se encarga del balance y equilibrio. Esto permite al cerebelo integrar toda esta información para coordinar movimientos complejos, prediciendo y corrigiendo de esa manera posibles errores de ejecución.

Bailar requiere entonces de conciencia espacial, sentido de la posición, balance, coordinación y métrica. Pero, a diferencia de la gimnasia o la natación, que también implican una serie de movimientos complejos, en la danza se vuelve esencial aquello que caracteriza la práctica artística: la intención y la expresión emocional. En palabras de Nietzsche, para participar “en el baile cósmico de los astros” resulta fundamental la interacción de estas redes de movimiento con el sistema emocional de nuestro cerebro: el sistema límbico.

"El aprendizaje dancístico genera cambios en el cerebro, gracias a la neuroplasticidad… Eso resulta interesante para quienes estudian el envejecimiento cerebral".

ESPEJOS NEURONALES

¿Qué permite a los bailarines realizar las proezas corporales que suelen impresionarnos? La maestría en danza requiere una serie de capacidades complejas. En la última década, los estudiosos de la neurociencia de la danza han aplicado diversas técnicas para estudiar los procesos cerebrales detrás de esta práctica artística.

Analizar la actividad neuronal de un bailarín en acción no deja de ser un reto, pues la neuroimagen funcional (que realiza mediciones de actividad cerebral en tiempo real) requiere de aparatos que normalmente comprometen la movilidad del sujeto de estudio. Por esto, muchos de los primeros acercamientos a la neurociencia de la danza se enfocaron en responder qué sucede en los cerebros de los bailarines cuando observan videos de otras personas bailando. Esto no es descabellado: gran parte del aprendizaje dancístico sucede al observar, para poder imitar los movimientos de los demás.

Estos estudios demostraron que los bailarines tienen especialmente activa la llamada red de observación de la acción. Esta red, fundamental para interpretar las acciones de otros, incluye las famosas neuronas espejo, que se encuentran en la corteza premotora y tienen la particularidad de activarse cuando realizamos un movimiento y también cuando estamos quietos mirando a otro realizarlo. Al ver videos de danza, los bailarines exhiben mayor actividad de esta red de observación —en especial de la corteza premotora— comparados con los no bailarines. Además, el grado de actividad depende de su entrenamiento: por ejemplo, un estudio comparó la actividad de bailarines de ballet al observar movimientos de ballet o movimientos de capoeira. Los resultados revelaron que las redes de observación de acción de los bailarines estaban mucho más activas al ver los movimientos de ballet en los que eran expertos, sugiriendo que, para los bailarines, observar un movimiento conocido es suficiente para practicarlo mentalmente.

Sabemos que observar no es lo mismo que bailar. La actividad cerebral de los bailarines también se ha estudiado mientras realizan algunas tareas de danza simplificadas, como mover las piernas al ritmo de la música o jugar un videojuego de baile. Estos acercamientos han mostrado que, al igual que los músicos, los bailarines tienen mayor capacidad para integrar la información auditiva con los patrones de movimiento, función esencial para poder sincronizarnos con la música y reaccionar a cambios de ritmo y melodía. Con el desarrollo de nuevas tecnologías, nos acercamos cada vez más a la posibilidad de medir la actividad del cerebro de un bailarín en acción: con dispositivos portátiles de electroencefalograma y sensores en las articulaciones, ya se realizan los primeros experimentos que estudian la neurociencia de la danza de una forma más natural, midiendo la actividad cerebral y muscular de los bailarines en su verdadero rango de movimiento.

Otro hallazgo importante de la neurociencia de la danza es que los bailarines no sólo tienen buenas capacidades de propiocepción, el sentido de la posición de músculos y articulaciones, sino que también tienen más desarrollada la llamada interocepción. Ésta se define como la capacidad de procesar nuestros estados corporales —las señales que llegan al cerebro desde nuestros órganos internos, informando de nuestro estado hormonal y visceral. A pesar de que nuestros cerebros procesan buena parte de esta información sin que nos percatemos, la interocepción juega un rol decisivo en el control emocional y la toma de decisiones. Diversos estudios han mostrado que los bailarines pueden percibir sus estados corporales con mayor precisión, sugiriendo que la danza puede ayudarnos a mirar hacia adentro, facilitando la comprensión y expresión de lo que pasa en nuestro cuerpo y promoviendo la autoconciencia. Por ello, algunos investigadores postulan que esta concientización de los estados corporales a través de la danza puede jugar un papel importante para fomentar el control de impulsos y combatir las adicciones.

[caption id="attachment_1162661" align="alignnone" width="696"] Edgar Degas, Bailarina. Escultura en bronce, 1920. Fuente: twitter.com[/caption]

NEUROPLASTICIDAD Y DANZATERAPIA

La danza es una actividad sofisticada, mezcla de entrenamiento atlético y artístico que se hace posible al combinar nuestros circuitos cerebrales de percepción, cognición, emoción y acción. Además de eso, la danza es una actividad social, pues en la mayoría de los casos depende de la coordinación y sincronía con otros seres humanos. Imitar el movimiento de los otros es central para comprenderlos: las mismas neuronas que están activas en la red de observación de acción —las famosas neuronas espejo— están involucradas en el reconocimiento de emociones y la cognición social, capacidades fundamentales para la empatía.

Los estudios de neurociencia cognitiva de la danza han confirmado que el aprendizaje dancístico genera cambios en el cerebro, gracias a la neuroplasticidad. Esa capacidad del cerebro de generar nuevas conexiones con nuevos aprendizajes resulta interesante para quienes estudian el envejecimiento cerebral, pues a través de ella pueden contrarrestarse algunas de sus consecuencias. Recientemente, un estudió sugirió que la danza podría tener mayores beneficios para revertir el deterioro cognitivo relacionado con la edad que el mero ejercicio aeróbico. Recordemos que la danza no sólo nos beneficia al mantenernos activos físicamente: también desarrolla la conciencia de nuestros estados internos, ejercita nuestra memoria, afina nuestra motricidad, nos permite la expresión emocional y nos aproxima a otros seres humanos. En palabras del doctor Francisco Gómez-Mont, investigador mexicano que se interesa en la relación entre neurociencia y danza, ésta “conjuga tres elementos cuyo beneficio para la salud se ha documentado por separado: la experiencia musical, el ejercicio físico y el estado mental tipo meditación”.

Si bien el potencial sanador de la danza ha sido utilizado desde hace cientos de años en rituales mágico-religiosos, registrados casi universalmente en distintas culturas, hasta hace poco tiempo ha habido reticencia a tomarlo en serio desde la biomedicina. Hoy en día, los contundentes hallazgos de la neurociencia de la danza confirman que es pertinente seguir abordando su potencial terapéutico también desde el ángulo científico.

Referencias

K. Rehfeld, A. Lüders, A. Hökelmann,  V. Lessmann, J. Kaufmann, T. Brigadski, P. Müller & N. G. Müller (2018), “Dance Training Is Superior to Repetitive Physical Exercise in Inducing Brain Plasticity in the Elderly”, PloS one, 13 (7), e0196636. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0196636

F. J. Karpati, C. Giacosa, N. E. Foster, V. B. Penhune & K. L. Hyde (2015), “Dance and The Brain: A Review”, Annals of the N. Y. Academy of Sciences, 1337: 140-146. https://doi.org/10.1111/nyas.12632

J. F. Christensen, S. B. Gaigg, B. Calvo Merino (2018), “I Can Feel My Heartbeat: Dancers Have Increased Interoceptive Accuracy”. Psychophysiology, 55, e13008. https://doi.org/10.1111/psyp.13008