El entramado de Madame Bovary

El entramado de Madame Bovary
Por:

Comienzo de la primera carta de Flaubert a Louise Colet:

Medianoche. 4 de agosto de 1846.

Hace doce horas aún estábamos juntos; ayer, a estas horas. Te tenía en mis brazos... ¿Recuerdas? ¡Qué lejos queda ya! Ahí están, mientras te escribo, tus zapatillitas; las tengo ante los ojos, y las miro. Acabo de guardar, a solas y bien encerrado, todo cuanto me regalaste...

Última carta a Louise, diez años después:

París. 6 de marzo de 1855.

Señora: Me he enterado de que se tomó la molestia de venir tres veces, ayer por la tarde, a mi casa. No estaba. Y, temiendo las afrentas que semejante persistencia por su parte podría atraerle por la mía, la cortesía me induce a advertirle que nunca estaré.

La saludo atentamente.

No es por morbosa curiosidad de chismes o miserias de la vida privada que las cartas de Flaubert a Louise Colet se hayan constituido en las más fascinantes de la Correspondencia. Son el único testimonio del progreso de Madame Bovary, página a página, día tras día, año tras año, una crónica de los esfuerzos, aciertos y derrotas del autor que convive con sus personajes en una intimidad más honda y comprometida en emociones que la que tiene con amigos, familiares.

El “oso” o “ermitaño”, como a Flaubert le gustaba llamarse, o “el viejo muerto para la vida” como se declaró a los veinte años, sin proponérselo desnuda en cartas que no pensaba publicar su verdadera naturaleza, la de escritor. Pero en tal magnitud que el retrato del novelista, del artista entregado a su arte, puesto en el marco de las caricias y los tormentos de un amor, por momentos se acopla en genio, versatilidad y experiencias a la novela en que trabaja.

No hay introducción a cualquier biografía de Flaubert que omita agradecerle a Louise Colet el haber inspirado las cartas que siguen cada paso de una novela en la voz del autor. Sin Louise y sus tantos amantes que más que el sentimiento acumulaba el deseo de triunfar como receptora de premios y subvenciones, no tendríamos esa suerte de diario íntimo de Emma Bovary y de su creación, ni las espléndidas, cálidas notas de Flaubert sobre la escritura.

"Las cartas de Flaubert a la Musa documentan la escasa inteligencia de aquella diosa de los salones de París, la falta de talento literario y el único deseo que la sostuvo durante tantos años: casarse con él".

DE LA PASIÓN A LA RETIRADA

Louise Révoil, su nombre de soltera, nacida el 15 de septiembre de 1810, se casó en 1825 con el músico Hippolite Colet, de quien conservó el apellido. Los primeros versos que publicó no tuvieron éxito pero le abrieron la puerta a una carrera de contactos que supousufructuar con tenaz persistencia a lo largo de toda su vida. En 1838 enamoró al prestigioso filósofo Victor Coussin, quien la mantuvo dieciséis años con paciencia y sumisión a sus caprichos.

Ya en su tiempo la llamaban la Musa.

Y lo fue, de reflejo.

Dado que la costumbre imponía a los hombres un mínimo de halago y elegancia para acceder al cuerpo de una mujer como ella, y que el círculo en que se movía era de filósofos (Coussin y otros), artistas (el famoso escultor Pradier), escritores y poetas (Victor Hugo, Musset), miembros de la Académie Française, críticos literarios y dramaturgos, entonces sus admiradores, luego amantes, la adulaban con regalos acordes a ese mundo. Páginas de recomendación a la Academia, bustos, pinturas, poemas de alta calidad, silenciando lo que comentaban en privado. Que era una poeta mediocre, una incansable pedigüeña de plata, una enemiga peligrosa (apuñaló con un cuchillo de cocina a un periodista que se burló de ella, víctima que sobrevivió al ataque, enmarcó el cuchillo y lo colgó en su sala para seguir burlándose), una vengadora febril de quienes la dejaban o que ella misma rechazaba.

Las cartas de Flaubert a la Musa documentan la escasa inteligencia de aquella diosa de los salones de París, la falta de talento literario, la sensiblería y el único férreo deseo que la sostuvo durante tantos de años de cartas suplicando, acusando, insultando, adorando a ese amante siempre en fuga: casarse con él.

¿Por qué pasado el encantamiento y la dicha de Gustave en las primeras citas, pasión que fue apagándose hasta convertirse en una retirada prudente, las cartas a Louise no se interrumpieron? Por el contrario, engrosaron y se enriquecieron, entre peleas y reconciliaciones, con el relato de dos batallas paralelas, la historia de Madame Bovary mientras Flaubert la escribía, y el correo amoroso. Amor de una mujer que no cejaba en el empeño de unirse a él públicamente, y amor de un hombre que juraba que nunca iba a casarse, que ella debía atesorar los escasos momentos de encuentro, la gloria de ser la Única, la Amada eternamente.

[caption id="attachment_1162652" align="alignnone" width="709"] Retrato de Gustave Flaubert (1821-1880). Fuente: magnoliabox.com[/caption]

Él no podía (y se lee en las palabras de Flaubert un estremecimiento de espanto) ser marido, ser padre, ni siquiera ser un amante fijo, un protector como Victor Coussin. Con sensatez, Flaubert insistía en sus incapacidades. Le contó que sufría ataques de una enfermedad nerviosa que no le permitía salir del encierro en Croisset ni tratar gente, y además, sobre todo, su pobre madre dependía absolutamente del hijo y de su presencia.

Se ha escrito, se ha debatido sobre la personalidad de Flaubert a través de la Correspondencia. Desde las ridículas interpretaciones freudianas de Sartre en El idiota de la familia, que lo pinta como un Edipo de caricatura, un burgués que sólo habla de plata, hasta las señas de cierta perversión escondida bajo la máscara de un buen tipo que es víctima del acoso de una loca. Perversión en la ambigüedad que señala Vargas Llosa en La orgía perpetua, ese ensayo radiante de inteligencia sobre Madame Bovary. Porque cuando Louise se aleja, cuando ya parece que aceptaría la ruptura, es Flaubert quien la busca. Y la encuentra.

De las excusas de Flaubert para mantenerse a distancia de la Musa, muchas son perfectamente comprensibles y ciertas, salvo en detalle.

Las crisis nerviosas existieron. De una de ellas fue testigo una aterrada Louise Colet, con su amante en convulsiones y echando espuma por la boca. Pero eran tan puntuales en coincidencia con lo que hoy llamamos una situación de estrés, como infrecuentes. No le impidieron el viaje a Oriente que abarcó año y medio en territorios peligrosos, ni esas visitas a París que ocultaba a Louise para encontrarse con amigos y con mujeres. Tampoco mintió cuando le repetía a Colet que su madre moriría de pena si él la dejaba o se casaba.

Madame Flaubert vivía aferrada a aquel hijo enfermizo que había exigido tantos cuidados de la familia, que no pudo estudiar —su hermano Achille se recibió de cirujano y la carrera lo sacó del hogar— porque era el único varón que le quedaba en casa.

A la muerte del padre de Flaubert en enero de 1846, en marzo del mismo año siguió la de Caroline, la hermana que Gustave quería tanto. Murió de fiebre puerperal después de haber dado a luz una niña, Desirée-Caroline, que el tío cuidó e instruyó como si fuera su hija. El dolor por las muertes se expresa en una carta de Flaubert como el insoportable silencio del vacío. Fue en ese mismo año, 1846, que conoció a Louise Colet.

Mientras Gustave se defendía de la insistencia de Louise en ser presentada a Madame Flaubert con la excusa de sus deberes filiales, callaba un dato embarazoso: él dependía económicamente de la madre. Gustave se veía obligado a recibir dinero de esas propiedades familiares que las madres viudas administraban y que, como la parte de una herencia, nunca era suficiente, al menos para estar a tono con los gustos del artista y la exigencia de la sociedad. La madre de Flaubert era tiránica pero no tacaña; el viaje a Oriente del hijo costó una fortuna.

La educación de Flaubert en el plano poco sentimental de sus gastos fue nula. “Mi incapacidad en materia de dinero, o más bien la repulsión que me causa, ha llegado en mí a tal punto que raya en la imbecilidad o en la demencia”, confesaría. Y a su amigo, el escritor ruso Iván Turgéniev: “¿Es usted como yo? Antes prefiero dejar que me despojen que defenderme, no por desinterés sino por aburrimiento, por cansancio”.

Vivir en la burbuja campesina de Croisset, a salvo del repugnante debe y haber en plata de una estancia de pobre en París, era la paz indispensable que exigía escribir las grandes obras que soñaba. Perder esa paz, imposible. Y Colet era una amenaza seria. No tanto para la madre de Flaubert, que se escandalizó cuando el hijo no quiso recibir a Louise en la casa, una noche en que la amante desesperada se presentó a golpear la puerta, sino para el escritor. Flaubert la echó, obligándola a volverse sola a un hotel del pueblo. Pero las cartas continuaron.

"A medida que avanzaba la novela, se alargaban las ausencias de Flaubert y las esperas de su amante... Cuando se encontraban, el amor era ardiente pero breve".

ARREBATOS SUBLIMADOS

Flaubert a Louis Bouilhet:

Es delicioso escribir. Hoy he sido a un mismo tiempo hombre y mujer, amado y amada, me he paseado por un bosque en una tarde de otoño, bajo las hojas amarillas, y yo era los caballos, las hojas, el viento, las palabras que ellos decían y el sol rojo que les obligaba a cerrar los párpados anegados de amor.

Flaubert a Louise Colet:

A mi novela le cuesta arrancar. Tengo flemones de estilo y la frase me pica sin salir. ¡Qué remo tan pesado es una pluma, y qué dura corriente es la Idea, cuando hay que penetrarla con tal remo! [...] Adelanto trabajosamente en mi libro. Estropeo una cantidad de papel considerable. ¡Cuántas tachaduras! ¡Malditos sean los asuntos sencillos! Si supieras cómo me torturo con ellos, te apiadarías de mí. Ya estoy ensillado al menos para un año largo. [...] La noche del domingo me encuentra en medio de una página que me ocupó todo el día y que está lejos de acabarse. [...] Tienes muchas ganas de verme, querida Louise, y yo también. Siento la necesidad de besarte y tenerte en mis brazos. Espero, más o menos a fines de la semana próxima, poder decirte cuándo nos veremos...

Hubo dos años en que los amantes se vieron solamente seis veces. A escondidas de la madre de Flaubert y, ¿por qué no? de la novela, del sacrificio de escribir con “un remo”, de la escena de los Comicios Agrícolas.

Curiosamente, las cartas o los comentarios de Flaubert a los amigos como Bouilhet hablan de entusiasmo por un avance o de mera fatiga de escritor. Es a la Musa a quien le toca recibir las quejas, las náuseas, el melodrama del artista que lucha contra la falta de inspiración y el enclaustramiento por un trabajo que le impide salir de Croisset para abrazarla más allá de un par de horas.

[caption id="attachment_1162654" align="alignnone" width="945"] Carta de Flaubert a Louise Colet, 19 de junio de 1852. Madame Bovary, primera edición, Michel Lévy Frères, París, 1857. Fuentes: hotelslitteraires.fr, Iberlibro.com[/caption]

No tenemos las cartas de ella pero bastan las de Flaubert para enterarnos de la furia de Louise. Un escritor tiende a retomar algo del capítulo que antecede a una página nueva y él era, en cada circunstancia, un novelista. Su contestación a los reproches de la amante plantada en una cita, abandonada por un viaje con la familia, una excursión que la excluye, cenas a las que no se la invita, un capítulo de esa novela que a él lo martiriza y a ella la posterga, trae un resumen de las quejas de Louise en el mismo encabezamiento de la misiva de respuesta. Resumen que por la precisión y la sabiduría, parece recortado de alguna escena de Madame Bovary, como esas páginas que tiró porque no se ajustaban al tono que demandaba su novela.

“Quiero que no haya en mi libro ni un solo arrebato, ni una sola reflexión del autor”, le escribía a Louise. Los apartaba —arrebatos y reflexiones— para volcarlos en cartas a la Única.

A medida que avanzaba la novela, se alargaban las ausencias de Flaubert y las esperas de su amante. De semanas pasaron a meses. Luego, con una exactitud de almanaque, las citas se ajustaron a la fecha de la terminación de un capítulo.

Cuando se encontraban, el amor era ardiente pero breve, y las despedidas amargas. Los lloros de la Musa se tornaron violentos. Una noche, mientras Flaubert escuchaba la letanía insultante de Louise, ella empezó a patearle las piernas. Flaubert contó a los hermanos Goncourt que estuvo a punto de matarla y que el impulso lo horrorizó.

“Abandonarlo, romper con él, ni siquiera lo pienso, a pesar de las torturas que me inflige, y además ¿a quién amar?”, escribió Louise en su diario.

Es imposible no compadecerla. Como a Emma Bovary, la pasión la cegaba. Como ella, terminaba humillándose ante un hombre que le negaba lo que ella demandaba, matrimonio o dinero. Y, como el personaje, seguía preguntándose “¿a quién amar?”, mientras se iba entregando a otros amantes.

[caption id="attachment_1162653" align="aligncenter" width="655"] Carta de Flaubert a Louise Colet, 19 de junio de 1852. Madame Bovary, primera edición, Michel Lévy Frères, París, 1857. Fuentes: hotelslitteraires.fr, Iberlibro.com[/caption]

EL SELLO DE ÁGATA

En 1859, Colet publica “Amor nel Cor”, siete estrofas que componen un relato feroz sobre un detalle que la poeta descubre en Madame Bovary. En esa novela que Louise califica de “digna de un dependiente”, Emma le regala a su amante Rodolphe un sello de ágata idéntico al que Louise había dado a Flaubert. El mismo sello en que ella “había gastado los únicos luises de oro que le quedaban”. Si alguien le habló a Flaubert sobre aquel librito no lo sabemos. Estaba enfrascado en una corrección de las pruebas de imprenta.

A ese ataque siguió Él (Lui), otra novelita de Colet que cuenta sus amores con Flaubert y Musset, convertidos en personajes por un simple cambio de nombres. Léonce (Flaubert), confidente de la protagonista, es retratado como un hombre insensible, avaro, un imbécil “que trabaja como un fanático en la elaboración de un gran libro”. Esta vez, los comentarios, las preguntas, irritan a Flaubert. Se ríe pero admite: “Me lo tengo merecido por haberme acostado con Musas”.

La confesión pública de amores desdichados o felices mediante el roman à clef (novela en clave) con un mero cambio de nombres, era común. Amantes despechados, escritores o poetas usaban ese recurso como cartas abiertas en libros, revistas o diarios sin pudor. La clave era un secreto a voces del mundo artístico de París aunque a fuerza de acumulación de intimidades al desnudo, el escándalo tenía una vida corta. Y Louise Colet no era la famosísima George Sand, quien acababa de publicar un best seller sobre sus relaciones con Musset.

La rabiosa denuncia contra el uso que Flaubert había hecho del precioso sello de ágata fue pasada por alto como una de las tantas boberías de esa mujer insoportable que no le perdonaba la ruptura. En parte debió generar la afirmación de Flaubert, “Madame Bovary soy yo”, seca, contundente, último portazo al amor y a las cartas, para que no quedaran dudas sobre la creación de Emma Bovary. Era únicamente suya, sin necesidad de ese material barato, el modelo en disfraz de las novelitas en clave.

De un modo u otro, los escritores siempre han estado y están expuestos a una pregunta clásica: ¿a quién usó el autor para crear tal o cual personaje? Si no se inquiere, se deduce entre la indignación de conocidos, amigos, parientes, cuando creen encontrar su sello de ágata en la figura del villano o villana de la novela recién publicada. No importan ni el tema ni el desarrollo de la historia, la identificación encoleriza a quienes se sienten injustamente usados. Suele tratarse de personas que no pertenecen al oficio. “Sólo quienes no escriben, creen que escribir es fácil”, opinó Thomas Mann. Yo agregaría: sólo ellos creen que la facilidad consiste en hacer meras copias de una experiencia personal.

Este error de lectura, mezcla de arrogancia y de ingenuidad, ha causado ilusiones fuera de contexto sobre virtudes, maldades o amores que supuestamente alguien inspiró, y no pocas peleas a puño limpio si el retrato es vergonzoso, como el de aquel amigo de Hemingway que lo buscó para romperle la cara. El personaje era secundario, del indignado nadie recuerda el nombre. En cuanto a la reacción del novelista, suele ser de estupor.

A menos que deliberada, panfletaria o confesionalmente utilice a una o varias personas de su entorno y quiera que se sepa, una vez publicada la novela, el escritor tiene que hacer memoria para buscar el bendito sello de ágata. Una larga memoria, un camino inverso a la obra terminada y pleno de bifurcaciones y cortes. ¿Qué sello? Ah, ése, sí, claro, pero qué importa. La escena exigía un regalo, una marca de amor, el sello estaba a mano, para qué la necesidad de inventar otra cosa.

De todos los geniales hallazgos del pensamiento de Flaubert sobre la novela, su frase más citada, “Madame Bovary soy yo”, es también la más reveladora de la compleja artesanía que impone la creación de un personaje.

Lacónica y orgullosa, esa respuesta célebre condensa en cuatro palabras la réplica de una autoría amenazada por la fragmentación en detalles triviales y ajenos a la obra. Autoría que se prueba a sí misma, según Flaubert, en el trabajo de cada una de las piezas que componen la narración.

Emma Bovary es parte inseparable del ámbito que la contiene. Sin los otros personajes, como el fatuo e inolvidable farmacéutico Homais, sin el clima asfixiante de Normandía, sin el baile en el castillo cuyo refinamiento emborracha a una mujer hastiada de su casa y de un marido rutinario, Emma no existiría. Incluso su tragedia se va armando fuera de ella, en las escenas en que aparentemente no tiene otra participación que estar ahí, como las del capítulo de los Comicios Agrícolas, que demandó a Flaubert un largo trabajo de investigación. Esa escena “jodida” por el esfuerzo de combinar simultáneamente, al modo de una sinfonía, la vulgaridad pretenciosa de los discursos de las autoridades del pueblo, la tosquedad y la sumisión de los campesinos, el olor a estiércol del ganado, con la sensualidad perfumada de la seducción de la señora Bovary por Rodolphe, el aristocrático terrateniente que parece venir a rescatarla de esa ventana a la que Emma se asoma cada día mirando siempre el mismo paisaje polvoriento.

Como le cuenta a su amigo Bouilhet mientras escribe Madame Bovary, Flaubert ha sido “a un mismo tiempo hombre y mujer, amado y amada, me he paseado por un bosque en una tarde de otoño”. Ha sido Emma y los sueños de Emma.

Igual que ella, Flaubert se ahoga mirando desde la ventana de Croisset el panorama odioso de Rouen, pero no podrá abandonarlo. Sólo escribiendo se siente liberado y a veces, raras veces, feliz. Cada página que comienza con entusiasmo será mancillada por tachaduras y por una amarga sensación de fracaso cuando la escritura lo traiciona, como a Emma olvidada y endeudada la dejan sus amantes. Y sin embargo sigue, invierte, logra. Poco después, la pasión de la literatura y el éxito de la novela concluida lo separan definitivamente del personaje y de la amante.

¿Fue consciente Flaubert de cuánto hubo de su propia intimidad, de sus deseos, sus delirios, ambiciones y odios en el retrato de Madame Bovary? ¿Y cuánto hubo de Louise? Nunca lo sabremos. Sólo las cartas a Colet señalan entre líneas una utilización del material de sus amores y a dos bandas. Como la marca de agua de los papeles finos, Louise se transparenta bajo la luz de la lectura. Pero no es más que eso: la marca de agua de una página en blanco. Una firma curiosa insertada en la trama de la gran novela de Flaubert sin que explique o defina esa historia y esos personajes creados por su imaginación y su genio.

"Louise, enamorada del amor, y como Emma, más enamorada de sí misma que de un hombre, sólo leía en las cartas de Flaubert si él la amaba o no".

LA MUERTE DE COLET

Marzo de 1876. Carta de Flaubert a la señora Roger des Genettes.

¡Un final más! ¿Recuerda usted el pisito de la calle de Sèvres? ¡Qué miseria la nuestra!

La pena de Flaubert al enterarse de la muerte de Louise Colet en marzo de 1876 fue sincera. La había querido de verdad en los días de juventud, en el comienzo de esa relación que los uniría durante diez años en una intimidad epistolar, en el entresijo de citas secretas, trenes, posadas y mediadores de las cartas de esos amantes enemigos.

La quiso a su manera, con un agradecimiento de joven escritor que no olvidará a la primera persona que lo admiró y estimuló sin necesidad de una prueba de talento. Ya harto del acecho y los reclamos de esa mujer, no dejó de ayudarla con dinero cuando podía, ni de corregir sus poemas, aconsejándola, guiándola a la lectura y a una disciplina de trabajo, inútilmente. Llegó a escribir un artículo sobre moda que ella firmó y que a él lo divirtió cuando lo publicaron: “Si supieran que es mío...”, se reía con su amigo Bouilhet.

También la quiso por necesidad. La de un confidente de la obra que tenía entre manos. Además, ¿a quién contar las dificultades, los peligros de la novela que se había propuesto y que avanzaba tan lentamente, sin escuchar objeciones o sugerencias de un colega que agravarían su propia inseguridad?

Louise, enamorada del amor, y como Emma, más enamorada de sí misma que de un hombre, sólo leía en las cartas de Flaubert aquello que la concernía: si él la amaba o no.

Absorta en su persecución, en ningún momento advirtió cuánto se parecía a ella en los defectos el personaje de Emma que Flaubert le comentaba con desprecio. ¿Cómo relacionar a una baja provinciana de Normandía con una poeta exquisita que París celebraba? Ni siquiera en las deudas que iba contrayendo y que le enumeraba a Flaubert desgarradoramente para pedirle un préstamo, se identificó con las deudas de la heroína. Adúltera con perfecta naturalidad, ¿por qué debía tomar en serio las consecuencias de las escapatorias amorosas de Emma?

En el diario de Colet y en las cartas de Flaubert no hay huellas escritas de la amante reconociéndose en Bovary. Quizá las hubo y alguien las destruyó. Pero no es probable. Louise habría estallado en su ira ya crónica y con otra novela, por no perderse la satisfacción de inspirar aquel maldito personaje, de haber vivido en la imaginación de ese monstruo de egoísmo. En todo caso, la revelación habría llenado cartas entre los amantes, más otros documentos de amigos o testigos de la pelea. Louise apenas vio el sello de ágata, un detalle menor pero tan vívido que oscureció el resto de la trama.

Un toque de trágica locura se manifiesta en ella veinte años después de la separación definitiva, en el viaje a Egipto que hizo con Théophile Gautier para la inauguración del Canal de Suez en 1869. Escribió en su diario que quiso conocer a las prostitutas de las cuales él hablaba (“esas seductoras danzarinas que a él le sirvieron para herir y trastornar mi corazón”) y las buscó en El Cairo. También apunta que en una alucinación vio al mismo Flaubert evocando su amor, pero ella le replicó que ya no podía dominarla.

El sueño de Louise Colet terminaba en un patético anatema: “La simpatía que él despierta en los pútridos periódicos no tendrá eco en el porvenir. No escapará a su castigo”. Así como la vanidad le impidió a la Musa identificarse con Madame Bovary, el odio, piadosamente, no le dejó imaginar la última y humillante escena de su drama.

A pocos días de la muerte de Flaubert, Goncourt, preocupado y escandalizado, anotó en su diario esta opinión sobre la sobrina heredera, Caroline:

No hace más que hablar del dinero que se puede sacar de las obras del difunto, dando muestras de tan extraño interés por la correspondencia amorosa del pobre amigo, que da la idea de chantajear a las amadas supervivientes.

Y así fue que Caroline compró a Henriette, la hija de Louise Colet, las cartas que el tío había escrito a su amante.

Louise tampoco pudo prever que esa correspondencia dolorosa para ella y salpicada por las gotas de arsénico de la indiferencia de Flaubert hoy sean leídas con admiración y agradeciéndole su papel de testigo del proceso de una obra maestra. Papel secundario y amargo para una mujer que sólo quería casarse con un escritor importante y con dinero suficiente para pagar sus deudas. Porque Louise Colet no era Madame Bovary. Fue Flaubert quien volcó amorosamente, exclusivamente, en el camino de Emma hacia la ruina y la muerte, la trágica grandeza que la hizo inolvidable.