Elogio de la bicicleta

Elogio de la bicicleta
Por:

El abuelo Andrés hacía todas sus diligencias montado en bicicleta: pagar la luz, ir por el mandado, recogerme del kínder, visitar a familiares. En cuanto yo misma aprendí a andar en ella, me di cuenta de que no sólo era un medio de transporte, sino un vehículo libertario. Disfrutaba cuando nos juntábamos en una flotilla de entre diez y quince niños —yo era la única mujer— y andábamos por las calles de la colonia; nos encantaba serpentear por callejones y aumentar la velocidad por avenidas amplias. Sentíamos que el espacio era nuestro, nos aferrábamos a esa incomparable sensación de libertad. Cuando cumplí quizá catorce años mis padres me sugirieron que pedaleara sola, no era bien visto que lo hiciera rodeada de hombres; de todos modos la pandilla se disolvió porque los muchachos que tuvieron la posibilidad cambiaron las bicis por motos y carros. Continué dando largos paseos sola, hasta que la abandoné al entrar a la universidad.

UN POCO DE HISTORIA

El origen y la evolución de las bicicletas tiene una larga historia. Los inventos, a menudo, dan respuesta a una necesidad apremiante. El año sin verano, uno de los fenómenos naturales más escalofriantes de la historia, ocurrido en abril de 1815, detonó acontecimientos naturales que dejaron al ser humano desprotegido, hambriento y desamparado. El monte Tambora hizo erupción en Indonesia con tal furia que millones de cenizas se esparcieron por el planeta, el cielo se oscureció y el clima cambió drásticamente. Miles de personas murieron de hambre y enfermedad. Hubo escasez de alimentos, se dificultaron las comunicaciones, el temor ante el inminente fin del mundo provocó fanatismo religioso, los problemas sociales se agudizaron, hubo enormes migraciones. Ése fue el escenario en el que Mary Shelley engendró al mítico monstruo Frankenstein. Y también en ese contexto, el alemán Karl Friedrich Christian Ludwig Freiherr Drais von Sauerbronn inventó un transporte para reemplazar a los caballos que en 1817 escaseaban por las terribles condiciones climáticas. Lo bautizó Laufmaschine, o sea “máquina andante”, y fue nombrado Draisine en honor a él. Veintinueve años después, el herrero escocés Kirkpatrick Macmillan agregó pedales al cuadro originalmente unido a las ruedas delantera y trasera, así como un asiento y un sistema de dirección. Con el tiempo varias personas se apropiaron de la idea y la mejoraron: Gavin Dalzell de Lesmahagow, Robert William Thompson, Ernest Michaux y James Starley. Por su lado, John Kemp Starley creó la primera bicicleta con un sistema de cadena integrado a las dos ruedas y frenos. Luego, gracias a los neumáticos con cámara de aire desarrollados por el irlandés John Boyd Dunlop y al sistema de llantas y neumático interno de Edouard Michelin nació el modelo moderno; fue llamada seguro porque evitaba los accidentes que las demás máquinas producían. Lo anterior desencadenó el boom de las bicicletas en 1890, pues las hizo más cómodas y de fácil compostura.

En poco tiempo su uso se generalizó y algunos escritores plasmaron sus experiencias en el nuevo vehículo. Mark Twain narra en el ensayo “Domando la bicicleta” sus esfuerzos para aprender a andar y se muestra muy orgulloso de haberlo logrado luego de ocho días de lecciones diarias. Twain advertía: “Consigue una bicicleta. No te arrepentirás, si sobrevives”. Por otro lado,Arthur Conan Doyle recomendaba: “Cuando el día se vuelva oscuro, cuando el trabajo parezca monótono, cuando resulte difícil conservar la esperanza, simplemente sube a una bicicleta y date un paseo por la carretera, sin pensar en nada más”. Además incluyó las dos ruedas en varios de los relatos de Sherlock Holmes, como en “La aventura del ciclista solitario” (1904). Zola pedaleaba tanto que en 1898 el International Herald Tribune dijo en el artículo “Zola’s Locomotion”: “Hasta M. Émile Zola, que vive como un filósofo, exclusivamente en pos del desarrollo de su propia individualidad debido a su insaciable labor literaria, ha cedido ante las demandas de los tiempos modernos y hace ejercicio en bicicleta”. En la novela Las ruedas del azar de H. G. Wells, Hoopdriver, un joven asistente en una tienda de telas, usa la bicicleta para trasladarse a su trabajo y de este modo su mundo se ensancha. Su creatividad e imaginación despiertan. Cuando regresa a la tienda ha cambiado, tiene deseos y ambiciones.

"Los médicos sostenían que el ciclismo era perjudicial para el organismo femenino. Montar en bicicleta, afirmaban, podía causar esterilidad y trastornos nerviosos".

LA EMANCIPACIÓN INESPERADA

En un principio, el uso de la bicicleta era exclusivo de los hombres. Las mujeres que se atrevían a montar una eran mal vistas y señaladas; se consideraba grosero y hasta obsceno que ellas pedalearan, pero de nada sirvieron opiniones obtusas. Mujeres burguesas encontraban gran placer al pasear en el nuevo vehículo, pero también obreras y trabajadoras la entendieron como un medio económico y placentero de trasladarse de casa al lugar de trabajo. En el artículo “Cycling in the 1890s”, David Rubinstein afirma: “En un periodo marcado por cambios drásticos en las actitudes sociales, el ciclismo proporcionó no únicamente un medio práctico de transporte, sino un símbolo de emancipación”. Pero las críticas no paraban. En 1891, un reportero del periódico estadunidense Sunday Herald escribió: “Creo que lo más vicioso que he visto en mi vida es una mujer en bicicleta y Washington está lleno de ellas. Aunque yo había pensado que fumar era lo peor que las mujeres podían hacer, he cambiado de opinión”. La exhibición de la libertad femenina retaba el arraigado orden social y patriarcal.

Por si fuera poco, el rígido código de vestimenta femenino sufrió cambios notables para adaptarse al nuevo vehículo. En 1897, la señorita F. J. Erskine escribió Damas en bicicleta. Cómo vestir y normas de comportamiento. Era un compendio de consejos: conocer la mecánica elemental, comer bien antes de un paseo, llevar alimentos y líquidos, respetar al peatón y temerle, esquivar los autos, controlar las velocidades, evitar acosadores y gente grosera. La sección más interesante es aquella donde la autora se explaya en las recomendaciones de vestimenta: aconseja cortes, telas, sombreros, calzado. Sin duda las recomendaciones van dirigidas a las señoritas de clases acomodadas de la época. No me imagino a una obrera usando “una fantástica falda de singular corte y confección ingeniosamente preparada para que cuelgue vistosa y amplia en ambos lados del sillín”, o “una blusa de seda o algodón, rebosante de lacitos y aderezos y con amplias mangas abombadas”, para los paseos en el parque. La autora, sin embargo, reconoce el cambio en el paradigma en cuanto al uso del nuevo medio de transporte:

Quedaron atrás los días en que los hombres eran la exclusiva mano de obra en el comercio y las distintas profesiones liberales; ahora, y cada día en mayor medida, se abren nuevos campos profesionales y las mujeres en muchos casos comparten el honor de contribuir con su salario al mantenimiento del hogar. Si ellas trabajan, y a fe que lo hacen ya miles de mujeres de nuestro país, en oficinas insalubres, encorvadas sobre la procelosa correspondencia y los apuntes contables, mecanografiando, y en otros muchos casos desempeñando empleos sedentarios, es justo que tengan las mismas oportunidades que los hombres de disfrutar de un poco de aire puro de vez en cuando. Y esto es precisamente lo que convierte el turismo en bicicleta en una actividad tan valorada por todo tipo de mujeres, y ésta también es la razón —mucho más que las modas o tendencias— por la que el ciclismo ocupa hoy su actual posición preponderante entre las damas.

La llamada nueva mujer, que usaba ropa menos restrictiva y andaba en bicicleta, se convirtió en una figura ridiculizada en los medios de comunicación, principalmente en Estados Unidos. Afortunadamente nada ni nadie pudo pararlas. Annie Londonderry Cohen Kopchosvky, norteamericana y madre de tres hijos, dio la vuelta al mundo en 1894, durante poco más de un año. Tenía 25 años. Partió de Boston el 25 de junio de 1894 con una bici de más de cuarenta kilos y vistiendo una falda. Londonderry, como la apodaron por su contrato de promoción durante el viaje con la empresa Londonderry Lithia Spring Water, volvió quince meses después usando pantalones bombachos y convertida en una defensora de la lucha tanto por el ciclismo femenino como por los derechos de las mujeres.

Se convirtió en una especie de heroína, al igual que la periodista Nellie Bly, por su osada manera de practicar el periodismo: entrevistó a Susan B. Anthony, feminista y sufragista, en 1896 y ésta le dijo: “La bicicleta ha hecho más para emancipar a las mujeres que nada en el mundo. Me levanto y me regocijo cada vez que veo a una mujer paseando sobre ruedas. Da a la mujer una sensación de libertad e independencia”. Tanto Susan B. Anthony como Elizabeth Cady Stanton acuñaron la frase que se imprimió en varios periódicos a principios del siglo XX: “La mujer está pedaleando para el sufragio en bicicleta”. Está claro que en cuanto montaban el artilugio, las mujeres sentían una libertad que les había sido negada hasta entonces. Se podían trasladar sin depender de nadie y además se apropiaban de los espacios públicos que parecían de uso exclusivo de los hombres; no es de extrañar que haya coincidido su uso generalizado con el sufragio femenino, al menos en Estados Unidos.

CARA DE BICICLETA

Cuando resultaba evidente que las mujeres no iban a someterse a la absurda opinión en contra del uso del nuevo medio de locomoción, en una secuencia desesperada y ridícula se publicaron numerosos artículos científicos y médicos que advertían sobre los peligros de andar sobre dos ruedas. Inventaron las enfermedades cara de bicicleta: ojos saltones, mandíbula tiesa y rostro demacrado, además de la joroba ciclista, causada por la posición al sostener el manubrio. Los médicos sostenían que el ciclismo era una actividad perjudicial para el organismo femenino. Montar en bicicleta, afirmaban, podía causar esterilidad y trastornos nerviosos. El doctor inglés A. Shadwell relacionó el uso de este medio de transporte con la apendicitis y el bocio —crecimiento anormal de la glándula tiroides— en un artículo titulado “Los oscuros peligros del ciclismo”, publicado por The National Review.

Las advertencias médicas tampoco funcionaron y entonces, resignadas, algunas compañías desarrollaron modelos específicos para mujeres que incorporaron un asiento más rígido y casi sin relleno, denominado higiénico, para evitar o reducir la posible excitación sexual por la fricción de los genitales femeninos.

Pese al avance que supuso y supone la bicicleta para los derechos de la mujer (o tal vez precisamente por eso), en algunos lugares del mundo no está permitido que una mujer la utilice. En Arabia Saudita, las mujeres obtuvieron hasta 2013 el derecho a usarla, pero solamente para ocio en parques y lugares delimitados; además deben ir cubiertas de pies a cabeza y acompañadas por un hombre. La primera película dirigida por una mujer en Arabia Saudita es La bicicleta verde (2012), de Haifaa Al-Mansour. Narra la historia de una niña que quiere manejar una bici, actividad considerada en ese país un peligro para el honor femenino. Y Afganistán no se queda atrás. Desde 2012 existe el grupo Mujeres Ciclistas Afganas, que trata de realizar una revolución cultural similar a la ocurrida hace más de cien años en occidente. En 2016, ese colectivo fue propuesto para el Premio Nobel de la Paz y aunque no lo obtuvo, visibilizó los problemas que las ciclistas enfrentan a diario: son agredidas constantemente, mal vistas y señaladas por una sociedad que les niega de modo sistemático el derecho a la independencia.

[caption id="attachment_1138829" align="alignnone" width="945"] Fuente: infabbrica.com[/caption]

NUESTRO PAÍS

En México, la bicicleta llegó durante el porfiriato pero sólo fue accesible para la aristocracia. Se popularizó hasta la década de los cincuenta, tanto para el transporte como para varios oficios: repartir pan, pulque o carne, afilar cuchillos, repartir correspondencia. Quizá por su adopción tardía con respecto a otros países, este vehículo ha reivindicado su tarea emancipadora desde finales del siglo pasado. En varios estados del país se han formado colectivos de mujeres ciclistas que no sólo animan a usarla sino que fomentan el aprendizaje técnico y mecánico para repararlas y hasta construirlas. Ahora que el feminismo ha cobrado nuevos bríos, éste se muestra una vez más como un vehículo liberador, que apoya la urgencia de seguridad, igualdad de oportunidades y respeto.

Estoy segura de que el abuelo Andrés, quien no concebía la vida sin las dos ruedas y odiaba el transporte público, me hubiera acompañado gustoso en mis traslados en bicicleta, sólo por el placer de pedalear.