Escritura y traducción, un diálogo epistolar

“Creo que no hay ni buenas ni malas traducciones, traducir es sólo una forma de leer. Quizás una manera
inquieta de leer... una manera privilegiada, en primera clase, una manera elitista de leer”. La cita
constata la potencia de este diálogo entre escritores: son la argentina asentada en Francia, Ariana Harwicz
—cuyos libros han sido traducidos a más de veinte idiomas—, y el cuentista y traductor uruguayo
Mikaël Gómez Guthart. A continuación reseñamos el libro al que pertenece: Desertar, publicado por Dharma Books.

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Escritura y traducción, un diálogo epistolar
Por:
  • Paula Guitelman

Desobedecer, rebelarse frente a una misión, abandonar un rol asignado, huir, escapar. Decir no. Todo eso es desertar. En una guerra, el desertor puede ser juzgado como traidor, aunque su decisión también puede interpretarse como un potente acto de valentía. El valor, justamente, adviene en el gesto de no acatar, del “preferiría no hacerlo”. Subversión por inacción.

Esa ambigüedad construye un terreno fértil sobre el cual se mueve Desertar (Dharma Books + Publishing, 2021), libro de conversaciones entre Ariana Harwicz y Mikaël Gómez Guthart, que presenta marchas y contramarchas, desacuerdos y consensos.

TEXTO HÍBRIDO, que rehúye toda pretensión de pureza, fue gestado bajo el influjo del encierro y se presenta como un diálogo epistolar, versión 2.0. Contiene rasgos espontáneos de oralidad, al mismo tiempo que porta la fijación que otorga el papel, la palabra escrita.

Asistimos a un espectáculo. Se conversa por escrito, se construyen personajes (A.H-M.G.G) en una entrevista circular, se falsea la inmediatez del diálogo, la reflexividad de cada entrada se disfraza de charla, se ensamblan ensayos, autobiografías y teorías. Se juega. En algún sentido, el libro nos ubica como voyeurs de una charla íntima, nos invita a espiar. Y el que espía, imagina.

Los autores conversan sobre escritura, sobre traducción, sobre ellos mismos como sujetos y objetos de ambas. Hablan de los modos de habitar, de la comunicación —tan hermanada con el malentendido. Evocan la infancia en su forma literal y, asimismo, en el sentido etimológico del término, de “lo que carece de voz”. La conversación se asocia a lo converso. Adviene la metamorfosis, lo que muta, pero el converso también teme, por eso se esconde. El desesperado altera su identidad como mecanismo de supervivencia.

Los cambios en la lengua son cambios de piel, renacimientos. Por eso se dirá en el libro —a partir de experiencias personales—, que exiliarse de una lengua es, necesariamente, emigrar de un mundo. Devenir otro, un extranjero. Se habla también acerca de si la traducción corrompe el original (con la malicia del escritor frustrado) o más bien en ella emerge la verdad del texto. ¿Deforma o construye un mundo nuevo? Se teje así un vínculo entre traducción y hermenéutica.

CONFORME AVANZA el diálogo, entre autor y traductor se dirime una batalla por el protagonismo. ¿El sujeto de la traducción debe fundirse en ella y pasar desapercibido o bien le toca relucir? Entre escritor y traductor, ¿quién sería el doble de riesgo que pone el cuerpo en situaciones límite? Los argumentos construyen hipótesis para pensar al traductor como agente infiltrado, tanto como para inferir que quien traduce realiza un trabajo cuasiarqueológico que, en la última instancia, lleva a encontrarse con el aura de la obra y con el rostro de quien narra. ¿La verdadera obra nace cuando se la traduce?

Seguimos leyendo y se redobla la apuesta. La traducción ya no es la instancia de la traición, sino es la propia escritura la que miente, engaña, falsea. Infidelidad y escritura sellan un pacto. El acto de escribir sería, en sí mismo, una traducción. Se hacen preguntas, se otorgan respuestas. Se sigue armando un rompecabezas donde se recortan la política, el poder. El arte y la vida juegan a las escondidas en la escritura. Y en un momento se encuentran.

LA TENSIÓN entre las censuras de la época (y las propias) y la búsqueda por traspasar los límites de lo decible se encastran con las observaciones sobre la confianza, tan necesarias en la escritura como el estado de alerta y la sospecha. El péndulo entre la mi-rada puesta en el exterior y la ineludible introspección emergen para que el deseo se transforme en palabra.

Siempre que escribimos hablamos con fantasmas. Entonces se dibujan interrogantes: ¿podemos escapar del argot que nos legan nuestros ancestros? ¿Siempre que se escribe, se duela o escribimos pensando en transmitir a la descendencia? ¿Es la escritura el medio para un exorcismo o una venganza, o para ambas y otras cosas? ¿Cuando ensayamos una escritura nos estamos preparando para la muerte? ¿Somos acaso esos moribundos o condenados (a los que aluden en el libro) que dejan sus últimos trazos en el papel?

CARGADO DE INTERTEXTUALIDAD, por sus páginas desfilan Gombrowicz, Borges, Musil y Molloy. Singer, Beckett, Kaf-ka, Sabato se asoman por la ventana. Puig, Fogwill, Woolf, Chéjov, Joyce están sentados en una mesa imaginaria. Gould, Argerich, Davis, Schumann y Mozart parecen delinear sus siluetas en el espejo. Orwell y Proust tocan la puerta. Houellebecq, Celan, Blanchot, Foucault, Barthes apuestan sus fichas. Bataille, Proust y Carson chocan sus copas en un brindis.

Los intercambios hilvanan posibles respuestas a las preguntas plantea-das, conectan la traducción y la escritura con el teatro y la música, mientras otros tantos enigmas se nos presentan irresueltos. Escribir es también representar, actuar, encontrar un tono, una cadencia. Subirse a un escenario y entregarse al desconcierto del mundo, a su espectralidad. Entre nombres de libros, de autores, anécdotas y memorias se reflexiona sobre el misterio del lenguaje. Sobre su vínculo con secretos y verdades. Es decir, con el peligro.

Se cuenta en el texto que gran parte de la literatura gestada tras la Segunda Guerra Mundial tenía por objetivo último la desnazificación del lenguaje. Con Victor Klemperer, los autores nos interrogan por el vínculo entre éste y los totalitarismos, y por nuestra relación con la palabra: ¿a qué lengua obedecemos? Escribir, traducir, comunicar. Incorporar la errancia inherente a toda lengua, a todo lenguaje. Saber que siempre estamos balbuceando. El arte debe saber cuándo hablar y cuándo entregarse al silencio. Cuándo obedecer y cuándo desertar.

PAULA GUITELMAN (Buenos Aires, 1977) es comunicadora, capacitadora en Derechos Humanos, docente e investigadora. Escribió el libro La infancia en dictadura. Modernidad y conservadurismo en el mundo de Billiken.