Estética del confinamiento

Además de las pérdidas humanas y los daños incalculables, las restricciones que impone la pandemia
transforman la conducta de los habitantes del mundo y motivan un sinfín de expresiones que narran
cómo algunas personas viven el parteaguas de esta experiencia. El ensayo que publicamos tiene
la cualidad de articular, contextualizar y poner en perspectiva una avalancha de propuestas que surgen
del video, el cine, la escritura. El mosaico, por demás elocuente, le añade un valor a cada pieza y al conjunto.

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Distanciamiento social (Hilary Weisman Graham, 2020).Fuente: netflix.com
Por:
  • Raúl Trejo Delarbre

Las narraciones de la pandemia son breves, directas, emocionales. Buscan rescatar el instante, antes que nada por el afán de hacerlo. El tema de esos relatos es la circunstancia —diferente para cada quien— que impone la pandemia misma. Al encierro se le narra desde dentro, en recuentos intimistas o en contraste con la vida fuera del refugio casero. A la tragedia se le opone la reivindicación de la rutina.

Es pronto para que surjan la gran novela o la gran película de la pandemia y posiblemente nunca aparezcan debido a que la estética de este confinamiento es de experiencias concretas, en secuencias breves que describen la dilatación del tedio y el tiempo, la tirantez del temor o la repetición de lo cotidiano. Las fronteras de los relatos de la pandemia son las ventanas de cada vivienda, más que la imaginación o los sueños.

Distanciamiento social, también en Netflix, muestra
con agilidad y ciertas dosis de sarcasmo, pero también desenlaces trágicos, variadas vicisitudes en la pandemia

EL ENCIERRO, EN PRIMER PLANO 

En las primeras narraciones audiovisuales de la pandemia, hechas con celulares y computadoras portátiles, la espontaneidad reemplazó a la producción sofisticada. Predominan los encuadres fijos, primeros planos, así como la escenografía doméstica. En esos relatos hay pocas sorpresas porque su tema central es el confinamiento que todos padecemos.

Diarios de la cuarentena, una ingeniosa serie de comedia dirigida por los españoles Álvaro Fernández Armero y David Marqués, fue hecha por actores que filmaron en sus casas. Estrenada desde abril en la televisión pública de España, fue cuestionada porque mostraba ángulos graciosos del confinamiento cuando más aumentaban las víctimas del nuevo coronavirus.

Hecho en casa, coordinado por el director chileno Pablo Larraín para Netflix, reúne 17 episodios de cuatro a once minutos, de realizadores tan variados como Paolo Sorrentino, Natalia Beristáin, o las actrices Maggie Gyllenhaal y Kristen Stewart. La serie comienza con un corto del director francés Ladj Ly en donde un muchacho, en un pueblo francés, entretiene el aburrimiento registrando desde el aire, con un dron, los contrastes que hay a su alrededor. La narración del confinamiento fue una manera de ver más allá, sin salir de casa.

Más reciente es Distanciamiento social, también en Netflix. Esa serie de ocho capítulos dirigida por Hilary Weisman Graham muestra, con agilidad y ciertas dosis de sarcasmo, pero también con desenlaces trágicos, variadas vicisitudes en la pandemia: un alcohólico que se conecta por Zoom a su grupo de AA, las disputas familiares durante un funeral a distancia, una pareja de gays que intenta mitigar la rutina, entre otros.

Más concentrado en las tristezas del encierro es #Confinados, de dirección colectiva, producido por Inti Cordera, Paul y Vicente Montagud, además de Rodrigo Hernández. Armado por Yliana Alarcón y Hugo Delgado con docenas de videos enviados a partir de una convocatoria internacional, este corto de 25 minutos ofrece apreciaciones en primera persona sobre la vida y la sobrevivencia en pandemia. Lo que importa, se dice, es la experiencia, “el proceso”. Sin abrazos, reducido e incluso condenado el contacto físico, la gente busca otras formas de empatía. Una mujer pregunta: “¿qué va a pasar con nuestros cuerpos cuando termine la cuarentena?”.

40 días, de Richard Zubelzu, muestra el encierro de un muchacho de 19 años (Javier Acebes) en un departamento de Madrid. El joven, que recibe por teléfono las llamadas de su madre, protagoniza a diario la misma rutina, en reedición pandémica de El día de la marmota. Despertar, mirar por la ventana, asearse, limpiar la casa, tomar clases en línea, chatear, ver en el televisor al doctor Simón (el responsable en España de conducir las acciones ante la epidemia). “Esto parece que no va a acabar nunca”, se queja, pero un día se queda sin señal de internet y televisión. Este video de 24 minutos está en Amazon Prime.

El hogar como espacio para conectarnos con lo público, la cotidianidad como experiencia colectiva, el reconocimiento en las actividades de otros de nuestra propia y forzada normalidad durante la pandemia, hacen familiares esos videos y series. El celular permite el registro de esa rutina acentuada y aplanada por la emergencia sanitaria y, desde luego, por el temor al contagio. Aunque con cierto énfasis dramático en algunos casos, esas producciones muestran situaciones verosímiles porque replican experiencias parecidas a las que hemos conocido. La cercanía de la tragedia no anula la comedia pero le impone un contexto de incertidumbre; la epidemia subraya sin duda nuestra fragilidad.

Las que se han realizado hasta ahora son piezas audiovisuales ancladas en el realismo. La ficción será para después. Se anuncia ya la película Songbird, de Michael Bay, que se ubica en 2024 cuando, según esa historia, el virus del Covid-19 ha mutado y los infectados son encerrados en campos de concentración. Ese largometraje fue filmado en julio y no es un relato de la actual pandemia sino una efectista fuga hacia adelante.

Estética del confinamiento

NARRADORES ESPONTÁNEOS Y PROFESIONALES

La pandemia se ha narrado en primera persona. Más allá del registro periodístico, con su aterradora sucesión de cifras que documentan la incapacidad de nuestras sociedades para detener los contagios, los relatos personales han sido un recurso para sobrellevar el encierro. Narrar el confinamiento ha sido una manera de destejer la madeja de la cotidianidad. Nexos abrió una bitácora en línea, a la que llamó “Covidiario” (en lo sucesivo CV) que comenzó el 4 de abril con un relato de Ángeles Mastretta y terminó el 31 de julio con un texto de Jorge F. Hernández. La Revista de la Universidad de México publicó del 28 de marzo al 30 de junio un Diario de la pandemia, cada día con un autor distinto, que ahora es un libro de 658 páginas coordinado por Guadalupe Nettel y editado por la UNAM. En Letras Libres la escritora Aloma Rodríguez, que radica en Madrid, publicó entre marzo y junio trece entregas de su “Diario del aislamiento”.

En este confinamiento cada uno de nosotros es uno mismo y su pandemia, se puede decir recordando a Ortega. Narrar esa circunstancia es un recurso para entender, compartir, entretener y tolerar el encierro. En la presentación del libro publicado por la UNAM, Jorge Volpi explica: “Ocurrían tantas cosas en tantas partes, y al mismo tiempo, en el encierro, tan pocas, que el diario se convirtió en el medio más natural para expresar la ansiedad, la esperanza o el asombro cotidianos”.

Coros de variados acentos, esas compilaciones descansan en el registro personal de la pandemia, a veces con miradas que van más lejos y ofrecen explicaciones y cuestionamientos. Arnoldo Kraus, quien comparte el ejercicio de la medicina con venturosas incursiones en la escritura, escribió entre febrero y junio Bitácora de mi pandemia (Penguin Random House, 238 pp.). En otro caso y con mucha rapidez la editorial Dieci7iete de Monterrey publicó en mayo La imposibilidad del encierro. Crónicas de una pandemia (disponible en Kindle) editado por Jaime Mesa y con textos e imágenes de catorce autores.

En marzo la escritora española Rosa Montero organizó, a partir de un grupo de Facebook, un taller en línea para que los interesados escribieran cuentos. Dos veces por semana se conectaban entre 300 y 600 personas. En una ocasión fueron más de 900, según la propia autora. Esos encuentros se mantuvieron más de tres meses. Se trataba, comentó Montero, de “entretener la imaginación durante una media hora, para escapar un poco de la desolación de esos días de plomo”. De esa tarea resultaron 168 relatos que han sido editados en dos libros. En cuentos con Rosa. Historias de dos personajes / Carmín (352 pp.) y Chocolate (336 pp.), publicados por Literálika Editorial y que se encuentran disponibles en Kindle, reúnen esas narraciones.

Otra compilación es la que hizo Mónica Piñera, quien vive en Utah, Estados Unidos, y les pidió a sus amigos que redactaran un texto breve sobre sus vidas en la pandemia. “Algunos de los participantes —recuerda— se sinceraron conmigo al decirme que el escrito les sirvió de terapia para sacar sentimientos atorados”. En Memorias de la cuarentena. Recopilación de relatos escritos durante el confinamiento por el Covid-19 (edición para Kindle) aparecen 29 de esos textos.

El encierro propició un vuelco creativo hacia la escritura. Podría decirse, en una primera aproximación, que la soledad propicia la disposición a escribir. Pero ha sido difícil el aislamiento en medio de constantes sesiones por Zoom y saturados por mensajes de WhatsApp. Los autores profesionales de todos modos escriben. En la reciente FIL de Guadalajara Javier Cercas recordó: “para un escritor una situación así es muy fácil de llevar porque, a final de cuentas, la vida de un escritor es una vida de encierro”.

La coincidencia de autores esporádicos y no profesionales con quienes lo son de manera constante ha sido consecuencia del asombro, la aprensión y la perplejidad que nos homogeneizan en la epidemia. Jaime Mesa acude en La imposibilidad del encierro (libro al que identificamos como IE) a las primeras líneas de Historia de dos ciudades, de Dickens:

Lo teníamos todo, pero no éramos dueños de nada, caminábamos derechito al cielo pero tomamos camino a otro lado. En fin, esa época era tan parecida a todas las épocas, que nada de lo que aquí voy a contar debería, en realidad, sorprendernos.

El encierro propició un vuelco hacia la escritura. Podría decirse que la soledad propicia la disposición a escribir. Pero ha sido difícil el aislamiento en medio de constantes sesiones por Zoom y saturados por mensajes de WhatsApp

CRÓNICAS DEL AHOGO Y EL TEMOR

La pandemia nos desborda, lo trastoca y determina todo, nos rebasa. Narrarla es una forma de aprehender retazos de ese nuevo e incierto escenario. El solo reconocimiento del extravío que padecemos ya es un logro. “La pandemia me ha traído muerte, encierro, depresión, miedo, caminar sin rumbo”, escribe Laura Velia Vizcarra, de Guasave, Sinaloa (Memorias de la cuarentena, al que nos referiremos como MC). Álvaro Ruiz Abreu deplora la incomunicación a la que involucionamos: “dejamos de hablar con los demás, de escuchar sus historias o sus vicisitudes. Y la vida está hecha o deshecha de esos detalles con el otro” (CV).

Pero en la vida anterior a la pandemia no siempre conversábamos, como apunta Carlos Eduardo López Cafaggi: “Una amiga pregunta si, cuando todo esto pase, nos habremos acostumbrado a platicar como en Zoom: cada uno esperando a que el otro acabe de hablar. De ser así, la catástrofe nos habría dado una lección de prudencia, aunque probablemente sean muchas más” (CV).

Soledad, aislamiento e incertidumbre acentúan el temor. “Paso buena parte de mi día oscilando entre tener miedo de que esto no se acabe nunca y tener miedo de que se acabe”, escribe Natalia Beristáin (CV). El diario, con su secuencia cronológica, ayuda a delimitar los acontecimientos. Por encima de la rutina y sus reiteraciones, allí quedan anotadas las circunstancias que, por nimias que sean, hacen que cada día no sea igual a todos los demás. Por su parte, Rosa Beltrán describe: “En estos días nuestra vida está hecha de escenas. La escena de la incredulidad, primero, la de una leve euforia por vivir un simulacro de asueto; la escena de la zozobra de la que nadie habla porque es mejor tener buena actitud y la más real y prolongada, la emperatriz de las escenas, el miedo” (Diario de la pandemia, editado por la UNAM, a partir de aquí DP). Inclusive el miedo es más comprensible si se le pone por escrito.

Situados en el aislamiento, existen quienes prefieren no enterarse de los detalles de la epidemia. El diario personal no suele incorporar noticias de fuera porque su función es mirar hacia adentro. “No me gusta usar cubrebocas con tanto calor —escribe María Esther Blanco, de Zapopan, Jalisco, MC—. Es agobiante recibir tantos mensajes de WhatsApp sobre el coronavirus; yo, de plano, dejé de ver noticias relacionadas con el virus”. La misma reacción tiene Maribel Vázquez del Mercado: “Un día más en este encierro y ahora sí, soy la loca de la casa. Ya no quiero ver noticias y mucho menos escuchar las cifras de muertos e infectados por este incomprensible virus” (en Rosa Montero, En cuentos con Rosa / Chocolate). Atisbar más allá de casa implica distinguir los rasgos más ominosos de la pandemia. Dice Arnoldo Kraus: “Las noticias de ayer alarman menos que las de hoy. Las de mañana serán peores. Cada día duele más el dolor ajeno. No es cuestión de ser fatalista: es la realidad” (Bitácora de mi pandemia, en adelante BP).

También son reales la zozobra y los sentimientos. Ana Laura Preciado, de Puerto Rico (MC) se sincera: “He dejado que fluya el llanto, por mí, por el mundo, por la gente que quiero, por quienes no conozco, por el dolor ajeno, por la desesperación y por la ansiedad; por el agradecimiento, por la dicha, por el amor, por las bendiciones, por el hecho de estar. Ha sido una montaña rusa de emociones”. Pamela Salinas Parra (IE) se diagnostica: “tratando de no enloquecer de miedo, cansancio físico, agotamiento mental y con un estrés postraumático cuando todo esto acabe”.

La estética del confinamiento es eminentemente emocional. Un poema del peruano Pável Yábar Gonzales deplora: “Depresión, Ansiedad, Estrés, / y una receta interminable de ansiolíticos / pegadas en el techo y tatuadas en la palma de la mano. / Las horas no pasan, las horas te aplastan, te consumen, / el recibo aumenta y el pago disminuye...” (“Lírica”, en Revista Notas Contraculturales, “Edición Resistiendo la Pandemia”, número 3, Lima, Perú, edición para Kindle).

Cada autor escribe de sí mismo pero el protagonista central, aunque se le nombra poco, es el virus. “El nuevo virus es el centro de todas las conversaciones y la tristeza nos agobia, se habla de no salir de las casas y también de la falta de suministros. Nada de visitas, tampoco de paseos. Confinados pasan nuestros días”, escribe Débora Mayol Parodi en Buenos Aires (En cuentos con Rosa / Carmín).

Estética del confinamiento

EL TIEMPO SUSPENDIDO

En la pandemia el tiempo se relativiza. Las horas son elásticas; los días reiteran el hastío. Pedro Ángel Palou (DP) lo constata: “Me doy cuenta, al escribir esta crónica, que escribo de hace dos meses como si hubiesen ocurrido dos años. Ésa es una de las cosas curiosas de este encierro, el tiempo no pasa y al mismo tiempo transcurre velozmente”. Mónica Piñera (MC) recoge estas líneas de autor desconocido: “Hoy no hay prisa para acostarse, / no hay prisa para levantarse, / no hay prisa para bañarse, / no hay prisa para vestirse, / no hay prisa para el café, / no hay prisa para el desayuno, / no hay prisa para llevar los niños a la escuela, / no hay prisa para cocinar, / no hay prisa para comer. / Hoy ha muerto la prisa y ha renacido el tiempo”.

La pérdida de referencias que nos dan otras personas y otros espacios iguala los días de la pandemia. “El tiempo se mueve increíblemente rápido e increíblemente lento. Los miércoles ya no se sienten como miércoles, y así sucesivamente”, dice Rhiana Medina, desde su confinamiento en Utah (MC). Verónica Mastretta (CV) coincide con esa sensación: “El covid ha arrasado hasta con la percepción que teníamos del tiempo, y de marzo para acá tenemos en la mente un amasijo de días y horas confundidos entre sí. La cuenta exacta del tiempo ha sufrido un serio revés y hoy me parece esquivo e inmanejable, como en los sueños”.

Vivir como se sueña o, mejor dicho, como en dilatada pesadilla. La retórica de la pandemia registra una subjetividad acotada por las paredes de casa y la indefinición de nuestras agendas. Por su parte, Guadalupe Nettel escribe (DP): “Vivimos ahora en un tiempo suspendido donde es posible angustiarse, construir futuros atroces y felices, albergar esperanzas desmesuradas, reírse de una misma, tranquilizarse y  hasta hacer algún tipo de introspección. Tarde o temprano el shock nos ha llegado a todos, pero en diferido, en cámara lenta”.

Arnoldo Kraus (BP) encuentra que esa ductilidad del tiempo tiene el efecto de “hacer que el domingo no sea como el lunes, ni el lunes como el sábado anterior, ni el miércoles por venir igual que el viejo miércoles ya sepultado en los venenos del coronavirus”. En otra entrada de su Bitácora, ese médico y literato constata: “En las salas de espera inundadas por covids, hoy es domingo, mañana es domingo, siempre es domingo”. Y en otra página: “Todo transcurre de otra forma, con otro ritmo. En ocasiones lento, otras veces con vigor. La inflexible rigidez de los horarios se diluye”.

Ese tiempo no está disponible para todo lo que quisiéramos. Libertad y voluntad se encuentran sitiadas por los necesarios muros del confinamiento casero. “La paradoja de la cuarentena es que la abundancia de tiempo desentona con la carencia de espacio y provoca impotencia”, corrobora Carlos Eduardo López Cafaggi (CV). “Ahora podemos dormir mucho; el sueño no es una pérdida de tiempo”, dice Pamela Blanco desde Milán, Italia (MC).

La pérdida de referencias que nos dan otros espacios iguala los días. El tiempo se mueve increíblemente rápido e increíblemente lento. Los miércoles ya no se sienten como miércoles , dice Rhiana Medina, desde su confinamiento en Utah

REGISTROS PARA ALTERAR EL DESASTRE

Cada cotidianidad se parece a las otras. Los relatos de la pandemia no son singulares por su originalidad, ni por su calidad artística, pero nos reconocemos en ellos. Karina Almaraz (IE) identifica la “fascinación con nuestra propia banalidad” y relata: “En ese encierro me sorprendió ver, a través de las redes sociales, lo sincronizados que estamos, lo nada únicos que somos:

todos tenemos insomnio, no usamos zapatos ni pantalones, ya no aguantamos el pelo desarreglado al grado que se puso de moda raparse, todos compramos tonterías en línea e incluso hemos llegado a cocinar lo mismo los mismos días”. Luciana Sousa (DP) lo dice de otra manera: “La trampa de la ‘nueva normalidad’ es que es la misma de antes, sólo que un poco peor”.

Narrar la pandemia en una sociedad desigual es un privilegio, por mucho que la enfermedad nos amenace a todos. De igual forma Fernanda Pérez Gay Juárez apunta, con razón (CV): “En la esfera menos afortunada, la gente pierde su trabajo, su forma de subsistir, sus amigos o familiares. En la esfera afortunada, la gente pierde sus proyectos, la rutina, la tranquilidad, la motivación o la esperanza de un futuro habitable. En ambas esferas hemos perdido libertades”.

La pandemia se narra como catarsis y diversión, para expresar angustias y también para reforzar la memoria. Hay cierto afán de responsabilidad en esa proliferación de testimonios: es preciso contarlo, que no se olvide, que sirva de algo. Luis Miguel Aguilar (CV) recuerda “un verso muy pesimista de José Emilio Pacheco”: “Nada altera el desastre”. Pero cada versión, cada estampa de la tragedia, son testimonios para vivir con el desastre. Los autores de diarios en la pandemia se miran a sí mismos como si fueran otro, para igualarse con otros. La retórica de la pandemia documenta para la historia pero, antes que nada, es un asidero en la tragedia. “Nos gusta que nos cuenten cosas. Cosas que no sean cifras de muertos y mascarilla”, escribe Santiago Roncagliolo (DP). Como bien apunta Kraus (BP): “Cada uno tiene su historia. La pandemia es un mar infinito lleno de historias”.