George Steiner poder y lenguaje

George Steiner poder y lenguaje
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Lector fuera de lo común, como sugirió Christopher J. Knight. Y también observador, pensador, narrador y ensayista fuera de lo común. Dispersa en decenas de títulos, asimismo absolutamente fuera de lo común, su obra podría ir presidida por dos palabras: poder y lenguaje.

“La imaginación del escritor y la imaginación del Estado” fue el título con que el novelista Norman Mailer convocó al congreso del PEN Club en 1986. Steiner replicó desde la prensa, señaló la vacuidad del título y del propio jamboree (jolgorio) del PEN, y apuntó: “William Blake y George Orwell nos recuerdan que la mala gramática es un síntoma: delata un embrollo más profundo o una deshonestidad en los asuntos públicos y privados”. Al final de su nota expresó su confianza en que las “muchas voces estelares en la reunión del PEN” abordaran esta inquietante paradoja: “la gran literatura florece bajo la represión político-social”. Hizo votos porque los congresistas respondieran con seriedad, pero no dejó de señalar a quien leyere que el “verdadero diálogo de un escritor es con la soledad”.

NACIÓ EN PARÍS el 23 de abril de 1929, en una familia judía y vienesa. En París creció y residió hasta 1940, poco antes de la ocupación alemana, para establecerse en compañía de sus padres en la ciudad de Nueva York. En 1944 adquirió la ciudadanía estadunidense y realizó estudios en la Sorbona y en la universidades de Chicago, Harvard y Oxford. Trabajó en The Economist entre 1952 y 1956. En la Universidad de Princeton se incorporó, primero, al Instituto de Estudios Avanzados, y después ocupó la cátedra Christian Gauss entre 1959 y 1960, donde concluyó el manuscrito de su primer libro, Tolstói o Dostoievski, traducido al español por Agustí Bartra y publicado por Era. En 1961 pasó de Princeton a la Universidad de Cambridge, ancla por el resto de su vida, instalado en Churchill College, donde compuso La muerte de la tragedia (1961), los tres relatos de Anno Domini (1964) y The Penguin Book of Modern Verse Translation (1966), semilla de su estudio Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción (1975).

A mediados de los sesenta, al tiempo que enseñaba en Cambridge, Steiner relevó a Edmund Wilson en The New Yorker, revista en cuyas páginas diversificó su ejercicio como crítico literario y como ensayista, tal como se puede apreciar en la antología que formó Robert Boyers (2009). En marzo de 1971, invitado por la Universidad de Kent en Canterbury, ofreció las tres conferencias que poco después integrarían el trabajo que llevó el nombre de Steiner del espacio de la literatura al de la crítica social: En el castillo de Barba Azul. Aproximación a un nuevo concepto de cultura. A partir de 1974 fue profesor de literatura inglesa y de literatura comparada en la Universidad de Ginebra, y a partir de 1994 fue profesor de literatura comparada en Balliol College, en Oxford. El trabajo de este tiempo consta en títulos como Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (1967), Sobre la dificultad y otros ensayos (1978) y Martin Heidegger (1978).

Con su novela El traslado de A. H. a San Cristóbal (1981) se atrevió a aventurarse en la creación. Bien conocido por la atención prestada a las barbaries del siglo XX, y en particular al Holocausto, este ejercicio narrativo quedaría pronto sepultado por los trabajos del profesor, del erudito, del lector, del crítico: Antígonas. Una poética y una filosofía de la lectura (1984), Presencias reales (1989), Pasión intacta. Ensayos 1978-1995 (1996).

"Le habría regresado con gusto la firma que plantó en mi ejemplar de Pasión intacta. Luego expresó en público su incomodidad pues al aceptar venir a México HABRÍA QUERIDO dar una charla en su facultad, Filosofía y Letras, no donde estaba".

STEINER VISITÓ MEXICO en marzo de 1998. En la capital ofreció dos conferencias en verdad magistrales: en el Palacio de Bellas Artes la noche del lunes 16, y en un pequeño auditorio de la entonces nueva sede de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, la tarde del viernes 20. A nadie importó que Steiner tuviera la resolución y el vigor de alguien por lo menos diez años menor, aunque sin duda eso contribuyó a grabarme el momento en el que en la sala principal de Bellas Artes se refirió a su más valiosa herramienta de trabajo, la memoria, a la manera en la que cada mañana la ejercitaba. Ahí mismo declaró que se quitaría la vida cuando notara que su memoria empezaba a flaquear. Sufrí sus dos conferencias en México, por encima de mi pobre espíritu gregario, porque semanas antes había aceptado realizar una brevísima entrevista a Steiner para el documental en el que quedaría registrada esta visita, y sufrí aun más al llegar con mis cinco preguntas a la sala que para tal efecto se usó en la Facultad de Ciencias Políticas. La hosquedad del personaje logró que la entrevista acabara mucho antes de lo previsto y que él y yo nos quedáramos solos en la sala, a la espera del inicio de su conferencia. De haber podido me habría largado de ahí. No lo iba a hacer. Entonces le pregunté: “Profesor Steiner, ¿conoció usted a Nicola Chiaromonte?”. Meses antes yo había terminado de traducir su libro La paradoja de la historia: Stendhal, Tolstói, Pasternak y otros, una sugerente indagación sobre la historia y la literatura. Chiaromonte antifascista, ensayista esencial, preciso, brillante, poco conocido.

Su reacción fue física, pues me miró por primera vez, sorprendido de escuchar la última pregunta que esperaba oír en este viaje. “Fue un buen hombre”, dijo en tono distinto al que usó antes para contestar mis preguntas. “Un muy buen hombre”, añadió como si al decirlo abriera la puerta a una pregunta más que con toda deliberación no le hice. Minutos antes le habría devuelto con gusto la firma que plantó en mi ejemplar de No Passion Spent (Pasión intacta), que entonces era mi predilecto.

Luego, ya en el auditorio, expresó en público su incomodidad pues, dijo, al aceptar venir a México habría querido dar una charla en su facultad, Filosofía y Letras, no donde estaba. Supongo que él también se habría largado de ahí, de haber podido. Su conferencia, ya lo dije, fue magistral. De ella no olvido esto: What went wrong? (¿qué salió mal?), frase con la que Steiner martilló el final de cada una de las tres partes de su exposición.

De 2001 a 2002 ocupó la cátedra de poesía Charles Eliot Norton en la Universidad de Harvard, cuyo material recogió en Lecciones de los maestros. Trabajó hasta el último día de su vida, y como Marcel Duchamp con su amigo el fotógrafo Man Ray, se tomó el cuidado de formar una declaración con su amigo Nuccio Ordine para el día siguiente de su muerte.

ACABO CON ESTO. Un día le presté a Isabel Quiñónez (1949-2007) mi ejemplar de En el castillo de Barba Azul. Se interesó en leer a Steiner —a quien no conocía— en estas conferencias, y al devolverme el libro mi amiga poeta anexó esta nota:

Cuánta desesperanza, arrogancia, humillación forzada y veraz hay en este pensador. Su misma capacidad de respuesta ante una variedad amplísima de estímulos amenaza siempre con paralizarlo, pero también se las ingenia con saltos mortales: de un poema columpia a otro ídem, o se apagan las luces; hay un silencio, se gira bruscamente (o casi sin sentirlo) a otro tema. ¡Qué manera de preguntarse! Steiner es una instigación. Es apabullante... Gracias.

 

EL ENSAYISTA EN SU TINTA

La crítica literaria debería surgir de una deuda de amor. Tolstói o Dostoievski.

La inhumanidad política de nuestra época ha degradado y embrutecido el lenguaje más allá de todo precedente. Las palabras han sido empleadas para justificar la falsía política, enormes distorsiones de la historia y las bestialidades del estado totalitario. Es concebible que de esas mentiras y ese salvajismo algo se les haya metido en la médula. Porque se las ha empleado con fines tan bajos, las palabras ya no rinden todo su significado. La muerte de la tragedia.

El mito de la Caída es más vigoroso que cualquier religión específica. Apenas existe civilización, apenas conciencia individual que no lleven por dentro una respuesta a las insinuaciones de un sentimiento de distante catástrofe. En el castillo de Barba Azul.

Se asumía que el estudio de la literatura comportaba casi necesariamente la implicación de una fuerza moral. Se creía que era obvio que la enseñanza y

la lectura de los grandes poetas y prosistas no sólo enriquecería nuestro gusto o estilo sino nuestro sentimiento moral, que cultivaría el juicio humano y que actuaría en contra de la barbarie. Lenguaje y silencio.

Los estudios académicos autorizados se han fragmentado de tal suerte que su especialización minúscula casi desafía el sentido común. La capilla se vuelve cada vez más pequeña con cada nombramiento académico y con cada investigación subvencionada. El punto de vista experto es microscópico. Cada vez se publica más, en revistas eruditas de editoriales académicas, acerca de cada vez menos. El tono general es de minucias bizantinas, de comentarios sobre comentarios sobre comentarios que se yerguen como pirámides invertidas en un solo punto con frecuencia efímero. El especialista enjuicia al “generalizador” o “erudito” con un desdén resentido y su autoridad y pericia técnica acerca de un centímetro de terreno puede, en efecto, revelar una confianza, una humildad inmaculada que se le niega a quien compara, a quien se salta (torpemente o con una restricción perentoria) las vallas de los cotos. Después de Babel.

Me gustaría que, si perduro en las memorias, el recuerdo que de mí se guarde sea el de un maestro de lectura, alguien que ha pasado su vida leyendo con los demás. George Steiner en diálogo con Ramin Jahanbegloo.

Poseído por la “santidad del detalle preciso” de Blake, por la delirante certeza de que en el ajedrez, luego de los cinco movimientos iniciales, existen más posibilidades que átomos en el universo, me descubro aislado del giro actual hacia la teoría. Los juegos que se juegan en la deconstrucción, en el postmodernismo, en la imposición al estudio de la historia y de la sociedad de modelos matemáticos (matemáticas que, muchas veces, son pretenciosamente naïve) condicionan en buena medida el clima de los empeños críti-

cos académicos. Los teóricos hoy en el poder consideran mi obra, cuando la llegan a considerar, tan arcaica como el impresionismo. Errata.

Un libro no escrito es más que un vacío. Acompaña a la obra realizada como una sombra activa, a la vez irónica y abatida. Los libros que nunca he escrito.