Mariana Enríquez: El legado del mal

Mariana Enríquez: El legado del mal
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Viste una playera negra a pesar del calor. Es diciembre, son las cuatro de la tarde y estamos a 35 grados. El verano argentino suele llegar a más de 40, dice. Es Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), quien obtuvo el Premio Herralde de Novela por Nuestra parte de noche (Anagrama, 2019). Todos los estantes de las librerías bonaerenses presumen el tabique de 667 páginas, al igual que sus libros de cuentos. Su obra es comentada en coloquios y suplementos culturales, siempre con elogios. Incluso Patti Smith la recomienda. Lejos de tener aires de grandeza y tufillo intelectual, Mariana posee una envidiable jovialidad punk. La playera negra de los Ramones la delata. El diario donde trabaja se encuentra a unas cuadras del bar al que entramos, La Poesía. Justamente un poema de Emily Dickinson (“Our share of night to bear”) dio nombre a su más reciente libro.

En tus novelas y cuentos hay un inquietante recordatorio en torno a la familia. En vez de dar comodidad y consuelo, suele aparecer como una maldición, una amenaza. ¿En Nuestra parte de noche la concebiste también así?

Sobre todo es la posibilidad de que una herencia maldita pueda ser revertida o no, si es una condena. Pensándolo en un nivel más micro, está asociado con ver la familia no como un lugar de cuidado y afecto. De hecho puede llegar a ser un sitio absolutamente opresivo, con vínculos impuestos acerca de los hijos, donde estos se ven obligados a cumplir mandatos, continuar historias e incluso satisfacer expectativas y frustraciones de los padres. Yo nunca vi la familia como un espacio en donde sólo hubiese afecto en el sentido bueno del término, sino como un lugar del que es casi imposible desprenderse. En un sentido más amplio, la pensaba como el legado de una historia, sobre todo de una historia política. ¿Es posible desprenderse de eso? ¿Estamos condenados a repetir siempre lo mismo o es posible quebrarlo?

La novela tiene un plano de acción muy marcado, por un lado entre un mundo privado y familiar, y por otro, el universo del afuera. ¿Cómo pensaste esta distinción en el proceso de escritura?

Ningún vínculo privado puede escapar de lo que pasa en un país, creerlo así es una ilusión. Toda relación íntima, familiar y personal está atravesada, en algún punto condicionada, por el contexto político en el que se enmarca. Sólo la primera parte de la novela transcurre durante la dictadura. La segunda y tercera partes suceden en democracia, pero en medio de la crisis económica eterna de la Argentina, que también es una forma de violencia. Los hechos políticos narrados influyen en las vidas de los personajes: la dictadura, la postdictadura y la inestabilidad política aunada a la crisis económica de los noventa. Nuestra parte de noche es una novela de género fantástico, con un monstruo inspirado en Lovecraft, pero al colocar un poder que desaparece gente, es inevitable asociarlo con la dictadura argentina. No evito esa asociación.

"Nunca vi la familia como un espacio en donde sólo hubiese afecto... sino como un lugar del que es casi imposible desprenderse".

Por Twitter sé que eres fan de bandas como Manic Street Preachers y Suede. Sobre estos últimos, varios elementos de su último disco pueden servir como banda sonora a Nuestra parte de noche: un padre y su pequeño hijo ante un mundo incierto y la responsabilidad que conlleva proteger a alguien en un contexto violentado. ¿Qué conexiones tiene la novela con otras obras?

Sobre todo soy fan de bandas que odian el britpop [risas]. Todo el disco The Blue Hour es terriblemente oscuro, está la idea de traer a un hijo a este mundo de muerte. Pensé también en esa idea del legado maldito. Gaspar tendrá una vida maldita y todo el esfuerzo de su padre es sacarlo de ese lugar. Un libro que también me inspiró mucho para la primera parte fue La carretera, de Cormac McCarthy. Me preocupaba retratar esa relación mientras se acompaña y se abandona a un hijo en un mundo hostil. Hay coincidencias de espíritu de época: un montón de gente en diversos rubros piensa en la carga del legado y la paternidad.

Resulta lógico: es cada vez más común que los jóvenes no quieran tener hijos o formar familias tradicionales, porque la vida se ha precarizado o porque hay un ambiente adverso.

Pienso en filmes como Midsommar (Ari Aster, 2019). Ya desde Hereditary, el director estaba obsesionado con el tema de la familia y en esta nueva película también trata la herencia de forma incómoda. No pareciera que esas películas estén emparentadas, pero sí: la familia resulta algo opresivo. Esto es un pensamiento abstracto, no tiene que ver con la experiencia: me llevo de maravilla con mis padres y no tengo hijos que soportar. Jamás quise tenerlos. Siempre me pareció que no era para mí, no quería nada de ese vínculo. Digo: “Yo no me voy a continuar, yo no quiero traer un hijo al mundo. Yo quiero otra vida”.

¿Las marchas y acciones feministas en todo el mundo te han hecho mirar diferente la literatura y, más en específico, la literatura escrita por mujeres?

En general no, porque no tengo demasiados amigos escritores y no participo mucho del mundo literario. Voy a festivales, me invitan y qué se yo, pero no siento que porque seamos escritores tengamos mucho en común, sólo eso, y me parece poco en relación con la vida completa de una persona. Entonces también desconfío de los discursos sobre la literatura de mujeres y la literatura femenina. Yo publiqué mi primer libro en el 95. Tenía 21 años, ahora tengo 46. Hay cosas que cambiaron muchísimo de lo que se podía decir y lo que no en torno a las mujeres. A mí en particular tampoco me interesa que me publiquen por ser mujer. Me parece que es una trampa, un querer darnos visibilidad a través de un movimiento político internacional potente (y que tiene muy buena prensa), pero que luego te termina confinando a que hables de tu condición de género y no de tu obra. Como escritoras sí tenemos que pedir la visibilidad, pero una que tenga que ver con nuestro quehacer, no con ser mujeres. En un evento literario, me interesa hablar de mi literatura, no de mi condición. ¡No entiendo por qué en un congreso de literatura los hombres hablan de sus libros y nosotras tenemos que hablar del feminismo! Me parece una locura.

Yo quiero ocupar los mismos espacios que ocupan los demás escritores, no quiero un gueto cómodo donde me lleve bien con las demás escritoras. Vayamos por los lugares que no son de gueto. Entiendo que pueda haber procesos diferentes, en donde haya mujeres a las que les hace falta más visibilidad por las condiciones de ciertas sociedades, pero también es cierto que el movimiento está acelerándose muchísimo y ya se le puede pedir un poco más que solamente la visibilidad o esta situación de la manada de mujeres juntas hablando de ser mujeres.